Posted by on 31 Mayo, 2017

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Por favor deje de leer

Hay libros que se resisten al abandono; hay algunos que nos encuentran tarde o temprano y que no podemos dejar.

Un lector menos obsesivo seguramente pensará: por favor, deje de leer.

 

Luis Ángel Rodríguez Bejarano

Por primera vez desde que leo, dejé un libro sin terminar. Para algunos es un suceso cotidiano: “No te gusta, no lo leas, por favor, deja de leer”; “los libros son más fáciles de dejar que las series de televisión”; “¿por qué te atormentas leyendo algo que no te gusta?”. Para otros dejar una obra sin revisar su última palabra significa una traición, una falta de ética, un pecado.

 

En realidad no se trata de hablar mal de libro sino de abandonarlo a tiempo.

El texto que no concluí es una crónica periodística; por razones del decoro, no puedo, ni quiero, revelar el autor o la obra: eso significaría caer en reduccionismos. No tengo nada contra ese género, me parece enriquecedor, informativo y que hace ver fácil lo difícil: el mundo que nos rodea. Sin embargo, por razones hasta ahora inexplicables, harto del lenguaje periodístico, en cambio, tomé lo opuesto: algo ficticio y ligero, para olvidar un poco, me dije. Por lo anterior, se me tildará como un lector superficial; probablemente lo sea. En realidad no se trata de hablar mal de libro sino de abandonarlo a tiempo.

La crónica que dejé sin concluir trajo una especie de crudeza, un sinsabor de aburrimiento similar, imagino yo, al que experimentó el autor al contarnos la miseria que vio. Después me dijeron que si sentí aquello fue porque la crónica consiguió su objetivo: compartir la desesperanza. Sin embargo, el sentimiento, no es el mismo.

Alguna vez escuché a un director de cine decir que si una película no lo conmovía entonces era mala.

Alguna vez escuché a un director de cine decir que si una película no lo conmovía entonces era mala. Sucede que lo que sentí no fue empatía con lo leído sino falta de convencimiento. No será este texto un análisis de por qué me desesperó ese libro, pero puede ser un llamado a la ética: no lea aquello que no lo convenza, no pierda el tiempo como yo. Piense en que todos tenemos poco tiempo para leer lo que nos gusta y si encima de eso encontramos, casualmente, algo que no nos gusta, entonces dejémoslo; esa tendría que ser la ética del lector.

La última defensa en estos juicios suele ser el remordimiento. Como si cometiera un crimen, un lector preocupado por estas cuestiones puede apelar a la culpa que se siente cuando el libro nos mira, desdeñoso, desde el librero, en ese lugar recóndito donde acordamos dejarlo para no verlo mañana o el día siguiente o tal vez nunca. Agazapados, más nosotros que la obra, podemos salir de ese estado si pensamos en que nos esperan otras maravillas, otros textos que, si somos rebeldes de ahora en adelante, nos depararán placeres mayores o remordimientos menores.

 

 

 

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