Había una vez un niño…

Con un dejo paradójico de nostalgia y júbilo, Martha Álvarez reseña la colección de libros Había una vez un niño… del autor australiano Oliver Jeffers

Martha Álvarez

Hasta antes de ser mamá yo no leía libros para niños porque son infantiles y qué flojera. Pero después descubrí este tipo de literatura como el lugar ideal para reencontrar mi imaginación perdida, para alentar ideas creativas y, sobre todo, para darme cuenta de que lo importante se puede decir de formas muy amables.

He encontrado en los libros para niños un
montón de bondades que les quiero compartir y que no quiero que nadie se
pierda, ni los adultos obtusos ni los niños en pleno proceso de domesticación;
entre esas bondades, en primer lugar, encuentro que aleccionan a quienes con
mirada adultocéntrica desprecian lo infantil.

Hay libros que de tan bonitos nos vuelven
humildes y nos obligan a reconocer que a veces necesitamos con urgencia
recordar nociones básicas para convivir en el mundo con los demás y esos
libros, ya no tengo duda, son los dedicados a la niñez.

Y
no me refiero a que en las historias dedicadas a los pequeños hallemos valores
morales que inculcar o motivos pedagógicos que enseñar —que los hay sin duda y
en algunos casos, malogrados porque lo hacen de manera obvia—, me refiero más
bien a que ahí, en esas historias, podemos creer que las estrellas son
alcanzables, que podemos viajar en un mismo día a la luna o que podemos
estrechar lazos de amistad con un pingüino que nos quiere.­­­

Les contaré aquí de tres libros, de los primeros que leí a mi hijo mayor y que llevo leyendo más o menos cinco años de forma intermitente. Se trata de Había una vez un niño… una trilogía escrita e ilustrada por el artista visual y narrador Oliver Jeffers, australiano de nacimiento pero radicado en Brooklyn, NY, integrada por Perdido y encontrado, Cómo atrapar una estrella y De vuelta a casa, editados por el Fondo de Cultura Económica para su bella colección de literatura infantil y juvenil A la orilla del viento.

Perdido y encontrado (2005) narra la inaudita historia de un
niño que al abrir la puerta de su casa encuentra justo ahí, un pingüino. El
pequeño no entiende de dónde viene pero se da cuenta de su tristeza y se
pregunta a qué se deberá ese estado de ánimo, él supone que su tristeza obedece a que está perdido y se
propone ayudarle a volver a casa.

Nuestro pequeño protagonista busca por todos lados la casa del pingüino, le pregunta a unos pájaros y a su pato de hule, nadie sabe nada; al fin averigua que los pingüinos viven en el Polo Sur y decide llevarlo. Emprende un viaje en bote equipado con todo lo que creyó necesario para la travesía; rema al sur durante días, surcan altas olas y mares tranquilos hasta arribar a su destino. El niño está feliz por ayudar a su amigo pero el pingüino está aún más triste.

Durante el viaje de regreso a casa, en
soledad, el niño se da cuenta del error que cometió al dejar al pingüino,
porque en realidad su amigo no estaba perdido ni triste, se sentía solo, como
él. Esta breve historia fue una sorpresa para mí por la sutileza con la que
muestra empatía y fuerza de carácter.

La metáfora del viaje marítimo funciona
con mucha inteligencia en esta narración que prepara al lector para mostrarle
que a veces para lidiar con la ausencia del otro al que queremos, con la
soledad y con la tristeza, es necesaria la valentía y la determinación,
virtudes que el pequeño mostró aún sin darse
cuenta; todo, para reencontrar a su extraño amigo. Si sumamos a esto las
ilustraciones y caligrafía del propio Jeffers tenemos un conjunto complejo en
su sencillez y encanto.

Cómo atrapar una estrella (2005) cuenta los descabellados planes de un pequeño para adueñarse de una de las estrellas que noche a noche ve por su ventana. Al imaginar que esa estrella sería su mejor amiga y pasearía con ella, brincó muy alto, lo más alto que pudo, trepó árboles altísimos, le lanzó un salvavidas, quiso usar su nave espacial pero estaba sin gasolina —pues vació el tanque en uno de sus viajes a la Luna—, incluso pidió ayuda a una gaviota pero ésta lo ignoró.

Al mirar el reflejo de una estrella en el
mar intentó con ahínco atraparla, sin embargo, fracasó también ¿Quizá salió del agua a dar un paseo a
la playa? Corrió hacia la arena y ahí estaba: una estrella de mar sólo para él. Miren, si esto no es ternura no sé
qué lo sea, y así son los niños que aún tras varios fracasos persisten en la
búsqueda de sus sueños porque éstos no son imposibles, ni absurdos, ni bobos,
son suyos, son sus sueños.

Tengo la impresión de que este cuento es más para los adultos que para los niños, tenemos que aprender a respetar y validar las ideas infantiles, quitar a lo infantil ese tufo peyorativo y desdeñoso. Me pareció fascinante en esta historia la franca capacidad de adaptación de los pequeños, es decir, pese a sus muchos esfuerzos el protagonista no consiguió una estrella del cielo, pero no se frustró, sino que reconoció sus límites y aceptó que una estrella de mar está bien, fue suficiente y satisfactorio. Encuentro que ésta es otra lección para los adultos permanentemente insatisfechos y frustrados.

Por último, les cuento de De vuelta a casa (2007), una historia igual de breve y tierna que las anteriores pero además es divertida, tiene un sentido del humor brillante, nos muestra a un autor que respeta a sus lectores y eso siempre es de agradecerse. En esta aventura, el protagonista encontró un avión en su ropero y qué más iba a hacer con él si no volar. Y voló, por supuesto, de inmediato, tan alto que se quedó sin combustible y tuvo que estacionarlo en la Luna ¿dónde más?

Se hallaba solo, temeroso; y, para mal mayor, su linterna se quedó sin pilas. Afortunadamente, alguien más estaba en su misma situación: un marcianito cuya nave se quedó sin motor y aterrizó también en la Luna; ahora los asustados eran dos, de manera que ya no estaban solos y en equipo idearon formas de resolver sus dilemas. Por supuesto, los resolvieron de la manera más insólita, para luego cada uno tomar su propio camino.

Estos tres cuentos, de los primeros en la
fructífera bibliografía del multipremiado Oliver Jeffers[1], que enlista más de una veintena de
libros, son un buen comienzo para pequeños desde tres años e ideales para
preescolares que empiezan a leer, pero sobre todo son perfectos para quienes
decidan iniciarse en la lectura para niños. Además, leer a pequeños es una
verdadera delicia por su buena escucha y sus inquietantes intervenciones.

Quizá la mayor virtud que he encontrado
en los libros para niños es que fomentan con cierta ligereza y simplicidad el
pensamiento abstracto en mentes ávidas de aprehender el mundo —aún mínimo— en
el que viven.

No me interesa aquí decir que leer a los niños es bueno y está bien porque leer es lo máximo —hay suficiente literatura al respecto—, ni me interesan las discusiones morales en torno a la lectura; lo que sí me interesa mucho es decirles que para mí, leer con mis niños ha sido una bella forma de entablar complicidades y vínculos fuertes. Hemos abierto una ventana que les muestra su infinita capacidad para imaginar mundos imposibles pero verosímiles, y ahí puede cimentarse un buen futuro.     

Había una vez un niño…

Oliver Jeffers

México: Fondo de Cultura Económica 2009




A la palabra no le hace falta música

Somos lengua es la segunda película del escritor y cineasta Kyzza Terrazas

Una película documental retrata distintas caras del rap mexicano, y en todas ellas se muestra sin ambages el poder de las palabras.

Thania Aguilar

Una pluma, un papel y unos pulmones que resistan el madrazo de ideas. Porque a diferencia de otros géneros, el rap se debe por completo a la palabra. Sí, los beats y las mezclas son básicos para marcar el ritmo. Pero si para otros son indispensables las horas de práctica, el equipo o la inversión económica —nadie nace sabiendo cómo demonios se toca el chelo—, para rapear “sólo hace falta tener una laringe”.

Lo decían Foster Wallace y Mark Costello en un famoso ensayo acerca de la escena del hip hop de los noventa en Boston, pero es algo que también Kyzza Terrazas  hace evidente a través de los más de cincuenta testimonios de raperos de distintas partes de la República mexicana en Somos lengua, documental de 2016 que fue nominado al Ariel en la categoría de “Mejor largometraje documental” ese mismo año. En una empresa que arrancó en 2012, el director rescata, de Ecatepec a Torreón, de Gómez Palacio a la Ciudad de México, distintas voces que forman parte de un mapa incompleto, pero genuino y representativo, de lo que sucede con la escena del hip hop en el país.

Así, somos testigos de las batallas de gallos más concurridas e importantes del norte, de los conciertos masivos de raperos que se desbordaron de fama gracias a MySpace, de reuniones cuyo único objetivo es tirar rimas con los hommies. Escuchamos lo que para cada uno de los MC a cuadro significa las competencias, la vida en chinga, la violencia, la rima y el flow, lo que significa una hoja en blanco y una cabeza atestada de hostilidades cotidianas. 

Más que proponer una narrativa, Somos lengua construye una propuesta coral de quienes han sido golpeados por la violencia de una guerra contra el narcotráfico de secuelas lentas y encuentran en el hip hop una forma de entenderse, entender y recuperar el mundo para sí mismos. Y aún con ello, Terrazas ha comentado en distintas entrevistas que no es sólo un pretexto para hablar de la realidad del país o un momento histórico, sino que la intención era hablar del poder que tiene la palabra en la vida y su importancia.

El de Kyzza —asesorado por Feli Dávalos, una de las voces expertas del género en México— más que un ojo que busca registrar un momento, es un ojo que ensaya. Una mirada que pone en el foco a la oralidad. A la palabra cruda, que dispara y escupe y, en ese proceso, se adueña de un discurso que resuena y reflexiona en torno a sí: “Vivo en un lugar no muy distinto al tuyo, que me llena de vergüenza tanto como de orgullo. Donde tu vida peligra a cada segundo, otro rincón olvidado del mundo”, leerá el rapero Aczino en una de las primeras versiones del que sería el sexto track, “Bienvenido a mi barrio”, de su disco Inspiración divina.

Y es una condición curiosa la del rap en el hip hop. Porque la del hip hop es la palabra austera, llana. La que se arranca de las calles, las pandillas y la violencia para posicionarse en el mundo. La que admite y sabe que, más que cualquier otra cosa, estamos hechos de habla y lenguaje. 

Somos lengua

Dir. Kyzza Terrazas

México: Viento del Norte Cine, Bambú Audiovisual, Cacerola Films, MrWoo y TV UNAM, 2016




Bienes comunes: 150 años de la Biblioteca Nacional de México en 150 objetos

La Biblioteca Nacional de México se trasladó en 1979 al recinto que la alberga actualmente y que se encuentra en el Centro Cultural Universitario de Ciudad Universitaria.

La Biblioteca Nacional de México concluyó sus celebraciones por los 150 años de existencia con la edición de un hermoso libro que da cuenta de su historia centenaria.

 

Fernando Cruz Quintana

En 1867, un decreto del entonces presidente, Benito Juárez, dio pie a la creación de la Biblioteca Nacional de México en el antiguo Templo de San Agustín. Ciento cincuenta años han pasado desde la inauguración del recinto bibliográfico más importante del país y para conmemorar tal aniversario, el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM[1] editó un hermoso libro conmemorativo: Bienes comunes: 150 años de la Biblioteca Nacional de México en 150 objetos.

Muchas culturas en el mundo celebramos ritualmente nuestro nuestro paso en el tiempo. No solo festejamos nuestros cumpleaños, sino también aquellos de los objetos y recintos que acompañan nuestra existencia. Estas conmemoraciones producen capítulos de nostalgia y añoranza que se alojan en la mente y pueden ser exteriorizadas a través de anécdotas y relatos. Siempre que podemos estamos contándonos quiénes hemos sido, casi como si existeria un miedo latente a ser olvidados.

La palabra escrita constituye una de las mejores herramientas para evitar el olvido. Todos nuestros textos representan una huella fehaciente de algún momento de nuestra existencia; la escritura resuelve la imperfección perecedera que tiene nuestra voz. Gracias a esta mayor permanencia en el tiempo, los libros son vehículos que tienden lazos temporales con nuestro pasado, y las distintas Bibliotecas que los alojan tienen entonces la labor de perpetuar la historia bibliográfica del país en el que se encuentran.

Ciento cincuenta años han pasado desde la creación del recinto bibliográfico más importante del país y para conmemorar tal aniversario, el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM editó Bienes comunes: 150 años de la Biblioteca Nacional de México en 150 objetos.

Si cualquier texto es un pedazo del tiempo congelado en palabras, Bienes comunes es un libro meta que invita a un doble ejercicio de memoria: resalta la importancia y la longevidad de la Biblioteca Nacional, que es el principal recinto que resguarda la mayor cantidad de obras de la historia bibliográfica de México. ¡Un libro que relata —a través de objetos— la historia contenida en 150 años de conservar y preservar libros!

El contenido de Bienes comunes no se presenta a manera de un sesudo y denso estudio historiográfico en el que se dé cuenta del peso de los años en la institución. Tampoco la obra trata sobre las personalidades más influyentes que han deambulado por las filas de los diferentes recintos que han albergado a la Biblioteca Nacional. La propuesta coordinada por el doctor Pablo Mora-Pérez Tejada, director del Instituto de Investigaciones Bibliográficas, prefirió darle protagonismo a 150 objetos que de algún u otro modo son representativos de la institución y que fueron elegidos por técnicos e investigadores del Instituto.

Este modelo de contar la historia con objetos es ya una tradición de algunos de los principales recintos culturales del mundo. En A History of the World in 100 objects, Neil MacGregor, director del Museo Británico, expone con un ejecicio inductivo la grandeza de la cultura humana alojada en pedacitos de la institución que él mismo dirige. Misma situación puede decirse de The Smithsonian’s History of America in 101 Objects, de Richard Kurin o bien de 100 chefs-d’oeuvre du Louvre racontent une histoire du monde, de Adrien Goetz, ambas obras, por medio de objetos alojados en los Museos Nacional de Historia Estadounidense y del Louvre, cuentan la historia de los Estados Unidos y del famoso museo parisino.

Los 150 objetos de Bienes comunes hablan no solo de la Institución con mayúscula; presentan también muchos de los recovecos y nimiedades que solo conocen quienes han trabajado o se han sido usuarios de la Biblioteca. Ejemplos de estas 150 piezas son el carrito transportador de libros, las marcas de fuego de libros antiguos, algunos documentos de la historia de México, imprentas, exlibris, vitrales, etc. Una escultura de Alexander von Humboldt es tan importante en esta obra como El Quijote en braile o el sitio en línea de la Biblioteca. Todos los objetos hablan de algún modo de parte de la historia del recinto.

Los coleccionistas y los bibliófilos sabrán apreciar de manera especial el amor que aquellos que trabajan en la Biblioteca Nacional han puesto en esta obra. Bienes comunes completa las celebraciones de los 150 años de la Biblioteca Nacional de México y es un libro que conmemora la historia y la vida diaria de una de las instituciones de la memoria más importantes del país.

 

 

Bienes comunes: 15o años de la Biblioteca Nacional de México en 150 objetos

Pablo Mora (coord.)

México: Instituto de Investigaciones Bibliográficas -UNAM, 2017.

 

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Notas.

 

[1] El Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM es la institución que se encarga de la administración y el estudio de los acervos de la Biblioteca Nacional de México.




La lingüista que olvidó las palabras

Siempre Alice aborda el mal de Alzheimer desde la perspectiva de una mujer que ha dedicado toda su vida a estudiar el lenguaje. Esta cinta estadounidense le mereció a su protagonista, Julianne Moore, el Óscar a Mejor Actriz en 2015. 

 

Luis Ángel Rodríguez Bejarano

Alice Howland, Doctora en lingüística, madre de tres hijos y exitosa profesora universitaria, comienza a perder la noción del tiempo, las cosas, la familia, y se desorienta. A sus 50 años, descubre que tiene una fase temprana de Alzheimer. Desconcertada, esconde la información a sus hijos y esposo hasta que se torna imposible. La enfermedad la acerca con algunos miembros de su familia, la separa de otros, para dejarnos al final, con la compañía de la hija rebelde (Kristen Steward) junto a la madre enferma y desprotegida (Julianne Moore). Este es el argumento de la película Siempre Alice (Still Alice) basada en la novela de Lisa Genova.

El mal de Alzheimer comienza con olvidos que hacen que la persona no pueda disfrutar, por ejemplo, de pasatiempos permanentes. Su vida, por supuesto, cambia. El enfermo debe adaptarse a nuevos hábitos y, en última instancia, luchar por reaprender el mundo. Este encuentro con toda su vida termina en la derrota, pues se pierde en un laberinto donde todo se confunde.

El área de especialidad de la Dra. Howland es la adquisición del lenguaje; es decir, cómo y por qué los niños aprenden ciertas palabras antes que otras. En un mensaje semánticamente obvio, los directores (Richard Glatzer y Wash West) hacen que la profesora pierda la capacidad de expresarse sobre cosas simples, mientras, en sus clases, habla de la lengua en el contexto infantil. Esto es: la autora regresa casi a la niñez porque no puede expresar lo que quiere.

Lo mejor sobre esta película, además de la actuación de Julianne Moore, es concentrarse en ese halo que hace que la memoria se pierda y cómo los personajes secundarios se van infectando de esa enfermedad.

La frustración que ronda la película, más allá del dolor, es por la poca comunicación que los protagonistas tienen. Es un acierto que a medida que ella enferma, el esposo se aleja y se cambia a una nueva ciudad por cuestiones de trabajo. La hija menor, que vive al otro lado del país, regresa para encontrarse de nuevo con su madre y cuidarla en la peor fase de la enfermedad. Los hermanos se tratan como desconocidos y el acercamiento entre ellos es nulo.

Lo mejor sobre esta película, además de la actuación de Julianne Moore, es concentrarse en ese halo que hace que la memoria se pierda y cómo los personajes secundarios se van infectando de esa enfermedad. Si bien es cierto que encuentran un poco de tranquilidad (la hija regresa al lado de su madre), la historia nunca termina de desarrollarse, no hay un final concreto. Esto, que es una falla del director y del guionista, parece un guiño más de una comunicación incompleta, como si el lenguaje se cortara súbitamente, de la misma manera que la Dra. Howland pierde las palabras.

 

Still Alice (Siempre Alice)

Directores: Richard Glatzer y Wash Westmoreland

Estados Unidos, Sony Pictures Classics, 2014.




N, la aplicación de Jorge Drexler

Esta imagen representa un juego en donde el apellido Drexler está escrito a la usanza de los códigos matemáticos.

Con la aplicanción N, Jorge Drexler ofrece un contenido cultural a medio paso entre la literatura, la música y la innovación tecnológica.

 

Fernando Cruz Quintana

En un artículo ya clásico de la teoría literaria, “La muerte del autor”, Roland Barthes decretó la defunción metafórica de los creadores en pro de la reivindicación del texto y el papel activo de los lectores. La premisa del semiólogo francés señala que las ideas contenidas en una obra, lejos de ser una expresión inamovible, dependen de los múltiples lectores que las reactivan de diversas maneras. Por medio de una aplicación para dispositivos inteligentes intitulada N, Jorge Drexler y la empresa tecnológica Wakeapp llevan esta idea del fallecimiento del autor a su expresión más extrema.

Una de las posibilidades más interesantes que han añadido algunos ejemplos editoriales al tema de la lectura en formatos digitales es la reinvención del papel de los lectores. Aunque los consumidores de libros tengan un evidente papel activo, esa participación casi nunca es tal que sean ellos quienes decidan el curso textual de las obras que tienen en sus manos. No en un ambiente literario, pero sí en uno musical, N replantea aquel esquema de consumo en el que un escucha se deleitaba —pasiva y contemplativamente— con las canciones de sus artistas favoritos.

Más que proponer la muerte del autor, esta aplicación (o aplicanción) lleva a un nivel más avanzado la idea barthesiana y propone el nacimiento del consumidor-autor. N contiene tres canciones: “N1”, “N2” y “N3”, mismas que fueron entregadas de manera gradual para utilizarse dentro de la app; en este texto se analiza solamente el caso de “N1” o también llamada “Habitación 316”. Esta pieza musical de Jorge Drexler permite a los usuarios crear, dentro de 1,000,000,000,000,000,000,000,000,000 de opciones (10 elevado a la potencia 27), la canción que escuchan. La historia que se cuenta sin modificar nada a la composición, y también en aquellas donde los usuarios modifican el orden del contenido, expresa la historia de dos desconocidos en un cuarto de hotel y las múltiples maneras en que ambos se pueden encontrar.

El método con el que opera “N1” es sencillo y ocurre al mismo tiempo en que se reproduce la melodía: mientras avanza la pista, se puede cambiar el contenido de los estribillos o de las estrofas, así como decidir si la canción se reproducirá con muchos instrumentos o simplemente con las guitarras y la voz. El resultado, lejos de ser un producto azaroso, responde a una decisión consciente de elegir entre el océano numérico de opciones. ¿Cuándo un lector/usuario/consumidor había tenido tanto poder creativo?

No es la primera vez que Jorge Drexler muestra su interés por trabajar de un modo especial la forma de sus composiciones: ya sea que cree sonetos perfectos, que concluya sus versos con esdrújulas y alargue la sonoridad de sus canciones, una de las características de su trabajo es la reflexión constante sobre el lenguaje mismo. Con “N1”, el compositor uruguayo traslada su trabajo creativo hacia la relación de las palabras y los números. El grado de incertidumbre presente en “N1” se asemeja bastante al que tenemos nosotros, hablantes, a la hora en que decidimos expresarnos: ¿No son nuestras oraciones producto de una elección entre un número finito de posibilidades? Todo depende de la competencia lingüística de cada persona.

Aunque los derroteros de la escritura, el consumo y la lectura digitales sean inciertos, nuevas maneras de aproximarnos a ellas son posibles en este contexto tecnológico. ¿Qué ocurre con los autores en esta era digital? Su muerte probablemente ya no sea metafórica sino virtual.