Posted by on 13 Septiembre, 2017

En esta foto tomada del Twitter de Nicholas Rougeux aparece un fragmento de su afiche hecho con los signos ortográficos de Ulises. En el centro, una imagen de James Joyce.

Quitarles las palabras a los textos es como desnudarlos; sin ellas pierden la razón de su existencia, pero a la vez despejan el camino para ver los signos ortográficos en toda su extensión.

María Paula Laguna

¿Qué pasaría si desaparecieran las palabras de las obras de la literatura universal? Es una pregunta rara y, por más extraño que parezca, tiene respuesta. Hace unos meses, el diseñador estadounidense Nicholas Rougeux emprendió la dispendiosa tarea de quitarles las palabras y dejar únicamente los signos ortográficos a clásicos en inglés, como Ulises, de James Joyce; Moby-Dick, de Herman Melville; Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll; Orgullo y prejuicio, de Jane Austen, entre otros.

El resultado es “Entre palabras” (“Between the Words”), una serie de dibujos donde las letras, los números y los espacios desaparecen para dejar como protagonistas a las comas, los puntos, las comillas, los paréntesis, los guiones, etc. En manos de Rougeux, cada obra termina convertida en una espiral hipnotizante de signos ortográficos, que bien podría confundirse con una suerte de código o lenguaje secreto. Quitarles las palabras a los textos es como desnudarlos; claro, sin ellas pierden la razón de su existencia, pero a la vez despejan el camino, por así decirlo, para ver la estructura casi invisible sobre la que se sostienen.

El Diccionario panhispánico de dudas de la Real Academia Española (RAE) define los signos ortográficos como “aquellas marcas gráficas, que no siendo números ni letras, aparecen en los textos escritos con el fin de contribuir a su correcta lectura e interpretación”. Estos se dividen en dos: signos de puntuación y signos auxiliares. Los primeros sirven para indicar las pausas y la entonación de los enunciados, así como para organizar las ideas y evitar ambigüedades. En ese grupo aparecen el punto, la coma, el punto y coma, los dos puntos, los signos de interrogación y de exclamación, entre otros. Los segundos, los auxiliares, señalan distintas pautas e incluyen algunos como el apóstrofo, la diéresis, el asterisco, la tilde, el guion y la barra. Ninguno de estos existe en el lenguaje oral, pero están de algún modo presentes, como en la entonación de la voz.

Todos los signos cuentan con reglas claras de uso y cada autor las aprovecha de distintas maneras para expresar una intención y construir parte de su estilo. Hay quienes prefieren las frases cortas, mientras que a otros les gusta crear ritmo –la música de las palabras– con oraciones interminables separadas apenas por unas cuantas comas. No faltan los escritores que se rebelan contra las convenciones del lenguaje y a veces se niegan a incluir siquiera una pausa. Rougeux, de hecho, se ahorró un buen trabajo al momento de diseñar el último capítulo del Ulises, un monólogo interior de más de 80 páginas sin comas ni puntos.

“Entre palabras” es una serie de dibujos donde las letras, los números y los espacios desaparecen para dejar como protagonistas a las comas, los puntos, las comillas, los paréntesis, los guiones, etc.

¿Será posible reconocer un texto con sólo ver sus signos ortográficos? El matemático y neurocientífico Adam J. Calhoun partió de esa pregunta para extraer el número de signos ortográficos más usados por ciertos autores, así como la cantidad de palabras entre uno y otro. Da un poco de pudor (o al menos, eso me pasó a mí) ver los resultados de Calhoun publicados en forma de diagramas de barras y mapas de calor, pues evidencian algunas de las decisiones literarias más íntimas de los escritores.

Por supuesto, existen reglas y manuales enteros dedicados a explicar el uso correcto de cada signo, pero al final hay mucho de subjetividad (incluso la RAE admite, por ejemplo, que el punto y coma es de los signos que más depende de la voluntad individual). En la antigüedad habría sido imposible reconocer el estilo de un autor al puntuar, pues los primeros manuscritos carecían de espacios que separaran las palabras. Una retahíla de letras que poco a poco fue adquiriendo sentido gracias a los aportes de bibliotecarios cansados de descifrar ese tipo de textos, así como de las enseñanzas derivadas de la notación musical.

La imprenta ayudó a estandarizar el uso de los signos y desde entonces sólo ha habido algunos intentos por sumar otros a la lista. El exclarrogativo (interrobang en inglés), la coma exclamativa y la coma interrogativa son algunas de las invenciones aparecidas sin mayor éxito durante la segunda mitad del siglo XX. Si pudieran crear un signo combinando los ya existentes, ¿qué harían? ¿qué tal la barra y la exclamación para expresar ironía (/!)? Las posibilidades podrían ser infinitas; somos palabras, pero también signos.

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