Los dos Sócrates

Los dos Sócrates: filosofía y futbol

La filosofía y el futbol, en este caso, son inseparables

Los dos Sócrates son futbol y filosofía. Un extraordinario jugador y un diálogo platónico pueden darnos muestras del origen de las palabras

 

Gabriel Hernández Soto

 

En todo hogar existe un momento idóneo para solventar cruciales discusiones filosóficas: la hora de la “sobremesa”. En mi familia, ese momento servía para que el Checo y yo nos enfrascáramos en una discusión bizantina: quién era el mejor futbolista de la historia. El Checo, a quien yo acusaba de un excesivo romanticismo causado por un evidente ataque de nostalgia, defendía la tesis peleísta; en cambio, yo postulaba la maradoniana. Mi madre siempre se quejaba de que tratáramos temas tan banales. Un buen día, como tocada por el hado de la sapiencia, descalificó a mi contrincante con una frase que ni siquiera yo hubiera osado esgrimir: “Ni siquiera sabes quién fue Sócrates, y te quieres dar aires de pensador”.

“Claro que sé quién fue Sócrates. También conocido como “El doctor”, Sócrates es el mejor mediocampista que ha dado Corinthians; jugó los mundiales de 1982 y 1986 con la selección brasileña”

El Checo, quien probablemente no habría podido identificar a la República Checa en un mapa (aunque, honor a quien honor merece, sabía muy bien que Pavel Nedved era el mejor centrocampista de su época), mostró la típica sonrisa benévola de quien se sabe ganador: “Claro que sé quién fue Sócrates. También conocido como “El doctor”, Sócrates es el mejor mediocampista que ha dado Corinthians; jugó los mundiales de 1982 y 1986 con la selección brasileña”. Mi madre estuvo a punto de arrojarle el florero; pero se contuvo cuando expliqué que Checo tenía la boca llena de razón. Obviamente, mi madre jamás volvió a interferir en nuestras discusiones. Me gusta pensar que eso se debió a cierto respeto a nuestra altura intelectual.

El mejor antídoto para este estado de indefensión lingüística es, como todo el mundo lo sabe, el latín

La alusión a Sócrates me hizo pensar en el problema clásico del “arte de nombrar”. Normalmente solemos asumir, ya que el lenguaje es algo que nos precede, que las cosas tienen un “nombre” natural que les es, por ese motivo, el más apropiado. Pocas veces discutimos si tal o cual palabra resulta idónea para tal o cual objeto físico o mental. Pero, a veces, ocurre que la realidad nos presenta objetos novedosos para los cuales, obviamente, no tenemos una palabra adecuada. El mejor antídoto para este estado de indefensión lingüística es, como todo el mundo lo sabe, el latín. Uno de los ejemplos más conocidos es el de esas modernas cajas de plástico que, conectadas a una especie de televisión, funcionan como máquinas de escribir. Al no contar con un nombre, acudimos al latín. Les llamamos “computadoras” aunque su actividad vaya más allá de realizar una simple suma (“puto” es “sumar” en latín). Personalmente, me parece que “ordenador”, la solución ibérica a este dilema, resulta más adecuada. Pero, como mencioné antes, la lengua es algo que nos precede.

Como relata Borges en su cuento “El Golem”, la leyenda cuenta que los rabinos son capaces de dar vida a un muñeco de barro solamente con escribir en su frente la palabra precisa

Si hacemos un poco de memoria, recordaremos que este tema ya había sido dilucidado por los filósofos griegos. El Cratilo es, quizás, el “Diálogo” más extraño escrito por Platón. De manera inusual, Sócrates no debate incansablemente con algún ingenuo sofista; esta vez, Sócrates funge como árbitro de la discusión entre Cratilo y Hermógenes. El primero sostiene la teoría idealista (las cosas tienen un nombre ideal, es decir, verdadero); el segundo, la teoría pragmática (las cosas adquieren un nombre por consenso). Descendientes de Cratilo son, evidentemente, los pensadores místicos. Como relata Borges en su cuento “El Golem”, la leyenda cuenta que los rabinos son capaces de dar vida a un muñeco de barro solamente con escribir en su frente la palabra precisa. Los descendientes de Hermógenes, por su parte, resultan menos atractivos. Se trata de los lingüistas que, a partir del siglo XX, convirtieron esos estudios en una ciencia. La discusión, por tanto, no ha concluido.

Como señala Eduardo Galeano en Fútbol a sol y sombra, la historia del football es extraña: inventado en los colegios más aristocráticos de Europa, en Sudamérica alegraba la vida de personas que ni siquiera habían pisado la escuela

 

Unamos ahora a los dos Sócrates de esta historia: el filósofo y el futbolista. Dicha suma nos servirá para entender un problema actual en torno al “arte de nombrar”. A principios del siglo XX, Sudamérica se convirtió en el punto de llegada de miles de europeos. Entre los artilugios traídos al Nuevo Mundo se encontraba una pelota, la pelota con la se jugaba al football. Al principio, ese juego en el que los europeos perseguían una pelota fue objeto de burla y de asombro. Con el tiempo, fueron objeto de admiración y… finalmente, de expropiación. Como señala Eduardo Galeano en Fútbol a sol y sombra, la historia del football es extraña: inventado en los colegios más aristocráticos de Europa, en Sudamérica alegraba la vida de personas que ni siquiera habían pisado la escuela. Y de esa expropiación surgió la optimación: el fútbol más bonito del mundo nació cuando el juego fue aderezado con los movimientos de la capoeira o con los movimientos del malandro capaz de bailar en una baldosa. Pero esa “apropiación” no podía ser tal si no se manifestaba también como una “apropiación” lingüística.

Al parecer, entendimos que “goal” era una palabra ideal, si bien la modificamos un poco. “Goal” devino “gol” en la misma forma en que “ego” devino “yo: economía lingüística.

El ambiente del fútbol hubiera sido un tema idóneo para la discusión de Cratilo y Hermógenes. Al parecer, entendimos que “goal” era una palabra ideal, si bien la modificamos un poco. “Goal” devino “gol” en la misma forma en que “ego” devino “yo: economía lingüística. Pero, salvo esta idealidad, el léxico del fútbol incorporó palabras más apropiadas. El “goalkeeper” fue sustituido por “portero”. Sin embargo, este vocablo aún aludía a una “realidad” demasiado vulgar. Por ello, aquellos más preocupados por el lenguaje prefieren el mítico nombre de “cancerbero”.

Me gusta pensar que el Sócrates inventado por Platón estaría de acuerdo con estos nuevos vocablos. Después de todo, Platón tampoco pasó a la historia con su verdadero nombre (Aristocles). El fútbol, ese juego en el que ese otro Sócrates desparramaba elegancia e inteligencia, nos permite advertir que el “arte de nombrar” no es una cuestión exclusiva de altos legisladores. El lenguaje, si bien nos precede, también es nuestra creación.

 

 

 




La arbitrariedad de la lengua

 

5643239191_6d2150f7ce_zAunque la pregunta parezca ociosa, ¿se ha preguntado por qué llamamos «perro» a los perros? ¿Acaso eso tiene algo en común con «dog o «chien»?

Los sonidos con los que nombramos la existencia son producto de la arbitrariedad pues no tienen relación alguna con aquello que designan.

 

Fernando Cruz Quintana

¿Nunca se ha preguntado por qué las cosas se llaman como se llaman? No incluyo en esta cuestión a los nombres propios; ser Juan, Yira, Luis, María, Ezequiel, etc. es frecuentemente producto del capricho del padre o la madre, que en no pocas ocasiones sirve para recordar u homenajear a alguien. Y si no es este el caso, alguna motivación simbólica habrá para justificar la designación que nos dieron nuestros progenitores. Pero el resto de las cosas —materiales y abstractas—, ¿por qué se llaman como se llaman?

Uno de los lingüistas más famosos y referidos de la historia, Ferdinand de Saussure, explicó que uno de los rasgos distintivos de todas las lenguas, independientemente de la que elijamos, es la manera arbitraria cómo denominan a la existencia. Si «perro» es una palabra familiar para un hispanohablante y produce una sensación de naturalidad cuando la decimos, no lo es el vocablo «eyga» que sirve para designar al mismo ser vivo en el idioma somalí. ¿Qué va de «perro» a «eyga»? Hay un mundo de diferencia entre ambos términos y los dos se utilizan para hablar de lo mismo. No se confunda, querido lector: los términos no son distintos por los tipos de perros que hay en África o en el mundo hispano.

Realice el ejercicio de pensar qué tienen en común los sonidos y la escritura de la palabra «dog» o «perro» con el animal. ¡Ninguna!

Hoy en día, con tanta historia a cuestas, sabemos que nuestros idiomas son producto de la evolución de lenguas pasadas, desde las que han transfigurado. La estirpe de las lenguas romances, por ejemplo, nos permite advertir coincidencias entre distintos modos de hablar. Si «eyga» es irreconocible para quien acostumbra decir «perro», quizá no lo sean tanto los términos «cane» o «câine», del italiano y rumano, que sirven para hacer referencia al mismo animal. Estos dos vocablos resultan familiares por la distancia que de ellos podemos establecer con «canino», con el que se designa todo lo relativo a los perros (y también nombra a uno de nuestros dientes por la semejanza que tiene con el de los perros). El origen de todas estas voces es la palabra latina «canis», que se utilizaba para hablar del querido amigo fiel del hombre.

La pregunta para la cual no tengo respuesta (aunque no me interesa hablar de esto aquí) es qué motivó a los hablantes del latín a llamarle «canis» a los perros. Seguro hay una explicación al respecto. Lo importante es volvernos a preguntar ¿por qué llamar a las cosas tal y como las llamamos? Realice el ejercicio de pensar qué tienen en común los sonidos y la escritura de la palabra «dog» o «perro» con el animal. ¡Ninguna! Así como se llama «eyga» también pudo haber sido «kigterabi», por decir un ejemplo cualquiera. ¿Quién tomó esa decisión en primera instancia? ¿Hubo una primera gran lengua a partir de la cual se desprenden todas las demás? ¿Quién la inventó?

La respuesta cristiana a la pregunta por el origen del nombre de las cosas es el idioma hebreo. De acuerdo con esta religión, dios otorgó esta lengua a Adán para que pudiera expresarse y también le dio el privilegio de nombrar a placer a los animales del mundo. ¿Y ya? ¿Así de simple se responde a todo? Sea uno religioso o no, esta anécdota mitológica tiene algo de cierto. Haya sido Adán o el primer hombre (o último mono) el que bautizó a la existencia, su decisión no debió estar sustentada más que en su propia inventiva para crear sonidos.

Ubicados en nuestro horizonte temporal (2016), resulta inimaginable ese primer gran convenio que fue poniendo un orden en la manera de expresarnos. Probablemente haya habido más de una palabra para un solo objeto y esto con certeza debió representar un caos lingüístico en las sociedades tempranas. En El arco y la lira, Octavio Paz sugiere que algunos de los primeros nombres de las cosas debieron ser producto de onomatopeyas, lo cual es entendible para explicar la primera denominación de los animales, pero es un misterio cómo se nombraron sustantivos abstractos como la inteligencia o el amor.

La respuesta cristiana a la pregunta por el origen del nombre de las cosas es el idioma hebreo.

Aunque esta tarea de inventar palabras para atárselas a las cosas tuvo forzosamente un inicio, eso no quiere decir que hoy en día no ocurra. Es por supuesto una labor vigente, aunque poco usual. Una diferencia radical entre la invención de palabras en el pasado y ahora es que si tuviéramos que bautizar un nuevo objeto tendríamos una vastedad de términos que podríamos tomar y comenzaríamos por modificarlos hasta crear esa palabra faltante. ¿Cómo llamaría usted a un supuesto ser del espacio que llegara el día de mañana a la Tierra? Sé que su nombre dependería de muchísimas cosas, pero algo que podríamos hacer es referir su cualidad de foráneo planetario para llamarlo. «Extraterrestre» es obvio, pero qué tal «inmigranspacial».

La arbitrariedad que en un inicio era total (puesto que no había ningún otro referente o punto de comparación) hoy en día está muy acotada. Pese a esta limitante, no deja de ser divertido e ilustrador poder formar nuevos vocablos a partir de otros. No deje de sorprenderse por el poder de las palabras para designar la realidad. Si aprende un nuevo vocablo trate de incorporarlo a su léxico cotidiano y, si no existe, invéntelo. Pruebe a imaginarse qué significan estos términos creados por Fernando del Paso en José Trigo y descubra cómo no todo esta dicho ni nombrado: «holgazángano», «nalgalanura», «caraculero» y «parloquiano».