La palabra silenció los fusiles

La palabra silenció los fusiles

160926_37_firmaacuerdopazEl presidente  y el líder de las Farc firmaron el acuerdo de paz la semana pasada con un ‘balígrafo’ durante un acto simbólico celebrado en Cartagena de Indias. / Efraín Herera – SIG

El lenguaje es uno de los elementos fundamentales para que los colombianos aprovechen la oportunidad histórica que ahora tienen en sus manos con la firma de la paz.

 

María Paula Laguna

“Nuestra única arma será la palabra”. Suena a lugar común y, sin embargo, es la frase que mejor anuncia el comienzo de una era. En Colombia se firmó la paz esta semana entre el gobierno y las Farc, la guerrilla más antigua del continente. Fueron casi 60 años de confrontación, 220.000 muertos, 21.900 secuestrados, 30.000 desplazados, 13.000 víctimas de minas antipersonales, siete millones de personas afectadas directamente por el conflicto… cifras y cifras que aún estamos tratando de entender, tal vez en vano.

Sí, se acabó la guerra, pero lo que sigue tampoco será fácil. ¿Cómo dejar de ver al otro como el enemigo?, ¿cómo creerle? Aunque prematuras, las respuestas a esas preguntas las empezaron a dar las víctimas que aceptaron hablar frente a frente con sus victimarios en La Habana. Quienes presenciaron la escena hoy coinciden en que escuchar esas historias, macabras, dolorosas, necesarias, fue uno de los momentos más conmovedores de los cuatro años que duraron las negociaciones. La palabra, de nuevo, aparece en el centro como el instrumento más poderoso y eficaz para acercarse y desarmar al otro.

Tan importante es que una vez que los delegados del gobierno y la guerrilla concentrados en Cuba llegaban a un acuerdo en alguno de los puntos de la agenda, podían tardar días en redactar un simple comunicado de prensa. “Era una labor muy difícil por el peso de cada palabra para las Farc y para nosotros también, hay que reconocerlo”, cuenta Humberto de la Calle, el jefe negociador del gobierno. Al final no es de extrañarse que hayan tardado todo este tiempo –desde 2012, cuando aceptaron sentarse en la mesa– para escribir de forma conjunta el texto de 127.410 palabras y 297 páginas que los colombianos tendrán que refrendar en las urnas este domingo 2 de octubre.

Tan importante es la palabra que una vez que los delegados del gobierno y la guerrilla concentrados en Cuba llegaban a un acuerdo en alguno de los puntos de la agenda, podían tardar días en redactar un simple comunicado de prensa.

Después de evaluar tantas palabras, de medir una tras otra para elegir la mejor, hoy resulta curioso que el proceso penda de sólo dos, sí o no a la paz. De ser aprobada, la clave de lo que se avecina también residirá en el lenguaje. Habría que empezar, por ejemplo, con evitar señalar al líder de la guerrilla (y autor de la frase inicial de este artículo) como alias Timochenko, sino llamarlo por su nombre de pila, Rodrigo Londoño Echeverri. Parece un detalle menor, pero ahí, justo ahí, en la minucia, es donde el enemigo comienza a transformarse en un interlocutor válido. Darle la oportunidad para que deje de ser sólo un guerrillero y pueda hablar de sus dudas, miedos y aspiraciones, igual que cualquier otra persona, es una manera de ampliar la mirada y de cambiar el lenguaje.

El «conflicto» es una palabra a la que todos, indistintamente de nuestra situación económica y social, crecimos acostumbrados a oír, pues como bien indicó el escritor colombiano Antonio Caballero en una columna reciente, la guerra se nos convirtió en un ruido de fondo, en un sordo dolor de muelas, “a veces con espasmos agudísimos, que no nos mataba (a los que no nos mataba), ni destruía el país de manera que saltara a la vista; pero no nos dejaba pensar en otra cosa. Repasen la historia de sus vidas”.

Como la de Caballero, la mía transcurrió en la ciudad. Hasta allí de vez en cuando llegaban rumores de que la guerrilla quería tomarse el pueblo donde habían nacido mis padres y todavía vivían mis abuelos. Lo más cercano que estuve de mirar el «conflicto» de frente ocurrió una mañana que falté al colegio para entrevistar a un muchacho desmovilizado de las Farc. Ahora sólo recuerdo que él era mayor; también sé que yo llevaba una larga lista de preguntas impresas en una hoja. Creo que no alcancé a hacérselas todas, pero lo que no se me olvida es la sensación de ir perdiendo el miedo. Crecimos en mundos distintos y, aún así, tendimos un puente entre los dos mediante el diálogo. Sí, al final la palabra ganó la batalla. Y no hay lugar común más cierto, hermoso y emocionante que ese.




Así se habla ‘colombiano’

Así se habla ‘colombiano’

11873484016_0565758bee_oOtro de los colombianismos que no puede faltar en el diccionario es «tinto», como se lee en el cartel, es decir, el café con el que la mayoría de sus habitantes empieza el día. / Ariel Leuenberger

 

Está en marcha un ambicioso diccionario de colombianismos que ratifica la unidad, la diversidad y la singularidad del español.

 

María Paula Laguna

El español es una lengua, pero a veces parece que fueran dos, tres o más. Uno lo nota cuando se cruza con un hispanohablante de distinta nacionalidad y lo confirma al ojear los diccionarios que recogen las voces y acepciones de otros países. A veces, sin embargo, no hay que ir muy lejos para darse cuenta de que el idioma cambia y se mueve de maneras asombrosas en un mismo territorio.

Todavía me sorprende, por ejemplo, que en Colombia un adjetivo se contradiga dependiendo del lugar donde se pronuncie. Si uno dice «charro» en Antioquia, un departamento al noroeste del país, es porque se está refiriendo a algo o a alguien gracioso: “Vos sos muy charro, siempre contando chistes”. Pero si se encuentra en el interior, en Bogotá, «charro» se vuelve su antónimo, o sea, una situación o una persona aburrida: “Era una película charra y por eso nos quedamos dormidos”. Tan revelador es el lenguaje que una palabra, una sola palabra, podría dar pistas sobre las rivalidades históricas entre dos regiones.

«Charro» es precisamente una de las 10.000 voces del español colombiano que recopilará un nuevo diccionario elaborado por la Academia Colombiana de la Lengua, el Ministerio de Cultura y el Instituto Caro y Cuervo. Aunque la obra se publicará a partir del próximo año, ya han aparecido adelantos de ese léxico frecuente y actual que identifica a sus habitantes. Repasar algunas palabras es, para alguien de este país, leerse a sí mismo y a los suyos, pero, sobre todo, corroborar una singularidad.

Los colombianos parecen ser los únicos hispanohablantes a los que se les ocurrió bautizar «pecueca» al mal olor de los pies.

Si la mayoría de latinoamericanos entiende «guayabo» como el árbol de flores blancas y frutos dulces, los colombianos lo usan de forma coloquial para referirse a la resaca y, además, a la nostalgia que despierta la ausencia de alguien o de algo, como si ambas sensaciones se parecieran. Si bien, en México se le llama «cruda» al malestar después de haber tomado alcohol en exceso, un término que se acercaría a la otra definición es «chípil», del náhuatl tzipitl, para describir al niño que extraña el cariño de su mamá embarazada o, en general, una persona que necesita ser mimada. En ‘colombiano’ el remedio para esa tristeza podría ser «arruncharse», algo así como encogerse amorosamente para dormir con el otro, cuyo origen probablemente venga del «runcho», una zarigüeya que se acurruca cuando la van a cazar.

Además de la flora y fauna, el cuerpo humano es uno de los tópicos más fértiles en vocabulario. Los colombianos parecen ser los únicos hispanohablantes a los que se les ocurrió bautizar «pecueca» al mal olor de los pies. Esa misma palabra sirve para indicar que algo no vale la pena o es despreciable, y tan popular es que hasta un narcotraficante se hacía llamar así, alias ‘Pecueca’. Basta subir un poco más, al sobaco, para descubrir la «chucha» o sudor de las axilas, un hedor con más competidores en el continente, pues en en Ecuador lo llaman «aletazo», en Uruguay, «catanga», y en México puedes decir que “te chilla la ardilla”. «Chucha» tampoco escapa a la polisemia y, dependiendo del contexto, puede referirse a la vulva o a aquel que no tiene aptitudes para realizar una actividad: “Soy una chucha para bailar”, por ejemplo. Como puede apreciarse, de la confusión al malentendido puede existir una línea muy delgada.

Si los idiomas son organismos vivos, como lo sostenía el filólogo y lingüista Rufino José Cuervo, el español es de los más inquietos. Hace un siglo, al autor bogotano le preocupaba que el castellano se fragmentara en lenguas distintas por sus ya evidentes diferencias dialectales entre regiones y países. Ese temor luego lo transformó en una oportunidad para estudiar sus cambios lingüísticos, como quedó demostrado en su monumental Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana. Hoy, por suerte, ese idioma al que Cuervo le dedicó tanto esfuerzo (o como se diría en ‘colombiano’, “le botó tanta corriente”), es capaz de celebrar, al mismo tiempo, la unidad, la diversidad y la singularidad.