Posted by on 20 Julio, 2016

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Figuraciones alimentarias 

 

%22Masticar%22, de .júbilo.haku.¿Acaso hay algo más placentero que olvidarlo todo y abandonarse al placer de la comida?

Ocultas por la cotidianidad, existen innumerables figuraciones alimentarias que relacionan a la comida y al uso poético de la lengua.

 

 Fernando Cruz Quintana

Solemos atribuirle connotaciones sublimes a la palabra «poesía» y no está por demás: para producirla se requiere de un nivel distinto al cotidiano en el uso del lenguaje. Los poetas pueden encontrar la combinación precisa de sintaxis y palabras que permiten a sus expresiones decir más allá de la simple literalidad. No obstante, todos los días utilizamos frases figuradas que, apoyadas en esa constancia de uso, han ocultado el asombro que nos producen las metáforas.

Si analizamos con cuidado algunas  voces alegóricas, podremos reconocer que no se necesita ningún conocimiento especializado para hacer uso de las analogías. Basta mirar el manjar expresivo que tenemos en el español —tan rico en metáforas y frases hechas— para advertir que todos, alguna u otra vez, hemos utilizado la lengua de manera poética (ojo: no quiero decir que la poesía se sirva sólo de las comparaciones; es mucho más que eso). Específicamente, el tema de la comida ejemplifica en abundancia esta recurrencia.

Si la gastronomía y el uso poético de la palabra están tan estrechamente relacionados quizá sea porque los humanos dependemos de la nutrición y de la expresión en iguales magnitudes: somos seres sociales en la misma medida en la que somos seres que necesitan de una alimentación. También es cierto que es más fácil hacer analogías con la comida que, por ejemplo, con temas relativos al universo. Además de lo anterior, de los asuntos alimentarios se desprenden relaciones con casi todos los aspectos de la cultura: supervivencia, ayuno religioso, política social, placer, festividades, gustos, disgustos, etcétera…

Si la gastronomía y el uso poético de la palabra están tan estrechamente relacionados quizá sea porque los humanos dependemos de la nutrición y de la expresión en iguales magnitudes.

Algunas metáforas gastronómicas ensalzan la belleza de las personas y suceden después de que la mirada, ese “prólogo del apetito” de acuerdo con Juan Villoro, advierte algo anhelado a la distancia. ¿Por qué siempre alguna vecina “está hecha un bomboncito”? Con figuraciones nada sorprendentes (por comunes), pero a final de cuentas con usos retóricos de la lengua, reconocemos que el antojo que ella nos despierta le gana el adjetivo de sabrosa y la hace susceptible (siempre y cuando corresponda nuestro deseo) de ser comida a besos. Todos estos “halagos” gustosos muestran nuestra esencia de animales culturales: conscientes de nuestros instintos, pero acotados por reglas de convivencia (que por un lado restringen la consumación del deseo y por otro lo subliman en la expresión).

Pero si la relación de deseo-antojo propicia el uso de analogías, su opuesto de repugnancia-disgusto también sirve para elaborar comparaciones desde la comida hacia cualquier aspecto de nuestra vida. Así como se fantasea con la vecina, se reconoce que también existen personas a las cuales no tragamos pero que es difícil evitar. Todo fuera como quitarle un dulce a un niño y que todo saliera a pedir de boca, pero ante la imposibilidad de ignorar a esos individuos incómodos que más de una vez tienen la sartén por el mango, no nos queda más que resignarnos y aceptar que a veces la vida también está del nabo.

Alimentación e idioma son acaso los dos elementos que mejor dan cuenta de una cultura. Entre lo que se dice y lo que se come, y entre lo que se calla y se desprecia, existe una manifestación directa de principios.

Tal y como aprobamos y rechazamos a las personas con nuestras expresiones, hacemos el mismo juego lingüístico cuando se trata de hablar de las cosas. El gusto, bien lo sabía Pierre Bourdieu (quien hace de este concepto el eje central de su obra maestra, La distinción), representa la suprema manifestación del discernimiento y al mismo tiempo nos caracteriza a partir de aquello que elegimos. ¿Cuántas películas o novelas habremos calificado como bodrios artísticos y cuántas en cambio nos han parecido una delicia? A veces quisiéramos renombrar los géneros cinematográficos y permitirnos la incorporación de “trago amargo” en vez de “drama” o “dulce y simplona” en vez de “comedia”.

Alimentación e idioma son acaso los dos elementos que mejor dan cuenta de una cultura. Entre lo que se dice y lo que se come, y entre lo que se calla y se desprecia, existe una manifestación directa de principios.

Si lo pensamos con cuidado, la lengua es al mismo tiempo el órgano que valida nuestro gusto y también el que principia nuestra voz. Entre las papilas gustativas y las cuerdas bucales existe una minúscula distancia que propicia que lo que se prueba y lo que se dice estén de alguna extraña manera interconectados. No es fortuito que dos de las muestras de rechazo más contundentes sean el silencio (la negación de salir de nosotros mismos) o las huelgas de hambre (la ausencia voluntaria de alimentación).

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