Posted by on 19 Octubre, 2017

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«Hygge» proviene de un término noruego del siglo XVI, «hugga», que significa reconfortar y probablemente se relaciona también con «hug», “abrazar” en inglés. 

 

¿Hasta dónde llega el poder de una palabra? ¿Existe acaso el secreto de la felicidad o sólo se trata de otra exitosa campaña publicitaria?  

María Paula Laguna

Durante varios años, Dinamarca ha figurado en los primeros puestos de los países más felices del mundo. Cada vez que la ONU publica su Reporte de la Felicidad o aparece algún otro listado similar, de inmediato cientos de artículos de prensa intentan explicar cuál es el secreto del país nórdico. Si buena parte del año sus habitantes tienen que soportar días oscuros y fríos, ¿cómo es posible ser feliz así? La respuesta, coincide la mayoría, está en el «hygge», una palabra asociada a una situación acogedora que produce satisfacción o bienestar, según el Diccionario de Oxford.

Si bien esa es la descripción más aceptada, «hygge» en realidad es un vocablo difícil de definir. De hecho, cada quien podría interpretarlo de maneras distintas, pues para algunos significa reunirse a cenar en casa con tus amigos más cercanos bajo la luz de las velas; mientras que para otros es un concepto que sólo funciona a la perfección en invierno mientras te tomas una copa de vino frente a la chimenea. En cualquier caso se necesitan principalmente velas, un suéter de lana y una bebida caliente. Y, atento, que ni se te ocurra andar chateando, pues un momento «hygge» está teñido de nostalgia y si algo puede arruinarlo es el culto al celular.

«Hygge», además, es bastante flexible porque sirve como sustantivo, verbo o adjetivo. A veces, incluso, los daneses lo utilizan para despedirse: “hyg dig” o “que tengas hygge”, en vez de “adiós”. Se trata, en fin, de un concepto omnipresente en el país escandinavo, donde es incluso considerado un valor identitario de su cultura, aunque se derive de un término noruego del siglo XVI, «hugga», que significa reconfortar y probablemente se relacione con «hug», “abrazar” en inglés.

Y, atento, que ni se te ocurra andar chateando, pues un momento «hygge» está teñido de nostalgia y si algo puede arruinarlo es el culto al celular.

Hoy «hygge» ya no es un secreto exclusivo de los casi seis millones de daneses, sino un concepto de exportación que otros países también imitan. No en vano, en el Reino Unido, por ejemplo, el año pasado se publicaron una decena de libros que buscaban descifrar “el arte de vivir a lo hygge”. Tal es el poder de una palabra. Detrás, por supuesto, hay una feroz campaña publicitaria que ha conseguido convertir este vocablo en un estilo de vida. Puede que lo más «anti-hygge» sea usar el celular, pero basta echar una mirada a Instagram para encontrar más de dos millones de fotos con este hashtag.

Si el secreto de la felicidad estuviera en una palabra, hace tiempo todos se habrían puesto un suéter con un reno en el centro e instalado una chimenea en casa. Es ingenuo comprar un concepto de esa manera. Detrás de la felicidad danesa hay toda una trama de condiciones y garantías sociales –acceso a salud, vivienda, trabajo, transporte digno, etc.–, que naturalmente les permiten a sus ciudadanos enfocarse en actividades hyggelig. Y no es que nosotros tampoco las tengamos; tal vez es sólo que no hemos sabido inventar una palabra tan hyggelig.

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