El miedo al gerundio

El miedo al gerundio 

El miedo al gerundio y otras cuestiones gramaticales viene justamente de la costumbre. Por eso, a veces también cuesta distinguir el buen uso del abuso. 

Tan habituados estamos al mal uso del gerundio que ya nos acostumbramos a leerlo y escucharlo en todas sus falsas manifestaciones. Una reflexión sobre cómo perderle el miedo.

María Paula Laguna

Escribir es un ejercicio lleno de preguntas, desde con qué idea empezar el primer párrafo, hasta cómo escribir correctamente una frase. La práctica ayuda a despejar esas dudas cada vez más rápido, claro, pero en el camino siempre quedan cosas a las que les guardaremos cierto temor reverencial. En mi caso, es el gerundio. Si lo veo venir a medida que tecleo, suelo detenerme para probar distintas alternativas, todas con tal de evitarlo. Prefiero desterrarlo en vez de correr el riesgo de equivocarme. Así es el miedo a veces.

Pero el gerundio no es un monstruo. No: es simplemente “una forma no verbal, cuya terminación en español –ndo, puede formar perífrasis verbales”[1]. Para ponerlo más sencillo, el gerundio actúa como un adverbio, o sea es capaz de modificar al verbo para explicar una acción. Así pasa cuando decimos, por ejemplo, “el profesor empezó la clase explicando la teoría de conjuntos”; o “Juliana abrió el regalo rasgando la cinta”. En ambos casos se puede usar sin temor porque se trata de acciones simultáneas al verbo principal.

Los ejemplos anteriores parecen fáciles pero, por si quedan dudas, basta preguntarle al verbo. “¿Cómo empezó la clase el profesor? Explicando la teoría de conjuntos”; “¿cómo abrió el regalo Juliana? Rasgando la cinta”. Si la respuesta tiene sentido, no hay problema. Esa es una estrategia que alguna vez me enseñó una correctora de estilo y, desde entonces, no me falla. El lío con el gerundio es que a muchos les parece una solución eficaz para conectar dos ideas distantes, como en el clásico: “El avión cayó al mar, siendo hallado dos días más tarde”; o éste que circula en casi todos los blogs sobre el tema: “Cortázar viaja a Francia, muriendo en ese país años después”.

Si lo veo venir a medida que tecleo, suelo detenerme para probar distintas alternativas, todas con tal de evitarlo. Prefiero desterrarlo en vez de correr el riesgo de equivocarme. Así es el miedo a veces.

Los titulares de prensa son terreno fértil para esos ejemplos y sus variantes, pues en el apuro por ahorrar caracteres, el periodista prefiere echar mano del gerundio. Pero usarlo para unir acciones que ocurren en momentos diferentes o como consecuencia de algo, siempre termina mal. ¿Cómo cayó el avión al mar? Siendo hallado dos días más tarde. ¿Cómo viaja Cortázar a Francia? Muriendo años después”. No hay que ser demasiado creativo para resolver una oración de ese tipo; a veces sólo se necesita un “y”: “El avión cayó al mar y fue hallado dos días más tarde”; “Cortázar viaja a Francia y muere en ese país años después”.

Otro de los usos más comunes del gerundio es el de expresar continuidad o duración, como cuando decimos “sigue lloviendo”, o “Diego está cenando”. No faltan las excepciones, y aunque no puede actuar como adjetivo, sí es aceptado en el caso de “hirviendo” (“agua hirviendo”) y “ardiendo” (“carbón ardiendo”). Funciona de forma similar en algunos titulares o pies de foto, como, por ejemplo, “Hombres limpiando la azotea” o “Santos, firmando la paz”.

El miedo al gerundio y a muchas otras cuestiones gramaticales viene justamente de la costumbre. De tanto ver y escuchar estas frases, al final nos parecen normales, por eso, en ocasiones, cuesta distinguir el buen uso del abuso. Y no sólo sucede en los medios o en la industria editorial. Hay sociedades, como la ecuatoriana, en las que el gerundio se ha instalado en las expresiones más cotidianas; cuando uno le pregunta a un amigo si ya almorzó, por ejemplo, puede responder: “Sí, vine comiendo”. Pero con eso, en realidad, no nos quiso decir que comió durante el trayecto, sino que lo hizo antes. O “darásme haciendo”, una forma complicadísima para pedir un favor. Suena obvio, pero hay que repetirlo: la sencillez es la regla más confiable, sobre todo cuando se trata de perderle el miedo a un monstruo tan omnipresente.

 

[1] Diccionario de la lengua española [en línea], disponible en: http://dle.rae.es/?id=J9jq94P|J9k4n78, recuperado: marzo de 2017.




La Z que nos asusta

La Z que nos asusta

15719774356_0f49df4db0_zAl igual que en las máquinas de escribir antiguas, la Z ha sido parcialmente olvidada. No siempre se ha refuncionalizado por buenos motivos.

 

¿Cómo se concibe que una letra infunda miedo? En algunos lugares la Z asusta por su vinculación con el crimen organizado. 

 

Luis Ángel Rodríguez Bejarano

Además de ser un fonema fricativo interdental sordo (lo que sea que esto signifique), esta letra sigue seduciendo a muchos escritores que la piensan más allá de la lingüística; y, claro está, puede ser vista desde diversos lugares; por ejemplo, la historia nos dice que fue tenía la forma de un puñal. La z debió causar cierto temor en la gente.

Si bien para muchas personas sólo es una fuente de confusión con su hermana mayor la S (lo de la fraternidad se lo adjudico solamente por el uso), algunas otras la contemplamos desde lo poético, por decirlo así. Este texto es una colección de acepciones (en sentido connotativo y denotativo) de lo que implica esta letra y con la que espero más de uno, al menos, se sienta identificado.

La zeta como el último de la fila

Como el grupo de rock español de los 80 y 90. Esto alude a que la Z es vista como el final, lo peor y lo último; llevar la inicial del apellido paterno con esta letra implica, muchas veces, recibir en el colegio las notas después que todos. No es que se niegue la genealogía, es más una cuestión de ánimo, de prisa, de no sentirse ultimado. El reverso de esto es que si un orden alfabético se invierte (no es lo más usual pero pasa), entonces la Z aparecerá primero. De cualquier manera, y en este caso, la Z asusta.

La zeta como salvación

El mítico héroe de doble nacionalidad El Zorro, que marcaba sus actos buenos o malos (según se viera) con la primera letra de su nombre, provocó incertidumbre y placer en los hogares norteamericanos de principios del siglo XX. Con una clara vinculación social (Don Diego de la Vega era un mexicano acomodado en Alta California), el personaje se consolidó desde 1920 hasta las películas de Antonio Banderas. Por la actuación de este último, o bien por la figura del héroe en libros o películas, la Z asusta.

La zeta como ciencia

En matemáticas, representa el conjunto de números enteros. La primera letra de la palabra alemana Zahl (número) designa este grupo. Para los negados en estos temas, lo pongo más fácil: “Los números naturales (N) son los que usamos para contar elementos de un conjunto; por otro lado, tenemos los números enteros (conjunto Z) que surgen de la necesidad de descontar y están formados por los números negativos más los números naturales”, dice el portal academiajaf.com. Más claro, ni las explicaciones de los políticos. En su fragmentariedad o completitud, la Z asusta.

La zeta desde el crimen

Me encantaría continuar con ejemplos de cultura popular e inofensivos. Para los mexicanos, desde hace ya casi 20 años esta letra significa crimen, tortura, violencia, tráfico, drogas, extorsión…el cartel de los Zetas (fundado en 1998-1999) surgió como protección para Osiel Cárdenas, (entonces líder del cartel del Golfo de México). Reclutó ex militares entrenados en Estados Unidos y se mediatizó por sus métodos extremadamente crueles de tortura (cuyo final, la decapitación, es usual en una guerra que este año cumple 10). El origen del nombre no es del todo claro pues se relaciona con militares de alto rango, cadáveres o colores. Desafortunadamente, y en la realidad, la Z asusta, no debería existir y yo quisiera no haber escrito las últimas líneas.