De refranes y verdades

Al nopal sólo se le arriman cuando tiene tunas
“Al nopal sólo se le arriman cuando tiene tunas” dice un sabio refrán mexicano que nos habla de las personas que se nos acercan sólo por interés.

¿Qué sabias voces habrán inventado los refranes que repetimos todos los días y que parecen esconder verdades irrefutables? Karla Cortés Valladolid reflexiona sobre su propia experiencia con estas curiosidades de nuestro habla cotidiano.

Karla Cortés Valladolid

En la preparatoria mis amigas decían que era refranera porque a cada situación podía responder con alguno de los refranes de mi biblioteca mental. Tan era así, que si alguna nos empezaba a relatar una situación como que su tía andaba muy preocupada por las amistades de su hijo, yo le podía responder “es que ya ves que el que con lobos anda, a aullar se enseña”; si, por el contrario, me decía que su primo desde chico había sido relajiento, lo más seguro era que le hubiera respondido con un “árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza”.

No sé si mi afinidad por los refranes venga por herencia de mis abuelos y la sabiduría de pueblo con la que veían el mundo —ya saben lo que dicen, “del tal palo, tal astilla”—, pero tal vez los refranes me gustan por la simpleza con la que pueden expresar nociones complejas de la vida y aterrizarlas en figuras que nos es fácil visualizar y vincular con lo que vivimos. Estas pequeñas expresiones encierran un saber profundo sobre lo bueno y lo malo que nos pasa, y son tan variopintas que incluso hay una autorreferencial: “para todo mal un refrán, para todo bien, también”. ¡Cuánta sabiduría depositada en ecos pasados que repetimos mecánicamente! ¿A poco no hemos llegado a sentir que apestamos cuando llevamos tres días de arrimados?, ¿desmoralizados por no ver a ese amigo ‘leal’ cuando estuvimos en la cárcel o en el hospital? ¿O reconfortados cuando lo que no fue en nuestro año no fue en nuestro daño? Y es que no hay nada más cierto que saber que “en apuros y en afanes, aconsejan los refranes”.

Ya explicaba mi abuelo cada que tenía oportunidad: “Los refranes no los compuso ningún tonto”. A su aseveración puedo sumar una fórmula de mi repertorio: “La persona curiosa siempre tiene un refrán en su boca”. El creador del refrán, además de requerir agudeza mental, picardía y habilidad para la rima, necesita de una gran sensibilidad frente a lo que pasa en el entorno y una capacidad interpretativa y de síntesis que en los casos mejor logrados raya en lo poético y filosófico pues “el que habla con refranes es un saco de verdades”.

Si los refranes son portadores de verdades que nos son simples, profundas e irrefutables no sólo se debe a su estructura sencilla generalmente conformada de dos premisas, una alusiva a una causa y la otra a una consecuencia, o por las enseñanzas que nos dejan al ser saberes colectivos que se van transmitiendo, sino a que éstos a menudo hacen referencia a situaciones, actividades, objetos y elementos que son parte de nuestra cotidianidad o que, por lo menos, alguna vez lo fueron. Por ejemplo, conozco uno que habla de arrieros: “Mal arriero o buen arriero, la cama tiende primero” y sé también por voz de José Alfredo que “un arriero [le dijo] que no hay que llegar primero sino hay que saber llegar”. 

La naturaleza con sus animales, plantas y fenómenos particulares y los objetos y utensilios que usamos en nuestra cotidianidad también son susceptibles de construir un refrán; los buenos y malos hábitos, las virtudes y los pecados; Dios, el diablo, la suegra y hasta el Sancho, todo cabe en un refrán sabiéndolo acomodar.

Si bien “de refranes y cantares tiene el pueblo mil millares”, y el entorno es su fuente inagotable de inspiración, éstos vienen de un tiempo diferente al nuestro, uno en el que observábamos, y porque observábamos era que podíamos traducir y explicar la vida a partir de lo que ésta, por medio de acciones simples pero tangibles, nos enseñaba.  

Como explican Samuel Flores-Huerta y Rubén D. Flores en la introducción del Compendio de dichos y refranes, mientras las enseñanzas de los dichos sigan vigentes y las circunstancias en donde se aplican también, los refranes perdurarán en el tiempo o cambiarán su forma para seguir siendo comprensibles, “Mas si el mensaje de los dichos ya no empata con éstas, es decir, ya no refleja la vida diaria, entonces los refranes se tornan obsoletos y la gente los olvida”[1]. Aun cuando las palabras utilizadas en un dicho pueden extinguirse, el refrán puede perdurar en tanto sea portador de valor y se siga repitiendo, pues “saber de refranes poco cuesta y mucho vale”.


[1] Samuel Flores-Huerta, Dichos o refranes, compendio temático, p.23