Posted by on 28 Abril, 2018

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El alfabeto es un conjunto de símbolos finitos que dan pie a la representación escrita de nuestra oralidad y pensamiento.

Oralidad y escritura son dos caras distintas de una misma moneda: la comunicación humana. ¿Más allá de las diferencias, qué posibilidades expresivas nos ofrece cada una de ellas?

 

Fernando Cruz Quintana

La facultad de comunicar no es propia del ser humano: hombres y animales tienen capacidades diferentes para expresar aquello que sienten o necesitan. Una de esas desemejanzas es precisamente la facultad para elaborar idiomas con gramáticas que los norman y los acotan, y que descansa sobre la base de un proceso de convención social en donde sonidos se asocian con significados de cosas.

Los idiomas dotan a la expresión humana de un nivel muy especializado de comunicación: aquello que puede transmitirse por medio de gestos, movimientos o reacciones naturales de nuestro cuerpo es realmente limitado frente a la potencialidad que brindan los vocablos. No es exagerado decir que la base de casi todos los conocimientos humanos se encuentra en los hechos de la lengua: desde la organización que se establecía para salir de cacería, el orden que se debía respetar en el hogar, el esclarecimiento de un fenómeno natural complejo, este texto que ahora se lee; toda explicación necesita de las palabras que la contienen. Octavio Paz acierta en reconocer la importancia que el lenguaje tiene para el hombre:

No hay pensamiento sin lenguaje, ni tampoco objeto de conocimiento: lo primero que hace el hombre frente a una realidad desconocida es nombrarla, bautizarla. Lo que ignoramos es lo innombrado. Todo aprendizaje principia como enseñanza de los verdaderos nombres de las cosas y termina con la revelación de la palabra-llave que nos abrirá las puertas del saber. O con la confesión de la ignorancia: el silencio.[i]

 

El sentido común, la filosofía y la ciencia dependen del lenguaje para poder estructurar aquello que quieren expresar. Cada palabra que se conoce puede ser un nuevo fragmento de mundo que antes podría haber estado vedado a la experiencia. Vehículos de las ideas, las palabras son el mejor medio para conservar nuestras impresiones del mundo, y la primera puerta de acceso hacia el pasado. En cierto sentido, y haciendo una analogía con el uso que hacemos de los libros, alguien podría afirmar que la tradición oral y las historias que pasamos de generación en generación son ejemplos de libros-orales que tienen sólo el soporte de la memoria y el relato que los respalda.

No es exagerado decir que la base de casi todos los conocimientos humanos se encuentra en los hechos de la lengua.

Si bien es cierto que existen libros que no contienen una sola palabra y que no por ello se dejan de considerar como tales, todos existen para transportar las ideas de un alguien (autor) hacia un otro (lector). Si la oralidad conserva la expresión de un individuo, la escritura la congela y le brinda la posibilidad de trascender a su tiempo.

Los estudiosos del pasado de la humanidad señalan que el inicio de la historia coincide con la invención de la escritura; el periodo previo a la representación gráfica de la expresión se conoce como prehistoria y se puede acceder a él sólo por medio de un testimonio material, que son los vestigios naturales de nuestro planeta.

Una vez perfeccionada la escritura, la expresión oral —efímera y evanescente— encontró un símil tangible en donde podía quedar depositada y brindó al hombre una capacidad insospechada para resguardar todo tipo de conocimientos y experiencias. Víctima frecuente del olvido y las malas interpretaciones, la tradición oral ha persistido en gran medida gracias a la huella fehaciente que su versión redactada supone.

La siguiente anécdota de Platón, recuperada por Umberto Eco, resulta doblemente ilustrativa del poder evocador que tienen las grafías, en primer lugar por el contenido de lo expresado y en segundo lugar por saber que la cita de Eco es recogida de Platón, y antes fue recuperada del Faraón Tamus. Esta múltiple citación es posible sólo gracias a la capacidad evocadora y referencial de las letras:

 

Según Platón (en Fedro) cuando Hermes, el inventor de la escritura, presentó su invención al Faraón Tamus, éste le alabó su nueva técnica que se suponía que iba a permitir a los seres humanos recordar lo que de otro modo olvidarían. Pero el Faraón no estaba satisfecho. “Mi hábil Theut, dijo, la memoria es un gran don que se debe mantener vivo entrenándolo continuamente. Con tu invención la gente ya no se preocupará por entrenar la memoria. Se acordarán de las cosas no por un esfuerzo interno, sino por la simple virtud de un mecanismo externo”. Podemos entender la preocupación del Faraón. La escritura, como cualquier otro mecanismo tecnológico, habría debilitado la facultad humana a la que substituyó y reforzó —de la misma manera que los coches nos hacen menos capaces de caminar—.[ii]

 

Lejos de atrofiar la capacidad de la memoria, la escritura —y evidentemente su contraparte, la lectura— es un acto subversivo que permite dejar registro de nuestra expresión en el mundo, al tiempo que dota a la misma de su capacidad de trascender en el tiempo.

Víctima frecuente del olvido y las malas interpretaciones, la tradición oral ha persistido en gran medida gracias a la huella fehaciente que su versión redactada supone.

En contraste con la oralidad, la redacción es una actividad artificial. “Las reglas gramaticales viven en el inconsciente en el sentido de que se puede saber cómo utilizar las reglas e incluso cómo configurar nuevas reglas sin ser capaz de afirmar lo que son”.[iii] Distinto caso es el de la escritura, que, en tanto un producto social que cuenta con mayor grado de convención, requiere de un proceso de aprendizaje —alfabetización— para poder ser utilizada. Gracias a esta distancia entre ambas maneras de comunicación es que escritura y lectura siempre han tenido un uso diferenciado dependiendo de la cultura de la que se hable.

 

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Notas.

[i] Octavio Paz (2006). El arco y la lira. México D.F.: Fondo de Cultura Económica. p.30 y 31

[ii] Umberto Eco (2012). “De Gutenberg a internet”. En De Moragas, Miquel.(Ed.) La comunicación: De los orígenes a internet. Barcelona, España: Gedisa. p. 49.

[iii] Walter Ong (2006). “Orality and literacy” en Finklestein, David y McCleery, Alistair (eds.). The book history reader. Inglaterra: Routledge. p.136. “Grammar rules live in the unconscious in the sense that you can know how to use the rules and even how to set up new rules without being able to state what they are.” La traducción es mía.O

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