Posted by on 4 Abril, 2016

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Mirar sin estar mirando 

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Un camello perdido en el desierto es protagonista en la historia de «serendipia».

     

Viaje al origen de «serendipia», un neologismo adaptado del inglés para referirse a un descubrimiento accidental. Así nace y se transforma una palabra.

 

María Paula Laguna

Hay algo hermoso en conocer la fecha de nacimiento de una palabra. Por lo general, se habla de una época, rara vez se menciona un día específico. «Serendipity», adaptada del inglés como «serendipia», es una de las afortunadas. Nació el 28 de enero de 1754 en una carta que el escritor londinense Horace Walpole le envió a un amigo en Florencia en agradecimiento por un cuadro que éste le regaló. En ella le cuenta que al cotejar los escudos de armas de la pintura con un viejo libro sobre el tema, descubrió sin querer la relación entre dos familias, los Medici y los Capello.

Pero esa no es la historia que interesa. Walpole decide bautizar esa coincidencia «serendipia» porque hacia poco había leído una fábula oriental, Los viajes y aventuras de los tres príncipes de Sarendip, que más o menos narraba lo que acababa de ocurrirle. Sus protagonistas eran los hijos del rey de Sarendip o Sarendib, el nombre antiguo de Ceylon, hoy Sri Lanka. No satisfecho con haber contratado al hombre más sabio del reino para educar a sus herederos, el soberano los envió de viaje por el mundo.

En esa travesía los jóvenes dieron muestras de un excepcional talento: mirar con atención sin proponérselo. Así fue como, por ejemplo, ayudaron a un campesino a dar con el paradero de uno de sus camellos. “¿Era tuerto?, ¿le faltaba un diente?, ¿cojeaba?”, le preguntaron al hombre. Los príncipes nunca vieron al animal, pero les bastaron algunos detalles, simples rastros, —el césped recortado a la izquierda del sendero, los trozos de hierba masticada en el camino, el contorno de las huellas…— para asegurar lo contrario. Cualquiera diría que son los predecesores de Sherlock Holmes.

En esa travesía los jóvenes dieron muestras de un excepcional talento: mirar con atención sin proponérselo.

Walpole recrea este episodio en su carta —aunque con algo de descuido confunde al camello con una mula— y propone el neologismo: «serendipity» o sagacidad accidental. “Ningún descubrimiento de una cosa que uno esté buscando cabe bajo esta descripción”, aclara. La palabra quedó ahí, oculta, hasta que volvió a asomarse, tímida, en 1833, al publicarse la correspondencia de Walpole. Poco después se presentó en los círculos literarios de la época y a principios del siglo XX ingresó en los diccionarios ingleses.

Eso, sin embargo, no zanjó la discusión alrededor de su significado. A «serendipia» siempre la han mirado con recelo, como el capricho tonto de un conde británico. Y aún así ha sobrevivido. Es más, sólo eso, intentar comprenderla, la ha mantenido viva. El libro que mejor resume su historia, Los viajes y aventuras de serendipia (2004), surgió precisamente como una serendipia, cuando en 1930 Robert K. Merton, pionero de la sociología de las ciencias, encontró el término sin buscarlo en el Diccionario de Oxford y desde entonces se obsesionó con su origen. Una meta-serendipia.

Uno de sus usos más comunes, de hecho, es el de designar hallazgos científicos: el descubrimiento de la penicilina por un descuido de Alexander Fleming al dejar expuestas sus muestras de bacterias cerca de una ventana; o el de los rayos X, llamados así ante el desconcierto del físico alemán Wilhem Röntgen mientras experimentaba con tubos catódicos. ¿Accidente o habilidad? ¿Es pura y llana suerte o hay que saber girar la rueda de la fortuna? ¿O una combinación de ambas?

A principios del año Pagan Kennedy, una colaboradora de The New York Times, publicó una columna en la que justamente se pregunta si es posible “cultivar el arte de la serendipia”. Allí vuelve a citar los famosos errores científicos y traslada el debate al periodismo, un área donde también abundan las casualidades. No en vano, dice, muchos reporteros de habla inglesa suelen utilizar la expresión “gathering string” para referirse a un tema que tienen entre manos pero aún no saben muy bien a dónde los llevará, como si estuvieran esperando a algo.

¿Accidente o habilidad? ¿Es pura y llana suerte o hay que saber girar la rueda de la fortuna?

En sus primeros años de periodista Gay Talese escribió un libro, New York: A Serendipiter’s Journey (1961), el cual recoge historias inadvertidas de la Gran Manzana: así descubrió a los 25 gatos que entonces vivían 23 metros bajo el extremo oeste de la terminal Grand Central, y se percató de la colonia de hormigas que había convertido la cima del Empire State en su hogar. Talese miró donde nadie miraba y con sus relatos regresó la palabra a su significado original: «serendipia» no es una cadena de accidentes felices; hay que tener la sagacidad para reconocerlos.

Hoy, con 262 años de vida, «serendipia» ha servido para nombrar marcas de ropa, compañías de software, canciones, películas, líneas de cruceros… Kennedy incluso sugiere desarrollar una nueva rama de investigación, “los estudios serendípicos”, para “crear una taxonomía de los descubrimientos en el laboratorio de química, la sala de redacción, el bosque, el aula, el acelerador de partículas y el hospital”. ¿Sobrevivirá? ¿O así como nació, morirá un día? También hay algo hermoso en esas preguntas.

Comments

  1. Javier
    5 Abril, 2016

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    Lindísima palabra, con un origen tan puntual pero que ha sobrevivido creo yo porque tiene un significado preciso que solo ella tiene.
    !Gracias por esta palabra nueva para mí!
    Intentaré incorporarla no solo al hablar sino al caminar.
    ¿Te sugiero una para la próxima? Estraperlo…

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