Posted by on 30 Noviembre, 2017

El lenguaje metafórico de las palabras relacionadas con la comida remite a imágenes deliciosas y a mundos diversos.

La relación entre las palabras indígenas y la comida es deliciosa por las imágenes que crea; con ello la sinestesia aparece simultánea y jocosamente.

 

Luis Ángel Rodríguez Bejarano 

El tema de la influencia de una lengua en otra es siempre fascinante; entre más rastros buscan los interesados en estos temas, más se encuentran coincidencias con otras lenguas. Es un dominó lingüístico que nunca se detiene y que nosotros somos responsables de divulgar y fomentar. Los estudios sobre este fenómeno son, por suerte, infinitos. Muchas palabras de lenguas prehispánicas en países que fueron conquistados son imborrables. La cultura en general se enriquece de esta influencia y en particular de expresiones que nos hacen vivir el día a día de una manera, digamos, más placentera.

Son muchas las palabras de origen indígena que nutren nuestra lengua, sin embargo, me basaré sólo en algunos ejemplos. Estudiosos como Miguel León Portilla han señalado la importancia de reconocer, como parte de la cultura de cualquier país, rasgos de estas civilizaciones e incorporarlos sin miramientos a nuestro léxico.

En este artículo, la decisión de integrar una u otra palabra está regida simplemente por aspectos culinarios: todos los términos o conceptos que se enuncian se relacionan con la comida mexicana. En la relación que tienen los habitantes de México con su comida, famosa internacionalmente desde hace unos años, nunca falta el componente indígena: ingredientes, colores e instrumentos forman un catálogo de platillos selecto que no se entendería sin el complemento que las palabras le dan. La imagen que esta historia propone para el lector es simple: se trata de explicar un guiso o platillo con carne, postre y los utensilios para elaborarlos.

En un remoto pueblo de la provincia de México, un hombre ve nacer a uno de sus hijos. Meses después, de acuerdo con la ley católica, decide bautizarlo y dar una fiesta como agradecimiento (tanto a dios como a las personas). Para ello compra (de acuerdo con sus posibilidades) un cordero, un borrego o un chivo. No ha decidido bien la forma de prepararlo pero uno de sus compadres (que es el padrino de alguno de sus otros hijos; en estos pueblos, por otro lado, se tienen muchos) lo convence de hacerlo en barbacoa, con arroz, y, al final, tamales de nixtamal.[1]

En la relación que tienen los habitantes de México con su comida nunca falta el componente indígena: ingredientes, colores e instrumentos forman un catálogo de platillos selecto que no se entendería sin el complemento que las palabras le dan.

La fiesta comienza los días anteriores donde se prepara un hoyo en la tierra que servirá como horno; después, previa muerte y limpieza del animal elegido, se le colocan hojas de laurel, condimentos (ajo, pimienta, orégano y cebolla) dentro del hoyo mencionado. Toda la preparación, es decir la carne del animal con las hojas y los demás ingredientes, se monta en palos amarrados. La paciencia y el fuego hacen el resto. La barbacoa (el horno y por extensión la carne que se obtiene de él) es literalmente “carne tapada con tierra”. El plato fuerte está en proceso, la tierra, por extraño que parezca, le da un sabor diferente y celestial.

Además del platillo descrito, el hombre se preocupa por el postre que sus invitados comerán; después de consultar con sus comadres, decide que se tratará de un platillo dulce y salado. Recolecta varios kilos de harina de maíz, carne de pollo, cerdo y, por otro lado, fresas, duraznos y chocolate. Con estos ingredientes, mezclados con agua de cal, obtiene una masa amorfa que adquiere cuerpo en hojas de maíz. El nixtamal (nextli: ceniza; tamalli: masa de maíz, empanada) está listo; también, por extensión, la hoya en la que se preparan adquiere este nombre. Después de varias horas esperando, la carne y el postre están listos. Las hermosas y metafóricas expresiones “empanadas de ceniza” y “carne tapada con tierra” se mezclan con olores y colores de todas partes.

El hombre, preocupado una vez más por sus invitados y porque él o los dioses estén suficientemente ofrendados, decide agregar a esto una bebida: chocolate con agua. Sin embargo, encuentra un problema: no tiene suficientes recipientes para tantos invitados. Decide, en consecuencia, elaborar jícaras (xicalli: fruto del jícaro y calli: casa, recipiente) con árboles dispuestos para tal fin. La parte final de esta comilona es hermosa: un animal ha sido sacrificado en un hoyo en el suelo envuelto en hojas de alguna planta; se acompaña con un postre de cerdo, pollo o frutos. Para terminar, en una “casa” o recipiente se bebe chocolate.

La historia anterior no es anormal en un pueblo mexicano, sin embargo, sin las palabras y, sobre todo, sin el sentido imaginativo que le dan las palabras indígenas, la lengua, ni la comida, serían las mismas.

[1] http://www.academia.org.mx/lema:nixtamal-o-nistamal, consultado 28 de noviembre de 2017.

Posted in: Babel

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