Posted by on 1 Septiembre, 2016

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5643239191_6d2150f7ce_zAunque la pregunta parezca ociosa, ¿se ha preguntado por qué llamamos «perro» a los perros? ¿Acaso eso tiene algo en común con «dog o «chien»?

Los sonidos con los que nombramos la existencia son producto de la arbitrariedad pues no tienen relación alguna con aquello que designan.

 

Fernando Cruz Quintana

¿Nunca se ha preguntado por qué las cosas se llaman como se llaman? No incluyo en esta cuestión a los nombres propios; ser Juan, Yira, Luis, María, Ezequiel, etc. es frecuentemente producto del capricho del padre o la madre, que en no pocas ocasiones sirve para recordar u homenajear a alguien. Y si no es este el caso, alguna motivación simbólica habrá para justificar la designación que nos dieron nuestros progenitores. Pero el resto de las cosas —materiales y abstractas—, ¿por qué se llaman como se llaman?

Uno de los lingüistas más famosos y referidos de la historia, Ferdinand de Saussure, explicó que uno de los rasgos distintivos de todas las lenguas, independientemente de la que elijamos, es la manera arbitraria cómo denominan a la existencia. Si «perro» es una palabra familiar para un hispanohablante y produce una sensación de naturalidad cuando la decimos, no lo es el vocablo «eyga» que sirve para designar al mismo ser vivo en el idioma somalí. ¿Qué va de «perro» a «eyga»? Hay un mundo de diferencia entre ambos términos y los dos se utilizan para hablar de lo mismo. No se confunda, querido lector: los términos no son distintos por los tipos de perros que hay en África o en el mundo hispano.

Realice el ejercicio de pensar qué tienen en común los sonidos y la escritura de la palabra «dog» o «perro» con el animal. ¡Ninguna!

Hoy en día, con tanta historia a cuestas, sabemos que nuestros idiomas son producto de la evolución de lenguas pasadas, desde las que han transfigurado. La estirpe de las lenguas romances, por ejemplo, nos permite advertir coincidencias entre distintos modos de hablar. Si «eyga» es irreconocible para quien acostumbra decir «perro», quizá no lo sean tanto los términos «cane» o «câine», del italiano y rumano, que sirven para hacer referencia al mismo animal. Estos dos vocablos resultan familiares por la distancia que de ellos podemos establecer con «canino», con el que se designa todo lo relativo a los perros (y también nombra a uno de nuestros dientes por la semejanza que tiene con el de los perros). El origen de todas estas voces es la palabra latina «canis», que se utilizaba para hablar del querido amigo fiel del hombre.

La pregunta para la cual no tengo respuesta (aunque no me interesa hablar de esto aquí) es qué motivó a los hablantes del latín a llamarle «canis» a los perros. Seguro hay una explicación al respecto. Lo importante es volvernos a preguntar ¿por qué llamar a las cosas tal y como las llamamos? Realice el ejercicio de pensar qué tienen en común los sonidos y la escritura de la palabra «dog» o «perro» con el animal. ¡Ninguna! Así como se llama «eyga» también pudo haber sido «kigterabi», por decir un ejemplo cualquiera. ¿Quién tomó esa decisión en primera instancia? ¿Hubo una primera gran lengua a partir de la cual se desprenden todas las demás? ¿Quién la inventó?

La respuesta cristiana a la pregunta por el origen del nombre de las cosas es el idioma hebreo. De acuerdo con esta religión, dios otorgó esta lengua a Adán para que pudiera expresarse y también le dio el privilegio de nombrar a placer a los animales del mundo. ¿Y ya? ¿Así de simple se responde a todo? Sea uno religioso o no, esta anécdota mitológica tiene algo de cierto. Haya sido Adán o el primer hombre (o último mono) el que bautizó a la existencia, su decisión no debió estar sustentada más que en su propia inventiva para crear sonidos.

Ubicados en nuestro horizonte temporal (2016), resulta inimaginable ese primer gran convenio que fue poniendo un orden en la manera de expresarnos. Probablemente haya habido más de una palabra para un solo objeto y esto con certeza debió representar un caos lingüístico en las sociedades tempranas. En El arco y la lira, Octavio Paz sugiere que algunos de los primeros nombres de las cosas debieron ser producto de onomatopeyas, lo cual es entendible para explicar la primera denominación de los animales, pero es un misterio cómo se nombraron sustantivos abstractos como la inteligencia o el amor.

La respuesta cristiana a la pregunta por el origen del nombre de las cosas es el idioma hebreo.

Aunque esta tarea de inventar palabras para atárselas a las cosas tuvo forzosamente un inicio, eso no quiere decir que hoy en día no ocurra. Es por supuesto una labor vigente, aunque poco usual. Una diferencia radical entre la invención de palabras en el pasado y ahora es que si tuviéramos que bautizar un nuevo objeto tendríamos una vastedad de términos que podríamos tomar y comenzaríamos por modificarlos hasta crear esa palabra faltante. ¿Cómo llamaría usted a un supuesto ser del espacio que llegara el día de mañana a la Tierra? Sé que su nombre dependería de muchísimas cosas, pero algo que podríamos hacer es referir su cualidad de foráneo planetario para llamarlo. «Extraterrestre» es obvio, pero qué tal «inmigranspacial».

La arbitrariedad que en un inicio era total (puesto que no había ningún otro referente o punto de comparación) hoy en día está muy acotada. Pese a esta limitante, no deja de ser divertido e ilustrador poder formar nuevos vocablos a partir de otros. No deje de sorprenderse por el poder de las palabras para designar la realidad. Si aprende un nuevo vocablo trate de incorporarlo a su léxico cotidiano y, si no existe, invéntelo. Pruebe a imaginarse qué significan estos términos creados por Fernando del Paso en José Trigo y descubra cómo no todo esta dicho ni nombrado: «holgazángano», «nalgalanura», «caraculero» y «parloquiano».

 

Comments

  1. Michaels discount
    23 Mayo, 2017

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