Posted by on 3 diciembre, 2019

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Vivimos en una época extraña: nos comunicamos más con los dedos que con la voz.

Existe una relación olvidada entre la palabra «dedos», los números y la era digital. En esta entrada develamos cuáles son los hilos que entrelazan estos términos.

Fernando Cruz Quintana

La función de cualquier palabra, trátese del idioma del que se trate, es la de encerrar en su sonoridad o en su escritura un significado que dé cuenta de un fragmento de la existencia. Se pueden delinear sentimientos, hablar de cosas inexistentes, circunscribir una porción material de la realidad, referir cosas inasibles pero mentalmente presentes, etcétera. Los vocablos, no tengo ninguna duda, son piezas del rompecabezas que constituye nuestra expresión, sin embargo, algunas de ellas pueden transmitir ideas o sentidos más amplios por la asociación cultural que les hemos impuesto; así, al escuchar o leer términos como “política”, son inevitables las vinculaciones con “corrupción”, “descomposición”, “gobierno”, “elecciones” y muchas otras cosas que se encuentran unidas por un hilo invisible de relación. Algo como esto ocurre con la palabra “digital” que puede ser el principio de una marejada de evocaciones de modernidad y avance tecnológico.

Siempre he pensado que la familiaridad con la que resuena mi español a veces se siente invadida por la extrañeza de la modernidad tecnológica que se mete por la fuerza con palabras inglesas: no traduzco streaming, tweet, wi-fi, hardware o software con tanta facilidad y por tanto pienso que mi propia lengua privilegia lo anciano, o en todo caso lo clásico, como acto de resistencia ante la vanguardia técnica. Esta firmeza, no obstante, no pareciera ser producto de una elección consciente sino de un retraso en la producción de herramientas tecnológicas: son otros los países donde éstas se elaboran y desde donde las importamos. Pese a esta realidad, hay una palabra que asociamos con la tecnología y que parece surcar distintas lenguas en las que se mimetiza sin miedo de aparecer ajena o de verse como símbolo de avance o retroceso: me refiero a “digital” que al menos en inglés, alemán, portugués, catalán se escribe de la misma manera, aunque se pronuncie de distinto modo.

¿Por qué “digital” puede ser emblema de lo más nuevo y al mismo tiempo sentirse como natural en tantos idiomas? Tal vez la razón provenga de sus orígenes corporales y matemáticos. En latín, “digitus” significa dedo y “digitalis” refiere todo lo relativo a los dedos. Partamos de ese origen porque es el que medianamente conozco; no sé qué motivaciones existieron para que ese encadenamiento de sonidos y escritura deviniera en esta asociación de sentido. ¿Y luego cómo de eso pasó a algo matemático? Es sencillo, sólo piense en qué extremidades le ayudarían a poder llevar cuentas sencillas; poco práctico sería querer hacer analogías entre cantidades con nuestra cabeza o nuestro estómago, de los que solo tenemos una versión, pero con los dedos se puede contar hasta diez veces o veinte si sumamos a los de los pies.

No sé si soy el único que había olvidado la relación que lo digital tiene con los dedos; era tan obvio en las historias de detectives en donde la “huella digital” constituye uno de los indicios irrebatibles de la culpabilidad de una persona. Pero la asociación de imagen inigualable tal vez ya se olvidó también porque ahora lo digital puede representar la facilidad de reproducción y la pérdida del aura que envolvía las obras análogas. Tal vez para los botánicos el desprendimiento no ha ocurrido del todo, pues en el estudio de la planta llamada “digital” o “dedalera” se mantiene vigente la imagen de una hierba que se asemeja en forma a los dedos de sus manos.

En algún momento este vocablo dejó de tener una evidente asociación corporal que claudicó a favor de lo tecnológico. Por causa de mi trabajo he escuchado, leído y escrito mucho la asociación “era digital” para tratar de caracterizar a los tiempos en que vivimos ahora, a casi una quinta parte cumplida del siglo XXI. Aunque no se diga con la intención de hablar de nuestras manos y sí de un periodo mediado por la tecnología, creo que de igual modo podríamos decir “era de los dedos” para representar la manera moderna en que transcurre nuestra comunicación en estas fechas. 

Si comenzó por los dedos y pasó a las cuentas y luego a la tecnología, ¿qué nuevos derroteros le esperan al vocablo “digital”? Imagino una existencia perpetua, o al menos la suma de todas las vidas y todos los tiempos, seguramente en ese lapso inagotable las palabras podrían emigrar sus sentidos y recibir, al menos durante una vez, cualquier significado. Cerremos por ahora la significación en una época dominada por flujos de información y estructurados a manera numérica y binaria de ceros y unos, y contemplemos hasta cuándo será vigente esta analogía.

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