Posted by on 22 Marzo, 2017

La música como un lenguaje contra el olvido

Lo que nunca dejará de ser fascinante —y hasta cierto punto, misterioso— es el descubrimiento de la identidad, del yo, a través de la música.

Los efectos positivos de la música sobre pacientes con enfermedades neurodegenerativas vuelve a poner sobre la mesa la discusión acerca de su poder expresivo.

María Paula Laguna

Silencio y, luego, un estallido. Eso fue lo que observó el neurólogo y escritor Oliver Sacks en muchos de sus pacientes con algún tipo de demencia sometidos a terapia musical. Al principio llegaban a su consultorio mudos, impávidos. Algunos, de hecho, ya habían perdido el habla, pero bastaba ponerles unos audífonos y encender el reproductor de música para que volvieran a la vida. Puede que en ese instante no supieran siquiera cómo se llamaban, ni muchos menos el día en que se encontraban; lo único de lo que sí estaban seguros, mejor que cualquiera en aquella habitación, era la letra de la canción que retumbaba en las paredes.

La música como ‘medicina’ en enfermedades neurodegenerativas es un tema que ha sido estudiado durante años, y sus efectos positivos sobre personas que han perdido la memoria están más que comprobados. Lo que nunca dejará de ser fascinante —y hasta cierto punto, misterioso— es el descubrimiento de la identidad, del yo, a través de la música. Aunque hace tiempo esos pacientes olvidaron su lugar en el mundo, sólo cuando escuchan una canción que les es familiar, vuelven a ser los de siempre. Al final, pareciera que no estamos hechos de palabras, sino de sonidos.

Si el lenguaje nos hace humanos, la música es quizá una de sus manifestaciones más poderosas. Sacks, reconocido autor de varios textos sobre enfermedades neurológicas, lo explica esta vez en Musicofilia, un libro de relatos acerca de nuestra inclinación casi natural a la música, narrado desde el punto de vista médico. “Los humanos somos una especie tan lingüística como musical. Es algo que adquiere formas diversas —escribe Sacks—. Todos nosotros (con muy pocas excepciones) podemos percibir la música, los tonos, el timbre, los intervalos, los contornos melódicos, la armonía y (quizá de una manera sobre todo elemental) el ritmo”[1]. Así es cómo podemos escuchar, recrear e imaginar un tema en nuestros cerebros, proceso que además viene acompañado de una incomprensible reacción emocional.

Al principio llegaban a su consultorio mudos, impávidos. Algunos, de hecho, ya habían perdido el habla, pero bastaba ponerles unos audífonos y encender el reproductor de música para que volvieran a la vida.

Eso que produce la música en cada uno, “su inexpresable profundidad”, como lo llamó el filósofo Arthur Schopenhauer, es precisamente un tema que ha ocupado a pensadores de todas las épocas. Si este arte tiene la virtud de expresar y trascender los sentimientos y, por lo tanto, mostrar lo más recóndito del ser, la pregunta es si debería considerarse un lenguaje (el lenguaje de las emociones, acaso), pues dada su naturaleza inefable nunca estaremos en capacidad de entenderlo de manera racional.

Hoy no hay que ir muy lejos para darse cuenta de que esa discusión continúa. Aparece en titulares como los de la semana pasada, anunciando la muerte de Chuck Berry, “el creador del lenguaje del ‘rock and roll’”. O hace unos meses con la polémica entrega del Nobel de Literatura a Bob Dylan. En ¡Lengua Viva! creemos que estos y otros temas relacionados con la música también son bienvenidos. La mayoría de veces, los sonidos son el primer punto de contacto con los idiomas, por eso empezamos con nuestras listas de canciones en Spotify. Ahora, queremos seguir con textos que busquen esas conexiones y revelen, por qué no, cuáles son esos sonidos que nos gustan y nos convierten en quienes somos.

[1] Sacks, Oliver (2009). Musicofilia. Barcelona: Anagrama, pp. 11-12.

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