Posted by on 29 Marzo, 2017

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El miedo al gerundio 

El miedo al gerundio y otras cuestiones gramaticales viene justamente de la costumbre. Por eso, a veces también cuesta distinguir el buen uso del abuso. 

Tan habituados estamos al mal uso del gerundio que ya nos acostumbramos a leerlo y escucharlo en todas sus falsas manifestaciones. Una reflexión sobre cómo perderle el miedo.

María Paula Laguna

Escribir es un ejercicio lleno de preguntas, desde con qué idea empezar el primer párrafo, hasta cómo escribir correctamente una frase. La práctica ayuda a despejar esas dudas cada vez más rápido, claro, pero en el camino siempre quedan cosas a las que les guardaremos cierto temor reverencial. En mi caso, es el gerundio. Si lo veo venir a medida que tecleo, suelo detenerme para probar distintas alternativas, todas con tal de evitarlo. Prefiero desterrarlo en vez de correr el riesgo de equivocarme. Así es el miedo a veces.

Pero el gerundio no es un monstruo. No: es simplemente “una forma no verbal, cuya terminación en español –ndo, puede formar perífrasis verbales”[1]. Para ponerlo más sencillo, el gerundio actúa como un adverbio, o sea es capaz de modificar al verbo para explicar una acción. Así pasa cuando decimos, por ejemplo, “el profesor empezó la clase explicando la teoría de conjuntos”; o “Juliana abrió el regalo rasgando la cinta”. En ambos casos se puede usar sin temor porque se trata de acciones simultáneas al verbo principal.

Los ejemplos anteriores parecen fáciles pero, por si quedan dudas, basta preguntarle al verbo. “¿Cómo empezó la clase el profesor? Explicando la teoría de conjuntos”; “¿cómo abrió el regalo Juliana? Rasgando la cinta”. Si la respuesta tiene sentido, no hay problema. Esa es una estrategia que alguna vez me enseñó una correctora de estilo y, desde entonces, no me falla. El lío con el gerundio es que a muchos les parece una solución eficaz para conectar dos ideas distantes, como en el clásico: “El avión cayó al mar, siendo hallado dos días más tarde”; o éste que circula en casi todos los blogs sobre el tema: “Cortázar viaja a Francia, muriendo en ese país años después”.

Si lo veo venir a medida que tecleo, suelo detenerme para probar distintas alternativas, todas con tal de evitarlo. Prefiero desterrarlo en vez de correr el riesgo de equivocarme. Así es el miedo a veces.

Los titulares de prensa son terreno fértil para esos ejemplos y sus variantes, pues en el apuro por ahorrar caracteres, el periodista prefiere echar mano del gerundio. Pero usarlo para unir acciones que ocurren en momentos diferentes o como consecuencia de algo, siempre termina mal. ¿Cómo cayó el avión al mar? Siendo hallado dos días más tarde. ¿Cómo viaja Cortázar a Francia? Muriendo años después”. No hay que ser demasiado creativo para resolver una oración de ese tipo; a veces sólo se necesita un “y”: “El avión cayó al mar y fue hallado dos días más tarde”; “Cortázar viaja a Francia y muere en ese país años después”.

Otro de los usos más comunes del gerundio es el de expresar continuidad o duración, como cuando decimos “sigue lloviendo”, o “Diego está cenando”. No faltan las excepciones, y aunque no puede actuar como adjetivo, sí es aceptado en el caso de “hirviendo” (“agua hirviendo”) y “ardiendo” (“carbón ardiendo”). Funciona de forma similar en algunos titulares o pies de foto, como, por ejemplo, “Hombres limpiando la azotea” o “Santos, firmando la paz”.

El miedo al gerundio y a muchas otras cuestiones gramaticales viene justamente de la costumbre. De tanto ver y escuchar estas frases, al final nos parecen normales, por eso, en ocasiones, cuesta distinguir el buen uso del abuso. Y no sólo sucede en los medios o en la industria editorial. Hay sociedades, como la ecuatoriana, en las que el gerundio se ha instalado en las expresiones más cotidianas; cuando uno le pregunta a un amigo si ya almorzó, por ejemplo, puede responder: “Sí, vine comiendo”. Pero con eso, en realidad, no nos quiso decir que comió durante el trayecto, sino que lo hizo antes. O “darásme haciendo”, una forma complicadísima para pedir un favor. Suena obvio, pero hay que repetirlo: la sencillez es la regla más confiable, sobre todo cuando se trata de perderle el miedo a un monstruo tan omnipresente.

 

[1] Diccionario de la lengua española [en línea], disponible en: http://dle.rae.es/?id=J9jq94P|J9k4n78, recuperado: marzo de 2017.

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