Posted by on 21 Septiembre, 2016

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El mundo en un diccionario 

728327_1Animada por “la melancolía de las energías no aprovechadas”, la bibliotecaria aragonesa empezó a escribir su diccionario a los 52 años. 

Una buena dosis de ambición y modestia necesitó María Moliner para escribir el Diccionario de uso del español hace medio siglo.

María Paula Laguna 

Sólo un objeto como el diccionario, ese mamotreto indispensable en cualquier biblioteca, puede sostener el universo. Gabriel García Márquez lo comprendió el día en que su abuelo sacó un libro enorme de la estantería para entender y luego explicarle a su nieto la diferencia entre camello y dromedario. “Fue como asomarme al mundo entero por primera vez”, sintió cuando el viejo coronel le puso en el regazo el diccionario desgastado con una imagen de Atlas cargando el universo. “–¿Cuántas palabras habrá? –pregunté. –Todas –dijo el abuelo”.

Difícilmente el mundo entero cabe en sus páginas, pues siempre hay piezas que se escapan, rehúyen o se esconden. Algunas personas, sin embargo, insisten en atraparlas a sabiendas de que la lengua cambia y se renueva en su uso cotidiano. La bibliotecaria aragonesa María Moliner fue una de ellas. Nacida en 1900, escribió uno de los diccionarios más completos y ambiciosos del español: al empezar calculó que tardaría seis meses, pero luego estos se convirtieron en dos años y al final terminaron siendo 15.

El Diccionario de uso del español cumple este año medio siglo de publicación. Con más de 3.000 páginas, García Márquez decía que no sólo superaba en extensión al de la Real Academia de la Lengua, sino que era “más de dos veces mejor”. Si bien, Moliner se basó en los mismos términos de la Academia, su hazaña consistió en acercarse al idioma con intuición y cierto desenfado. Además de evitar definiciones acartonadas, su obra incluye pistas sobre el origen de vocablos y ejemplos para explicar su correcto uso gramatical. La manera en que lo hizo —prácticamente sin ayuda, sentada frente a una máquina de escribir en la mesa del comedor— también ha contribuido a perpetuar su leyenda.

“Fue como asomarme al mundo entero por primera vez”, sintió cuando el viejo coronel le puso en el regazo el diccionario desgastado con una imagen de Atlas cargando el universo.

“Mi biografía es muy escueta, en cuanto a que mi único mérito es el diccionario”, admitió en una entrevista alguna vez. En efecto, el proyecto de Moliner era enorme —“pretendía agarrar al vuelo todas las palabras de la vida”, como escribió García Márquez—, pero al mismo tiempo, o quizás justamente por eso, demandaba mucha paciencia y modestia para entender el mundo que intentaba definir, casi desaparecer para que éste apareciera. Moliner nunca quiso figurar, aunque eso, claro, no justifica que la Academia haya rechazado su candidatura —presentada por los filólogos Rafael Lapesa y Pedro Laín Entralgo— para ocupar uno de sus sillones en 1972, sólo por el hecho de ser mujer. A la larga ese reconocimiento ni falta hizo para que el diccionario se convirtiera simplemente en el María Moliner, como la mayoría lo refiere.

Borges creía que el diccionario y la enciclopedia son el mejor estímulo para la imaginación, pues no sólo consultamos sus páginas para aprender algo nuevo, sino sobre todo para dejarnos provocar. Dicho ejercicio exige ingenuidad y tal vez por eso nos divierten tanto las preguntas y las definiciones de los niños sobre el mundo. El Moliner y los otros mamotretos son capaces de sostener ese universo mas no de contenerlo: son un punto de partida y lo que aún no aparece allí no significa que no exista; sólo falta descubrirlo, tener la astucia suficiente para no dejarlo escapar, como a veces se nos escapan las palabras.

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