Posted by on 7 Septiembre, 2017

 El alfabeto es un principio de clasificación de sonidos finitos con los que la expresión humana se vuelve potencialmente infinita.

«Lletraferit» es un catalanismo que designa a quienes, de manera desmedida y misteriosa, disfrutamos de la lectura y el mundo de las palabras.

 

Fernando Cruz Quintana

Uno de los problemas más grandes que se me presentan al escribir es el momento en el que tengo que decidir el título que llevarán mis textos (desde luego lo tuve al intitular esta entrada). Nombrar de un modo u otro a mis creaciones siempre me hace pensar que su destino estará condicionado por ese encabezado y no por su por su contenido. Si pudiera, mis textos se llamarían simplemente “texto 1”, “texto 2”, “texto 3”… para que eso significara que todo lo que hago con las letras, bueno o malo, son piezas pequeñas de una obra de vida. Me pregunto si en ese caso los números simbólicos (10, 69, 666…) ejercerían una influencia en mi redacción.

Como con los escritos de siempre, el bautizo de esta página de internet fue también una decisión difícil, aunque al final no sentí todo el peso de la responsabilidad ya que el nombre de “Lengua Viva” no fue idea mía sino de mi querida amiga Paula. Sin embargo, y pese a mi cobardía para nombrar a los textos, recuerdo que una de mis propuestas de título fue la hermosa palabra catalana «lletraferit», que me enseñó mi también querida amiga y maestra, la escritora Nuria C. Mallart. Si al final esta designación no fue la elegida (y vaya que nos gustaba esa opción) se debió al contrasentido que probablemente tendría una página que escribe en español pero tiene un título catalán; en aras de la coherencia, la elección fue sencilla.

El Diccionari general de la llengua catalana de Pompeu Fabra define a la palabra como “amant de conrear las lletras”, que en español se traduce como “amante de cultivar las letras”, y lo dice desde luego con un sentido figurado. Si atendemos a la formación del término podemos ver que la segunda parte del mismo, «ferit» o «herido», hace referencia a una afectación sufrida, en este caso, por las letras. Pero en su hermoso significado, esta voz catalana no alude a lesiones o aspectos negativos, sino que metafóricamente designa a aquellas personas que no podemos ser indiferentes ante las palabras.

El Diccionario de la Real Academia Española define «letraherido» como un adjetivo que se utiliza para hablar de aquel “que siente una pasión extrema por la literatura”

Aunque casi nunca se utiliza, el término existe incluso en nuestro idioma con su traslado literal de «letraherido». El Diccionario de la Real Academia Española define esta palabra como un adjetivo que se utiliza para hablar de aquel “que siente una pasión extrema por la literatura”. Ese fue el sentido con el que Nuria me habló de «lletraferit» cuando me dijo que yo tenía una pasión desbordaba por las letras y la literatura. Más allá del halago, agradezco que me haya permitido incorporar este sentido catalán a mi vida. En español tenemos algunas aproximaciones gramaticales de uso más cotidiano («letrado» puede ser una de ellas), pero no llegan a significar la manera en que las palabras nos importan y afectan.

Existen muchas maneras en las que se muestra la pasión por las palabras. Algunos ostentan la bandera de la perfección y defienden febrilmente las maneras correctas y la preservación de los idiomas y las expresiones de antaño; este tipo de lletraferits esconden en su rudeza un amor por la tradición y el pasado. Otros son conscientes de lo inevitable en la evolución y se contentan con conocer el origen de los términos que utilizan todos los días. En medio de estas posturas extremas, encontramos muchos matices para designar la relación de los hablantes con su lengua.

Si la lengua se inscribe en nuestra vida como un hecho ordinario, pasa desapercibida la mayor parte del tiempo; sin embargo, al detenernos a ver cuál es el comienzo de cada una nuestras palabras, notamos que no hay nada de “natural” en ellas. Todas las voces que usamos existían mucho antes que nosotros y responden a convencionalismos creados por quienes nos precedieron. En esto precisamente radica mi manera de entenderme como lletraferit: en saber que en la manera en que hablo subyacen conocimientos vetustos que fueron moldeado al español desde épocas milenarias. Pablo Boullosa en El corazón es un resorte, dice en un sentido muy parecido al anterior: “Cuando un niño aprende a hablar y adquiere un lugar en la red de su idioma materno, mira al mundo ya no sólo con sus ojos, sino también desde su lengua; recibe con ella un destilado de la experiencia de sus padres y familiares, y de experiencia más distante y anónima, que se pierde en su tiempo.”

Cuando la lengua se transforma lo hace apoyada en sí misma y advertir ese hecho —maravilloso— nos produce a algunas personas un placer indescriptible. Para fortuna de los que hemos sido marcados por las lenguas, la búsqueda de nuevas historias sobre ellas nunca terminará. Existen tantas palabras y anécdotas sobre los idiomas que el tema es infinitamente infinito (si se me permite utilizar esta construcción absurda y redundante).

Posted in: Babel

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