Posted by on 12 Octubre, 2017

La mezquita-catedral de la ciudad de Córdoba es uno de los símbolos mejor conservados del pasado musulmán de España.

Más de 4 mil arabismos en el español son muestra de la deuda que las culturas de habla hispana tienen con el mundo árabe.

 

Fernando Cruz Quintana

Los progresos en el estudio de genética del siglo XXI han replanteado muchos de los asuntos científicos —y morales— a los que tendrá que enfrentarse la humanidad en los próximos años. Nunca, como ahora, teníamos tanto conocimiento sobre la constitución de los 23 pares de cromosomas que constituyen nuestro ADN. Distintos métodos de análisis de nuestro organismo pueden confirmarnos el color de nuestros ojos, mostrarnos la elasticidad de nuestros músculos o informarnos sobre la predisposición genética que tenemos hacia ciertas enfermedades. Del mismo modo, es posible conocer con precisión cuál es la constitución de nuestro origen étnico; los resultados, en la mayoría de los casos, nos sorprenden y nos revelan que aquellas diferencias que nos distinguen con el resto de la humanidad, son apariencias ancladas en hermandad genética.

Para la mala fortuna de los lingüistas y los estudiosos del lenguaje, los análisis genéticos no pueden mostrarnos la ascendencia que conforma el origen de nuestras expresiones. Los idiomas, productos de la cultura humana, nada tienen de naturales. Otro método de indagación se necesita para identificar la influencia de los idiomas pasados en la conformación del sistema de expresión que utilizamos todos los días para comunicarnos. Sólo de manera poética podemos afirmar que nuestras palabras se conforman por cromosomas orales.

Para la mala fortuna de los lingüistas y los estudiosos del lenguaje, los análisis genéticos no pueden mostrarnos la ascendencia que conforma el origen de nuestras expresiones.

Nosotros, hispanohablantes, tenemos múltiples evidencias para identificar que las diferencias entre el español, el portugués, el francés o el catalán pueden ser mínimas. Estas semejanzas sonoras y de composición se parecen mucho a los rasgos que confirman que nuestros hermanos son realmente nuestros hermanos: la repetición de la forma de los ojos, los mismos pliegues y color en el cabello, son similitudes como la que apreciamos entre «libertad», «liberdade», «liberté» y «libertat», por poner un solo ejemplo. Somos, a nivel expresivo, uno de tantos hijos del latín.

Pero aunque la mayoría de nuestras expresiones provienen de ese idioma, no es a partir de él del único de donde hemos formado nuestro español: compartimos rasgos lingüísticos con muchísimas lenguas más (del mismo modo en que nuestro ADN podría revelarnos que nuestra composición étnica tiene rasgos americanos, africanos e indoeuropeos a la vez). Además del latín, tenemos, en el español, una influencia notable de voces árabes que utilizamos a diario y de las que no somos tan conscientes de su origen.

Una revisión de los capítulos de la historia de España nos brinda la respuesta al porqué de la persistencia del árabe en nuestro idioma. Mucho tiempo antes de la actual constitución del reino español, los musulmanes ocuparon la mayor parte del territorio de la península ibérica (regiones que hoy en día se encuentran en Portugal, España y Francia). Desde el siglo VII, aquella región de Europa estuvo ocupada por las culturas árabes, hasta que en los primeros años del siglo XVII, el rey Felipe III ordenó la expulsión de los moriscos[1] de la región.

Voces como «cero», «cifra», «algoritmo» o «álgebra» son muestra de la complejidad de las concepciones numerales y de la persistencia del árabe en el español.

El proceso cultural de asentamiento, convivencia y luchas entre dos culturas distintas dista mucho de ser sencillo: casi mil años de historia conjunta entre hispánicos y musulmanes dejaron una huella imborrable en las lenguas. El legado del árabe en el español es de más de 4 mil voces. Esta herencia, más allá de la simple curiosidad, es también prueba de la grandeza de una cultura que en apariencia es muy distinta de la nuestra.

Uno de los símbolos del progreso científico es el pensamiento matemático y la deuda que el mismo tiene con la cosmovisión árabe no ha podido borrarse de las palabras. La numeración romana —tan compleja y poco utilizada—, sucumbió ante la sencillez y claridad de las concepciones arábigas en la materia. Voces como «cero», «cifra», «algoritmo» o «álgebra» son muestra de la complejidad de las concepciones numerales y de la persistencia del árabe en el español.

Pero las matemáticas no son lo único que hemos heredado. En temas más cotidianos, como el de la comida, existen también muestras del legado lingüístico y cultural árabe: «ajonjolí», «albóndiga», «acelga», «aceite», «alubia», e incluso «limón», «naranja» y «toronja» dan cuenta de que, al menos en el tema del paladar, compartimos una larga tradición. Con estas muestras, una sonoridad se revela y confirma el pasado hermano de muchas palabras: si al iniciar una palabra se oye la mezcla del sonido “al”, podemos afirmar casi sin lugar a equívocos, que esa voz será un arabismo.

Pese a toda esta influencia, el árabe no afectó la estructura sintáctica del español y la castellanización de muchos términos arábigos obnubiló el conocimiento de su procedencia. A veces basta un simple ejercicio producto de la curiosidad para advertir el origen de un término y en ocasiones se requiere de un examen más minucioso y complejo —como el de la genética— que muestre la dependencia y el arraigo que tenemos con nuestro pasado. Cuando nos sintamos tan distantes al resto de las culturas, antes tendremos que preguntarnos si en aquellas diferencias no existe algo que pudiera hermanarnos.

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Notas.

[1] Este fue el nombre con el que se nombraba a los musulmanes convertidos a la religión católica.

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