Posted by on 14 Junio, 2018

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El “escritor” que aspira a “escribir bien”, como sinónimo de redactar con claridad aquello que pretendemos decir, es más sofisticado al tiempo que menos “pretencioso”. Es más complejo que el “escritor novato” y aspira a la claridad y sencillez que no caracteriza al “escritor literario”. 

 

Gabriel Hernández Soto

La frase “Escribir bien” tiene varias acepciones. Puede significar, en su nivel más básico, el redactar con apego y respeto a las normas establecidas por la RAE. También puede significar, en un contexto más elevado o literario, “construir” un texto interesante, bello, innovador, etc.

La persona que quiere “escribir bien”, en el primer sentido, asiste a un curso de básico de redacción. Lo que le interesa es aprender, por ejemplo, a tildar correctamente. En contrapartida, la persona que quiere aprender a “escribir bien” en el segundo sentido, quizás acuda a un taller literario. Aquello que quiere dominar son artilugios narrativos o poéticos, es decir, formas de contar.

Nosotros nos ocuparemos de una tercera opción: “escribir bien” como sinónimo de redactar con claridad aquello que pretendemos decir. Sé que esto puede parecer una sublimación del primer caso; pero no lo es. Y no lo es porque este tipo de “escritor” es más sofisticado al tiempo que menos “pretencioso”. Es más complejo que el “escritor novato” y aspira a la claridad y sencillez que no caracteriza al “escritor literario”. En suma, lo que interesa aquí son aspectos muy puntuales que suelen omitirse en las charlas sobre la redacción correcta. Trataremos dos casos: el cambio de significación y los peligros del influjo de otras lenguas.

EL CAMBIO EN LA SIGNIFICACIÓN

Nuestro idioma español, visto desde una perspectiva histórica, no es otra cosa que el latín del siglo XXI. La larga vida de ese latín convertido en español propicia el que una serie de palabras y de construcciones sintácticas hayan sido modificadas por el uso y el folclore. Demos un ejemplo sencillo. Hoy utilizamos “carretera” para designar a un camino por el cual está prohibido que transiten “carretas”.

Los más puristas se quejan de que hoy utilicemos el anglicismo “clóset” para designar algo que, en buen castizo, debería llamarse “armario”. Estos defensores de nuestro idioma olvidan que utilizan sus “armarios” para guardar ropa en vez de “armas”.

En la construcción sintáctica ocurre algo similar. La oración “a mí me gusta el vino” presenta una dificultad enorme para un estudiante. Cuando se le pide hacer un análisis sintáctico, el alumno suele pensar que “vino” es el objeto directo y “yo” el sujeto. Esta idea proviene de la lógica de la oración española y de la lógica que quiere expresar: una persona (yo) bebe vino. El problema es que, sintácticamente, en esa oración “vino” es el sujeto y “me” (la persona física) el objeto indirecto. ¿Por qué ocurre esta paradoja? Es fácil explicar este problema si atendemos al cambio en la significación del verbo “gustar”.

Nuestro idioma español, visto desde una perspectiva histórica, no es otra cosa que el latín del siglo XXI.

Actualmente lo entendemos como sinónimo de “agradar”. Por eso decimos que “a ti te gusta el futbol”. Pero ese no era el significado del verbo “gustar”; el sentido original es algo cercano a “probar”. Esto lo demuestra el que hoy empleemos el verbo “degustar” para dar a entender que una persona “prueba” un vino. En suma, los cambios en la significación repercuten en lo sintáctico. La frase como tal no está mal escrita; pero sí cometemos un acto retórico bastante extraño. Piensen, simplemente, en cómo construirían esa oración en un idioma con una construcción más rígida como el inglés: sujeto, verbo, objeto directo.

EL INFLUJO EXTRANJERO

A ciertas personas les encanta pensar que existe algo así como personas, naciones, tradiciones e idiomas puros. Esto, obviamente, es un error. Hemos señalado antes que el español es una actualización del latín. Eso es cierto, pero es parcial. El latín ya era una actualización del griego. Y ambos idiomas (latín y español) han sido influidos (construidos) por otros idiomas.

Por ejemplo, un altísimo porcentaje del español proviene de la lengua árabe. Esa constante construcción también ocurre hoy. En la frontera compartida por Brasil, Argentina y Paraguay se habla una lengua franca denominada “portuñol”; en la frontera de México y Estados Unidos se habla el “spanglish” o “inglañol”.

A ciertas personas les encanta pensar que existe algo así como personas, naciones, tradiciones e idiomas puros. Esto, obviamente, es un error.

En el aspecto sintáctico también ocurre ese influjo. El español y el inglés adoptan construcciones gramaticales de su contraparte. En un sentido, esas “adopciones” enriquecen el idioma; en otro, lo “empobrecen”. Veamos un ejemplo. En el español actual es común el observar oraciones como “La ley fue promulgada por el presidente”. ¿Cuál es el problema con esta construcción? Es simple: la construcción de la voz pasiva quita al sujeto su papel habitual (alguien que hace una acción). Dicho giro confunde al lector, pues no otorga la información en el orden y lógica al que está habituado el cerebro educado en idioma español. En pocas palabras, lo dice todo al revés. No es una oración mal escrita; es una oración confusa. ¿La solución? Construir conforme a la lógica española: “El presidente promulgó la ley”.

¿Por qué aparece esta construcción anómala en nuestro idioma? La hemos tomado de la construcción sintáctica inglesa. El problema es que la “voz pasiva” es imprescindible en un idioma que carece, por ejemplo, del modo subjuntivo. En un idioma que, como el español, tiene muchas más opciones de conjugación, la voz pasiva es un sinsentido. Quien usa la voz pasiva no es que escriba mal, pero no ha logrado acceder a ese “escribir bien” del que hablamos en un principio.

Nota 

En este artículo he utilizado, tramposamente, las construcciones que he marcado como errores. El lector puede poner en práctica lo aprendido aquí al “corregir” mi redacción.

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