“¿Por qué aprendes kichwa?”

Aunque el kichwa no es la lengua oficial de Ecuador, hay expresiones y estructuras que están profundamente arraigadas en el habla cotidiana.

Una periodista y ceramista ecuatoriana cuenta cómo ha sido su proceso de aprendizaje del kichwa y por qué esta experiencia le ha servido para volver a sus raíces y entender la visión de los indígenas de su país.

 

Pamela Guachamín 

“¿Por qué aprendes kichwa?” Me preguntan algunas personas cuando en conversaciones les cuento que tomo un curso de una de las 14 lenguas ancestrales que aún se hablan en Ecuador. Hay varias razones detrás de esta decisión. El kichwa ecuatoriano es una variante del quechua, una de las lenguas indígenas más difundidas en Sudamérica (desde el sur de Colombia, pasando por Ecuador, Perú y Bolivia, hasta llegar al norte de Argentina). El de Ecuador es una variante porque no existen las vocales “e” y “o”; por esa razón el término adecuado es kichwa y no quechua como en otros países de la región.[i]

Cada proceso de aprendizaje de una lengua es distinto e intervienen varios factores. Recuerdo que una de las motivaciones para el primer curso que realicé hace ocho años fue estar activa académicamente y romper la rutina laboral. Por eso me pareció buena idea aprender otro idioma, no necesariamente extranjero pero sí muy distinto al español.

Después de un par de niveles lo dejé, un poco apenada, pues a pesar del esfuerzo sentía que no estaba lista para comunicarme con un hablante de kichwa. Considero que la mejor forma de interiorizar y hablar un idioma nuevo es por medio de la inmersión, como cuando aprendemos a nadar; una vez en el agua, ya sea por instinto o por necesidad tenemos que movernos. Por supuesto es recomendable viajar a los lugares donde se hablan los idiomas y practicarlos, pero en mi caso, no encontré las condiciones para convivir con hablantes de kichwa en ese entonces.

Aprender una lengua no es solamente memorizar palabras o expresiones, sino adentrarse en la visión que tiene un pueblo sobre el mundo.

Una de las características que más me llamó la atención de este idioma es que es aglutinante; es decir, se agregan partículas a la raíz primaria para modificar su significado o para expresar una relación gramatical con otros elementos del discurso.[ii] Esta cualidad fue y sigue siendo la más compleja porque estoy acostumbrada a otras estructuras al hablar español. Por ejemplo, la partícula «pi» significa «en», cuando un kichwa hablante se refiere a un lugar. Así, «Méxicopi» quiere decir «en México», o «casapi», «en casa».

Ahora decidí regresar al kichwa con nuevas inquietudes, especialmente la de entrar en contacto con mis raíces. Siendo estudiante extranjera en Alemania noté que usaba muchas expresiones propias del español ecuatoriano o, más bien, del español andino de Ecuador que está colmado de kichwismos. Por ejemplo, durante la temporada invernal, bastante dura en Europa, para mí no era suficiente decir “hace frío”, sino que recurría al «achachay», expresión kichwa usada frecuentemente para expresar esa sensación térmica.

Pamela (primera de izquierda a derecha) con sus compañeros de clase en Quito.

En clase somos diez alumnos: ocho mestizos y dos indígenas de los pueblos otavalo y otavalo-panzaleo, donde el kichwa es la lengua materna y también el nombre de la etnia. Los profesores son indígenas de Otavalo y Cotacachi, dos ciudades del norte de Ecuador que pertenecen a la provincia de Imbabura, famosa no solo por sus artesanías, sino sobre todo porque es la tercera provincia del país con mayor número de indígenas.

Siento que cada clase tiene una doble connotación. Es un desafío porque a pesar de los esfuerzos por entender y hablar, aprender una lengua distinta implica disciplina y constancia, sobre todo cuando el idioma tiene un carácter eminentemente oral. Lo anterior se refleja en que no existe una larga tradición escrita en kichwa, no porque el kichwa carezca de alfabeto o escritura, sino porque hace un par de siglos leer o escribir en esta lengua era vetado para los indígenas en Ecuador[iii] y tal vez ocurría algo similar con otros pueblos ancestrales de América Latina. Buena parte de sus conocimientos, leyendas, cuentos, medicinas y costumbres se transmitían de boca en boca, de una generación a otra o a través de los diseños textiles. De ahí que la mejor forma de aprender kichwa sea acercándose a hablantes de kichwa, especialmente a los mayores, pues ellos conservan expresiones y palabras en desuso.

Aunque el kichwa no es oficialmente la lengua materna de Ecuador, hay expresiones y estructuras que están profundamente arraigadas en el habla cotidiana. La partícula «mu» conjugada con un verbo indica que la persona irá a un lugar, realizará determinada actividad y volverá. Así sucede, por ejemplo, con «rantina», que significa «comprar». La partícula «mu» se añade al final de la raíz «ranti» y antes de la terminación verbal «na». Así «rantimuna» significa «voy a comprar algo y vuelvo». Por eso es frecuente escuchar en el español de Quito expresiones sin sentido como «voy a volver» o «se fue a volver», que pese a su incorrección, son claras para cualquier local.

Una de las características que más me llamó la atención de este idioma es que es aglutinante; es decir, se agregan partículas a la raíz primaria para modificar su significado o para expresar una relación gramatical con otros elementos del discurso.

La otra connotación que evocan las clases es la de re-conocer mi propia cultura porque puedo re-descubrirme y re-aprender palabras, términos o expresiones que usamos sin preguntar mucho más sobre su origen o significado real. Por ejemplo, un día mientras conjugábamos el verbo «rimana», que significa «hablar», noté que de ahí proviene el nombre del río Rimac en Lima, Perú. En kichwa los verbos pueden ser sustantivados si el final, «na», es reemplazado con «k». De ahí que Rimak pueda significar «hablador» o «río que habla». Algunas palabras de uso cotidiano siguen está lógica. En kichwa el verbo «chapana» significa mirar, observar, espiar. Así, la persona que observa es un «chapak», y es frecuente que en la sierra ecuatoriana las personas se refieran al «chapa» para designar a un agente policial.

Aprender una lengua no es solamente memorizar palabras o expresiones, sino adentrarse en la visión que tiene un pueblo sobre el mundo. Aunque los indígenas que hablan kichwa en Ecuador comparten el país con mestizos, negros y blancos, aprender su lengua me ha permitido entender mejor lo que piensan y sienten. La naturaleza «pacha» es una parte fundamental del discurso para los indígenas. Por eso en su habla siempre hay referencias a lugares como el río «mayu», la laguna «cocha», la cascada «pakcha», la montaña «urku», o el llano «pampa». Son elementos cargados de significado espiritual porque sirven como escenario de ceremonias y rituales para agradecer por las cosechas o purificar el cuerpo y el espíritu «aya». Antiguamente las fiestas empezaban con baños de purificación nocturnos en la víspera de los festejos. La gente acudía a la «packcha» o al «pokyo» (fuente de agua) porque se considera que en esos lugares está el gran espíritu «hatun aya» y el agua «yaku» ayuda a limpiar malas energías. Así el «Inti Raymi» o fiesta del Sol inicia con el baño ritual en la noche anterior al 21 de junio.[iv]

“¿Por qué aprendo Kichwa?”, me pregunto todavía. Tal vez al principio fue por curiosidad, pero durante el camino recordé que mi abuelo materno hablaba kichwa y que mi apellido es indígena. Sin importar esto, siento que nuestras raíces son indígenas. Una prueba de ello es la lengua, que con el paso del tiempo también se ha mezclado con otros idiomas ancestrales y con el español para dar como fruto una riqueza lingüística y expresiva que nos identifica.

*Si quieren saber más de este tema, Pamela los invita a escuchar aquí un podcast sobre lenguas madres que hace parte del programa “Megáfono joven” de la Radio de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.

 

[i] Cobo, María del Pilar. El Telégrafo. https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/carton-piedra/1/entendamos-el-kichwa, consultado 11 de abril de 2018.

[ii] Catta Q., Javier. Gramática del Quichua ecuatoriano. Quito: Abya-Ayala. 1994.

[iii] El Universo. Lucía Lema Otavalo incentiva el kichwa a través de cuentos y poesía. https://www.eluniverso.com/vida-estilo/2016/11/12/nota/5898559/otavalena-incentiva-kichwa-traves-cuentos-poesia, consultado 18 de mayo de 2018.

[iv] El Telégrafo. Indígenas ayuentan la energía negativa durante el Inti Raymi. https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/buen/1/indigenas-ahuyentan-la-energia-negativa-durante-el-inti-raymi, consultado 18 de mayo de 2018.




Los dos Sócrates

Los dos Sócrates: filosofía y futbol

La filosofía y el futbol, en este caso, son inseparables

Los dos Sócrates son futbol y filosofía. Un extraordinario jugador y un diálogo platónico pueden darnos muestras del origen de las palabras

 

Gabriel Hernández Soto

 

En todo hogar existe un momento idóneo para solventar cruciales discusiones filosóficas: la hora de la “sobremesa”. En mi familia, ese momento servía para que el Checo y yo nos enfrascáramos en una discusión bizantina: quién era el mejor futbolista de la historia. El Checo, a quien yo acusaba de un excesivo romanticismo causado por un evidente ataque de nostalgia, defendía la tesis peleísta; en cambio, yo postulaba la maradoniana. Mi madre siempre se quejaba de que tratáramos temas tan banales. Un buen día, como tocada por el hado de la sapiencia, descalificó a mi contrincante con una frase que ni siquiera yo hubiera osado esgrimir: “Ni siquiera sabes quién fue Sócrates, y te quieres dar aires de pensador”.

“Claro que sé quién fue Sócrates. También conocido como “El doctor”, Sócrates es el mejor mediocampista que ha dado Corinthians; jugó los mundiales de 1982 y 1986 con la selección brasileña”

El Checo, quien probablemente no habría podido identificar a la República Checa en un mapa (aunque, honor a quien honor merece, sabía muy bien que Pavel Nedved era el mejor centrocampista de su época), mostró la típica sonrisa benévola de quien se sabe ganador: “Claro que sé quién fue Sócrates. También conocido como “El doctor”, Sócrates es el mejor mediocampista que ha dado Corinthians; jugó los mundiales de 1982 y 1986 con la selección brasileña”. Mi madre estuvo a punto de arrojarle el florero; pero se contuvo cuando expliqué que Checo tenía la boca llena de razón. Obviamente, mi madre jamás volvió a interferir en nuestras discusiones. Me gusta pensar que eso se debió a cierto respeto a nuestra altura intelectual.

El mejor antídoto para este estado de indefensión lingüística es, como todo el mundo lo sabe, el latín

La alusión a Sócrates me hizo pensar en el problema clásico del “arte de nombrar”. Normalmente solemos asumir, ya que el lenguaje es algo que nos precede, que las cosas tienen un “nombre” natural que les es, por ese motivo, el más apropiado. Pocas veces discutimos si tal o cual palabra resulta idónea para tal o cual objeto físico o mental. Pero, a veces, ocurre que la realidad nos presenta objetos novedosos para los cuales, obviamente, no tenemos una palabra adecuada. El mejor antídoto para este estado de indefensión lingüística es, como todo el mundo lo sabe, el latín. Uno de los ejemplos más conocidos es el de esas modernas cajas de plástico que, conectadas a una especie de televisión, funcionan como máquinas de escribir. Al no contar con un nombre, acudimos al latín. Les llamamos “computadoras” aunque su actividad vaya más allá de realizar una simple suma (“puto” es “sumar” en latín). Personalmente, me parece que “ordenador”, la solución ibérica a este dilema, resulta más adecuada. Pero, como mencioné antes, la lengua es algo que nos precede.

Como relata Borges en su cuento “El Golem”, la leyenda cuenta que los rabinos son capaces de dar vida a un muñeco de barro solamente con escribir en su frente la palabra precisa

Si hacemos un poco de memoria, recordaremos que este tema ya había sido dilucidado por los filósofos griegos. El Cratilo es, quizás, el “Diálogo” más extraño escrito por Platón. De manera inusual, Sócrates no debate incansablemente con algún ingenuo sofista; esta vez, Sócrates funge como árbitro de la discusión entre Cratilo y Hermógenes. El primero sostiene la teoría idealista (las cosas tienen un nombre ideal, es decir, verdadero); el segundo, la teoría pragmática (las cosas adquieren un nombre por consenso). Descendientes de Cratilo son, evidentemente, los pensadores místicos. Como relata Borges en su cuento “El Golem”, la leyenda cuenta que los rabinos son capaces de dar vida a un muñeco de barro solamente con escribir en su frente la palabra precisa. Los descendientes de Hermógenes, por su parte, resultan menos atractivos. Se trata de los lingüistas que, a partir del siglo XX, convirtieron esos estudios en una ciencia. La discusión, por tanto, no ha concluido.

Como señala Eduardo Galeano en Fútbol a sol y sombra, la historia del football es extraña: inventado en los colegios más aristocráticos de Europa, en Sudamérica alegraba la vida de personas que ni siquiera habían pisado la escuela

 

Unamos ahora a los dos Sócrates de esta historia: el filósofo y el futbolista. Dicha suma nos servirá para entender un problema actual en torno al “arte de nombrar”. A principios del siglo XX, Sudamérica se convirtió en el punto de llegada de miles de europeos. Entre los artilugios traídos al Nuevo Mundo se encontraba una pelota, la pelota con la se jugaba al football. Al principio, ese juego en el que los europeos perseguían una pelota fue objeto de burla y de asombro. Con el tiempo, fueron objeto de admiración y… finalmente, de expropiación. Como señala Eduardo Galeano en Fútbol a sol y sombra, la historia del football es extraña: inventado en los colegios más aristocráticos de Europa, en Sudamérica alegraba la vida de personas que ni siquiera habían pisado la escuela. Y de esa expropiación surgió la optimación: el fútbol más bonito del mundo nació cuando el juego fue aderezado con los movimientos de la capoeira o con los movimientos del malandro capaz de bailar en una baldosa. Pero esa “apropiación” no podía ser tal si no se manifestaba también como una “apropiación” lingüística.

Al parecer, entendimos que “goal” era una palabra ideal, si bien la modificamos un poco. “Goal” devino “gol” en la misma forma en que “ego” devino “yo: economía lingüística.

El ambiente del fútbol hubiera sido un tema idóneo para la discusión de Cratilo y Hermógenes. Al parecer, entendimos que “goal” era una palabra ideal, si bien la modificamos un poco. “Goal” devino “gol” en la misma forma en que “ego” devino “yo: economía lingüística. Pero, salvo esta idealidad, el léxico del fútbol incorporó palabras más apropiadas. El “goalkeeper” fue sustituido por “portero”. Sin embargo, este vocablo aún aludía a una “realidad” demasiado vulgar. Por ello, aquellos más preocupados por el lenguaje prefieren el mítico nombre de “cancerbero”.

Me gusta pensar que el Sócrates inventado por Platón estaría de acuerdo con estos nuevos vocablos. Después de todo, Platón tampoco pasó a la historia con su verdadero nombre (Aristocles). El fútbol, ese juego en el que ese otro Sócrates desparramaba elegancia e inteligencia, nos permite advertir que el “arte de nombrar” no es una cuestión exclusiva de altos legisladores. El lenguaje, si bien nos precede, también es nuestra creación.

 

 

 




El misterio del origen de las lenguas

En el antiguo Egipto, el faraón Psamético I llevó a cabo un experimento social para determinar cuál era origen de las lenguas de la humanidad.

¿Podemos saber acaso cuál fue el origen de las lenguas que se hablan actualmente en el mundo? ¿Todas tienen una historia distinta o hay algo en común que las hermane?

 

Fernando Cruz Quintana

A lo largo de la historia, el origen de los idiomas ha sido una cuestión que ha interesado a los hombres. Conocer con exactitud cuál fue el principio de la expresión humana a través de una lengua es una tarea imposible, no obstante, las hipótesis que conocemos al respecto son tan asombrosas como absurdas.

Sabemos que la invención de las escrituras (pictográficas, alfabéticas, con ideogramas, etc.) es también el principio de la historia; el tiempo previo, del que no tenemos un registro consciente, se conoce como prehistoria. Al hablar de esta etapa anterior podemos cometer el equívoco de pensar que en ella se encontraban sociedades muy primitivas, más próximas a la animalidad que a aquello que significa ser humano. Nada más erróneo que esto. Que no hubiera sistemas para dejar huella de nuestra comunicación no quiere decir que aquellos primeros hombres (o últimos simios) no pudieran expresar su sentir ni dar nombre a las cosas del mundo. Aunque no tengamos ningún registro auditivo para corroborar esta afirmación, podemos deducir que para poder escribir, antes aprendieron a hablar entre sí y por tanto, un mínimo de civilidad tendrían.

Conocer con exactitud cuál fue el principio de una lengua es una tarea imposible, no obstante, las hipótesis que conocemos al respecto son tan asombrosas como absurdas.

¿Cómo entonces pudo surgir el habla desde la nada? ¿Qué chispazo mágico habrá producido que el hombre comenzara a utilizar sonidos para significar cosas? Una de las hipótesis más aceptadas posiciona a las onomatopeyas como el mejor vehículo para desarrollar una protolengua. Los individuos imitaban el nombre de los animales con los que convivían: las primeras expresiones debieron partir de la habilidad de calca sonora que tenían los primeros seres humanos. Esto no resulta ajeno si pensamos que aún hoy enseñamos onomatopeyas para que los bebés designen fácilmente a sus mascotas: “gua gua” y “miau” pueden ser términos universales para hablar de perros y gatos. Sin embargo, si este ejercicio es práctico para calcar la voz de otros seres animados, ¿cómo nombrar por su sonido a objetos inanimados?, ¿qué nombre pondría usted a una roca si tuviera que bautizarla por el ruido que emite?

Aún cuando se acepte la hipótesis de las onomatopeyas, existe un trecho muy amplio entre hablar de ese modo y el desarrollo de una gramática que estructure nuestras oraciones. Aunque la respuesta de si los idiomas son producto de un proceso cultural —es decir, que son inventados por el hombre— o uno natural parece obvia, anteriormente se pensaba que tal vez sí existía una lengua universal para comunicarnos. Si esto fuera cierto, ¿cuál sería? ¿El español —mí español que uso todos los días—? ¿El inglés, que se habla en casi todo el mundo? ¿El chino, el idioma con mayor número de hablantes naturales?

En el siglo VII a.C., el faraón Psamético I se hizo esta misma pregunta y realizó un ejercicio para corroborarlo. Este mandatario separó a dos recién nacidos de familias distintas y los envió a vivir con un pastor para que éste les cuidara de un modo muy peculiar: estaba restrictamente prohibido que les dirigiera cualquier palabra, con la idea de que los dos bebés hablaran por sí solos de forma natural. Tras el experimento, el pastor reportó que en ambos casos la primera palabra enunciada había sido «becos», que en lengua frigia significa «pan». Por ello, en el antiguo Egipto se consideró al frigio como la lengua primigenia.[i]

Hoy los estudios lingüísticos nos han demostrado que la adquisición de una lengua es un proceso más complejo y que por sí solo un individuo no puede crearse un idioma e intentar comunicarse con los demás. La esencia de las lenguas radica justamente en la utilización social de la misma. Probablemente haya existido una lengua originaria a partir de la cual otras más se desarrollaron. No sabemos cuál es, pero tenemos vastedad de ejemplos de cómo un sistema expresivo se transforma o deviene en otro: piense en el latín y en la enorme semejanza que todas las lenguas romance guardan entre sí.

Hoy los estudios lingüísticos nos han demostrado que la adquisición de una lengua es un proceso más complejo y que por sí solo un individuo no puede crearse un idioma e intentar comunicarse con los demás.

Algunas respuestas religiosas a la pregunta por el origen de la lengua parecen simplistas y asombrosas. En la tradición cristiana por ejemplo, se cuenta que dios dejó a Adán la libertad de nombrar a los animales. ¡Qué tarea tan divertida y compleja! Elegir los sonidos que designaran a los seres vivos que lo acompañaban en el paraíso. En la medida en la que no había ningún referente previo, los términos que Adán haya escogido no sonaban ni raros ni normales: si acaso “huyteropjimne” servía para decir lo que ahora en español conozco como “pájaro”, esa convención era la única y la válida para ese mundo. Y si en esa primera existencia surgieron las expresiones primigenias, la misma religión nos cuenta cómo más adelante, en la historia de la Torre de Babel,[ii] dios mismo se encargaría de complicarlas.

Donde la ciencia y las humanidades reconocen limitantes, el pensamiento mítico es atrevido y fantasioso. Saber con precisión cuál es el origen de los idiomas es una tarea irrealizable, pero no por ello deja de ser una inquietud muy angustiante y divertida. Reconozco que mi habla tiene un pasado vetusto, inconmensurable desde mi propia experiencia de vida, y me emociono al pensar que cuando digo las cosas que digo probablemente un eco milenario reverbere en mis palabras.

 

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Notas.

[i] Carlos Prieto (2014). Cinco mil años de palabras. Tercera edición. México: FCE. p. 23.

[ii] «Babel» proviene del hebreo «balal» que en español significa «confundir».




El miedo al gerundio

El miedo al gerundio 

El miedo al gerundio y otras cuestiones gramaticales viene justamente de la costumbre. Por eso, a veces también cuesta distinguir el buen uso del abuso. 

Tan habituados estamos al mal uso del gerundio que ya nos acostumbramos a leerlo y escucharlo en todas sus falsas manifestaciones. Una reflexión sobre cómo perderle el miedo.

María Paula Laguna

Escribir es un ejercicio lleno de preguntas, desde con qué idea empezar el primer párrafo, hasta cómo escribir correctamente una frase. La práctica ayuda a despejar esas dudas cada vez más rápido, claro, pero en el camino siempre quedan cosas a las que les guardaremos cierto temor reverencial. En mi caso, es el gerundio. Si lo veo venir a medida que tecleo, suelo detenerme para probar distintas alternativas, todas con tal de evitarlo. Prefiero desterrarlo en vez de correr el riesgo de equivocarme. Así es el miedo a veces.

Pero el gerundio no es un monstruo. No: es simplemente “una forma no verbal, cuya terminación en español –ndo, puede formar perífrasis verbales”[1]. Para ponerlo más sencillo, el gerundio actúa como un adverbio, o sea es capaz de modificar al verbo para explicar una acción. Así pasa cuando decimos, por ejemplo, “el profesor empezó la clase explicando la teoría de conjuntos”; o “Juliana abrió el regalo rasgando la cinta”. En ambos casos se puede usar sin temor porque se trata de acciones simultáneas al verbo principal.

Los ejemplos anteriores parecen fáciles pero, por si quedan dudas, basta preguntarle al verbo. “¿Cómo empezó la clase el profesor? Explicando la teoría de conjuntos”; “¿cómo abrió el regalo Juliana? Rasgando la cinta”. Si la respuesta tiene sentido, no hay problema. Esa es una estrategia que alguna vez me enseñó una correctora de estilo y, desde entonces, no me falla. El lío con el gerundio es que a muchos les parece una solución eficaz para conectar dos ideas distantes, como en el clásico: “El avión cayó al mar, siendo hallado dos días más tarde”; o éste que circula en casi todos los blogs sobre el tema: “Cortázar viaja a Francia, muriendo en ese país años después”.

Si lo veo venir a medida que tecleo, suelo detenerme para probar distintas alternativas, todas con tal de evitarlo. Prefiero desterrarlo en vez de correr el riesgo de equivocarme. Así es el miedo a veces.

Los titulares de prensa son terreno fértil para esos ejemplos y sus variantes, pues en el apuro por ahorrar caracteres, el periodista prefiere echar mano del gerundio. Pero usarlo para unir acciones que ocurren en momentos diferentes o como consecuencia de algo, siempre termina mal. ¿Cómo cayó el avión al mar? Siendo hallado dos días más tarde. ¿Cómo viaja Cortázar a Francia? Muriendo años después”. No hay que ser demasiado creativo para resolver una oración de ese tipo; a veces sólo se necesita un “y”: “El avión cayó al mar y fue hallado dos días más tarde”; “Cortázar viaja a Francia y muere en ese país años después”.

Otro de los usos más comunes del gerundio es el de expresar continuidad o duración, como cuando decimos “sigue lloviendo”, o “Diego está cenando”. No faltan las excepciones, y aunque no puede actuar como adjetivo, sí es aceptado en el caso de “hirviendo” (“agua hirviendo”) y “ardiendo” (“carbón ardiendo”). Funciona de forma similar en algunos titulares o pies de foto, como, por ejemplo, “Hombres limpiando la azotea” o “Santos, firmando la paz”.

El miedo al gerundio y a muchas otras cuestiones gramaticales viene justamente de la costumbre. De tanto ver y escuchar estas frases, al final nos parecen normales, por eso, en ocasiones, cuesta distinguir el buen uso del abuso. Y no sólo sucede en los medios o en la industria editorial. Hay sociedades, como la ecuatoriana, en las que el gerundio se ha instalado en las expresiones más cotidianas; cuando uno le pregunta a un amigo si ya almorzó, por ejemplo, puede responder: “Sí, vine comiendo”. Pero con eso, en realidad, no nos quiso decir que comió durante el trayecto, sino que lo hizo antes. O “darásme haciendo”, una forma complicadísima para pedir un favor. Suena obvio, pero hay que repetirlo: la sencillez es la regla más confiable, sobre todo cuando se trata de perderle el miedo a un monstruo tan omnipresente.

 

[1] Diccionario de la lengua española [en línea], disponible en: http://dle.rae.es/?id=J9jq94P|J9k4n78, recuperado: marzo de 2017.




La poesía de los idiomas

La poesía de los idiomas

Los países acortan las diferencias a través del intercambio cultural y, en primera instancia, de la lengua. 

En este juego de traducir y proponer nuevas versiones, en la poesía de los idiomas, podemos ver la preponderancia del lenguaje sobre los autores

Luis Ángel Rodríguez Bejarano 

Es sabido ya que muchas palabras de otras lenguas son intraducibles; en ¡Lengua Viva! se ha contado por qué algunos conceptos tienen que ver más con aspectos culturales que con una traducción literal; con todo esto, no es el espacio aquí para teorizar sobre la traducción-traición. Sin embargo, en la poesía, los intentos son aún más vanos. En esta poesía de los idiomas, las personas se dan por vencidas y eligen crear otro poema con el fin de preservar la obra original, y que, al mismo tiempo, funcione como homenaje. En otras ocasiones, es preferible explicar por qué se ofrece una u otra versión.

Para un escritor, la ansiedad de dar a conocer a otro autor, lengua o texto es grande e inacabable

Sobre los autores traduciendo poetas hay mucho material: para un escritor, la ansiedad de dar a conocer a otro autor, lengua o texto es grande e inacabable. Un asunto distinto es cuando un poeta escribe un poema y pide a otros (o en todo caso, conoce poco), continuarlo en una lengua distinta a la suya. Las preguntas son varias: ¿es el mismo poema?, ¿se pueden acercar las versiones?, o bien ¿cuál es la utilidad de escribir “lo mismo”?, lo anterior encuentra respuesta en un valiente experimento que Octavio Paz inició en 1971 cuando pidió a Charles Tomlinson, Jacques Robaud y Edoardo Sanguinetti que escribieran un poema a la usanza japonesa: un renga, que es un poema encadenado. Las dificultades para la versión occidental del escrito los hicieron decidirse por escribir sonetos, con lo cual, cada uno en su lengua, completó la secuencia que explica el crítico literario Makoto Ooka:

Paz y sus amigos escribieron pues veintisiete sonetos, todos de cuatro estrofas, cada una compuesta por un poeta diferente, que se expresaba en su propia lengua. El orden de intervención de los autores cambiaba en cada poema, y las estrofas podían tener de siete a cuatro versos. El conjunto se divide en cuatro secciones, las tres primeras de siete sonetos y la última de seis. Puesto que las cuatro secuencias se escribieron al mismo tiempo, empezando por el primer soneto de cada una, luego por el segundo, y así sucesivamente, el libro puede leerse en ese orden, al que llaman horizontal, lo mismo que en el orden vertical de su presentación final, secuencia tras secuencia.[1]

El lenguaje debe ser, ante todo, el protagonista del poema. En la multitud se eliminan nombres, corrientes, incluso idiomas

Lo anterior no hace sino demostrar un máxima en la poesía paciana: que el lenguaje debe ser, ante todo, el protagonista del poema. En la multitud se eliminan nombres, corrientes, incluso idiomas, sólo subyace el texto a través de su materia prima:

Aime criaient-ils aime gravité

des très hautes branches tout bas pesait la

Terre aime criaient-ils dans le haut

(Cosí, mia sfera, cosí in me, sospesa, sogni: soffiavi,

tenera, un cielo: e in me cerca i tuoi poli, se la

tua lingua e la mia ruota, Terra del Fuoco, Terra di

Roubaud)

Naranja, poma, seno esfera al fin resuelta

en vacuidad de estupa. Tierra disuelta.

Ceres, Persephone, Eve, sphere,

earth, bitter our apple, who at the last will hear

that love-cry?

 

Las palabras se encadenan, resuenan y se independizan del autor. No requieren más que el acompañamiento de otras de su mismo género. Las posibilidades que ofrece Paz y sus amigos son un intento por acercarse a la interactividad de la poesía japonesa, en la cual la participación del lector, o bien otro poeta, es indispensable. por supuesto, no es la intención de este texto analizar Renga, sólo se pretende ejemplificar la hermosa relación entre las lenguas y la salida que da la poesía a lo intraducible.

[1] “La modernidad de la tradición japonesa y el Renga de Octavio Paz”, en La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, marzo 2014, p. 22.