Una taxonomía de la imaginación

 Mapa de la Tierra media, un sitio imaginario en donde transcurren la mayoría de las historias del autor sudafricano J.R.R. Tolkien.

Con The dictionary of imaginary places, Alberto Manguel y Gianni Guadalupe crearon un diccionario hermoso en donde ofrecen una taxonomía de la imaginación.

 

Fernando Cruz Quintana

Una lengua es, desde cierto punto de vista, un principio de clasificación que ordena las cosas imaginarias y objetuales del mundo. A cada término le corresponde un sentido así como una función específica y ninguna otra. Estos sistemas de comunicación (los idiomas) cuentan con gramáticas que los acotan y permiten que no exista una elección individual en los usos de las palabras; tal situación devendría en una imposibilidad para comunicarnos.

Con miles de años a cuestas, las lenguas se han transformado y las palabras que los constituyen se han modificado en forma y contenido. ¿cómo evitar que existan confusiones entre los sentidos de los términos? Es claro que las mutaciones en el léxico ocurren en momentos precisos, pero sus evidencias quizá sean perceptibles sólo cuando miramos hacia atrás con muchos años de distancia. En medio de toda esta complejidad, es imposible que una persona conozca todos los significados del vocabulario, y así es como se justifica la existencia de los diccionarios.

Partiendo de la situación anterior, planteo una analogía para hablar de la existencia de un diccionario hermoso, aunque no lexicográfico. Si la complejidad de una lengua suscita la existencia de este tipo de libros, con The dictionary of imaginary places, Alberto Manguel (Argentina/Canadá) y Gianni Guadalupi (Italia) intentaron clasificar el caos infinito de la ficción.

En esta obra, los dos autores ofrecen información enciclopédica sobre el mundo de la imaginación. La idea se concretó en 1980 con la publicación del libro, tres años atrás Guadalupi propuso a Manguel escribir una guía de turismo para quien quisiera visitar la ciudad (ficticia) de Selene, que aparece en la novela La ville vaampiro (1897) de Paul Féval. Ambos escritores decidieron emprender una empresa loable, aunque imposible de completar (no por eso menos sorprendente y apasionante): elaborar un compendio de sitios imaginarios pertenecientes a la ficción literaria u oral de toda la humanidad.

En The dictionary of imaginary places los lectores podrán encontrar información que los sitúe en el mundo del Maravilloso mago de OZ, en la Utopia, o en la Tierra Media de El señor de los anillos.

Con este deseo taxonómico de lo irreal, Manguel y Guadaluppi dan muestra de su exhaustiva erudición y de su increíble capacidad para transportarnos de un sitio fantástico a otro. El libro no es del tipo de los que se leen de principio a fin; su disposición alfabética lo clasifica en el rubro de las obras enciclopédicas y lo transforma en un texto al que se llega por el deseo de consulta o conocimiento.

En The dictionary of imaginary places los lectores podrán encontrar información que los sitúe en el mundo del Maravilloso mago de OZ (L. Frank Baum, 1900), en la Utopia (Tomás Moro, 1515), o en la Tierra Media de El señor de los anillos (J.R.R. Tolien, 1954-55). Pero estos son solo tres sitios de los más de mil que son referidos en la obra. Además, para ayudar un poco al viajero fantástico, en ocasiones las referencias están acompañadas con ilustraciones o mapas de estos territorios ficticios, como sucede con una carta que muestra la estructura de la ciudad de Atlantis.

¿Cómo podemos interpretar la existencia de un libro tan pretencioso como éste? Así como los diccionarios intentan darnos los sentidos de las palabras —casi como si temieran que entre nosotros surgiera la incomunicación y por ende la incomprensión—, Manguel y Guadaluppi parecen dotarnos de información para que intentemos comprender mundos distantes e irreales —casi como si temieran que tantos lugares increíbles pudieran desaparecer al pasar desapercibidos por nuestra lectura—. Me gusta pensar que esta obra, más que un principio de clasificación, es una invitación a conocer la esencia infinita y extraordinaria de la imaginación humana.

 

 

The dictionary of imaginary places

Alberto Manguel Gianni Guadalupi

Estados Unidos: Harcourt, 1980




Alberto Manguel, lector de Borges

captura-de-pantalla-2016-10-18-a-las-21-28-37Alberto Manguel y Jorge Luis Borges, escritores argentinos de diferentes épocas, coincidieron en el pasado  en medio de una historia libresca.

Para un espíritu lector, las coincidencias históricas no son producto de la casualidad. ¿Qué guiño literario se esconde en las vidas de Manguel y Borges?

 

Fernando Cruz Quintana

Las historias de encuentros y desencuentros entre escritores ocurren frecuentemente entre pares de renombre o entre coetáneos; acaso las diferencias de edades pueden existir, pero casi nunca con una distancia de 50 o más años. Precisamente esta cifra —medio siglo— era el abismo temporal que separaba a Jorge Luis Borges de Alberto Manguel cuando ambos se relacionaron en la Argentina del siglo XX; el motivo de este encuentro narra una de las historias más conmovedoras de la literatura de aquel país.

No obstante las ausencias en algunos premios literarios (como el Nobel), Jorge Luis Borges es uno de los autores más reconocidos en la lengua hispana: su grandeza poética y su increíble capacidad para crear mundos-infinitos y relatos totalizadores nos revelan la complejidad de ser varios autores a la vez. Hay quienes prefieren la primera etapa poética del escritor y otros a quienes gusta más su faceta narrativa.

Medio siglo era el abismo temporal que separaba a Jorge Luis Borges de Alberto Manguel cuando ambos se relacionaron en la Argentina del siglo XX.

Por su parte, Alberto Manguel es a su vez un autor prodigioso y aunque su apellido no resuene como el de Borges, sus méritos son reconocidos en muchas partes del mundo. Es difícil encasillar sus ensayos en un solo tema, si acaso algo puede apuntarse es su característica universal (pues su unidad es lo diverso) en la que reflexiona sobre la cultura de todos los tiempos y sobre el prodigio del lenguaje en la vida del hombre. También sería injusto juzgarlo sólo por su producción en español: políglota desde pequeño, este escritor publica sobre todo en francés e inglés, lenguas que domina. Quien lo ha leído o escuchado (en YouTube existen innumerables charlas, ponencias y conferencias de él) sabe que los adjetivos erudito y sencillo (pocas veces mezclables) pueden aplicársele para dar una idea de su honorabilidad.

El vínculo que se estableció entre ambos escritores sudamericanos no se originó por un intercambio de elogios literarios sino por una necesidad de lectura. Jorge Luis Borges, a causa de una enfermedad congénita, perdió la vista de manera paulatina —él mismo refería este hecho como un “lento crepúsculo que duró más de medio siglo”—. Como todo buen autor, no podía prescindir de esa otra mitad complementaria de la creación literaria, que es la lectura, pero, impedido por su condición física, tuvo que confiar esta práctica a otros ojos y otras voces. Una de esas tantas ayudas la realizó el pequeño Alberto Manguel entre 1964 y 1968.

Alberto Manguel era aún un adolescente cuando conoció a Borges en la librería Pygmalión; el primero trabaja en este negocio y el segundo acudía con frecuencia a comprar libros. Pese a ser un joven inquieto como cualquier otro, Alberto era ya un políglota a los 16 años. Antes de vivir en Argentina había pasado sus primeros años de vida en Israel debido al trabajo de su padre como embajador en aquel país. En este lugar aprendió sus primeras palabras en diversos idiomas: español, inglés, alemán y francés, para ser exactos. ¿Algo de eso habrá llamado la atención de Borges para que le propusiera ser su intérprete libresco? ¿Su voz de infante transmitiría la misma tranquilidad que expresa hoy?

¿Habrá advertido Borges el futuro de Manguel como escritor?

Es cierto que no existe algo parecido a una brújula literaria que nos indique el camino de lo que es conveniente leer; el gusto y la apreciación estética son siempre elecciones subjetivas. Manguel no podía contar con algo semejante a esto, pero tuvo el criterio de Borges que le señaló los textos que ambos compartirían. De este modo, el pequeño Alberto tuvo el oficio de lector antes que muchos otros y, al mismo tiempo, el gusto literario de Borges —criterio notable dada la persona que lo ostentaba—, que pudo haberlo influenciado.

¿Habrá advertido Borges el futuro de Manguel como escritor? ¿Acaso una frase inteligente o una expresión afortunada sobre alguno de los libros que conocieron juntos serviría para llamar la atención del autor de El Aleph? No existe referencia a la opinión de Borges en este respecto, así como no hay mucha información sobre la manera en que los escritores suelen leer. Para adentrarse en la lectura hace falta desprenderse de uno mismo y dejarse llevar; quizá por eso no sepamos la opinión de Borges.

Por su parte, Alberto Manguel sí ha relatado la manera en que transcurría su trabajo iluminador de las letras invisibles. Entre muchas cosas, Alberto suele recordar con asombro que, pese a su ceguera, Borges podía orientarse y ubicar libros en su inmensa biblioteca. Incluso podía situar páginas precisas al interior de un texto: “Algunas veces —cuenta Alberto— lo vi incluso enrollar billetes y dejarlos en medio de ciertas páginas. Entonces, cuando sabía que debía pagar algún recibo, recordaba con exactitud el libro en donde había dejado su dinero.”[i]

Tres veces a la semana durante cuatro años fue el tiempo en que Manguel y Borges compartieron la lectura. La coincidencia se interrumpió cuando el primero tuvo que partir a Europa para continuar con sus estudios literarios y con su trabajo lector —ahora para diferentes editoriales—. Pese a que el encuentro de estos dos gigantes de la literatura argentina pueda asombrarnos, Manguel suele insistir que su relación fue casi anónima, acaso la que se establece en una dinámica laboral. Alberto no niega la trascendencia que este hecho tuvo en su vida, pero prefiere no inventar historias de amistades que no fueron. La fantasía la hacemos nosotros que no podemos dejar de ver en esta casualidad un guiño literario que pone en duda el lugar de la ficción y la realidad en la vida cotidiana.

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Notas

[i] Lucy Lorena cita a Alberto Manguel en, «Alberto Manguel, el escritor que fue los ojos de Borges» en ElPaís.com.co, retomado de http://www.elpais.com.co/elpais/cultura/noticias/alberto-manguel-escritor-fue-ojos-borges