Posted by on 2 febrero, 2017

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«Atahualpa Inga está en la ciudad de Cajamarca en su trono. Usno» Ilustración Felipe Guamán  Poma en su obra El Primer nueva coronica y buen gobierno.

Felipe Guamán Poma, un quechua puro occidentalizado, legó una de las obras más asombrosas que dan cuenta de la relación entre los colonos españoles y los nativos americanos.

 

Fernando Cruz Quintana 

El problema identitario de los pueblos americanos conquistados por los españoles ha quedado plasmado en la producción literaria hecha en América: desde las crónicas de Indias hasta ensayos modernos como El espejo enterrado (Carlos Fuentes, 1992) se ha puesto en contraste la diferencia y el alejamiento existente entre las dos culturas. En medio de estas obras que son extremos temporales, existe un centenar de ejemplos que, de una u otra manera, ponen en tensión la idea del choque y la hibridación cultural.

En ocasiones, los relatos de la conquista suelen estar escritos desde la perspectiva de los vencedores pues la mayor victoria consiste precisamente en la imposición de una nueva cosmogonía a los derrotados. Existen también narraciones desde el punto de vista de los vencidos,[i] que intentan perpetuar a la cultura sometida. Sin embargo, pocas veces se han visto ejemplos en donde las historias que rememoran un pasado consigan ser entendidas como un punto intermedio que traza un puente entre opresores y oprimidos. Podríamos entender la obra del cronista inca Felipe Guamán Poma de Ayala de este modo: él narró en español y en quechua una visión del mundo en la que ideas del catolicismo y la cultura incaica coexistían sin problema.

Este relato será entregado en dos partes. Esta primera tratará sobre la formación de Felipe Guamán Poma en la cultura incaica y la segunda sobre su aprendizaje del español y la creación de una cosmología mestiza

 

Los relatos incas en el seno familiar

Felipe Guamán (halcón) Poma (puma) de Ayala (1534-1615) fue un cronista de indias, descendente de la más alta nobleza incaica: su madre, Cucsi Ocllo (también conocida como Juana Chuquitanta) fue hija del soberano Tupac Yupanqui y nieta del también gobernante Pachacútec.

Felipe Guamán Poma, quien nació al poco tiempo de que los españoles establecieran contacto con los incas, probablemente debatió su identidad entre el sentimiento de ser parte de un pasado de privilegio y un futuro de cambio frente a una nueva visión del mundo.

Como ha ocurrido en el caso de las madres en muchas sociedades milenarias, Juana Chuquitanta jugaría un papel fundamental en la formación de sus hijos, específicamente en lo que concierne a la transmisión de la cultura incaica. Ella era conocida por el modo excepcional en que contaba las historias de su pueblo. Ante la ausencia de otros métodos más prácticos para perpetuar el pasado, la palabra oral se convertía en el mejor vehículo y almacén de los saberes milenarios. Poco pudo haber previsto Juana Chuquitanta que aquellas narraciones infantiles habrían de contribuir en algo a la creación de El Primer nueva coronica y buen gobierno, uno de los documentos escritos e ilustrados más extraordinarios en donde, al mismo tiempo que se realiza una crítica al dominio colonial español, se ofrece una cosmogonía mestiza del Perú.

En el seno familiar, Felipe Guamán Poma aprendió —en idioma quechua— sobre el pasado de la clase gobernante de su pueblo (que al mismo tiempo era también el de su propia familia): las historias de la grandeza de las dinastías Hurín Cuzco y Hanan Cuzco, se completaban con los relatos de su abuelo Tupac Yupanqui.[ii] De este modo Felipe Guamán Poma, quien nació al poco tiempo de que los españoles establecieran contacto con los incas, probablemente debatió su identidad entre el sentimiento de ser parte de un pasado de privilegio y un futuro de cambio frente a una nueva visión del mundo.

Juana Chuquitanta era conocida por el modo excepcional en que contaba las historias de su pueblo.

Los relatos de Juana Chuquitanta no se restringían al ámbito de lo mundano: también abarcaron la mitología incaica y la idea del universo que expresaba. Guamán Poma aprendió —como cualquier inca de la época— que la creación ocurrió gracias la intervención de un dios creador llamado Viracocha. Aunada a esta narración, Juana se preocupaba por trasmitir con pasión historias de las deidades incaicas. Francisco Moreno Fernández recrea uno de estos relatos:

[…] la Yacana, que solía caminar con su largo cuello por la Vía Láctea, bajó del cielo para beber agua y gobernar a las rumiantes llamas. Dicen que la Yacana cayó sobre un hombre, que quedó cubierto con su lana y, con la ganancia, compró una llama macho y otra hembra de las que formó un rebaño de tres mil cabezas. Contaba Juana que la Yacana bajaba a beber agua del mar porque, si no lo hiciera, todo el mundo quedaría inundado.[iii]

Anécdotas míticas como la anterior debieron haber sido el primer nivel de aprendizaje de la vida por parte de Guamán Poma, un tipo de conocimiento mítico quechua que nunca se iría de su vida y que en cambio se fusionaría más adelante con la cosmovisión occidental.

Aunque Juana Chuquitanta vivió en tiempos en que los españoles tuvieron contacto con los incas, ella no fue partícipe de aquel encuentro, sin embargo, su descendencia sí vivió durante el tiempo de la conquista . Vista desde este horizonte temporal, en el que Perú constituye una nación mestiza, Juana Chuquitanta resulta en una madre simbólica cuyos hijos, indígenas (pero mestizos por aculturación), dejaron un importante legado en el que las culturas inca y española lejos de repelerse, se imbricaron y encontraron correspondencias asombrosas.

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Notas.

[i] Véase, Miguel León Portilla (1959). La visión de los vencidos. México: UNAM.

[ii] Francisco Moreno Fernández (2015). La maravillosa historia del español. México: Editorial Planeta Mexicana/ Espasa libros/ Instituto Cervantes. p. 137.

[iii] Idem.

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