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Esta publicación no va a gustarle a ningún robot
Por Fernando Cruz Publicado en Babel en 3 abril, 2018 0 Comentarios
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Este robot rojo está hecho a semejanza de un ser humano. Sus piezas metálicas parecen sustituir los órganos de un cuerpo.

Existen algunas palabras intraducibles que parecen atravesar la mayor parte los idiomas del mundo; «robot» probablemente sea una de ellas.

 

Fernando Cruz Quintana.

Independientemente de la historia que traigan a cuestas, siento que algunas palabras expresan su sentido desde su forma misma. No me parece casual que en «rugoso», la mezcla—poco frecuente— de las letras «r» y «u», más la poca gracia de la «g», supongan superficies ásperas al tacto. Tampoco es una coincidencia que en «fofo», «bofo» y «globo» la redondez de la «o» contribuya a representar texturas blandas que puedo apretar con mis manos (casi siento que la «o» se contiene en la curva de mis manos cuando escribo esto).

Un caso semejante a los anteriores me ocurre con «robot», que aunque cuenta con la amable y estrujable «o» como única vocal, se contiene entre una «r» y una «t» y este hecho la dota de un aire de extrañeza y frialdad como pocas palabras tienen en el español. ¡Qué otra palabra en nuestro idioma concluye con una «t»? Con su sonoridad peculiar, y la confirmación en su escritura anormal, este vocablo se evidencia lejano o no perteneciente —al menos de origen— a nuestra lengua (ni a los seres humanos). La pregunta entorno a su comienzo pareciera apuntar a las culturas anglosajonas, (a las que, por cierto, siempre he sentido más inmiscuidas a los temas tecnológicos que a las hispanohablantes), y aunque sea probable que la palabra haya llegado a nosotros desde ellas, su inicio es otro.

En el eslavo antiguo, la palabra «robota» se utilizaba para hablar del trabajo pesado, la servidumbre o incluso la esclavitud. Este término se ha mantenido más o menos con el mismo sentido en el idioma checo; sin embargo, su forma «robot» fue ideada por el dramaturgo checoslovaco Karel Čapek, para su obra teatral R.U.M. Robots Universales Rossum (1920). En esta historia, una empresa elabora seres artificiales bautizados con el nombre de «robots», que sirven para aligerar las labores de las personas, no obstante la encomienda, estas creaciones deciden rebelarse en contra de la raza humana. Muchas otras historias posteriores de la ciencia ficción han tenido a la tecnología como un aspecto central; un análisis somero de ellas podría mostrar que las posturas en torno a la utilidad de las máquinas se han bifurcado: o bien los dispositivos técnicos nos facilitan la vida, o bien nos la complican.  ¿Será posible que desde el momento en que Karel Čapek utilizó el vocablo en su obra, éste haya adquirido también las connotaciones de temor hacia lo tecnológico?

En el eslavo antiguo, la palabra «robota» se utilizaba para hablar del trabajo pesado, la servidumbre o incluso la esclavitud.

En el siglo XX, la electricidad y otros avances tecnológicos permitieron imaginar utopías en donde las herramientas tenían un protagonismo notable. Aunque muchas de estas proyecciones erraron en atinar los derroteros que los dispositivos tendrían, el miedo de que en algún punto nuestra dependencia se tornara en esclavitud hacia ellos fue constante. Los relatos literarios y cinematográficos sirvieron para la imaginación en este sentido e hicieron a estas máquinas las protagonistas de muchas de ellas. Estas narraciones se afianzaron de algún modo en el imaginario de las sociedades modernas, de tal modo que los vaticinios fantásticos de épocas remotas se sustituyeron por el advenimiento del futuro tecnológico, que en no pocas ocasiones era apocalíptico.

Visto con la ventaja temporal presente hacia el pasado y con la mirada de quien adopta un término de una lengua ajena, quizás sea difícil entender el sentido servicial que Karel Čapek intentó insuflar a la palabra «robot». Aunque para él haya sido lógico emplear este vocablo para hablar de la actitud servicial de las máquinas, al importarlo del eslavo a cualquier otra lengua la ausencia de referentes nos mueve a pensar en la designación de algo novedoso y no en la actitud de mando que deberíamos tener con la tecnología.

La adopción de palabras de otros idiomas, lejos de representar un atentado contra nuestro léxico y gramática, contribuye a la exploración de nuevas posibilidades expresivas. No sólo se añaden nuevos sentidos siempre que importamos vocablos desde otras lenguas; en ocasiones, la escritura y los sonidos con los que a diario nos comunicamos son contrastados con formas y sintagmas infrecuentes. Este ejercicio bien podría ser denominado como gimnasia lingüística.

La adopción de palabras de otras lenguas, lejos de representar un atentado contra nuestro léxico y gramática, contribuye a la exploración de nuevas posibilidades expresivas.

En este contexto de préstamos léxicos, y en atención a lo que ocurre dentro de la obra de Karel Čapek, probablemente sea pertinente preguntarnos sobre la relación que tienen los robots con nuestros lenguajes. Si la inteligencia artificial de la ciencia ficción —aquella que parece un espejo del raciocinio humano— existe alguna vez, probablemente comience el día en que las máquinas puedan aprender a utilizar nuestros idiomas para comunicarse y establecer sus propias demandas. ¿Debemos dudar de las voces serviciales de Siri, Cortana y Alexa que a diario nos acompañan en nuestros dispositivos? Espero que no me incluyan en su lista negra al momento en que lean este texto…


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