La enseñanza, la lectura y nosotros

La enseñanza, la lectura y nosotros

Cada persona a la que le interese que los demás lean debe idear sus estrategias, no se trata de ordenar sino de dejar en libertad al potencial lector. 

¿Cómo es posible que nos quejemos de que los jóvenes no leen si no hacemos algo al respecto? No sólo los docentes tienen esta responsabilidad.

 

Luis Ángel Rodríguez Bejarano

Hace poco escuché a un profesional de la educación decir que se podía elaborar un examen sobre un texto que no se había leído. Asumo que esta persona pensó que sería suficiente con saber algunas cosas: resúmenes, pláticas de café o mitos sobre una obra.

Más allá de que estas prácticas sean más o menos comunes, los problemas de lectura no pueden resolverse obligando a los alumnos a leer, es necesario infundir la emoción por la lectura.

Sin este elemento, que deriva probablemente en amor, todas las técnicas y esfuerzos no sirven de mucho. Es por ello que propongo, a partir de mi experiencia, algunas acciones para atraer lectores.

Evitar que otras personas lean los clásicos que nosotros no leeríamos, o bien que leímos mal

-Evitar que otras personas lean los clásicos que nosotros no leeríamos, o bien que leímos mal. Más allá de las aburridas ediciones que nos alejan de ellos, estos textos guardan secretos increíbles para los lectores nuevos. Si le dijéramos a alguna persona “tienes que leer El Quijote”, estaríamos empujándolo a Netflix.

-De la misma forma que en una biblioteca, internet contiene textos muy valiosos, sobre todo de autores nuevos; esto atrae mucho por la posibilidad de que el lector joven se acerque no sólo a la lectura sino a la escritura a través de personas que comparten temas. Conviene sugerirle blogs, por ejemplo.

Evitar las campañas de fomento a la lectura, especialmente las que incluyan el tiempo que se debe leer, como si fueran ejercicios para bajar de peso

-Evitar las campañas de fomento a la lectura, especialmente las que incluyan el tiempo que se debe leer, como si fueran ejercicios para bajar de peso. Éstas se basan, a juzgar por lo que veo, sobre todo, en creativos de agencias de publicidad que poco o nada tienen que ver con los textos, especialmente literarios. Una mejor sugerencia puede ser la libertad para llevar a cabo, o suspender en su caso, la lectura.

-Como lectores siempre esperaremos que a los demás les emocionen los mismos textos que a nosotros; esto raramente sucede y no es falta de sensibilidad o pereza mental sino, en muchos casos, que el libro no ha encontrado a su lector.

El listado anterior no es nuevo, existe desde hace mucho tiempo y siempre se basará en algo que complementaría lo que hacen los profesionales de la educación: el elemento afectivo, la emoción, pues más allá de que los alumnos decidan qué leer, requieren el lado sentimental, eso que ni los programas de lectura ni las políticas culturales pueden ofrecer. Eso que tanto se despreció por obsoleto es lo que ahora puede empujar a los jóvenes lectores a exigir de su educación lo mismo que se puede exigir de un libro: que te emocione.

 

 




La librería Icaria de México: una experiencia a la venta

La librería Icaria de México: una experiencia a la venta 

unnamed-3La luz y la amplitud de este espacio permiten que se lleven a cabo presentaciones de libros, conferencias y lo más importante: apreciar con libertad los libros.

 La librería Icaria ofrece una contenido variado: desde novelas hasta cómics y poemarios; siempre abogando por la edición independiente. 

 

Luis Ángel Rodríguez Bejarano

El acto de comprar de libros debería acercarnos no sólo con las historias de autores lejanos sino a personas que sientan, no es inexacta la palabra, la necesidad de ofrecer la literatura de una forma distinta.

Los negocios “humanísticos” tendrían que enfocarse en mantener, sobre todas las cosas, el contacto directo con el lector; sin esto estamos destinados a empresas como Amazon (no por capitalistas menos necesarias).

Soy de los que creen que un algoritmo puede ayudarme a elegir un libro hasta cierto punto. La otra mitad de esta tarea es del librero. Es ahí donde la literatura se mantiene, respira y se activa. La librería y cafetería Icaria, como su nombre lo indica, pretende ser una isla en un barrio (la colonia Narvarte) interesado desde siempre por la cultura.

El surgimiento de librerías como esta en nuestro país abre las puertas a las editoriales y lectores independientes 

El surgimiento de librerías como esta en nuestro país abre las puertas a las editoriales independientes y, me arriesgo a decirlo, a lectores independientes: aquellos que se dejan convencer por una persona que vive de los libros, que los siente todos los días porque su trabajo, pareciera, es estar en la sala de su casa.

Ubicada en la calle Pitágoras, número 446, este negocio ofrece lo mínimo que un cliente literario puede pedir, y que desafortunadamente casi nunca obtiene: la presencia de un librero que se interesa por el otro, que se pone en su lugar, un buen café, té, música siempre atenta a gustos exigentes.

Por si fuera poco, en la parte superior, una escuela de escritores remata el edificio. En unnamedella se ofrecen cursos sobre ciencia ficción, literatura fantástica, cuento y no son pocos los alumnos que han presentado sus textos en la parte de abajo. Autores como Ricardo Bernal y Pablo Soler Frost son profesores de este lugar.

Como todo proyecto cultural, la paciencia y el aprendizaje son la constante de Icaria. La amable presencia de Itzia Pintado invita al comprador a un lugar al que no haría falta mucha publicidad para entrar.

Formada como librera, no se puede entender Icaria sin su librera principal: gestiona, enfrenta números y se da el tiempo para ofrecer un excelente té chai. Ella es, siempre,
cómplice de sus clientes: se acerca a ellos, se interesa, los guía y es el enlace entre un escritor y su público. Esto se parece mucho a la idea del librero antiguo.

 En la librería Icaria conviven tanto autores de cómics de 19 años como profesoras octogenarias de literatura medieval

Entrar a Icaria es estar en un pasillo donde lo que predomina es la independencia: editoriales, suvenires, sillones antiguos conviven lo mismo con un cómic de chicos de 19 años que con las enseñanzas medievales de una profesora universitaria.

Los socios de Icaria hicieron lo que pocos: una lugar donde lo que importe es el gusto de los dueños que, curiosamente, es el gusto de miles de personas. La deuda que ellos dicen tener con los libros es la misma que algunos sienten cuando salen de este sitio.

Uno no puede más que regresar. A pesar de que a Itzia parecerle no agradarle la idea de las librerías de barrio (un concepto muy presente en España), sí comulga con la idea de un negocio literario vinculado con una comunidad.

Si bien no podemos decir que Amazon deba cuidarse (ahora veo con tristeza que el gigante de las ventas quiere prescindir de empleados que vendan sus libros), tampoco podemos despreciar esta otra cara: la amable, la que importa, a la que tú le importas. Agradezcamos a librería Icaria no sólo por su existencia sino por hacer tangible algo que muchos lectores imaginamos desde hace tiempo.

978607966366El librero recomienda

La tentación de las armas de fuego de Patrick Deville (2016, México: Vanilla Planifolia), en palabras de Itzia, de Icaria, es una obra que se destaca por su estilo y por la vinculación con el amor y cómo éste subsiste a través de los años para encontrar
paralelismos en la historia del hombre. La relación entre el sentimiento amoroso y la resistencia a su fin, son los ejes por los que nos envuelve la obra.




Tsundoku: los libros que no leemos

 

img_0026Una pila de libros en un buró, como un signo de los proyectos individuales de lectura. (Fotografía de @zairis, Light Light Fotostudio)

La palabra japonesa «tsundoku» refleja un apego muy peculiar de la cultura asiática por el mundo de los libros y la lectura. 

 

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“Ante ciertos libros uno pregunta: “¿Quién los leerá?” y ante ciertas personas uno se pregunta: “¿Qué leerán?” Y al final esos libros y esas personas acaban por encontrarse.” André Gidé.

 

Fernando Cruz Quintana

La lengua es al mismo tiempo uno de los signos de diferencia más notorios entre los seres humanos y quizá el mayor denominador común que tenemos. No existe sociedad sin comunicación; las palabras representan una de las condiciones de nuestra naturaleza, aunque éstas no tengan nada de natural y se sustenten en la arbitrariedad creativa de todos los idiomas.

Pese a las particularidades con las que cuenta cada lengua, un hecho es innegable y siempre me ha parecido asombroso: las expresiones se pueden traducir de un idioma a otro. Que podamos realizar este traslado de sentido es tranquilizante: el mundo, pese a sus múltiples maneras de ser nombrado, parece ser sólo uno. Sin embargo, visto desde las minucias de los sentidos, esta labor equivalente no es del todo perfecta y se confirma cuando descubrimos palabras que no tienen un símil literal en los sistemas expresivos a los que pertenecen.

Anoto esta breve reflexión inicial puesto que hace un mes una prima me reveló la existencia de una palabra japonesa que designaba un concepto que yo quería nombrar, pero para el que no existía un vocablo en español. Todo comenzó porque tuiteé lo siguiente: “Tengo ganas de comprar otro libro que no necesito y que no voy a leer ahora porque no tengo tiempo”. Sé de muchas personas que comparten este deseo de contar con más textos escritos, aunque el tiempo para poder leerlos sea inexistente y por lo tanto se acumulen en el buró o en los libreros como un ejemplar más por descubrir.

El vocablo japonés del que hablaba mi prima es «tsundoku» o «積読» que, de acuerdo con la autora Elle Frances Sanders, explica la idea de “dejar un libro sin leer después de comprarlo, típicamente apilado con otros libros que tampoco se han leído”[i]. ¡Qué precisión de significado y qué complejo puede ser el pensamiento humano: incluso las cosas que no se hacen pueden tener un nombre! Pero más allá del significado, ¿qué circunstancias descubre este hecho? ¿Es primero la realidad y sólo después existe su referencia? ¿Podemos pensar en algo que aún no tiene nombre?

El vocablo japonés «tsundoku» o «積読», de acuerdo con la autora Elle Frances Sanders, explica la idea de “dejar un libro sin leer después de comprarlo, típicamente apilado con otros libros que tampoco se han leído”.

Poco y nada sé al respecto de las culturas orientales, sin embargo la extrañeza que me producen sus costumbres está revestida de un aura de respeto y admiración. Pese a esa lejanía, la traducción de nuestras prácticas es también posible: leemos con alfabetos distintos; ellos y nosotros somos afortunados por contar con los vehículos de la palabra escrita que son los libros. Si en japonés existe un término que detalla la situación de acumular libros sin leerlos quizá sea porque aquel país cuenta con uno de los mercados del libro más grandes del mundo.[ii] La manera de relacionarse con estos bienes culturales probablemente tenga más apego que la nuestra. Aunque nos cueste reconocerlo, la comparativa de las estadísticas de lectura en España o en cualquier país hispanohablante comparada con países como Estados Unidos, China, Alemania o Francia reflejan nuestro escaso interés en el tema.

Lejos de la comparación lectora, «tsundoku» es un concepto que engloba una práctica librópata inútil y hermosa. Acumular libros es en efecto un hecho innecesario, pero al mismo tiempo no lo es —por contradictorio que esto parezca—: sin unos ojos que puedan extraer el sentido de las páginas, los textos dejan de funcionar, pero todo buen lector sabe que, como dice José Gaos: “toda biblioteca personal es un proyecto de lectura”. Paradójicamente, la brecha entre los libros leídos y los libros por leer se extiende con el paso del tiempo. Mientras más sabe una persona, existen más deseos por seguir aprendiendo: las preguntas y el deseo de conocimiento son una de las adicciones que mayor bien pueden hacerle al espíritu humano.

José Gaos: “toda biblioteca personal es un proyecto de lectura”

Aunque las estanterías y nuestros libreros tengan un lugar específico y un espacio finito, sobre ellos se erige nuestra pretensión de eternidad. ¡Cuánto peso simbólico sostienen en sus repisas! Tantas voces y tantos tiempos pasados (porque un libro al leerse siempre es la expresión de un momento que ya fue) juntos en un solo lugar representan un esfuerzo inútil —pero hermoso— por contenerlo todo en un solo sitio. Al acumular libros que la mayor parte de las veces no leemos, expresamos nuestro deseo por lo perenne, nuestra insatisfacción por sabernos perecederos y la voluntad de trascendernos a nosotros mismos.

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Notas

[i] Ella Frances Sanders (2015). Lost in translation: An ilustrated compendium of untranslatable words from around the world. Londres, Reino Unido: Vintage Publishing. p. 83 La traducción es mía.

[ii] Japón cuenta con el cuarto mercado de libros a nivel mundial, sólo por debajo de los Estados Unidos, China y Alemania. Fuente: Rüdiger Wischenbart. «Tendencias globales en el sector editorial, 2014.» Tomado del siguiente enlace electrónico: http://boletines.prisadigital.com/Informe_Tendencias_globales_en_el_sector_editorial.pdf




Los mitos de la crisis de lectura

Los mitos de la crisis de lectura

6632300413_ecfe1e0211_bLa caída del 8 por ciento anual del mercado de publicaciones impresas ha obligado a los medios a reinventarse en internet. Algunos están volviendo a confiar en los lectores.

 

En las salas de redacción se ha vuelto lugar común decir que la gente no quiere leer. Es cierto que internet ha sacudido a los medios más tradicionales y cambiado la manera de consumir historias, pero comodidad no equivale a pereza.

 

María Paula Laguna

Cada tanto aparece un aviso amable y aterrador en Facebook: “Recuerda que tienes 21 elementos guardados sin abrir esta semana”. El botón ‘Lista de lectura’ del navegador no hace esa clase de comentarios, pero ahí está, callado, acumulando textos de revistas, periódicos y plataformas digitales. Se parece al síndrome del que apila libros sobre la mesa de noche con la firme intención de terminarlos algún día, sólo que trasladado a la pantalla del computador, la tableta y el celular. Una fila de enlaces que el cursor tarda en adivinar dónde empieza y dónde termina.

Resulta extraño entonces que ciertos medios hayan decidido que hoy la gente no quiere leer, que basta contar el mundo en videos de un minuto, ilustraciones coloridas, manuales y listas de 11 mandamientos. Información comprimida a su mínima expresión para poder competir. Es fácil caer en la trampa del clic cuando la «crisis», esa palabra tan popular por estos días, amenaza con cerrar salas de redacción de todo el mundo. Y sí, la crisis es real: es cierto que en los últimos 20 años ha disminuido drásticamente el número de publicaciones de papel frente al auge de internet y la caída de la pauta impresa. Pero también es cierto que los lectores siguen siendo lectores, hoy, claro está, con muchas más comodidades.

Si antes era necesario ir a buscar el diario al quiosco o por lo menos, recogerlo en la entrada de la casa, ahora no hay que hacer ningún esfuerzo: el clic nos lee la mente. En la lucha por la atención de los usuarios participan noticias instantáneas, memes, selfis, mensajes, videítos, alertas, trinos… Un inventario ascendente de distracciones que dan más batalla que el simple movimiento de pasar la página al que se enfrenta cualquier artículo en el papel. Es una competencia dura y a veces injusta en la que, por suerte, no dejan de asomarse temas que vale la pena salvar en la ‘Lista de lectura’.

La mejor parte de esta historia es que a medida que avanza la forma de consumir información, el contenido vuelve a ser rey.

Hay que creer que es posible mitigar la crisis cuando varios medios se empeñan en inventar estrategias para que los consumidores regresen a terminar de navegar sus especiales multimedia y reportajes. Marcadores mágicos que adivinan si la persona está a punto de abandonar la página, recordatorios en la bandeja de entrada y contabilizadores de minutos de lectura son algunas innovaciones que circulan en la web. La mejor parte de esta historia es que a medida que avanza la forma de consumir información, el contenido vuelve a ser rey.

The New York Times es uno de los viejos gigantes que le está apostando a esa lógica. Desde que en 2011 inauguró su muro de pago, ha sumado 1,2 millones de suscriptores en línea, lo que representa cerca del 90 por ciento de sus ingresos digitales. Hoy esas cifras les permiten afirmar a sus editores que su negocio ya no depende de los anunciantes, sino de los lectores, muchos de los cuales provienen de fuera de Estados Unidos. No sorprende que el diario planee invertir 50 millones de dólares en su expansión global. El mundo hispanohablante es precisamente una de las fichas más importantes de esa movida, que empezó a principios del año con la puesta en marcha de su página en español.

Pero no sólo los jugadores de siempre han vuelto a posar sus ojos sobre el contenido, sino también un sinnúmero de startups latinoamericanas que cree en el periodismo independiente. Si bien falta camino para que estos nuevos medios sean económicamente sostenibles, el entusiasmo sobra a la hora de crear experiencias ágiles e interactivas sin descuidar la calidad. Si la gente ya no quisiera leer, no se explicaría por qué los peces grandes y pequeños insisten en algo que está destinado al fracaso. Así de sencillo. Y ¡Lengua Viva! en el fondo no es más que la confianza ciega de que en el campo de batalla por la atención, alguien hará clic y quizás guardará para después.