Posted by on 23 Marzo, 2020

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Retrato de Fiódor Dostoyevski (1872) por Vasili Perov (Galería Tretiakov, Moscú).

A veces las palabras no son suficientes para entender el mundo. Algo de esto transmite el relato corto Sueño de un hombre ridículo de Fiódor Dostoievski.

Ivonne Pánico Bressant

Sueño de un Hombre Ridículo es un relato corto escrito por el literato ruso Fiódor Mijáilovich Dostoyevski y publicado en 1877, pese a su corta extensión esta obra tiene interesantes elementos para ser analizados desde el punto de vista del lenguaje. 

En “El Lente con el que Miramos”, reflexionamos sobre el lenguaje como herramienta de conocimiento, más allá de su utilidad como medio de comunicación, superando con ello la idea de que lo que no es nombrado no existe: la lengua es el lente a través de donde miramos porque el mundo ya está ahí, pero el lenguaje nos permite abrazar a la mente la realidad, concretarla de alguna manera, y hacerla nuestra. 

El Hombre Ridículo del que habla Dostoyevski es alguien que nos permite comprender la manera en cómo el lenguaje funciona como herramienta cognitiva, dejando de lado por un momento su funcionalidad como forma de comunicación. Este relato nos presenta al sujeto que manifiesta su absoluta apatía hacia la vida, semejante al estilo de Camus, este hombre demuestra lo absurdo del destino humano al grado de ser totalmente indiferente ante las burlas de la gente por ser precisamente un hombre ridículo. 

En el pasado, los acontecimientos de la vida le importaban a este hombre: se enfadaba si se reían de él, pero de pronto todo dejó de interesarle. Una noche al ver una estrella en el cielo mientras caminaba por las frías calles de San Petersburgo, tomó súbitamente la decisión de suicidarse, ¿para que seguir viviendo si todo carecía de sentido? De regreso a su casa en donde lo esperaba el revólver con el que cometería el suicidio, se encontró con una niña pequeñita que pedía desesperadamente ayuda porque su madre estaba muriendo, sin embargo, él no mostró ninguna preocupación, no tenía por qué hacerlo si de todas formas disponía a terminar con su vida. 

«Podría decirse incluso que el mundo entonces era como si estuviera hecho para mí solo, si me pegaba un tiro, el mundo dejaría de existir, al menos para mí». 

Sentado en el sofá de su hogar, con el revólver de frente a él, mientras tomaba el tiempo suficiente para jalar el gatillo directamente a su sien, sintió repentinamente un tremendo enfado por el incidente con la niña, y reflexionando sobre las razones por las cuales era capaz de sentir enfado a pesar de que nada en este mundo valía, entró en un sueño profundo que lo llevó a su tumba, fría y oscura. Fue ahí donde un ser desconocido, lo llevó fuera de su tumba y luego, fuera de la Tierra hacia una estrella que brillaba aquella noche en San Petersburgo: hacia un nuevo mundo. 

Cautivador resultó lo que el hombre ridículo observó al llegar a esa Nueva Tierra: «Los árboles altos y bellos alardeaban en todo el esplendor de su floración y sus innumerables hojas (estoy seguro de ello), me saludaban con su susurro apacible y cariñoso como si pronunciaran palabras de amor».

Como si pronunciaran palabras de amor, la sublime sensación se quedó en el Hombre Ridículo para siempre. Esa sensación que el singular personaje identifica como amor sobrepasa cualquier definición de la palabra. Refleja cómo el saber de los habitantes de aquel nuevo mundo se completaba y se nutría con entendimientos diferentes a los de la Tierra de la que él venía. 

«No pretendían conocer la vida como nosotros aspiramos a conocerla, no necesitaban de la ciencia pues tenían una plena conciencia del mundo.»

Ese hombre se maravillaba de la manera en cómo los habitantes mostraban sus árboles sin que él alcanzara a comprender aquel grado de amor con el que los miraban, juraba que esa raza aprendió su idioma —el de los árboles—, y no tenía ni un ápice de duda de que éstos les entendían. «Me mostraban las estrellas y me explicaban algo acerca de ellas que no conseguía comprender». 

En esa Nueva Tierra tenían canciones que, al escucharlas, el Hombre Ridículo entendía las palabras, pero no lograba penetrar en su significado.

En la obra, el genio ruso sugiere que antes de caer en el sueño, el Hombre Ridículo niega la existencia de un mundo real al afirmar que con su muerte todo dejaría de existir, sin embargo, admite que el mundo sólo cesaría con relación a él y a su conciencia, con lo que se logra entrever que hay una realidad por sí sola, antes de poder ser inteligible.

En el sueño, Dostoyevski plasma la idea de que existe una forma de comunicación que sobrepasa las palabras, que depende de la conciencia de quien piensa y percibe el mundo, como si las palabras inflaran su significado y las ideas que con éstas se expresan tuvieran un alcance que llega hasta los sentimientos. Algo semejante a lo que sucede con la poesía. 

Contrario a esa posibilidad de que el significado de las palabras sea menor a lo que realmente comunican, podríamos pensar como aquel postulado sostenido por el filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein «los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo», es decir, que lo que no podemos pensar bajo categorías lingüísticas no forma parte de nuestro entendimiento. Sin embargo, sobre este punto el escritor ruso nos muestra una de las maneras en que se puede repensar ese postulado: los límites de mi lenguaje no siempre serán los límites de mi mundo, porque tanto el mundo inteligible como nuestra percepción de él están constantemente influenciados por elementos sensoriales que sobrepasan el lenguaje. Es innegable, podemos percibir más cosas que las que el lenguaje nos permite comprender y comunicar.

Esto se confirma al cuestionarnos, ¿qué pasaría si, como el Hombre Ridículo, conociéramos una Nueva Tierra en donde se hablaran los idiomas que conocemos, pero tuvieran un significado tan profundo que no logremos comprenderlo?, un mundo en donde nuestra conciencia no nos alcance para penetrar en el verdadero significado de las ideas. El autor ruso nos deja en claro que el nivel de profundidad con el que percibimos el mundo no depende sólo del entendimiento de las palabras de una lengua, sino también de una especie de conciencia “meta lingüística” o sensorial que poseemos del mundo.

El sueño de un hombre ridículo.

Fiódor Dostoievski.

España: Alianza Editorial, 2011.

Comments

  1. JECLC
    25 Marzo, 2020

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    Totalmente de acuerdo con que quiere transmitir y bien comentas con “los límites de mi lenguaje no siempre serán los límites de mi mundo”.

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