Posted by on 19 Abril, 2017

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“Entre el clavel y la rosa, usted escoja”. Notas sobre el albur


El albur se inserta en la cotidianidad; es en la calle donde encuentra su forma. 

 

En el albur mexicano podemos encontrar dos caminos: por un lado el de la humillación y el maltrato; por otro, el del ingenio lingüístico.

 

Luis Ángel Rodríguez Bejarano

Qué poco expresa la definición de albur que ofrece la RAE: “Juego de palabras de doble sentido”; por supuesto, cualquier mexicano sabe que al menos intenta describir una parte de la función de este término; esto es, la más básica y la menos ofensiva. Lo que no dice la RAE es que funciona de muchas maneras: como arma a favor del bullying, como antídoto para la falta de sociabilización, como posibilidad para alimentar el conocimiento y como lanza en favor de la discriminación a las mujeres y los homosexuales.

Son, pues, metáforas constantes, eufemismos, alusiones, dilogías y muchas figuras retóricas más, pero de lo que se trata es de ningunear al otro y, al mismo tiempo, de conocerlo mejor.

Las funciones que describe este concepto se encuentran también en el terreno de la ironía (donde se dice algo para que el otro entienda otra cosa)  para triunfar, primero, con la ambigüedad; es decir que el otro no note que está siendo albureado; y segundo, con el agotamiento de los recursos del oponente. Son, pues, metáforas constantes, eufemismos, alusiones, dilogías y muchas figuras retóricas más, pero de lo que se trata es de ningunear al otro y, al mismo tiempo, de conocerlo mejor.

Además de lo señalado antes, albur refiere a un pez español, específicamente del Mediterráneo; lo anterior, por supuesto, no nos dice nada pues en México, donde este invento lingüístico cobra particular sentido, es un concurso machista en el que la idea es ganarle al otro, divertirlo para, finalmente, humillarlo. Es la demostración de que se sabe más que el otro. En una conversación cotidiana, el albur es repentino (tal vez como el pez que salta del fondo del mar), nunca es planeado y se presenta de las formas más dispares.

Por ejemplo, si dos personas (generalmente hombres) están comiendo, digamos cabeza de res, el albur se presenta fácilmente: “¿Quieres cabeza de res?”, “chupa limón”. En este diálogo aparentemente incoherente se asoma la verdad. La primera persona, que inicia el duelo(la cabeza = del pene o el pene completo), y el otro, que se defiende, contesta rápidamente (chupa el mío). La duración de este juego depende de la habilidad lingüística de los participantes; es decir, termina cuando a alguno no le queden más recursos lingüísticos para contestar.

“Échame el recto que yo te lo cabeceo”, lo que significa que esquivará, con el movimiento de cabeza, el golpe directo del oponente.

En otro ejemplo, deportivo en este caso, cuando un boxeador es incapaz de dominar algunos golpes de esta disciplina, el entrenador le dice “a ver, échame el recto que yo te lo cabeceo” lo que indica que esquivará, con el movimiento de cabeza, el golpe directo del oponente. Para el lector poco entrenado en este ajedrez mental, como lo llama Lourdes Ruiz, excampeona nacional de albures, puede explicarse así: el albureador (llamémosle así) penetra (con la cabeza del pene) por el recto del albureado.

Por otro lado, existe un argumento, bastante endeble si se analiza el contenido de todo el catálogo de albures, que iguala a las mujeres con los hombres por el sólo hecho de aprender a alburear: en realidad no es más que una defensa, la única a la que podrían recurrir las mujeres, ante los ataques verbales de los hombres. El hecho de que las mujeres participen en el albur no lo hace feminista ni igualitario porque, en general, los albures de mujeres son una sustitución de elementos originalmente masculinos.

Estos ejemplos y las reflexiones obtenidas de los mismos marcan una diferencia importante: son parte del lenguaje y la cultura mexicana, afortunada y desafortunadamente. Al final se aprecian ambos oponentes: en una esquina la interacción con los otros, el ingenio, el conocimiento, la destreza casi poética; en la otra, la discriminación por el lenguaje en que la exclusión y vejación son la norma.

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