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Fallas de origen
Por la ruta del sonido, Ana Matute regresa a dos orígenes: al de los primeros años de su vida y al de la palabra vernáculo.
Por Ana Matute Publicado en Universo del español en 14 julio, 2021 4 Comentarios
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Ana Matute

Hablar del origen de una siempre resulta divertido porque soy homónima de una de las escritoras de lengua española más importantes del siglo XX. A sabiendas de esto, mi papá decidió que era el nombre con el que yo andaría por la vida, sin siquiera prever que con el paso de los años y por la educación y otros factores inculcados en casa, yo más adelante iba a adquirir el gusto literario por la palabra y sus formas. 

Por otro lado, confieso y lamento profundamente que el sistema educativo en el que me formé en la preparatoria no me haya dado oportunidad de saber ni jota de etimologías. Por fortuna, mis padres atendían mis dudas en ese aspecto si es que alguna palabra me hacía ruido

Conforme crecí, en un mar de palabras, encontré las que me gustan y otras que no. En especial, el rechazo a estas últimas se debía en gran medida a su sonoridad, a la manera en la que se escuchan y, no a su significado como tal.

Así como hay personas que se dicen muy visuales, creo que yo soy más “auditiva” o “sonora”, porque al escuchar una palabra ya sea en nuestra lengua o en alguna otra, mi primera reacción es, “suena a…” o “se escucha como…” De ahí que haya surgido este texto. Hay muchas palabras que no me gustan, pero de la que hablaré aquí tiene que ver con el origen, aunque no precisamente el mío: vernáculo.

Me parece que este “horror” sonoro, lo adquirí en un pasado bastante remoto, cuando parte de mi cotidianidad era ir en el coche con mis papás, después de un día de escuela e ir escuchando la radio, probablemente la estación en cuestión era Opus 94 o Radio UNAM y quizá una cortinilla anunciara “música vernácula”. Estoy muy segura de que escuché la palabra y pregunté qué era eso o por qué le llamaban así. También recuerdo que mi padre o mi madre dieron respuesta a mi duda con paciencia y sabiduría. Con el paso del tiempo logré diferenciar entre mi disgusto al sonido de la palabra pero no a su significado y todo lo que conlleva. Dicho sea de paso, tampoco es que me encante, pero puedo convivir escuchando fandangos, mariachis, sones y demás.

Una amiga, al plantearle la idea de lo que trataría este texto, me preguntaba curiosa y analítica, sobre ¿qué sensación experimento en el cuerpo al oír esa palabra o leerla? Opté por responderle que ñáñaras. “Sensación de repulsión o ansiedad que provoca una situación molesta, incómoda o desagradable.” Además agregaría que es la sensación que describe al momento en que cuando te dicen algo, te pegas la oreja al hombro, mientras algo te recorre el cuerpo y no es una sensación agradable, como un tipo de asco.

A pesar de que el uso de la palabra vernáculo se utiliza para designar un tipo de música, arquitectura (o cualquier otra manifestación artística), Ricardo Soca, en La fascinante historia de las palabras, explica que “vernáculo”, como tal, se aplica a “la lengua o idioma de un país y en particular, del país de donde esa lengua es oriunda; por otro lado, se les llamaba esclavos verna, a aquellos que habían nacido en la casa de sus amos y que por este motivo tenían privilegios por encima de otros esclavos.” 

Tras leer esto, propongo un ejercicio de imaginación: así como para mí resulta horrible esta palabra, qué tal si todas y todos los que tuvieron una condición de migrantes en América, Europa, Asia o África, en realidad lo debían a eso, a que no les gustó que les llamaran así y en realidad, lo que buscaban era asumir una nueva identidad, no vernácula sino naturalizarse de una manera más autónoma y auténtica del país a donde llegaron. 

Finalmente, reconozco que llegué a cuestionarme si en realidad lo que me da cosa es mi propio origen y pues no, afortunadamente tras años de terapia creo saber que mis orígenes los tengo bien aceptados y aunque de pronto la culpa por nuestro pasado carcome, es parte de lo que se debe trabajar día con día y aceptar que todo lo que fuimos produce de forma inminente lo que ahora somos.

Como postdata, comparto una carta dirigida a Jesús Cebério (director del periódico El País de 1993 a 2006) que escribió Fernando Lázaro Carreter, un 26 de noviembre de 1994 y que simplemente titula, Vernáculo.

 


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  1. Es fascinante lo que mueven en nuestro ser las palabras y cómo nos traen; sensaciones, recuerdos y sentimientos de acuerdo a nuestra experiencia de vida. Genial tu exposición querida Ana

  2. Excelente Hermana, cada día me sorprendes más y entiendo porque te eleji como hermana ❣️ aunque ahora me cuestiono ¿Qué palabra me hace sentir «Ñañaras»? Jajaja creo que hasta ahora y en mi «corta» vida nunca me lo pregunté, en fin, agradezco la lectura con consiencia y mucho aprendizaje. Te abrazo a la distancia. Saludos!

  3. Me gustó el artículo; efectivamente, hay palabras que al oírlas nos inquietan, nos disgustan o las encontramos como raras,así como hay otras que nos deleitan y llenan de todo tipo de emociones y recuerdos.

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