Escribir bien más allá del nivel básico

El «escritor» que aspira a “escribir bien”, como sinónimo de redactar con claridad aquello que pretendemos decir, es más sofisticado al tiempo que menos “pretencioso”. Es más complejo que el “escritor novato” y aspira a la claridad y sencillez que no caracteriza al “escritor literario”. 

 

Gabriel Hernández Soto

La frase “Escribir bien” tiene varias acepciones. Puede significar, en su nivel más básico, el redactar con apego y respeto a las normas establecidas por la RAE. También puede significar, en un contexto más elevado o literario, “construir” un texto interesante, bello, innovador, etc.

La persona que quiere “escribir bien”, en el primer sentido, asiste a un curso de básico de redacción. Lo que le interesa es aprender, por ejemplo, a tildar correctamente. En contrapartida, la persona que quiere aprender a “escribir bien” en el segundo sentido, quizás acuda a un taller literario. Aquello que quiere dominar son artilugios narrativos o poéticos, es decir, formas de contar.

Nosotros nos ocuparemos de una tercera opción: “escribir bien” como sinónimo de redactar con claridad aquello que pretendemos decir. Sé que esto puede parecer una sublimación del primer caso; pero no lo es. Y no lo es porque este tipo de “escritor” es más sofisticado al tiempo que menos “pretencioso”. Es más complejo que el “escritor novato” y aspira a la claridad y sencillez que no caracteriza al “escritor literario”. En suma, lo que interesa aquí son aspectos muy puntuales que suelen omitirse en las charlas sobre la redacción correcta. Trataremos dos casos: el cambio de significación y los peligros del influjo de otras lenguas.

EL CAMBIO EN LA SIGNIFICACIÓN

Nuestro idioma español, visto desde una perspectiva histórica, no es otra cosa que el latín del siglo XXI. La larga vida de ese latín convertido en español propicia el que una serie de palabras y de construcciones sintácticas hayan sido modificadas por el uso y el folclore. Demos un ejemplo sencillo. Hoy utilizamos “carretera” para designar a un camino por el cual está prohibido que transiten “carretas”.

Los más puristas se quejan de que hoy utilicemos el anglicismo “clóset” para designar algo que, en buen castizo, debería llamarse “armario”. Estos defensores de nuestro idioma olvidan que utilizan sus “armarios” para guardar ropa en vez de “armas”.

En la construcción sintáctica ocurre algo similar. La oración “a mí me gusta el vino” presenta una dificultad enorme para un estudiante. Cuando se le pide hacer un análisis sintáctico, el alumno suele pensar que “vino” es el objeto directo y “yo” el sujeto. Esta idea proviene de la lógica de la oración española y de la lógica que quiere expresar: una persona (yo) bebe vino. El problema es que, sintácticamente, en esa oración “vino” es el sujeto y “me” (la persona física) el objeto indirecto. ¿Por qué ocurre esta paradoja? Es fácil explicar este problema si atendemos al cambio en la significación del verbo “gustar”.

Nuestro idioma español, visto desde una perspectiva histórica, no es otra cosa que el latín del siglo XXI.

Actualmente lo entendemos como sinónimo de “agradar”. Por eso decimos que “a ti te gusta el futbol”. Pero ese no era el significado del verbo “gustar”; el sentido original es algo cercano a “probar”. Esto lo demuestra el que hoy empleemos el verbo “degustar” para dar a entender que una persona “prueba” un vino. En suma, los cambios en la significación repercuten en lo sintáctico. La frase como tal no está mal escrita; pero sí cometemos un acto retórico bastante extraño. Piensen, simplemente, en cómo construirían esa oración en un idioma con una construcción más rígida como el inglés: sujeto, verbo, objeto directo.

EL INFLUJO EXTRANJERO

A ciertas personas les encanta pensar que existe algo así como personas, naciones, tradiciones e idiomas puros. Esto, obviamente, es un error. Hemos señalado antes que el español es una actualización del latín. Eso es cierto, pero es parcial. El latín ya era una actualización del griego. Y ambos idiomas (latín y español) han sido influidos (construidos) por otros idiomas.

Por ejemplo, un altísimo porcentaje del español proviene de la lengua árabe. Esa constante construcción también ocurre hoy. En la frontera compartida por Brasil, Argentina y Paraguay se habla una lengua franca denominada “portuñol”; en la frontera de México y Estados Unidos se habla el “spanglish” o “inglañol”.

A ciertas personas les encanta pensar que existe algo así como personas, naciones, tradiciones e idiomas puros. Esto, obviamente, es un error.

En el aspecto sintáctico también ocurre ese influjo. El español y el inglés adoptan construcciones gramaticales de su contraparte. En un sentido, esas “adopciones” enriquecen el idioma; en otro, lo “empobrecen”. Veamos un ejemplo. En el español actual es común el observar oraciones como “La ley fue promulgada por el presidente”. ¿Cuál es el problema con esta construcción? Es simple: la construcción de la voz pasiva quita al sujeto su papel habitual (alguien que hace una acción). Dicho giro confunde al lector, pues no otorga la información en el orden y lógica al que está habituado el cerebro educado en idioma español. En pocas palabras, lo dice todo al revés. No es una oración mal escrita; es una oración confusa. ¿La solución? Construir conforme a la lógica española: “El presidente promulgó la ley”.

¿Por qué aparece esta construcción anómala en nuestro idioma? La hemos tomado de la construcción sintáctica inglesa. El problema es que la “voz pasiva” es imprescindible en un idioma que carece, por ejemplo, del modo subjuntivo. En un idioma que, como el español, tiene muchas más opciones de conjugación, la voz pasiva es un sinsentido. Quien usa la voz pasiva no es que escriba mal, pero no ha logrado acceder a ese “escribir bien” del que hablamos en un principio.

Nota 

En este artículo he utilizado, tramposamente, las construcciones que he marcado como errores. El lector puede poner en práctica lo aprendido aquí al “corregir” mi redacción.




Expresiones numéricas en el español, 2a parte

Expresiones numéricas en el español, 2ª parte

 

En la primera parte de este artículo se explican algunas expresiones numéricas muy famosas en el español

Las expresiones numéricas son aquellas que explican una realidad a partir de la relación con cantidades 

 

Luis Ángel Rodríguez

 

En junio de 2017, el periodista mexicano Ignacio Lozano, en un programa de televisión,[1] reflexionó y criticó diversos problemas sociales, políticos y culturales. Entre los temas que describe está la falsedad en el conteo de votos en las elecciones (un funcionario salta, sin miramientos, del 59 al 69 a favor de cierto partido).

A partir de este aparente error habló sobre el interés particular de los mexicanos por esconder mensajes dentro de los números o, dicho de otra manera, explicarse el mundo por medio de cantidades expresadas con palabras.

«Se ha mencionado el papel del doble sentido en los albures; estos, tienen una carga eminentemente sexual y buscan derrotar al contrario»

En anteriores entradas, se ha mencionado el papel del doble sentido en los albures;[2] estos, tienen una carga eminentemente sexual y buscan derrotar al contrario. En este caso se trata simplemente de agregar una visión de las cosas por medio del conteo.

Este artículo es continuación de un glosario sobre frases donde quede descrita claramente la relación expresada anteriormente.[3]

¡Lengua Viva! presenta la segunda parte de una compilación con las expresiones numéricas populares. Cada una viene acompañada de su significado y un ejemplo. Vale la pena aclarar que muchas únicamente se usan en ciertas regiones, por lo que un hispanohablante que jamás ha estado en contacto con ellas y las escucha por primera vez, podría pensar que le están hablando en algún código secreto.

«Se te acabó el veinte»

Me quedé de a seis. Esta frase indica que una persona que presenció algún evento quedó petrificada o estupefacta: “Me quedé de a seis cuando la vi caminando con ese vestido”.

Se te acabó el veinte. En este caso, el número se relaciona con monedas, o billetes, de 20 pesos que representaban una pequeña fortuna. Además, el valor de los objetos se definía en función de esa denominación. “Ya llegamos, señor, se le acabó el veinte”.

«Te estoy dieciocho y no me haces catorce»

Te estoy dieciocho y no me haces catorce. Esta oración se define por su sonido pues en realidad, su traducción, debería ser “te estoy diciendo y no me haces caso”. Fonéticamente el parecido entre dieciocho/diciendo y catorce/caso marca este caso: “-Mi novia me dejó…otra vez –Te estoy dieciocho y no me haces catorce”.

Me la pasé de diez. Esta frase puede explicarse por la relación, en el mundo occidental, de este número con la perfección. “Me la pasé de diez en las vacaciones”.

La tercera es la vencida. Frase que tiene relación con las luchas. Podría parecer que es exclusivo de los mexicanos y su afición por esta disciplina; sin embargo, se encuentra ya en La Celestina en 1499: “A tres me parece que va la vencida” (XIX, 3). Se explica porque en relación con el deporte, las personas tienen tres intentos para hacer las cosas bien.

En este repaso, existen dos reflexiones finales; en primer lugar, este glosario no es definitivo y en segundo, las voces o frases se enriquecen con las aportaciones de otros países, hispanohablantes o no. El periodista acertó: nuestra visión de mundo sería limitada sin el poder los números y el sentido figurado; y es casi poesía.

 

[1] https://www.youtube.com/watch?v=BMdqEslrOMI&index=210&list=PLYnzMSw5fD7TRnNJAtUZM_2FisR9cgTtJ

[2] http://lalenguaviva.com/clavel-la-rosa-usted-escoja-notas-albur/

[3] http://lalenguaviva.com/expresiones-numericas-espanol-1a-parte/




El «ser y estar» y la realidad lingüística de los otros

El “ser y estar” y la realidad lingüística de los otros

 

Ser y estar implican, ante todo, existencia y pertenencia

Hacer conscientes a los demás, a los otros, de la diferencia entre «ser y estar» es una de las bellezas del idioma español. 

 

Luis Ángel Rodríguez Bejarano

 

La dificultad para el aprendizaje del español estriba no sólo en las conjugaciones y la distinción de conceptos, sino en el entendimiento del contexto que rodea cada situación lingüística.

Lo más fácil, y práctico, para el docente de español como lengua extranjera es intentar entender las circunstancias por las cuales el alumno no puede contestar preguntas escritas u orales. Diversos ejercicios pueden ayudar a nuestra tarea pero lo más importante es que comprenda por qué se escribe/dice una palabra y no otra.

 «El potencial hablante incluya en su “realidad” la existencia de ambos verbos.»

Un ejemplo significativo, y muy complicado, es el uso de los verbos ser y estar. No son pocos los estudiantes que descubren que estos conceptos dicen cosas muy distintas tanto en la conjugación como el significado abstracto que pueden contener; lo anterior significará que el potencial hablante incluya en su “realidad” la existencia de ambos verbos.

“estar” significa temporalidad porque engloba acciones transitorias: “está guapa (hoy)”, pero resulta difícil de relacionar en oraciones como “Está alto” e imposible con “Está bondadoso»

Es muy usual que se explique que el verbo “ser” implica algo perenne, permanente, con cualidades del ser humano que presumiblemente nunca se irán: “Es guapa”, “es alto” o “es bondadoso”. Por el contrario, “estar” significa temporalidad porque engloba acciones transitorias: “está guapa (hoy)”, pero resulta difícil de relacionar en oraciones como “Está alto” e imposible con “Está bondadoso”.[1]

Esto resulta particularmente difícil para un potencial hablante en casos como “estar muerto” o “ser muerto”. Si aplicamos los criterios anteriores solamente puede usarse “ser muerto”, puesto que implica permanencia porque el individuo no muere hoy o mañana sino que “permanece” de esa manera, digamos, para siempre. La muerte, en teoría, no es un estado transitorio, por lo que el hablante extranjero elige “ser muerto”.

Ahora bien, ¿cómo explicar esto de manera sencilla? Más allá de las técnicas, materiales o ejercicios de cada profesor, la clave está en explicar que el verbo estar se utiliza cuando es resultado de un proceso, de una fase y que, sospechamos, fue producto de un cambio.

Es decir, para utilizar el verbo “estar” debemos sospechar que algo va a llegar a su fin siempre y cuando sea parte de un proceso. Si coloco “estar” estoy dando un carácter previo, pero no preestablecido.

«Resulta válido preguntarnos: ¿estar muerto es el resultado de un proceso de vida?»

Resulta válido preguntarnos: ¿estar muerto es el resultado de un proceso de vida? o ¿en el enunciado “El jarrón está roto” lo que tenemos es el producto de un proceso donde un niño, perro u hombre alteraron la realidad de ese objeto y lo modificaron, es decir, lo rompieron? La respuesta a ambas preguntas es sí.

Para nosotros es (desde siempre como hablantes de español como lengua materna) muy sencillo; sin embargo, en países donde existe sólo un verbo transitivo o bien donde no se concibe de esta manera la idea de un proceso asociada con las palabras, resulta interesante mostrar la realidad que nos hace hablantes de español.

[1] Yolanda Carbera Cotillas y María Ángeles Sastre Ruano, “Usos de ser y estar. Revisión de la gramática y constatación de la realidad lingüística”, en El español como lengua extranjera, de la teoría al aula: actas del tercer Congreso Nacional de ASELE, Málaga: ASELE, 1992, pp. 299-314. PDF. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=1959529




Expresiones numéricas en el español: 1ª parte

 

En algunas regiones donde el español es lengua oficial es común usar expresiones numéricas. ¿Por qué nos gusta jugar con las palabras de esa manera?  

 

María Paula Laguna

Una de las primeras cosas que un niño aprende cuando empieza a hablar, además de recitar las vocales, es a contar los números del uno al diez. Desde muy pequeños nos enseñan a reconocer el mundo por medio de estos signos, sin importar si después resultamos talentosos con las matemáticas. Pero los números no sólo están presentes en el lenguaje para representar una cantidad, sino también para exponer o acentuar una idea. El español es especialmente rico en ese tipo de expresiones, presentes en mayor o menos grado en varios países de Hispanoamérica. ¿Por qué nos gusta hablar con números? ¿Es acaso una manera de disfrazar las palabras?

¡Lengua Viva! presenta la primera parte de una compilación con las expresiones numéricas más utilizadas en el español. Cada expresión viene acompañada de su significado, un ejemplo y en lo posible de una explicación sobre su origen. Vale la pena aclarar que muchas de estas expresiones únicamente se usan en ciertas regiones, por lo que un hispanohablante que jamás ha estado en contacto con ellas y las escucha por primera vez podría pensar que le están hablando en algún código secreto.

Hacer un 14

En Colombia se usa para pedir un favor: “Hazme un 14 y recógeme mañana en el aeropuerto”. Se cree que podría haberse originado en los talleres de mecánica, donde las llaves de tuerca tienen distintos calibres en cada extremo: 10 milímetros de un lado y 11 del otro, 12-13, 14-15. Para poner a prueba a los aprendices, los más veteranos solían pedirles la llave 13-14. En España, de hecho, se usa “hacer la 13-14” como sinónimo de engañar a alguien, y quizás esto después se transformó en “hacer un 14” en Latinoamérica.

En un 2 por 3

Se usa para decir que algo ocurre o se hace con rapidez y efectividad: “Tengo listo ese pedido en un 2 por 3”.

Buscarle 3 pies al gato

Significa complicar las cosas más de lo normal: “Termina con tu novio y no le busques más los 3 pies al gato”. Esta expresión ya se usaba en el XVII, aunque originalmente se decía “buscarle 5 pies al gato”. Fue Miguel de Cervantes quien la cambió y popularizó en el Quijote.

Estar 3-15

En algunas regiones de la costa colombiana se usa para decir que alguien se pasó de copas: “Salí a un bar con una amiga y ya estoy 3-15”.

Ser un 0 a la izquierda

Expresión bastante popular para decir que algo o alguien no sirve o carece de importancia: “Mi jefe no quiere asignarme ningún proyecto gerencial; cada vez más me siento un cero a la izquierda en el trabajo”.

La tercera es la vencida

Aplica para premiar el esfuerzo o animar a alguien que ha sufrido fracasos sucesivos: “Este año mi equipo sí clasifica; la tercera es la vencida”. Hay varias versiones sobre su origen: unos dicen que nació en la milicia romana por la manera como estaban organizados los soldados (los de la tercera fila siempre eran los más valientes y experimentados); mientras que otros aseguran que tiene que ver con las luchas cuerpo a cuerpo, en las que el combate se da por finalizado a la tercera caída.

 No hay quinto malo

Lo mejor puede estar al final. Esta expresión proviene del léxico taurino, pues antiguamente los ganaderos solían elegir el orden en que sus toros salían al ruedo y se cree que siempre reservaban el quinto lugar para el mejor animal.

 Estar a dos velas

Ser pobre, no tener dinero: “Este mes no puedo salir de fiesta, me quedé a dos velas”. Al parecer, esta expresión nació en las antiguas partidas de naipes, donde el banquero contaba el dinero a la luz de dos velas. Cuando algún jugador ganaba, el banquero se quedaba sin nada en medio de esta escena.

 ¡Qué…ni qué ocho cuartos!

Se usa para mostrarse en desacuerdo con algo: “¡Qué playa ni qué ocho cuartos! Estas vacaciones nos quedamos en la casa”. Esta frase se remonta a la época de los realillos de ocho cuartos, una moneda de uso corriente en España durante el siglo XVIII, que no valía nada en tiempos de crisis.

 Quedarse de una pieza

Sorprenderse: “Cuando le dije a mi mamá que me iba de la casa, se quedó de una sola pieza”. Esta expresión tiene equivalente en México, donde se dice “quedarse de a 6”.

 Andar del 1 o del 2

Sirve para expresar una necesidad fisiológica sin ser tan explícito. “Me anda del 1” es tener ganas de orinar, mientras que “me anda del 2” es tener ganas de defecar. Aquí, vale la pena recordar la española “me cago en diez” para expresar molestia o contrariedad.




Palabras, historia y ficción: Palabrología de Virgilio Ortega

Palabras, historia y ficción: Palabralogía de Virgilio Ortega

El significado original de las palabras siempre es sorpresivo para nosotros.

 

Luis Ángel Rodríguez Bejarano

Entre 1913 y 1914, José Vasconcelos escribió un ensayo (“Libros que leo sentado y libros que leo de pie”) que contiene, en una analogía sobre los espectáculos musicales, una opinión sobre sus textos preferidos: los que aprecia de pie son los que lo mueven, lo exaltan y lo levantan del asiento como una sinfonía extraordinariamente bien ejecutada; los otros, sin menoscabo, te dejan sentado, aunque no indiferente. Ambos tipos son emocionantes pues Vasconcelos no desprecia sino que diferencia y clasifica.

«Acaso Palabrología de Virgilio Ortega tenga el germen de los libros que han puesto de pie a mucha gente»

Acaso Palabrología de Virgilio Ortega tenga el germen de los libros que han puesto de pie a mucha gente. Pertenece, tal vez, a una tradición de novela histórica aunque la singularidad de Palabrología está en lo que podría resultar más aburrido: la exigencia por explicar el origen de las palabras.

Siglos antes de los griegos (de donde tomamos la mayoría de las nuestras etimologías) la lengua española se nutrió de giros provenientes, por ejemplo, de Egipto (“deseret”, por ejemplo, que devino en nuestro “desierto”). La “novela histórica” de Ortega parte de este punto.

Los capítulos nos trasladan por pasajes cruciales de la historia de la lengua: el teatro griego, las Olimpiadas, el Coliseo romano y algunos episodios españoles trascendentales para la formación de nuestro idioma; todo lo anterior atravesado, y guiado, por lo que las palabras nos dicen, es decir, la vida de los hombres a lo largo del tiempo es impensable sin la lengua; las historias que cuenta emocionan al lector y lo trasladan.

«te cuenta en 300 páginas una historia no exenta de humor pero un gran defecto: te deja queriendo más»

Un apasionante viaje por el origen de las palabras es el subtítulo de este texto y no es exagerado; la posibilidad de encontrar ese adjetivo (apasionante) es mercadotecnia pero se ajusta a lo que lector requiere: te cuenta en 300 páginas una historia no exenta de humor pero con un gran defecto: te deja queriendo más.

Tal vez es por ello que el autor continúa sus aventuras enfocado en las malas palabras, lo soez; después del bien, procede el mal: la contraparte se encuentra en la otra cara de la palabra: Palabrotalogía.

Probablemente algunos lectores desesperarán en algún momento. La estructura no es sencilla: mientras se cuenta la historia del hombre, aparecen largas digresiones sobre la etimología de cada palabra que el autor considera importante a la hora de contar; al final la lectura se interrumpe gracias a un diccionario etimológico.

«Parece difícil acostumbrarse a estas interrupciones pero resulta que esta estructura no desesperó al lector; al contrario, lo divirtió, lo entretuvo y cultivó»

Por ejemplo, mientras se cuenta la jornada cuarta de los Juegos Olímpicos se introduce una nota informativo-etimológica: “Constituye casi un auténtico holocausto (de holos, todos, y kausis, la ´acción de quemar´, o sea, ´quemar del todo´, por completo: el holocausto es un sacrificio purificatorio, pues el animal es quemado en su integridad y no hay propiamente banquete)”. Parece difícil acostumbrarse a estas interrupciones pero resulta que esta estructura no desesperó al lector; al contrario, lo divirtió, lo entretuvo y cultivó.

Este tipo de libros le hacen bien al mercado, son una opción entre historias de ficción que parecen reales por su crudeza e historias reales que parecen inverosímiles. Palabralogía es quizás el punto de equilibrio entre estos dos polos; probablemente es lo que muchos lectores estaban buscando sin saber que existía.

 

Virgilio Ortega, Palabralogía. Un viaje apasionante por el origen de las palabras. Barcelona: Crítica, 2014.