Posted by on 1 abril, 2020

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Una de las partes más tediosas en nuestra etapa formativa son las clases de gramática en la escuela.

Verbos e individuos estamos determinados por nuestras circunstancias gramaticales y de vida, aunque no siempre podamos ser conscientes de ello.

Valeria Soriano Emmert

Todo comenzó en la primaria: conocer las reglas del español fue para muchos algo aburrido, complicado e incomprensible, sobre todo para aquellos a quienes, como a mí, nos costó aprender a hablar con corrección porque utilizábamos idiomas inventados, sin reglas que los acotaran y sólo con una fluidez irrestricta. Sin embargo, en la escuela uno debe adaptarse a las circunstancias pues ahí es donde se enfrenta al mundo en el que otros miden nuestro temperamento y aptitudes. Maestros y compañeros ponen a prueba nuestra capacidad de adaptación, nos sujetan a reglas, esquemas, estructuras, ideas, enfoques y nos formamos como seres sociales que ya no están más en un círculo íntimo, como lo es la familia; entramos a un juego social mucho más laberíntico y perturbador.

La comunicación verbal y escrita es la facultad que nos distingue como humanos, y aunque es impresionantemente compleja, desde niños somos capaces de expresar y transmitir nuestros pensamientos y aprehender los de los demás, esto último como acción enteramente social que se aprende y ejecuta como un mecanismo de supervivencia y sin tener noción de que existe un reglamento gramatical que todo lo sustenta.

En la escuela, los profesores de español se esmeraron —o creyeron haberlo hecho— en explicarnos la estructura de una oración y las categorías gramaticales que podrían conformarla, muchas veces nos impusieron una norma sin hacernos reflexionar a propósito de la misma; sin embargo, seguimos aplicándolas sin ser conscientes de ello.

Cabe señalar que la intención de este texto es reflexionar fuera de un contexto escolar sobre la función que juegan algunas de las palabras que empleamos a diario y que no solemos cuestionar desde su aspecto estructural. Aun cuando no seamos conscientes de la utilidad específica de los vocablos que empleamos, cada vez que abrimos la boca para expresar nuestros pensamientos utilizamos adverbios, sustantivos, complementos y una cantidad de partículas que conforman la lengua y que fluyen permanentemente en nuestra cabeza.

Pensemos desde el nivel estructural para evidenciar la rigidez de las reglas: la oración es una unidad comunicativa que expresa un pensamiento completo, y en la mayoría de los casos su estructura fundamental está compuesta de manera muy simple por un sujeto y un predicado. El sujeto, a su vez, puede ser alterado de múltiples maneras por modificadores directos e indirectos, artículos que dotan de número y género o adjetivos que lo llenan de particularidades. El sujeto puede ser tácito o explícito y es quien realiza la acción; el verbo le marca el tiempo y es parte del predicado, que a su vez puede acompañarse de complementos que no lo modifican, sólo lo acompañan, pues el verbo es el rey de la oración, se basta a sí mismo y rige el tiempo, persona, movimiento y acción que se lleva a cabo.

Siempre he pensado que, a pesar de la autosuficiencia del verbo, el complemento capaz de marcar el destino de una oración y crear un factor de sorpresa y emoción es el circunstancial. Éste, además de ser el protagonista de este ensayo, marca el modo, el lugar, la compañía, el tiempo, la cantidad, la causa, la posibilidad y hasta una finalidad. Los complementos de circunstancia son aquellos a los que considero las Moiras de la oración.

La circunstancia salva al verbo, así como la circunstancia salva al hombre, José Ortega y Gasset lo dijo en sus Meditaciones del Quijote: “yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Mi intención es resaltar la importancia del elemento circunstancial en una oración, así como el modo de llegar a ella y descubrirla, y eso sólo se logra por medio de preguntas, cuestionamientos básicos como dónde, cuándo, con quién, cómo, para qué, con qué, etcétera.

Es justamente el cuestionamiento el método infalible en la búsqueda de la circunstancia. Las preguntas son motivadas por la curiosidad; las respuestas crean sorpresa y emociones, nosotros mismos nos conocemos y desafiamos por medio de cuestionamientos, a veces las respuestas nos agradan y favorecen, en otras nos disgustan y desacreditan. 

Como dije antes, los conceptos de adjetivo, verbo, sustantivo, adverbio, entre otros, llegaron a mí a través de los profesores, pero mi escritura y expresión se la atribuyo al ejercicio constante y obsesivo de hablar, leer, mal hablar, mal leer, escuchar, mal escuchar, entender y mal entender; igualmente, se lo debo a los escritores que leí o mal leí, que bien interpreté o malinterpreté; a los profesores que me explicaron cuando cuestioné, y sobre todo, a personajes inventados por los genios o atrevidos de la literatura y del cine, a quienes robé y reinventé. Todo lo anterior en resumen, se lo debo a mis circunstancias, mismas que me han llevado a escribir este texto.

La circunstancia está en todas partes y en todo momento, como en el amor. Menciono al amor porque basta una circunstancia para que éste se convierta en odio, en desesperación; que el enamorado se convierta en asesino y el amante en violador. Viene a mi mente la escena de la discusión entre Larry y Anna de Closer, en la que por medio de preguntas llegan a experimentar rabia, vergüenza, asco, desilusión, humillación, desconsuelo, pérdida, desasosiego, liberación, respiro, sufrimiento. Esta escena es ilustrativa del complemento circunstancial que llegó a mí por mis profesores, pero que ahora pretendo ejemplificar a mi manera. 

A partir de la confesión de Larry sobre su infidelidad y mediante preguntas incisivas, él obtiene a cambio la confesión de la infidelidad de Anna, es ahí donde encontramos varias circunstancias, las cuales pueden ser analizadas estrictamente desde una perspectiva gramatical, ya que sus confesiones contienen complementos circunstanciales que son la causa de su separación y podemos identificarlas mediante los siguientes preguntas de lugar y tiempo:  ¿en dónde cogió Larry?, ¿en dónde  y cuándo cogió Anna?

Las respuestas a esas preguntas, respectivamente, son: en Nueva York, en el sofá y por la tarde, de manera aislada estas respuestas parecen no tener importancia; sin embargo, dichos complementos de circunstancia en el plano gramatical no son irrelevantes, ya que detallan a la acción dentro de una oración. Por otro lado, en el plano de la vida las circunstancias cobran un sentido mucho más profundo y hasta aterrador, ya que nos sitúan en un tiempo, en un espacio y frente a otros, nos envuelven y encierran perversamente con la intención de poner en práctica nuestra capacidad o incapacidad para resolver nuestras circunstancias sin importar cuáles sean éstas.

Comments

  1. Héctor Flores Becerra
    2 abril, 2020

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    Excelente `utilizamos adverbios, sustantivos, complementos y una cantidad de partículas que conforman la lengua ‘ cargados de nuestro contexto familiar, social, económico, personal etc

  2. Rafael Luna
    2 abril, 2020

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    No cabe duda que el autor tiene un amplio conocimiento sobre el tema, ya que pudo desgajar la gramática en un solo texto. Pero aún más importante es cuando hace notar que la lengua está ligada con la cultura, porque no todo debe ser perfecto, siempre hay errores que nos permiten dejarle huella a la lengua.

  3. Carlos Reyes
    5 abril, 2020

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    Me quedo con la última frase, particularmente en estas “circunstancias” sanitarias que vivimos, que nos sitúan desde diferentes lugares y con ópticas distintas y ponen a prueba nuestra capacidad de hacer frente a los riesgos, con ánimo, desesperación, impotencia, o cercanía con los otros, esos que en estas circunstancias se han vuelto pocos, los indispensables.
    Felicidades a la autora!

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