Posted by on 12 Diciembre, 2017

Los paisajes citadinos frecuentemente nos ofrecen errores como la frase en esta imagen.

La ultracorrección es un error paradójico que se comete justo por no querer caerán una falta gramatical o de pronunciación.

 

Fernando Cruz Quintana

El término «competencia lingüística» no alude a un enfrentamiento verbal: al utilizar esta expresión, nos referimos al conjunto de conocimientos que tiene un hablante sobre su idioma, y que le permiten darse a entender. Estos saberes no abarcan sólo el amplio o reducido vocabulario con el que contamos; también tienen que ver con nuestra sintaxis, gramática y en última instancia con las corrección y pertinencia con la que decimos cualquier cosa.

En temas lingüísticos existe una delgada línea entre lo adecuado y lo correcto. En el primer caso hablamos de las expresiones justas, las oraciones precisas que embonan perfectamente porque son oportunas; en cambio, en el caso de la corrección, estamos en el terreno de lo que está bien o mal dicho con respecto a una norma. Cualquier idioma, al erigirse sobre una convención social, presenta esta característica. Probablemente este tema de la corrección sea el que haga que tantos estudiantes teman a la ortografía. En contextos escolares, el término “gramarnazi” sirve para identificar a los obsesivos de la escritura, quienes, no contentos con arreglar cualquier imperfección lingüística, parecen disfrutar el señalamiento de los yerros que algunos desafortunados cometemos (de manera oral, pero sobre todo escrita).

Aunque parezca un aspecto enteramente positivo, la ultracorrección habla de un problema en nuestra manera de hablar.

Justo por los nazis gramaticales aprendemos a odiar la perfección y a temer ser identificados como alguien que desconoce algún aspecto de su propia lengua. Pocas cosas causan tanta vergüenza y nos hacer sentir tan incultos como el señalamiento de que nos hemos equivocado al utilizar nuestro idioma. En este contexto de temor constante surge un fenómeno social muy curioso y paradójico llamado “ultracorrección”.

Aunque parezca un aspecto enteramente positivo, la ultracorrección habla de un problema en nuestra manera de hablar. El inconveniente —también llamado «hiperurbanismo»— ocurre precisamente porque, al intentar comunicarnos del modo más preciso, modificamos nuestra expresión para utilizar frases que consideramos que son “más correctas”, pero que paradójicamente no lo son y están mal empleadas. Al intentar “quedar bien” cometemos un error que nos evidencia aún más.

Para entender mejor la ultracorrección imagínese en medio de una conversación con cuatro premios Nobel de literatura, ¿no se sentiría intimidado al enunciar cualquier oración frente a ellos?, ¿no estaría cuidando la elección de cada una de las palabras que dijera? Probablemente, tal escenario provocaría en usted un gran deseo de no equivocarse y de no parecer un ignorante; sin embargo, justo por ese temor, usted intentaría —sin éxito— expresarse “a la altura” de tales personalidades.

Uno de los mejores ejemplos de esto ocurre con la pregunta de cómo debemos de pedir agua en un restaurante. ¿Cuál es la oración correcta: “un vaso con agua” o “un vaso de agua”? Es muy probable que su lógica —y su deseo de no verse corregido ante tan “sencilla” pregunta— lo traicione y que pretenda deducir que la primera elección es la acertada puesto que “el vaso no está hecho de agua”. Error. En español, la preposición «de», además de servir para expresar de pertenencia (como en la frase “la libreta de Pedro”) se emplea para hablar de sustantivos incontables (como en “dos tazas de azúcar”. No podemos decir “un vaso con dos aguas”, pero sí “con dos litros de agua”, que resuelve el problema de la cuantificación.

¿Por qué hay circunstancias en las que nos sentimos seguros de decir cualquier cosa y por qué hay personas con las que no?

Además del ejemplo anterior, existen algunos problemas en la pronunciación y escritura de las palabras que se han vuelto verdaderos errores clásicos. “Nadien” es perfecto, dice un viejo dicho popular; a la hora de expresarnos todos corremos el riesgo de equivocarnos. La “erudicción” no existe, aunque parezca necesaria esa palabra, una sola “c” es suficiente: erudición. Entre “aereopuerto” y “aeropuerto” existe solo una e de “diferiencia”. Al ver todos estos ejemplos, la ultracorrección se antoja pintoresca y divertida, pero no haremos una apología de ella en este texto.

Con todo lo anterior, y más allá del ridículo que supone este fenómeno lingüístico, es interesante reflexionar sobre nuestras actitudes al elegir todo lo que decimos. ¿Cuánto peso tiene el contexto para modificar nuestra manera de hablar? ¿Por qué hay circunstancias en las que nos sentimos seguros de decir cualquier cosa y por qué hay personas con las que no? La competencia lingüística, entonces, es una característica variable que se altera dependiendo de las situaciones de comunicación en las que nos encontremos.

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