Posted by on 27 Septiembre, 2016

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img_0026Una pila de libros en un buró, como un signo de los proyectos individuales de lectura. (Fotografía de @zairis, Light Light Fotostudio)

La palabra japonesa «tsundoku» refleja un apego muy peculiar de la cultura asiática por el mundo de los libros y la lectura. 

 

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“Ante ciertos libros uno pregunta: “¿Quién los leerá?” y ante ciertas personas uno se pregunta: “¿Qué leerán?” Y al final esos libros y esas personas acaban por encontrarse.” André Gidé.

 

Fernando Cruz Quintana

La lengua es al mismo tiempo uno de los signos de diferencia más notorios entre los seres humanos y quizá el mayor denominador común que tenemos. No existe sociedad sin comunicación; las palabras representan una de las condiciones de nuestra naturaleza, aunque éstas no tengan nada de natural y se sustenten en la arbitrariedad creativa de todos los idiomas.

Pese a las particularidades con las que cuenta cada lengua, un hecho es innegable y siempre me ha parecido asombroso: las expresiones se pueden traducir de un idioma a otro. Que podamos realizar este traslado de sentido es tranquilizante: el mundo, pese a sus múltiples maneras de ser nombrado, parece ser sólo uno. Sin embargo, visto desde las minucias de los sentidos, esta labor equivalente no es del todo perfecta y se confirma cuando descubrimos palabras que no tienen un símil literal en los sistemas expresivos a los que pertenecen.

Anoto esta breve reflexión inicial puesto que hace un mes una prima me reveló la existencia de una palabra japonesa que designaba un concepto que yo quería nombrar, pero para el que no existía un vocablo en español. Todo comenzó porque tuiteé lo siguiente: “Tengo ganas de comprar otro libro que no necesito y que no voy a leer ahora porque no tengo tiempo”. Sé de muchas personas que comparten este deseo de contar con más textos escritos, aunque el tiempo para poder leerlos sea inexistente y por lo tanto se acumulen en el buró o en los libreros como un ejemplar más por descubrir.

El vocablo japonés del que hablaba mi prima es «tsundoku» o «積読» que, de acuerdo con la autora Elle Frances Sanders, explica la idea de “dejar un libro sin leer después de comprarlo, típicamente apilado con otros libros que tampoco se han leído”[i]. ¡Qué precisión de significado y qué complejo puede ser el pensamiento humano: incluso las cosas que no se hacen pueden tener un nombre! Pero más allá del significado, ¿qué circunstancias descubre este hecho? ¿Es primero la realidad y sólo después existe su referencia? ¿Podemos pensar en algo que aún no tiene nombre?

El vocablo japonés «tsundoku» o «積読», de acuerdo con la autora Elle Frances Sanders, explica la idea de “dejar un libro sin leer después de comprarlo, típicamente apilado con otros libros que tampoco se han leído”.

Poco y nada sé al respecto de las culturas orientales, sin embargo la extrañeza que me producen sus costumbres está revestida de un aura de respeto y admiración. Pese a esa lejanía, la traducción de nuestras prácticas es también posible: leemos con alfabetos distintos; ellos y nosotros somos afortunados por contar con los vehículos de la palabra escrita que son los libros. Si en japonés existe un término que detalla la situación de acumular libros sin leerlos quizá sea porque aquel país cuenta con uno de los mercados del libro más grandes del mundo.[ii] La manera de relacionarse con estos bienes culturales probablemente tenga más apego que la nuestra. Aunque nos cueste reconocerlo, la comparativa de las estadísticas de lectura en España o en cualquier país hispanohablante comparada con países como Estados Unidos, China, Alemania o Francia reflejan nuestro escaso interés en el tema.

Lejos de la comparación lectora, «tsundoku» es un concepto que engloba una práctica librópata inútil y hermosa. Acumular libros es en efecto un hecho innecesario, pero al mismo tiempo no lo es —por contradictorio que esto parezca—: sin unos ojos que puedan extraer el sentido de las páginas, los textos dejan de funcionar, pero todo buen lector sabe que, como dice José Gaos: “toda biblioteca personal es un proyecto de lectura”. Paradójicamente, la brecha entre los libros leídos y los libros por leer se extiende con el paso del tiempo. Mientras más sabe una persona, existen más deseos por seguir aprendiendo: las preguntas y el deseo de conocimiento son una de las adicciones que mayor bien pueden hacerle al espíritu humano.

José Gaos: “toda biblioteca personal es un proyecto de lectura”

Aunque las estanterías y nuestros libreros tengan un lugar específico y un espacio finito, sobre ellos se erige nuestra pretensión de eternidad. ¡Cuánto peso simbólico sostienen en sus repisas! Tantas voces y tantos tiempos pasados (porque un libro al leerse siempre es la expresión de un momento que ya fue) juntos en un solo lugar representan un esfuerzo inútil —pero hermoso— por contenerlo todo en un solo sitio. Al acumular libros que la mayor parte de las veces no leemos, expresamos nuestro deseo por lo perenne, nuestra insatisfacción por sabernos perecederos y la voluntad de trascendernos a nosotros mismos.

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Notas

[i] Ella Frances Sanders (2015). Lost in translation: An ilustrated compendium of untranslatable words from around the world. Londres, Reino Unido: Vintage Publishing. p. 83 La traducción es mía.

[ii] Japón cuenta con el cuarto mercado de libros a nivel mundial, sólo por debajo de los Estados Unidos, China y Alemania. Fuente: Rüdiger Wischenbart. «Tendencias globales en el sector editorial, 2014.» Tomado del siguiente enlace electrónico: http://boletines.prisadigital.com/Informe_Tendencias_globales_en_el_sector_editorial.pdf

Posted in: Babel

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