Posted by on 2 Agosto, 2017

En esta imagen tomada de Twitter, Rigoberto Urán entrena en Antioquia, cuna del parlache. El origen de esta palabra viene de la unión entre ‘parlar’ y ‘parche’ (grupo de amigos).

El ciclista colombiano Rigoberto Urán volvió a poner de moda el parlache, una jerga nacida en los barrios marginales de Medellín, que hoy ya es de uso extendido. ¿Qué tanto puede revelar un antilenguaje de una sociedad?

 

María Paula Laguna

En la era de los contenidos virales, una expresión o una palabra, por simples que sean, pueden convertirse en sensación. El autor del ‘éxito’ más reciente en redes sociales es el ciclista Rigoberto Urán, subcampeón del Tour de Francia. Nacido en el municipio de Urrao, suroeste de Antioquia, Rigo, como le dicen en Colombia, siempre se ha caracterizado por su estilo desenfadado en las entrevistas. Sin libreto ensayado ni frases hechas, el paisa –como se les llama a los nativos de ese departamento– se comporta frente a las cámaras como si estuviera en la sala de su casa: saluda a los periodistas con el típico “¿Qué hubo, hermano?, ¿bien o qué?” y no tiene reparos en contestar con toda franqueza cada pregunta.

Eso fue precisamente lo que pasó hace pocos días cuando un reportero le preguntó por la caída de varios ciclistas cerca del final de la cuarta etapa del Tour. Rigo, en vez de responder diplomáticamente, no tuvo reparos en hacerle caer en cuenta al periodista que él no podía opinar sobre el incidente, pues no venía en esa fila de ciclistas: “¿Yo qué voy a saber, ‘güevón’?”. La frase se volvió tendencia en redes y hoy se imprime en camisetas e incluso tiene su propia canción.

Poco después, el antioqueño apareció en televisión con un vocablo que ni siquiera entendió el entrevistador al preguntarle por qué se había cortado el pelo: “Ya lo tenía muy largo, estaba cansado. La mujer siempre es que no le gusta que quede así ‘cabecipelao’ porque quedo muy ‘nea’”. Ante la cara de desconcierto del reportero, Rigo tuvo que explicarle que «nea» es sinónimo de «gamín», que significa méndigo o persona que se comporta de manera ordinaria o grosera.

“¿Yo qué voy a saber, ‘güevón’?”. La frase se volvió tendencia en redes y hoy se imprime en camisetas e incluso tiene canción propia.

«Nea» hace parte de una jerga hispana conocida como parlache, originaria de los barrios populares de Medellín. Quienes se han dedicado a estudiar el tema coinciden en que este argot surgió en la década de los ochenta, durante el auge del narcotráfico y la delincuencia organizada en el país. El aumento de la violencia y la pobreza ha sumado nuevas palabras al léxico del parlache durante los últimos años. Solo por citar algunos ejemplos, «matar» tiene equivalentes como «quebrar», «pelar», «quiler», «bajar los brekes», «pasar al papayo», «tumbar», «quiñar», y las cercanas «dar chumbimba», «tronar», «voliar fruta» o «fumigar», utilizadas como sinónimos de «disparar»[1].

En 2006, cuando apareció el primer diccionario del parlache, esta jerga ya contaba con cerca de 2.500 vocablos y términos. La lingüista Luz Stella Castañeda, coautora del diccionario, denomina este argot como un antilenguaje, fruto de un sector históricamente excluido, es decir, de una antisociedad. Eso, sin embargo, no le ha impedido al parlache llegar a otras capas sociales, por lo que hoy no sólo es hablado por jóvenes de las zonas marginales de la capital antioqueña, sino también se ha extendido a otros estratos de la sociedad colombiana. Películas como La vendedora de rosas, La virgen de los sicarios y Rosario tijeras –estas dos últimas adaptadas de las novelas de Fernando Vallejo y Jorge Franco, correspondientemente– también han contribuido a su difusión.

En parlache «matar» tiene equivalentes como «quebrar», «pelar», «quiler», «bajar los brekes», «pasar al papayo», «tumbar», «quiñar»…

«Parcero» o «parce», en referencia al amigo o compinche, es quizás una de las palabras más populares heredadas del parlache. «Visajoso», para describir a una persona que actúa de manera sospechosa, es otro vocablo bastante conocido. Pero si se trata de groserías, la lista supera hasta al más versado en esta jerga: «gonorrea» aparece en primer lugar, pues del prefijo «gono» se derivan insultos como «gonococo», «gonopercubia», «gonopichurria», «gonoplasta», «gonorzobia»…

A raíz de las declaraciones de Rigo, El Tiempo, el periódico de mayor circulación en Colombia, publicó un test que buscaba ‘medir’ qué tanto saben los colombianos del parlache. La iniciativa, sin embargo, provocó todo tipo de reacciones en redes sociales, en especial de lectores indignados por la manera en que esta jerga “degenera nuestro idioma”. Pero, ¿por qué despreciar un fenómeno lingüístico como éste, que podría explicar o, por lo menos, dar luces sobre un capítulo de la historia violenta del país? Al final, no se trata de que un argot arruine o perfeccione la lengua (en su origen, de hecho, las jergas tienen propósitos crípticos dentro de ciertos grupos), sino de lo que su léxico es capaz de revelar.

 

[1] Castañeda Naranjo, Luz Stella, Henao Salazar, José Ignacio (2013): Las huellas de la violencia en el léxico del parlache. En: Vila Rubio, Neus (ed.): De parces y troncos, Edicions de la Universitat de Lleida, pp. 153-169.

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