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El parentesco de azar, azahar y hazard
Por Fernando Cruz Publicado en Babel en 15 junio, 2016 0 Comentarios
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El parentesco de azar, azahar y hazard

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La voz árabe «zahr» (flores)  es el principio de una transfiguración de sentido que abarca múltiples culturas.

Las palabras azar, azahar y hazard funcionan como un puente simbólico que conecta diferentes épocas y culturas del mundo.

 

Fernando Cruz Quintana

 

La extrañeza que nos despiertan las lenguas distintas a la nuestra (a veces con sonidos irreproducibles, inflexiones sorprendentes y conceptos intraducibles) frecuentemente nos aleja de la posibilidad de reconocer que hablamos palabras cuyo origen proviene de culturas impensables o inexistentes en nuestra concepción del mundo. Estos términos camaleónicos —ecos disfrazados— han sabido esconderse en las particularidades de diferentes léxicos y representan en ocasiones los únicos vestigios de sociedades pasadas que se resisten a quedarse calladas.

Tal y como lo documenta la RAE en la definición del término «azahar», el origen de este vocablo se encuentra en el árabe, donde «zahr» se utilizaba para designar a las flores.

En el sentido anterior de una práctica enterrada en una expresión, la palabras «hazard» y «azar», derivaciones del árabe «zahr», perdieron su sentido original al incorporarse al inglés y al español, respectivamente. Eventualmente, el parentesco de estos términos sería perceptible sólo de manera sonora y escrita, pero la transfiguración de su sentido devendría en indicativos de imperceptible relación a simple vista.

Tal y como lo documenta la RAE en la definición del término «azahar», el origen de este vocablo se encuentra en el árabe, donde «zahr» se utilizaba para designar a las flores. Nuestra flor de azahar se desprendía de «az-zahr», que se traduce literalmente como «la flor más brillante». Pero este traslado milenario de sentido no sería el único que el destino le depararía a esta palabra. La huella que dejó esta voz se encuentra presente en más de un solo idioma, aunque de manera muy distinta.

Es probable que antes de la adopción de «hazard» por el idioma inglés, la expresión haya tenido un previo acogimiento en el francés, específicamente en el tiempo de las cruzadas, donde se utilizaba «hasart» para referir a un juego de dados. Pero el origen del término es más vetusto que las campañas religiosas del siglo XXI: el lingüista francés Ellious Bocthor documentó su uso en el árabe del antiguo Egipto, donde «al-zahr» se utilizaba para designar «el dado», y era así porque en lugar de los clásicos puntitos que reconocemos en el objeto en donde confiamos nuestra suerte, aparecían representadas flores que hacían las veces de números.

Que la palabra «al-zahr» se haya importado polisémicamente del árabe hacia diferentes lenguas, seguramente es producto de una manera muy particular de entender la realidad que no se tenía en el antiguo mundo occidental.

El vocablo perfila entonces su asociación con los juegos de azar; el español cobijó el término y lo resignificó del objeto hacia la idea de la suerte. A diferencia de nuestro sentido, en vez de destacar el aspecto de la incertidumbre y lo azaroso, la lengua inglesa apuntó en los riesgos que conlleva el apostar: «hazard» se puede traducir como «peligro», «riesgo» u «obstáculo».

Que la palabra «al-zahr» se haya importado polisémicamente del árabe hacia diferentes lenguas seguramente es producto de una manera muy particular de entender la realidad que no se tenía en el antiguo mundo occidental. ¿No se concebía aquello que constituye una apuesta? De ser así, estaríamos ante un claro ejemplo de cómo las lenguas tienen una capacidad insospechada de engrandecer (¿o crear?) al mundo y las visiones que tenemos de él. Pero no nos vanagloriemos sólo con reconocer esta amplificación del conocimiento que conllevó la adopción de un vocablo ajeno; también debemos advertir que las connotaciones de «hazard», negativas o de precaución, reflejan la percepción que en Europa se tenía al respecto de la cultura árabe.

Los momentos de contacto directo entre culturas nos enfrentan ante el desconcierto de reconocer la existencia de múltiples y distintas maneras de comprender —y nombrar— la vida. A veces, ese anhelo por aclarar aquellas expresiones y comportamientos infrecuentes puede conducirnos a la ampliación del vocabulario propio y de manera indirecta nos ayuda a aprender cómo las culturas antiguas concebían la vida. Este afán de entendimiento es el remedio contra la ceguera etnocentrista que amenaza con acotar (encerrar) mi mentalidad en sí misma y negarnos toda posibilidad de reconocer que el mundo puede ser tan vasto como las maneras que hay de concebirlo.

 


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