El lente con el que miramos

El lente con el que miramos

Mikel Ugarte GilUn edificio ladeado visto a través de un lente mojado es una perfecta analogía de la lengua como un lente que condiciona la imagen que tenemos de la vida.

¿Podemos pensar sin palabras? ¿En qué medida dependemos de ellas? La lengua es un instrumento de conocimento a través del cual aprendemos y nos relacionamos con el mundo.

 

Fernando Cruz Quintana

Cuando reconocemos a todas las lenguas del mundo como sistemas vivientes, aceptamos su ineludible condición existencial, propia de cualquier ser vivo: algún día habrán de morir. ¿Pero qué quiere decir exactamente eso? ¿Qué muere cuándo se extingue una lengua? ¿Solamente desaparecen los vocablos y la gramática o también el mundo y las visiones de él que cada idioma nos brinda?

Si admitimos que la vastedad de las lenguas nos permite nombrar a todas las cosas (materiales y abstractas) y establecer relaciones existenciales (como cuando digo “yo” y me distingo del resto de los elementos diferentes a “mí”), consentimos con ello que con la muerte de nuestros sistemas expresivos el mundo desaparece al mismo tiempo. ¿No tiene entonces la lengua una finalidad de conocimiento además de sus evidentes funciones expresivas? Quizá en la comunicación animal —que existe con independencia de un sistema convencional de signos— se valide la prueba de que la realidad es por sí sola y no necesita de ser nombrada para ocurrir, pero en el actuar de los hombres (quienes «desean por naturaleza saber», Aristóteles dixit) se valida la idea de ser y además conocer y preguntarse por la esencia de la vida.

Si admitimos que la vastedad de las lenguas nos permite nombrar a todas las cosas y establecer relaciones existenciales, consentimos con ello que con la muerte de nuestros sistemas expresivos el mundo desaparece al mismo tiempo.

Octavio Paz reflexiona en El arco y la lira (1956) sobre esta función del lenguaje como   objeto de conocimiento y dice:

“La palabra es el hombre mismo. Estamos hechos de palabras. Ellas son nuestra única realidad o, al menos, el único testimonio de nuestra realidad. No hay pensamiento sin lenguaje, ni tampoco objeto de conocimiento: lo primero que hace el hombre frente a una realidad desconocida es nombrarla, bautizarla. Lo que ignoramos es lo innombrado. Todo aprendizaje principia como enseñanza de los verdaderos nombres de las cosas y termina con la revelación de la palabra-llave que nos abrirá la puerta del saber. O con la confesión de la ignorancia: el silencio.”[i]

Quizá sea cierto el hecho de no poder pensar sin palabras que refiere Paz, y si existen otras maneras de evocar la vida en la mente, éstas tienen características opuestas a la precisión de la lengua. Aquellas personas que han dicho experimentar realidades extrasensoriales o divinas, o quienes han alcanzado momentos epifánicos, frecuentemente se enfrentan a la imposibilidad de comunicar esos conocimientos por medio del habla; todas esas experiencias inefables no se pueden conocer más que de modo vivencial.

Si aceptamos que la vida es incluso antes de nombrarla, entonces la lengua es el lente a través de donde miramos. No es algo banal el hecho de que algunos idiomas puedan distinguir un género entre sus sustantivos: no es lo mismo hablar de «una bicicleta», «un velo» o «the bicycle». La clasificación genérica, producto de convencionalismo culturales, descansa en normativas gramaticales y modifica nuestra clarividencia. ¡Qué percepción tan diferente aquella que no distingue características masculinas y femeninas en los objetos! De igual manera, no es algo trivial el hecho de que algunas palabras o expresiones no alcancen a traducirse literalmente. Al trasladar expresiones de una lengua a otra no bastan —y no siempre existen— las equivalencias obvias; se necesita encontrar los giros idiomáticos adecuados que respeten la esencia de las expresiones originarias.

Por un lado tenemos las características distintivas de cada idioma en particular, pero también es cierto que hay muchos elementos estructurales que son una constante y nos permiten —de manera no menos asombrosa que cuando es imposible traducir— expresarnos con sistemas distintos a los nuestros. Todas las lenguas se asemejan por ser productos de convenciones sociales establecidas, y éstas son susceptibles de modificarse con el paso del tiempo, siempre en virtud del uso y el entendimiento de los hablantes.

Si aceptamos que la vida es incluso antes de nombrarla, entonces la lengua es el lente a través de donde miramos.

No nos confundamos: que las palabras sean vistas como instrumentos de comunicación y conocimiento no niega la posibilidad de reconocerlas también como motivo de deleite o goce. Los grandes artífices de la lengua son aquellos que encuentran el término justo para lo que quieren decir, o que ¡pueden hacer decir a las palabras más que sólo su significado literal! La poesía, bajada de su pedestal y grandilocuencia, puede ser entendida como una herramienta que afina o amplia las capacidades significadoras de un idioma.

Si la duda persiste en torno a las utilidades de conocimiento de la lengua, basta observar su función metalingüística, en donde los vocablos se desdoblan en sí mismos para auto-explicarse. ¡La única manera de saber la definición de una palabra es por medio de la utilización de las palabras!

 

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[i] Paz, Octavio (2006). El arco y la lira. Fondo de Cultura Económica: México. p. 30.