Posted by on 22 Abril, 2020

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Con el nombre «Covid», personal de un zoológico en Veracruz, México, bautizó a un tigre de bengala recién nacido. Este acto intenta resignificar esta palabra con un sentido de esperanza.

Aunque parezca un acto carente de propósitos o intenciones, al nombrar reflejamos nuestra más extraordinaria complejidad humana. ¿Qué se esconde en el fondo de esta práctica de denominación?

Laura Elisa Vizcaíno

El acto de nombrar a una persona o a una mascota genera un hecho de apropiación, existen casos peculiares en los que se nombra a un automóvil, una planta u otro objeto. Como sea, la intención es hacer nuestro aquello que recibirá el nombre. Cuando Jesús conoció a Simón, le cambió el nombre a Pedro —Cefas en arameo— y así inició su amistad. A su vez, los padres de un recién nacido tienen la difícil tarea de nombrarlo y en esa palabra imprimen parte del legado de su creación, no sólo por el ser vivo que han traído al mundo sino también porque nuestros nombres guardan una tradición y con ésta una cultura. 

El nombrar refiere a la necesidad no sólo de apropiación, sino también de identificación, lo cual, a final de cuentas, puede ser un regalo para la persona o mascota. Muchas veces nombrar también es un acto de amor: al recibir nuestro nombre nos identificamos y nos distinguimos del resto; el nombre es aquello que nos diferencia. En el caso de las mascotas, ya es sabido que los animales que domesticamos requieren de un mote con el cual llamarlos y, muchas veces, esa palabra nominal tiene un sinfín de derivados hipocorísticos; es decir, apodos que demuestran el cariño y hacen único al animal. 

Al elegir un nombre también hay huella de quien nombra, de sus gustos, deseos e historia personal: hay quienes no toleran escuchar cierto nombre porque les recuerda a alguna persona que dejó una marca negativa en sus vidas. O el caso contrario: el de los hijos que reciben el nombre de su padre y abuelo para continuar con una tradición. Por lo tanto, los nombres van cargados de significados, así como de recuerdos.

En la actualidad, la mayoría de los antropónimos carecen de originalidad puesto que han sido reutilizados a lo largo de la historia. Si acaso, las variables dependen del traslado de una cultura a otra dando como resultado  nombres interesantes, por ejemplo, aquellos que provienen de lenguas originarias, de fonética distinta y significados que aluden a la naturaleza —Biani («amanecer» en zapoteco) o Tonatiuh («Sol del movimiento» en náhuatl)—. Pero también hay ocasiones en que las designaciones nominales generan otro tipo de críticas, como es el caso de los nombres anglosajones sumados a los apellidos castellanos, pues en combinación ponen de manifiesto una diferencia cultural. 

Podríamos apostar que, en México, la mayoría de las mujeres nacidas en la década de los cincuenta tienen el nombre de María, Teresa o Guadalupe, para la década de los ochenta hay una predilección por el nombre de Mariana. Y actualmente observo una constante por Santiago, Mateo, Emiliano y Sebastián. Sin embargo, así como existe la inclinación por nombres comunes, contemporáneos y arraigados en la tradición, también los hay por los poco usuales o antiguos para su época. Hoy en día es poco frecuente el nombre Petra, haciendo memoria, únicamente lo recuerdo en personas ancianas, pero tengo una amiga húngara que lleva ese nombre y me cuenta que en Hungría es una moda, así como en mi país lo ha sido el nombre Renata, por dar un equivalente. 

Por su parte, aquellos nombres que son poco conocidos, tanto en fonética como en escritura, provocan dificultad para identificarlos y comunicarlos; las personas que los portan deben deletrear o recibir otro tipo de apodos y diminutivos que faciliten su identificación. Si con el nombre de Cintia, que es fácil de aprender, existen distintas formas de escribirlo (con “y”, con “th”, con “i”, con “s”), con otros como Yosahandy, Jericó o Betsabé, la ortografía y pronunciación se complican.

Ahora bien, ¿será que arrastramos la historia de los personajes del pasado que comparten nuestro nombre? ¿Una persona llamada Job padece las vicisitudes de su tiempo, así como lo hizo el Job de la Biblia? ¿Quiénes llevan el nombre de Abraham saben dirigir una comunidad? Las mismas preguntas podrían utilizarse con los nombres que conllevan significados de adjetivos, por ejemplo, ¿todas las Sofías son sabias o todos los Benjamín son el hijo menor de la familia?

Sólo contamos con respuestas subjetivas respecto a cómo son las características de quienes nos rodean o de nosotros mismos. Donde sí puede ser verificable el rastreo de historias a través del nombre es en la intención; es decir, en el acto mismo de nombrar, en la ambición de que la historia se repita o bien el deseo de que el significado prevalezca; el resultado, la mayoría de las veces, es un homenaje. 

Se busca la repetición del nombre para recordar quién lo portó: ya sea un miembro de la familia cuya memoria debe prevalecer o el homenaje a personajes religiosos, históricos y ficticios. Es difícil —mas no imposible— encontrar personas con el nombre de Caín, Macbeth o demás antihéroes, pues en algunas culturas no representan valores deseables ni un buen destino; lo que reafirma la idea de que nombrar es un acto bondadoso, donde se imprime el deseo de un camino fructífero. 

Sin embargo, las mascotas sí pueden llevar el nombre de Lucifer, pues cuando domesticamos, también ficcionalizamos. En la ficcionalización es donde podemos encontrar nombres que envilezcan a los personajes, pues en el acto de nombrar también puede haber un deseo negativo con intenciones precisas para conformar un relato o agredir a una persona, como sucede cuando ponemos un sobrenombre insultante . El fenómeno es visible en los nombres que aluden a su sentido denotativo, en el Manual de Onomástica,[i] estas nominalizaciones son definidas como caracterizadoras, porque refieren a su significado léxico directo, como un apodo, para llamar la atención sobre algún defecto del nombrado. Éstos, por su carga semántica, son comunes en la literatura infantil, así por ejemplo, Maléfica caracteriza el mal; o el Capitán Garfio, que señala la pérdida de su mano. 

En cuanto al deseo de que se cumpla el significado de un nombre, están algunos sustantivos o adjetivos que desde mi perspectiva ya no son tan usuales para nombrar a un bebé, al menos en mi comunidad, como Esperanza, Amparo, Refugio, Preciado. Y también hay casos en los que el acto de nombrar es ajeno al significado, por ejemplo, Mauricio es definido como «hombre moreno», sin embargo, también se ha empleado para hombres de piel clara; asimismo, Inés significa «casta» como Sor Juana Inés de la Cruz, quien debió cumplir con un voto católico, pero no es el mismo caso de Inés Arredondo que, sin afiliación religiosa, tuvo hijos. Lo importante es que el acto de nombrar tiene su particular intención, así como sus raíces en el tiempo y en el espacio vivido, en la tradición y en las costumbres. 

No hay un nombre más actual que Covid, otorgado a un tigre bengala, nacido en el mes de marzo del 2020 en un zoológico de Veracruz. En entrevista para El País, uno de los encargados del felino menciona que Covid es “esperanza”, por todo lo que se puede aprender de él y por ello la elección del nombre. En consecuencia, no sólo los nombres tienen trayectoria, el acto de nombrar encierra intenciones, recuerdos y anhelos que se traducen en una historia; por esta razón el tema de la onomástica es amplio, no sólo se trata de un diccionario para elegir el nombre del bebé, en el acto de nombrar o elegir el propio nombre (asunto con una carga histórica también interesante), hay rasgos del ser humano que expresan sus prácticas y cosmovisiones propias.


SOBRE LA AUTORA

Laura Elisa Vizcaíno es doctora en letras,  ha publicado un libro infantil y dos de microrrelatos.  Es tallerista en www.ficticia.com e investigadora en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM.

NOTAS

[i] Sobre la función del nombre en la literatura puede consultarse: Manual de onomástica de la literatura. Coord. Alberto Vital y Alfredo Barrios. México: UNAM, 2017.

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