Posted by on 1 diciembre, 2020

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Silvia Elisa Funes

1918
8 de marzo.— Como hay tanta gripe, han tenido que clausurar la Universidad.
Desde entonces, mi hermano y yo vivimos en casa,
en Palafrugell, con la familia. Somos dos estudiantes parados.
[…] Yo voy tirando. No añoro Barcelona y menos la Universidad.
La vida de pueblo, con los amigos que tengo aquí, me gusta.

Josep Pla, El cuaderno gris

Siempre me ha gustado estar aislada. Soy rarita, soy bicho raro, me repito los días que quiero ir a la montaña o cuando, francamente, me han dado ganas de estar bebiendo en algún bar. La verdad es que he asistido en pocas ocasiones a bares y cantinas, y recuerdo pocas de ellas en las que me haya divertido tremendamente. Tampoco estoy hecha para fiestas ni para establecer relaciones amorosas exitosas, pero no discutiré ahora la definición de “fiesta”.

Para los demás, en cambio, esta pandemia ha supuesto una traba en el ciclo típico citadino que iniciaba a las 5 o 6 de la mañana, a veces con entrenamiento, a veces con un baño rápido antes de salir rumbo al trabajo o a la escuela, seguido de comidas con algún amigo, café con una persona deseada, cine, tacos, luego, a la cama con compañía y terminaba habitualmente en el reposo nocturno después de cruzar la ciudad entera de regreso a casa (o cabeceando durante el trayecto). Y así hasta el viernes, día de conciertos, de salir a bailar o de pintarse las uñas con las amigas (bueno, ése era uno de los secretos de las que somos señoras treintonas).

Hoy, todas estas diversiones se han canjeado en la virtualidad por muchas reuniones on-line, conferencias, lecturas, proyecciones y capacitaciones. Como resultado de poner freno a la producción desbocada, regida por ciclos mercadianos, se produce la sensación de estar bajo arresto domiciliario.

¿Pero es esto cierto? ¿El arresto domiciliario nos impide ser libres? No sé, tengo dudas cuando pienso en Elba Esther Gordillo.

En los últimos tres meses leí con pocas interrupciones, lo que para mí fue un éxito auténtico. La lectura llenó mi tiempo libre, aquel con el que soñaba desde que salí de la universidad. Claro, como lo he dicho, he sentido el impulso de irme de guarapeta, aunque luego me acuerdo de los desplantes, acosos, desfiguros y vergüenzas que he padecido en bares y fiestas y, como a la rana René, se me pasa. El aislamiento es de mi agrado. Al menos, aunque sé que la policía no me va a varear con un tallo de bambú como en India si salgo, tengo el privilegio de quedarme en casa.

Me pregunto entonces, ¿qué es el confinamiento, por qué se le llama encierro también? ¿Es de verdad una prisión esto que vivimos, es un claustro? ¿Por qué no podemos madurar espiritualmente como los ermitaños estando en casa?

La lectura fue para muchos la mejor salida en un 2020 marcado por el confinamiento.

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Llegada a un punto, se me descubre por encarnación —porque se le encarna a una el encierro— el poder que designa a la libertad y sus límites; en este caso, el poder de un virus sobre nuestras carnes al grado de hacernos pensar en un castigo. Y una piensa en Foucault, en su Vigilar y castigar, la historia de la prisión y su teoría del panóptico, al que tan alegremente alimentamos con nuestras fotos y comentarios a través de las redes sociales.

Envidiamos o somos objeto de deseo al pasar santo y seña de nuestras actividades, posesiones y emociones a nuestros contactos igualmente encerrados, asomados por la ventana de estos sistemas. En una compilación de la UNAM, La filosofía y las redes sociales (2013), anota Miguel Cabrera:

«Solemos anhelar la perfección, instalarnos cómodamente en el simulacro cibernético y hacer de nuestra máscara virtual el verdadero rostro cognitivo. Ante ello, no hace falta decir que al experimentar el caos y los desarreglos violentos del poder en nuestra mente y nuestro cuerpo funciona como acicate para la creatividad y la imaginación.»

Es decir, la ruptura de estas dinámicas es posible, no obstante, convulsa. En el presente, rebelarse al control mental es la única manera de liberar al cuerpo de la jaula en que nos ha puesto la Covid-19.

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¿Qué libro te llevarías a una isla si naufragaras? Vivir en una misma, como una isla donde al fin me respondo, bien por mí, que he naufragado con todos mis libros.

Otra pregunta que me hago a menudo es menos alegre, además de inconsciente e involuntaria. Conozco la respuesta, pero pienso en ello cuando escucho que ya alguien no puede con el encierro. ¿Mi padre estuvo confinado, encerrado o preso? ¿Habitó la cárcel?

Pienso en él cada que cuento los meses que vamos cumpliendo quienes podemos seguir trabajando desde casa.

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Mi padre estuvo preso en un Centro Estatal para la Reinserción Social de Sentenciados, CERSS, en Tapachula, Chiapas de septiembre de 2013 a abril de 2015. No se le encontró culpable. Fueron diecinueve meses infernales de abogados de oficio, llamadas diarias al reclusorio, a los juzgados, a desconocidos que nos hacían el favor de llevarle dinero o medicamento, a la visitadora de DDHH local.

Cuando recibí la noticia de su encierro, vino a mi mente una imagen de mi padre pudriéndose en un calabozo y la sensación de padecer su confinamiento desde lejos por una eternidad. Desde esa llamada, supe que íbamos a degradarnos en todos los sentidos. Su encierro fue forzoso; el mío fue moral en esa época. A causa de la pandemia, el encierro es una disyuntiva ética y, aunque materialmente me confina, es en un espacio que he llenado de recuerdos, recreación, trabajo, de resignificación; es un lugar que habito y considero mío. 

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I would prefer not to.
Herman Melville, Bartleby

La gente privilegiada, entre la que me incluyo, lleva recluida ocho meses desde el 17 de marzo hasta noviembre de este año de duelo para todo el mundo.

Pasé algunos días en un hospital acompañando a mi tía en su internamiento. Hasta julio, entré y salí de casa al hospital constantemente, haciendo maromas para formar contenidos, corregir, crear carteles, hacer reportes y bases de datos infinitas mientras, con mi familia, esperaba citas médicas, buscaba instrumental médico en farmacias, tramitaba medicamentos controlados y programaba más citas. No cumplí con el encierro estricto sino hasta después de su muerte 

Quizá por eso no he podido hartarme de estar encerrada en casa sin ver el exterior. He visto esta ciudad en su forma fantasmal sin deseos de hacerlo.

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Me pregunto por las diferencias de sentido de las palabras con las que designamos nuestra condición actual. Diría que se trata de circunstancias extraordinarias que se han tornado cotidianas en muchas partes del mundo. Me refiero a la parte asalariada de la humanidad que está unida por su peculiar derecho al confinamiento y a las palabras que se le equiparan: encierro, prisión, reclusión, internamiento, aislamiento.

Curiosamente, el editor de esta publicación, observa que definir es otra forma de encerrar, impedir que los significados se confundan al ponerles límites. Paradójicamente, redefinir es mi estrategia para escapar del encierro. La restricción del libre tránsito nos obliga a resignificar estas palabras, otorgarles nuevos sentidos: mientras que su significado se refería a excepciones relacionadas con el castigo, la enfermedad o la protesta, hoy el aislamiento es promovido por la supervivencia de la comunidad.

La humanidad cuenta entre sus facultades más características el ser gregaria, incluso, el ermitaño es siempre visto desde la extrañeza o la admiración. Valerse por sí mismo, por sí misma, se considera heroico. De ahí que personajes como Robinson Crusoe o Chuck Noland, Pi y su tigre, o Bear Grylls,  del programa A prueba de todo y hasta Cosimo, el barón rampante de Italo Calvino, el único que optó voluntariamente por el aislamiento, encarnen aventuras espectaculares.

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Una jaula imperceptible, como la que suponen las redes sociales, me lleva a observar mayores trampas que nos confinan aún antes de la pandemia. La religiosidad y la ética, las necesidades y los compromisos morales de vivir en sociedad están también supeditados a los intereses políticos y económicos que asimilamos como naturales por su penetración histórica en nuestra intimidad.

Existe una pieza de interés para esta búsqueda de sentido: La Jaula (1962), performance que Alejandro Jodorowsky escribió para el enorme Marcel Marceau acerca de los diferentes encierros que experimentamos como sociedad. Metáfora de la sucesión de encierros, Marceau y Jodorowsky colocan a la libertad en el interior del individuo.

Resignificar permite dar un nuevo sentido a los acontecimientos y a las palabras. Al escribir, ensayo los múltiples significados que podemos dar a nuestro confinamiento a través de las palabras como un método para ser libre, desempotrando una a una las matrioshkas del encierro.

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El confinamiento supone límites impuestos desde lo intangible, márgenes geográficos determinados por una convención o imposición. Su causalidad puede ser voluntaria o provenir de una necesidad u orden externa, como el exilio, que tiene, por cierto, el matiz de la penalidad.

Se puede estar confinada, pero no necesariamente como un castigo. Los límites señalan la pérdida o, a veces, una renuncia. Confinar también puede ser utilizado refiriéndose a una posición fronteriza, extrema. Así, por ejemplo, los confines del universo nos son ajenos todavía; los confines de las libertades individuales se rozan.

Postales del encierro en 2020.

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Encierro es un término que prefigura en el imaginario la existencia de una puerta, de un candado, de un impedimento material o forzoso dentro de un espacio bien definido. En contraste, llama la atención como en el Moliner la entrada correspondiente al término encierro asienta, en segundo lugar: “Particularmente, el que se realiza para protestar contra algo”, lo que me lleva a recordar a las madres de las víctimas de femicidio encerradas en las oficinas de derechos humanos de Ciudad de México como forma de protesta contra el sistema de justicia.

El encierro es un concepto que excluye en mayor proporción la voluntad, aunque no la anula del todo en su matiz político. No obstante, también se asocia el encierro con el propio de los eremitas, el aislamiento de aquellos monjes o virtuosos que pretenden madurar su espíritu o devoción.

El concepto de reclusión es muy cercano al del encierro. Entre estos términos parece haber una diferencia gradual, como si transitáramos de un grado de libre elección amplio a uno condicionado. Vemos, pues, que recluirse, verbo reflexivo, es elegir el encierro. Mientras que recluir, verbo transitivo, necesariamente señala una imposición.

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La prisión nos habla de un castigo, del control de los cuerpos que bien analizó Foucault. El filósofo francés apuntó que los procedimientos medievales de la tortura legítima y legal hacia el establecimiento de prisiones y el control en ellas hacia el siglo XIX, significó, para las autoridades jurídicas, una evolución que, objetivamente, no acusa ningún progreso si se observa cómo, en buena medida, constituye el refinamiento del abuso de poder.

Su crítica es precisamente que el control de los cuerpos sigue siendo violento y escasamente justo. La prisión en el tercer mundo, tan alejado de Francia y todavía más a la saga de las prisiones finlandesas, por ejemplo, podría ser vista como algo todavía más sofisticado y cruel. La administración del poder y el control dentro de las cárceles mexicanas hoy día conlleva una discusión improbable para este ensayo, pero hemos de recordar que no es agencia exclusiva de las autoridades, sino de los poderes de facto, como el crimen organizado inserto en las cárceles del país.

La complejidad del concepto de prisión lo coloca en un universo muy distinto al de otros que he mencionado y de los posibles intercambios que sí pueden darse entre confinamiento, encierro, reclusión, incluso, y hasta de claustro.

Presos en cárceles de El Salvador durante la pandemia por Covid-19

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He visto cómo escritoras jóvenes han compartido imágenes de sus bordados y tejidos en sus redes sociales, bellos parches feministas, bufandas para el ser amado. En el encierro es posible aprender nuevas habilidades, aunque también está el caso del aprendizaje obligado.

Ahora pienso en la pintora colombiana Emma Reyes, nacida hace 101 años, por la época en que termina el diario de Josep Pla. En su Memorias por correspondencia, la artista relata a un amigo cómo fue su niñez, llena de abandono. De los 6 a los 19 años, Reyes estuvo encerrada en un claustro para huérfanas con monjas de la orden de San Juan Bosco. Aisladas por completo del mundo, las niñas vivían para bordar y hacer trabajos que generaban dinero a la iglesia.

En el convento, las niñas no aprendían a leer ni escribir, mucho menos contar, llegaban y crecían analfabetas. No hubo libro que llegara a Reyes, sólo relatos fantásticos y visiones de Dios y el Diablo, la imaginación de una niña posiblemente esquizofrénica, una mirada aventurada por la mirilla del portón, el intento de violación de un cura. Atisbos del mundo que le llegaban azarosamente.

Emma Reyes era la mejor bordadora de ese claustro.

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Por supuesto, mi padre estuvo prisionero. Mi hermana y yo llevábamos un grillete psicológico y económico con él durante ese tiempo, pero nunca padecimos las restricciones que él sí, como tener que  tolerar el calor sofocante de los 32 grados en invierno de Tapachula; la imposibilidad de salir de esa área más que por emergencias médicas; la obligatoriedad de convivir; la imposición de horas para usar las regaderas o para comer; la elección de los alimentos o ropas; los baños frecuentes de humo venenoso para fumigar; la imposibilidad de mirar otro paisaje. Claustrofobia.

No se le encontró culpable; salió libre tras un año y siete meses de terror. Su salud se deterioró pero se le condicionó a firmar una carta de excelencia en el trato carcelario y deslinde de responsabilidad de las autoridades sobre el trato recibido allí. Esa carta es condición para salir.

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Mi tía pasó enclaustrada en el hospital muchos de sus últimos seis o siete meses de vida. Estaba encerrada esperando tratamientos y estudios que no sirvieron de nada. Mi familia y yo nos alternábamos del confinamiento en nuestras casas al hospital, hasta que paulatinamente fui la única que asistía al nosocomio por tener mayor libertad para desplazarme durante las vacaciones de verano.

Siempre tuve miedo de portar la Covid-19 y añadir otro problema a la salud de mi tía. Tenía miedo constante de salir y utilizar el transporte público. Miraba comentarios en redes sociales, memes, videos, chistes de gente que odiaba estar encerrada. Más que nunca quería estar encerrada y no saber nada del mundo exterior.

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A un siglo de la pandemia por el virus H1N1 y a una década de la porcina, en 2019, la Ciudad de México tuvo un ensayo de la cuarentena infinita: algunos de sus habitantes tuvieron un par de semanas de confinamiento debido a la contaminación por partículas suspendidas PM2.5, especialmente nocivas para el aparato respiratorio y para el corazón, además de otros compuestos liberados en el aire por múltiples incendios forestales en el país.

El cuaderno gris de Josep Pla aborda los años del confinamiento por la pandemia de gripa entre 1918 y 1919. El diario abre con la cita que he colocado al inicio de este ensayo y escasamente el autor vuelve a mencionar el tema. El catalán vivió aquellos años en un pueblo de España donde parecía que la vida transcurría ajena a la influenza, cuando en realidad evade la muerte cotidiana y subraya la vida en ese diario. Así lo asienta Víctor Cabrera en un ensayo publicado en Letras Libres a propósito de la pandemia de influenza A H1N1 en abril de 2009, y refuerza su argumento en el poeta Antonio Deltoro, en calidad de especialista de la obra del catalán.

Para mí es imposible no observar las dificultades en torno al tema para buscar, por contraste con la reclusión forzosa, los beneficios del aislamiento; para explorar las diferencias entre algunos términos. La elección de una palabra finca una diferencia aparentemente sutil, pero diametral en los hechos.

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Una profesora de idiomas afirma que hay que perderle el miedo, que hay que salir sin cubrebocas como hacen ya en su tierra en Europa; que no podemos seguir encerrados porque la economía tiene que recuperarse. Entiendo, es la naturaleza humana, gregaria, curiosa, pero este pragmatismo me parece suicida cuando todavía no hay tratamiento. O acaso he desarrollado el síndrome de la cabaña.

Pensaba en estas cosas mientras lavaba los platos y escuchaba una clase magistral de la argentina Hebe Uhart sobre sus viajes y sus crónicas, a quien leí gracias a un curso online del escritor Juan Pablo Villalobos. Ella murió hace un par de años, una mujer de carácter fuerte; seguramente habría detestado el confinamiento a estas alturas por todas las restricciones para viajar. Kant nunca salió de Könisberg, pienso, ¿consolaría a Uhart un personaje como el filósofo alemán? 

Viajar es un sueño para muchos, me incluyo, pero aprecio el tiempo que he ganado para leer con mucha pasión otra vez. El aislamiento ha favorecido este placer junto con la posibilidad de un duelo más o menos llevadero. El ostracismo por recomendación médica se vislumbra para mí como un refugio necesario de tantas heridas, de todas las formas de nombrar el encierro.

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Por ahora, los libros son mi parapeto, aquí puedo estar aislada un tiempo más, toda la vida quizá. Después de todo, aislamiento es el factor común de todos los términos que he comentado. La diferencia radica en el derecho o el mandato de estar encerrada. Por ahora, es lo mejor para mí, tengo el privilegio de estar aislada en un lugar acogedor con agua potable, energía eléctrica y conexión a la red puesto que gozo de un puesto de trabajo.

Aunque también es verdad que la voluntad deviene de la necesidad. Se puede elegir salir sin cubrebocas o con él, besar a la pareja aunque no viva con una o abstenerse incluso de tocar su mano. El pequeño virus elegirá su camino de cualquier manera.

La primera vez que fui sospechosa de haber contraído el virus fue cuando internaron por segunda vez a mi tía. La aislaron en el piso Covid-19 del Instituto Nacional de Cancerología y tuvimos que despedirnos ante la expectativa de no volver a vernos. Resultó negativa.

Su muerte ocurrió en verano.

No creo que sus cenizas sean ella o que su urna la contenga. Soy atea, para mí es evidente que el fuego transforma en otra cosa la materia y la energía que somos. No la puedo creer encerrada, al contrario, la muerte es liberación, a cualquier parte, a ningún lado; en todo caso, ella no está supeditada más a nada humano ni mundano. Lo entiendo así y comprendo la muerte como otra vía para alcanzar la libertad que no está a mi alcance, por lo que debo concentrarme en la palabra.

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Ya no me pone nerviosa rociarme desinfectantes cada que salgo por alimentos. Es como si los rituales ya se hubieran incorporado en nuestras vidas, como si tuviéramos ya un TOC bien integrado en nuestra cotidianidad.

Todo esto queda en un segundo plano, lo que quiero es aislarme para explorar mi cabeza y reconstruir lo que se pueda. Reconstruirse exige intimidad. Quizá viviendo en esta isla por un rato se nos permita ser libremente en nosotros mismos, en nosotras mismas. 

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