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Escultores léxicos  
Pocas veces podemos ser testigos del nacimiento de una palabra, sin embargo, todo el tiempo desfilan ante nuestros ojos neologismos divertidos que esconden nuevos reflejos de la realidad.
Por Fernando Cruz Publicado en Solfeo en 31 enero, 2021 Un comentario
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Escultores léxicos

 

 Fernando Cruz Quintana

Una de las anécdotas religiosas que más inquietan a los lletraferits como nosotros es aquella que relata el momento en que dios permitió a una de sus creaciones, a Adán —la estrella del Paraíso ni más ni menos—, nombrar a todos los animales de la existencia. No soy padre (ni creo serlo alguna vez), pero imagino que el bautizo de un ser es emocionante y debe implicar un alto grado de responsabilidad, que se multiplica si de lo que se trata es de decidir cómo llamar a una especie. ¿Cuál fue el criterio en el que se basó Adán para cumplir con la encomienda divina y en qué lengua lo hizo? ¿Cómo sonarían esas primeras denominaciones? ¿Cuáles habrán sido los primeros animales de la existencia?

Todas estas preguntas develan el carácter mítico de este relato al cuestionar la veracidad sobre la que se sostiene. Sin embargo, algo que tiene de creíble esta narración es que, ante el descubrimiento de una especie, lo primero que hacemos es ponerle un nombre. Es como si tratáramos de reducir la angustia de lo desconocido por medio de la lengua. Si no fueran suficientes las disputas entre la religión y la ciencia, ésta última se ha adjudicado también la responsabilidad de nombrar las especies y para ello ha creado reglas muy específicas que anulan la arbitrariedad (y si algo hay de divertido es denominar a las cosas sin ningún referente o sin seguir ninguna directriz aburrida). No hablaré de estos criterios, no es el punto al que quiero llegar y  que he retrasado tanto; simplemente quiero llamar la atención sobre la emocionante actividad de ponerle nombre a las cosas.

Adán habrá tenido sus propias reglas, pero el relato bíblico no muestra ninguna huella de ellas. ¿Y si sólo se basó en el azar? Todos nuestros idiomas habrían tenido como principio el capricho del primer hombre, al que por derecho de antigüedad y también como único soberano mortal del Paraíso le correspondía. Si el criterio del “yo lo vi primero” parece rústico y salvaje, es el que aplica todavía cuando cualquier persona se adjudica la medalla por descubrir alguno de los muchos astros del universo. No sé qué sea más vasto, si la cantidad de objetos desperdigados por el cosmos o el orgullo de los humanos quienes desde nuestra pequeñez de seres de un minúsculo punto azul en el espacio nos sentimos con la autoridad de bautizar la existencia.

En lo cotidiano, restamos importancia a esta práctica y las razones son evidentes: pocas veces encontramos nuevas especies y también en contadas (contadísimas) ocasiones estamos frente a un objeto inédito que necesita ser bautizado. Es cierto que en contextos de complicidad o intimidad inauguramos motes y lenguajes que nos permiten comunicarnos únicamente con una persona especial. En esto hay algo de emoción y también de inventiva, pero nuestra creatividad está condenada a ser desconocida más allá de la privacidad o localidad en la que funciona. Supongo que una recurrente fantasía de lingüistas y lexicógrafos (y mía también, no lo voy a negar) consiste en el supuesto de creación de un término que trasciende el círculo de lo regional para hacerse de uso universal. Inscribirse y dejar huella en la lengua parece ser una mejor apuesta por perdurar en el tiempo que, por ejemplo, escribir un libro.

Lejos de estas aspiraciones grandilocuentes con las que difícilmente alcanzaremos a experimentar el nacimiento de una palabra, he descubierto una práctica tan absurda como divertida que calma estas ansias de repetir la buena suerte de Adán, el bautista de animales. A veces, cuando las manos fallan al teclear o al presionar el punto preciso de la pantalla, ocurre que en un mensaje de texto las palabras emergen con errores, con dedazos que las transfiguran en nuevas versiones de ellas. Casi siempre esto pasa desapercibido o simplemente se corrige mediante la ayuda de un asterisco que resetea el yerro y mantiene la norma y nuestra corrección. Pero en ocasiones el milagro ocurre y lo que surgió sin intención se convierte en un neologismo que brinda reflejos de realidad y abre un portal hacia lo desconocido. Compartiré tres ejemplos que, lo juro por mi amor al lenguaje, pasaron por la pantalla de mi celular.

 

Amanecimios fue mi “mala escritura” que después me llevó a inaugurar amanesimio y que sirve para designar a una persona que, al despertar, por actitud o por su apariencia, tiene semblante de cualquier primate, excepto de un ser humano.   

 

Ricerdo fue un problema divertido porque la confianza que tengo con mi amigo Ricardo nos permitió reírnos y utilizar esta palabra cuando sus modales no son los mejores. Uno de sus eructos fuera de lugar lo modifican en un ser mitad puerco y mitad humano, aunque para el caso de los policías homónimos a mi amigo, sólo baste portar su uniforme de autoridad civil y comportarse como el marrano que son.

 

Una vez quise escribir lectura y acabé mandando lectufa. Todavía me debato sobre el sentido que debe tener esta palabra, pero algo tiene que ver con la actividad de leer y con una estufa. También hay un dejo de semejanza con tufo, aunque en versión femenina, como las palabras también inventadas que son símbolo de la reivindicación de género: cuerpa y corazona, mis favoritas.

 

Ha habido sin duda más casos de disgrafia táctil que han desfilado por la pantalla de mi celular, sin embargo, no son tan divertidos como éstos, o son vergonzosos como cuando la i se cuela en el lugar de una o y crea palabras ridículas que no pueden leerse más que como sosas: babiso por baboso o pidredumbre por podredumbre. ¿A quién se le ocurrió poner estas dos vocales juntas en los teclados? Y no son las únicas, hay otros caracteres que de tan juntos suelen enamorarse y acompañarse aún cuando no son bienvenidos en expresiones. ¿Qué me dicen de la k que ha transformado nuestras risas escritas en kakaka?

Todas estas creaciones fortuitas son sólo una muestra de lo mucho que se puede hacer cuando se tienen ganas de expandir los alcances de un idioma. No he descubierto nada que no exista en las propias posibilidades de nuestras lenguas; que sean instituciones vivas abre la posibilidad a que crezcan, se añadan palabras, se eliminen otras o se creen acuerdos informales que nos hacen salir del paso ante necesidades expresivas. Si ya hacemos verbos de sustantivos, como de colores o de animales, ¿por qué no, cual escultores léxicos, seguir deformando el idioma a voluntad (o por accidente)? Concluiré con muestras de lo que puede ocurrir cuando dejamos que las palabras y las letras se fusionen, dejo a ustedes la labor de asignarles el sentido a estos sintagmas monstruosos (a veces es muy obvio, pero en otros casos les pediré su mejor esfuerzo poético y creativo):

Librurrido

Espejismito

Hermosubjetividad

Enamorrojo

Pomer

Tipre

Loñita

Hewas

Yinteca

Plimierita

Buger

Miy


Adán creación de palabras neologismo


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