Posted by on 22 Abril, 2016

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La invención/elección del día del libro

 

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Retratos a lápiz de Cervantes y Shakespeare, tomados del portal en línea del diario ABC.es

Detrás de la invención/elección del día internacional del libro se esconden los criterios más obvios y al mismo tiempo inverosímiles.

 

Fernando Cruz Quintana

Quienes valoramos el placer de leer ficción solemos hacernos preguntas inútiles como aquella que trata de elegir un ganador entre la realidad y la invención literaria. ¿Quién supera a quién? La distinción, no obstante, puede partir de un equívoco: ¿la vida —la nuestra, la de cada uno de nosotros— tiene sentido? ¿Ese propósito para el que existimos —si es que hay algo parecido a ello— no es también producto de nuestra creatividad y nuestra imaginación?

Es indudable que las historias no necesariamente eligen a los libros como el único receptáculo a través del cuál se ofrecen: la oralidad, la fotografía, el cine, la pintura y cualesquiera otros medios sirven también para expresar el producto de nuestros ensueños. También es cierto que no todas las obras escritas reflejan necesariamente relatos ilusorios (aunque, insisto: hay una línea muy delgada, a veces forzada, entre la realidad y la irrealidad). El libro es un producto muy complejo que no se reduce a una disyuntiva binaria.

El libro es acaso el mayor símbolo de la civilización: cónclave del trabajo intelectual y material, define como pocas cosas la esencia de la humanidad. Lo sentimos tan próximo, tan cotidiano y a la vez tan ajeno. Gracias a su capacidad evocadora, es el mejor recurso para dar cuenta de nuestro paso efímero —pero ya prolongado— por la historia. Su tamaño, pequeño en comparación con la de muchos otros productos del hombre, nos abre las puertas a mundos insospechados o nos regresa la mirada sobre lo mismo que nosotros constituimos.

El libro es acaso el mayor símbolo de la civilización: cónclave del trabajo intelectual y material, define como pocas cosas la esencia de la humanidad. Lo sentimos tan próximo, tan cotidiano y a la vez tan ajeno.

Aceptamos por presión moral (¿cómo decir que no me gusta leer?) o por convicción de placer la importancia del libro. Si ya todo tiene su día internacional, ¿por qué no inventarle (ficción) o reconocerle (realidad) uno a este producto cultural? Dudo de que de las naciones que conocen al libro, alguna se atreva a decir lo contrario. El problema entonces sería ponernos de acuerdo, porque en el mundo hay infinidad de publicaciones escritas, tan disímiles y complejas, que deberíamos de optar por anular el singular de la palabra y reconocer sólo la existencia de LOS libros. Y en efecto así ha sucedido: distintos países, atendiendo a las consideraciones más subjetivas (como debe de ser porque son LOS y no EL), han elegido una fecha en particular para celebrarlos.

A pesar de todas las necesarias celebraciones, desde 1995 la ONU —esa imparcial autoridad de autoridades—, a través de la UNESCO, instituyó el 23 de abril como el “Día internacional del libro y los derechos de autor.” La subjetividad a la que apeló esta decisión, y que olvidó olímpicamente a la literatura de la mayoría de las lenguas del mundo, es producto de la inventiva y la casualidad. Se eligió a los dos representantes más protagónicos de la lengua española e inglesa como estandarte para esta causa: Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare. Si ambos tuvieran algo más en común que sólo el hecho de ser los grandes símbolos de la literatura en su idioma, la razón vendría dada de manera natural, pero esto no fue así.

A pesar de todas las necesarias celebraciones, desde 1995 la ONU —esa imparcial autoridad de autoridades—, a través de la UNESCO, instituyó el 23 de abril como el “Día internacional del libro y los derechos de autor.”

Shakespeare y Cervantes no nacieron el mismo día. No escribieron el mismo número de libros. No tenían el mismo estilo. Nunca intercambiaron correspondencia. Tampoco murieron el mismo día… o tal vez sí; todo es cuestión de perspectiva. El escritor español falleció en 1616, exactamente el 22 de abril del calendario gregoriano (o sea, el que usamos actualmente y que en casi todos los países se adoptó desde 1582), ¡pero fue enterrado el día 23! El inglés, por su parte, murió un 23 de abril, aunque según el calendario juliano (que tenía otros parámetros de medida), lo que correspondía a nuestro 3 de mayo.

¿Se inventó o se eligió el día del libro? No existe una sola respuesta y quizá la pregunta es innecesaria; todo depende de la actitud con la que asumamos la existencia y la inexistencia. Somos seres (valga la redundancia) reales e inventados y los libros son una extensión de esa condición dual. Celebrémonos a través de ellos todos los días que podamos y continuemos viviendo e inventando la historia de nuestra vida.

 

 

 

 

 

 

Comments

  1. Carolina Acosta Cuervo
    22 Abril, 2016

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    Me gustó mucho este articulo, gracias.

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