Posted by on 2 Noviembre, 2016

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Vuelve y juega: los lugares comunes

pedestrians-400811_1280Así como cruzamos a diario las mismas calles, los lugares comunes se han convertido en hábitos del lenguaje. Tan acostumbrados estamos, que a veces ni siquiera nos damos cuenta de que tomamos el camino de siempre.

 

¿Cómo huirle a los clichés lingüísticos? Una reflexión sobre esas expresiones de las que hemos abusado hasta trivializar.

 

María Paula Laguna

Estamos hechos de rutinas: todos los días tomamos café en la taza de siempre y caminamos por las mismas calles. Algo parecido ocurre con los lugares comunes, esas expresiones que hemos adquirido de manera automática y a las que nos aferramos porque funcionan, como en la vida: sabemos cuánto tarda en enfriarse el café en esa taza, y también el número de esquinas donde tenemos que doblar para llegar al supermercado.

No hay nada de malo en los hábitos, el problema es que después de cierto tiempo aburren. El lenguaje es especialmente susceptible a la rutina, pues entre más usemos las mismas frases y palabras, menos posibilidades tenemos de expresarnos y pensar distinto. Para evitarlas, además de prestar atención, hay que apelar a lo simple: ¿por qué añadir “en el marco de” o “a nivel de” a frases que ni siquiera lo necesitan?

Un lugar común es como esa canción en la radio que nos sonaba bien —¡incluso la tarareábamos!— recién la estrenaron, pero después de escucharla todos los días a la misma hora, se volvió insoportable. Es la fórmula del éxito basada en la repetición. No en vano la palabra francesa «cliché» originalmente se refería a una plancha de imprenta y luego pasó a designar el rollo negativo de una cámara fotográfica. Ambas invenciones permiten hacer copias ad infinitum y por eso ahora usamos esa voz —adoptada también por otras lenguas— para aludir a las expresiones demasiado trilladas.

Un lugar común es como esa canción en la radio que nos sonaba bien —¡incluso la tarareábamos!— recién la estrenaron, pero después de escucharla todos los días a la misma hora, se volvió insoportable.

Como todo el mundo comprende estas ideas, muchas han encontrado en los medios un espacio propicio para reproducirse. Si cada periódico, revista o canal de televisión hiciera un ranking, por ejemplo, de los títulos más repetidos en su historia, seguramente aparecerían varios lugares comunes en los primeros puestos. Entre los más populares y actuales podríamos mencionar aquellos creados con el sufijo «gate» (tomado del Watergate) para referirse a un escándalo de corrupción, como el “Fifagate”. Nunca faltan los clásicos sacados de libros y películas, como “Crónica de una muerte anunciada” o “Misión imposible”, malgastados y puestos al servicio de casi cualquier noticia.

Los lugares comunes, sin embargo, no siempre gozaron de tan mala fama. También llamados tópicos, en la antigüedad clásica eran imprescindibles para la argumentación en un discurso, pues les servían al orador como punto de partida para organizar sus ideas. Sólo con el tiempo empezaron a ser asociados con el vulgo, igual que las frases hechas y los refranes.

Es cierto que la sabiduría popular que los clichés transmiten llega fácilmente a un gran público y en ocasiones estos pueden ser incluso más reveladores que otras sentencias. El peligro está en acostumbrarse a las fórmulas cuando la lengua nos permite imaginar y crear de tantas maneras. A veces basta, como con las rutinas diarias, despertamos con ganas de cambiar de taza (o bebida, ¿por qué no?) y de camino.

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