Posted by on 21 Junio, 2017

En su versión minúscula la letra h asemeja a un puente con una torre y el hueco que se forma entre sus “patas” puede simbolizar el silencio que expresa.

La letra h es una de las más peculiares de nuestro alfabeto, ¿se justifica su existencia a pesar de que en nuestro idioma no tenga ningún sonido?

 

Fernando Cruz Quintana

El español es lengua materna para más de 400 millones de personas esparcidas en los cinco continentes. Esta representación nos coloca en el segundo lugar—sólo detrás de los chinos— en cuanto a los idiomas más hablados en el mundo. ¿Qué significa, más allá de las cifras, esta situación? Muchas cosas, pero una que me parece curiosa es que si escucháramos los sonidos producidos por la totalidad de los idiomas que se pronuncian a diario, el español resonaría con mucha fuerza.

A propósito de este tema sonoro del nuestra lengua, de su musicalidad antes que de sus sentidos, reconozcamos que pese a nuestra unidad existen diferencias notables que brincan al oído al escuchar hispanohablantes de diferentes regiones. Si en México el sonido de la «s» y «z» es idéntico y no muestra diferencias de pronunciación, en España no queda duda de la diferencia entre ambas. De manera inversa, a ellos (hablo desde mi español de México) les cuesta trabajo decir vocablos que utilicen la combinación «tl», como cuando dicen muy marcadamente «at-leta», como con un brinco o una pausa. Ejemplos como estos podríamos poner muchos y notaríamos cómo los territorios propician cambios fonológicos,[i] al tiempo que confirman aquel refrán que describe a nuestro idioma como “la lengua común que nos separa”.

Si en México el sonido de la «s» y «z» es idéntico y no muestra diferencias de pronunciación, en España no queda duda de la diferencia entre ambas.

En medio de toda la sinfonía diaria de expresiones españolas que se esparcen en ondas sonoras por el planeta, existe un sonido mudo que nos revela el parentesco que tenemos con otras lenguas romances, pero que al mismo tiempo nos indica nuestra predilección por el mismo: me refiero al fonema de la letra «h». No somos los únicos para quienes “la h es muda”, galos y rumanos (entre otros) comparten esta consonante con discapacidad acústica, pero probablemente seamos los hispanohablantes el grupo que más la utiliza.

El conocimiento de otras lenguas romances y una mirada curiosa pueden revelarnos esta inclinación a utilizar la «h». El latín «facere» derivó en el francés «faire», en el italiano «fare», el portugués «fazer», el catalán «fer» y el español «hacer». Cuando todos comienzan por f, nosotros usamos una h. Otros ejemplos descartan la casualidad de esto: «ferrum» (latín) es «fer» en francés, «ferro» en italiano, catalán y portugués, y «hierro» en español. Pruebe usted y constate casos como los de «hijo», «hoja» o «herir».

La dificultad para saber con precisión el momento en que se produjo la inversión de F por H radica en que es imposible tener un audio de la manera en que hace miles de años se pronunciaba el español.

¿En qué momento y por qué se produjo este cambio? Miles de años de utilización y el recorrido del latín a lo largo de Europa devino en la conformación de los idiomas romances que conocemos hoy en día. Como ha ocurrido todo el tiempo (como ocurre incluso ahora mismo), las lenguas vivas evolucionan con su habla diaria. Las expresiones utilizadas actualmente no son las mismas de antaño (esto no significa que no podamos comprenderlas). En esto tienen mucho que ver el sello particular de nuestro modo de entonación, nuestras expresiones cotidianas, las cosas que callamos e incluso las que no podemos decir porque no tenemos las palabras para decirlas.

La dificultad para saber con precisión el momento en que se produjo la inversión de F por H radica en que es imposible tener un audio de la manera en que hace miles de años se pronunciaba el español. Otro caso es la escritura, que en sí misma es una huella del tiempo pasado, ¿pero qué pasa con la oralidad? El lingüista Emilio Alarcos Llorach pensaba que probablemente la «f» se expresaba con sonidos labiales, pero que esto representaba una dificultad para los hablantes de la región de lo que actualmente es España. Lo anterior probablemente derivó en la pronunciación dental en algunos casos, o en la aspiración completa de la consonante en otros. Esto pudo verse ayudado por analogía con lo que pasa en la pronunciación de la «b» (pegando los dos labios) y «v» (juntando el labio inferior con los dientes superiores); así como ahí se necesitan dos sonidos ¿por qué no con la «f»? Y como sucede con muchas modificaciones lingüísticas, diferentes contextos sociales probablemente favorecieron esta situación.

“[…] en el sentimiento del hablante la sustitución de h por f no comportaba ningún cambio de significación: fonológicamente, eran variantes de un solo fonema. Para los cultos, entre estas dos variantes había cierta relación valorativa: la f era más culta, la h más rústica; ambos sonidos eran, pues, variantes estilísticas de un solo fonema.” (Alarcos Llorach, 1951, p. 38-39)

La modificación que en español sufrieron algunas palabras que anteriormente se escribían y pronunciaban con «f» revela las condiciones en las que una lengua evoluciona. Mejor que ningún otro idioma adoptamos la letra-transparencia h que existe pero no suena. Su liviandad e insignificancia son tales que podríamos decir que existe sólo gracias a la vida que otras consonantes parecen insuflarle. En la «ch», esa letra siamesa que regatea su existencia en discusiones sobre si debe o no considerarse como un símbolo o la unión de dos, la h resurge sonoramente entre chispas y chispazos.

Entre toda la sonoridad que los idiomas aportan al mundo, se escucha en un perfecto silencio español la mudez de la h. Esta letra-transparencia, letra silenciosa, parece darnos una lección simbólica sobre su importancia: que no haya desaparecido pese a su afonía puede ser porque gracias a su presencia-ausente todos los otros sonidos cobran realmente un sentido. ¿Qué sería de ellos sin el silencio en el que se apoyan o del que surgen? Curiosamente, la química tampoco se equivoca en reconocer la jerarquía de la «h»: en ese ámbito la letra «H» representa al Hidrógeno, el primero y el más ligero de todos los elementos de la naturaleza; su peso atómico, apenas perceptible, se asemeja mucho al vacío de sonido que se escucha siempre en la pronunciación de la «h». ¿Qué tal si imitamos los empeños de la tabla periódica y damos a las letras su lugar por su peso? Podríamos reescribir el habecedario español…

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Notas

[i] También semánticos, pragmáticos e incluso de gramática misma.

Bibliografía

Alarcos Llorach, Emilio (1951). «Alternancia de la f y h en los arabismos». Archivum: Revista de la Facultad de Filología, Tomo 1, 1951, págs. 29-41.

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