Posted by on 21 Diciembre, 2016

image_print

 

Las imágenes sagradas con el corazón expuesto simbolizan una mirada directa al alma de los santos.

La relación entre dos frases (inglesa y francesa) que aluden al corazón revela la antigüedad de muchos de nuestros conocimientos tradicionales.

 

Fernando Cruz Quintana 

La dicotomía corazón-cerebro constituye acaso uno de los mejores símbolos de aquello que es el ser humano. La mezcla de pasiones y razonamiento es el elemento distintivo que al mismo tiempo nos hermana y nos diferencia del resto de los animales. Sin embargo, aunque para el hombre esta dualidad ha sido evidente desde hace miles de años, antaño se tenía una concepción distinta de cuál era el órgano corporal que albergaba las funciones de lo que hoy conocemos como mente. Dos expresiones vetustas provenientes del francés y el inglés sobreviven hasta la fecha y resguardan este antiguo pensamiento: «connaître par coeur» y «know it by heart»[i], que pueden traducirse literalmente como «conocer o saber de corazón».

Dos expresiones vetustas provenientes del francés y el inglés sobreviven hasta la fecha y resguardan este antiguo pensamiento: «connaître par coeur» y «know it by heart»

¿Alguien duda hoy en día de que el pensamiento, la inteligencia y los recuerdos ocurran en el cerebro? Culturas antiquísimas, como la egipcia, creían que el corazón alojaba el alma de las personas (esta noción, al igual que la de mente, denota una inmaterialidad). Vestigios de esta misma concepción aparecen en el pensamiento aristotélico: dos realidades distintas pero entrelazadas (las ideas y las sensaciones) conjuntan la vida del hombre. El mundo que percibimos a través de los sentidos es sólo una cara de una compleja existencia que tiene una contraparte esencial; el corazón representa una puerta entre ambos entornos. La doctora Magda Giordano[ii] justifica el criterio del discípulo de Platón en este respecto:

Para Aristóteles, aunque el alma estaba en todos lados y en ninguno a la vez, partes específicas del cuerpo llevaban a cabo sus funciones y consideraba que el cerebro no podía ser el asiento del alma, ya que a partir de sus disecciones había observado que aún animales con pequeños cerebros podían percibir el mundo y actuar en consecuencia. El cerebro como tal no le parecía a Aristóteles nada impresionante. Él, que no contaba con medios de fijación para el tejido cerebral, habría observado una natilla informe, difícilmente la fuente de la razón y la voluntad. El corazón, al contrario, le parecía un lugar mucho más lógico para las facultades del alma racional.[iii]

 

La tradición católica (que a través de San Agustín retomó muchos de los pensamientos de la filosofía griega) pudo haber ayudado a que estas concepciones se esparcieran por Europa: las representaciones de Jesús con el corazón expuesto simbolizan a un hombre de carne y hueso que al mismo tiempo tiene contacto con el mundo ideal, con otra realidad espiritual. No hay metáfora en decir que alguien que nos «abre su corazón» permite que conozcamos directamente su alma.

La centralidad que desde antaño se le ha otorgado al corazón puede no ser fortuita: quizá sus latidos sean la evidencia más contundente de que estamos vivos. Si, como pensaba Aristóteles, este órgano enlazaba al mundo sensible con el mundo de las ideas, tampoco era descabellado pensar que todas la actividades mentales y reflexivas (entre ellas la capacidad de recordar) ocurrieran precisamente ahí.

No sólo en lenguas extranjeras existen huellas que confirman al corazón como el órgano de las ideas: en español «cuerdo» designa a alguien que se encuentra en plenas facultades mentales y «recuerdo» habla de una evocación que se tiene de acciones pasadas.

Existen muchas evidencias que se esconden en la cotidianidad de las palabras y ratifican estas concepciones antiguas. Un sencillo análisis de vocablos basta para reconocer su ligadura con el pasado. Obsérvese la similitud de los términos que designan al corazón en otras lenguas romances: «cuore» (italiano), «cor» (catalán), «coração» (portugués), «coeur» (francés). La semejanza confirma la pertenencia a un mismo origen latino: «cordis». Ahora recuerde las expresiones inglesa y francesa presentadas al inicio de este texto: «know it by heart» y «connaître par coeur». Ambas locuciones no se utilizan en sus respectivos idiomas para dar cuenta de algo que se aprecia en demasía, sino de algo que se sabe de memoria.

No sólo en lenguas extranjeras existen huellas que confirman al corazón como el órgano de las ideas: en español «cuerdo» designa a alguien que se encuentra en plenas facultades mentales y «recuerdo» habla de una evocación que se tiene de acciones pasadas. En tanto el prefijo «re» se utiliza para dar cuenta de una repetición en las cosas, literalmente podría definirse a «recordar» como la acción de volver a pasar algo por el corazón. ¿Quién puede negar que los recuerdos nos toquen el alma?

Que este órgano se haya concebido como la residencia del espíritu humano y que ese hecho haya dejado una huella imborrable en el habla de muchas culturas es una muestra de la tenacidad y vigencia de algunas ideas milenarias. Un análisis detallado de expresiones en diversas lenguas puede mostrarnos los vínculos que nos hermanan con quienes son en apariencia extraños. En este sentido, hablar otros idiomas nos permite conocernos a nosotros mismos.

__________________________________

Notas

[i] La expresión cotidiana se ha contraído hoy en día y simplemente ha quedado como «par coeur».

[ii] Investigadora titular “B” del Departamento de Neurobiología Conductual y Cognitiva, Instituto de Neurobiología, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

[iii] Magda Giordano (2011). «Cerebro y mente en siglo XXI» en Revista Digital Universitaria, volumen 12, número 3. México: UNAM. p. 5. Consultado el 17 de diciembre de 2016 en el siguiente enlace electrónico: http://www.revista.unam.mx/vol.12/num3/art23/art23.pdf

Comments

Be the first to comment.

Leave a Reply


You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

*