Secreta e involuntaria adoración a los dioses (O sobre el bautizo de los días de la semana)

  

Entre 1482 y 1486, Sandro Boticelli pintó su obra El nacimiento de Venus.

Aunque algunas culturas se encuentren distantes en el tiempo, a veces su legado permanece subrepticiamente entre las cosas más cotidianas. El nombre de los días de la semana que utilizamos actualmente es muestra de los anterior.

Ivonne Pánico Bressant

En la actualidad la forma del español ha sufrido un gran sincretismo cultural: a lo largo de su construcción se adoptaron vocablos de múltiples culturas y sus formas fueron evolucionando a través de los siglos en las diferentes regiones de la Península Ibérica en donde se hablaba. Aunque existe un débito importante con el árabe, el latín vulgar de Roma fue el que sentó las bases de cómo se hablaría el español, pues las variedades latinas en la zona central de Hispania fueron las que dieron origen a esta lengua.

Al utilizar
palabras tan cotidianas como las que nombran a los días de la semana, revivimos
las creencias de antiguas civilizaciones. Sin darnos cuenta, nos expresamos con
indicios manifiestos de creencias religiosas politeístas antiguas y del
cristianismo implantado durante el imperio romano alrededor del año 380 d.C.

La denominación de los días de la semana, tal y como es empleada en la actualidad, se formó como culto a los siete astros que los antiguos romanos podían observar en el cielo y que representaban a sus dioses. Con excepción del fin de semana, en donde el judeocristianismo logró desplazar a los dioses de la cultura romana.

En latín,
el “dies Lunae era el
día consagrado a Luna, la segunda divinidad más grande después del Sol, este
vocablo evolucionó como “dilluns”, y después en
español “lunes”. El martes, se decía “dies Martis” de Marte, el planeta rojo, el color de la sangre, y del
dios de la guerra que llevaba el mismo nombre. El miércoles era nombrado como “dies Mercuri” en honor a Mercurio que, principalmente era adorado como
dios del comercio y al cual se le denominó de esa manera por
el vocablo latino merx que significa
mercancía. Por su parte, el jueves, entonces nombrado como “dies Iovis”, estaba
dedicado a Júpiter: el dios supremo de la mitología romana, dios de la luz, de
las nubes, de la lluvia y de los cielos, caracterizado por utilizar el rayo
como arma. El viernes, “dies veneris, era el día del amor
en alusión a la diosa Venus.

El sábado y
el domingo, hasta antes de que llegaran las influencias judeocristianas a Roma, fueron nombrados como “dies Saturni” en honor
a Saturno, dios de la agricultura y de la cosecha, y “dies Solis” por ser el día del Sol, respectivamente; estas raíces se
quedaron en inglés, por ello se nombran como “saturday
y “sunday” al sexto y séptimo día de la semana. Sin embargo, cuando
se instauró el judeocristianismo en Roma concluyó esta concepción del culto a
los dioses romanos y los últimos días de la semana se consideraron sagrados.

Para el
sábado, primero se tomó el vocablo hebreo “shabat, derivado del verbo “shâbath
que significa “cesar”, y después en su forma latina “sabbătum”, como “día de
reposo”. Esto es así ya que para los judíos, de acuerdo con el Génesis bíblico,
el séptimo día de la semana corresponde a aquel en el que Dios descansó después
de crear el mundo. El domingo se formó de la
concepción cristiana de la palabra “dominica”,que significa
“día del señor, cuando Jesús
resucitó.

Durante
la desaparición de la religión politeísta y la implantación del cristianismo,
en el imperio romano coexistieron diferentes creencias religiosas, de modo que
para los cristianos y los judíos el sábado era el séptimo día de la semana, de
reposo y día del Señor, mientras que los adoradores de antiguos dioses romanos
guardaban el domingo como jornada dedicada al culto al sol.

Esto dio lugar a que el emperador Constantino I, al tratar de unir ambas creencias y con el fin de evitar más luchas internas, decretara la tolerancia religiosa en el año 321 d. C. En el decreto señaló que el día de reposo sería el «venerable día del sol» y que ese día las siembras recibirían «el beneficio concedido por la celestial providencia», disposición con la que se dejaba entrever la permanencia de convicción antigua del emperador. Es posible que, debido a dicha libertad de creencia, los hablantes anglosajones conservaran las palabras con su sentido religioso antiguo: “saturday y “sunday”.

En
diferentes lenguas, los días de la semana se nombran de manera distinta, sin
embargo, sus orígenes son muy similares: recordando que la palabra semana viene
del latín “septimana, que significa “siete días”, resultó que de manera lógica se
nombrara a cada día de acuerdo al lugar que ocupa dentro de la misma, como en
el  caso del portugués, en donde los días
se denominan “segunda-feira”, “terca-feira”, “quarta-feira”, “quinta-feira”, y “sexta-feira”,
conservando el significado religioso para “sábado” y “domingo”. 

Es probable
que al ponernos a pensar en el origen del nombre de los días de la semana con
la influencia romana y judeocristiana como pilares fundamentales de la cultura
occidental nos preguntemos por qué en inglés parecen no coincidir algunos
nombres con los de las deidades romanas. En dicho idioma “monday” coincide con
“luna” o “moon”. Sin embargo, los
demás días se sustituyen por nombres de dioses germánicos, que, a su vez,
tienen raíces nórdicas: así, el martes, denominado “tuesday, alude
al dios Tiw, que al igual que Marte era el dios de la guerra; “wednesdayen honor a Woden, el dios jefe;  “thursday por Thor, el dios de los relámpagos;  y para el      viernes, “friday
de Freya, la diosa del amor y de la fertilidad.

Con todo esto, no podemos negar el profundo sentido
religioso que contienen los nombres de los días de la semana y con ello, la
evocación que hasta nuestros días hacemos de elementos religiosos antiguos
tales como la luna, la guerra, el sol o el amor sin importar el idioma que
pronunciamos.




“¿Por qué aprendes kichwa?”

Aunque el kichwa no es la lengua oficial de Ecuador, hay expresiones y estructuras que están profundamente arraigadas en el habla cotidiana.

Una periodista y ceramista ecuatoriana cuenta cómo ha sido su proceso de aprendizaje del kichwa y por qué esta experiencia le ha servido para volver a sus raíces y entender la visión de los indígenas de su país.

 

Pamela Guachamín 

“¿Por qué aprendes kichwa?” Me preguntan algunas personas cuando en conversaciones les cuento que tomo un curso de una de las 14 lenguas ancestrales que aún se hablan en Ecuador. Hay varias razones detrás de esta decisión. El kichwa ecuatoriano es una variante del quechua, una de las lenguas indígenas más difundidas en Sudamérica (desde el sur de Colombia, pasando por Ecuador, Perú y Bolivia, hasta llegar al norte de Argentina). El de Ecuador es una variante porque no existen las vocales “e” y “o”; por esa razón el término adecuado es kichwa y no quechua como en otros países de la región.[i]

Cada proceso de aprendizaje de una lengua es distinto e intervienen varios factores. Recuerdo que una de las motivaciones para el primer curso que realicé hace ocho años fue estar activa académicamente y romper la rutina laboral. Por eso me pareció buena idea aprender otro idioma, no necesariamente extranjero pero sí muy distinto al español.

Después de un par de niveles lo dejé, un poco apenada, pues a pesar del esfuerzo sentía que no estaba lista para comunicarme con un hablante de kichwa. Considero que la mejor forma de interiorizar y hablar un idioma nuevo es por medio de la inmersión, como cuando aprendemos a nadar; una vez en el agua, ya sea por instinto o por necesidad tenemos que movernos. Por supuesto es recomendable viajar a los lugares donde se hablan los idiomas y practicarlos, pero en mi caso, no encontré las condiciones para convivir con hablantes de kichwa en ese entonces.

Aprender una lengua no es solamente memorizar palabras o expresiones, sino adentrarse en la visión que tiene un pueblo sobre el mundo.

Una de las características que más me llamó la atención de este idioma es que es aglutinante; es decir, se agregan partículas a la raíz primaria para modificar su significado o para expresar una relación gramatical con otros elementos del discurso.[ii] Esta cualidad fue y sigue siendo la más compleja porque estoy acostumbrada a otras estructuras al hablar español. Por ejemplo, la partícula «pi» significa «en», cuando un kichwa hablante se refiere a un lugar. Así, «Méxicopi» quiere decir «en México», o «casapi», «en casa».

Ahora decidí regresar al kichwa con nuevas inquietudes, especialmente la de entrar en contacto con mis raíces. Siendo estudiante extranjera en Alemania noté que usaba muchas expresiones propias del español ecuatoriano o, más bien, del español andino de Ecuador que está colmado de kichwismos. Por ejemplo, durante la temporada invernal, bastante dura en Europa, para mí no era suficiente decir “hace frío”, sino que recurría al «achachay», expresión kichwa usada frecuentemente para expresar esa sensación térmica.

Pamela (primera de izquierda a derecha) con sus compañeros de clase en Quito.

En clase somos diez alumnos: ocho mestizos y dos indígenas de los pueblos otavalo y otavalo-panzaleo, donde el kichwa es la lengua materna y también el nombre de la etnia. Los profesores son indígenas de Otavalo y Cotacachi, dos ciudades del norte de Ecuador que pertenecen a la provincia de Imbabura, famosa no solo por sus artesanías, sino sobre todo porque es la tercera provincia del país con mayor número de indígenas.

Siento que cada clase tiene una doble connotación. Es un desafío porque a pesar de los esfuerzos por entender y hablar, aprender una lengua distinta implica disciplina y constancia, sobre todo cuando el idioma tiene un carácter eminentemente oral. Lo anterior se refleja en que no existe una larga tradición escrita en kichwa, no porque el kichwa carezca de alfabeto o escritura, sino porque hace un par de siglos leer o escribir en esta lengua era vetado para los indígenas en Ecuador[iii] y tal vez ocurría algo similar con otros pueblos ancestrales de América Latina. Buena parte de sus conocimientos, leyendas, cuentos, medicinas y costumbres se transmitían de boca en boca, de una generación a otra o a través de los diseños textiles. De ahí que la mejor forma de aprender kichwa sea acercándose a hablantes de kichwa, especialmente a los mayores, pues ellos conservan expresiones y palabras en desuso.

Aunque el kichwa no es oficialmente la lengua materna de Ecuador, hay expresiones y estructuras que están profundamente arraigadas en el habla cotidiana. La partícula «mu» conjugada con un verbo indica que la persona irá a un lugar, realizará determinada actividad y volverá. Así sucede, por ejemplo, con «rantina», que significa «comprar». La partícula «mu» se añade al final de la raíz «ranti» y antes de la terminación verbal «na». Así «rantimuna» significa «voy a comprar algo y vuelvo». Por eso es frecuente escuchar en el español de Quito expresiones sin sentido como «voy a volver» o «se fue a volver», que pese a su incorrección, son claras para cualquier local.

Una de las características que más me llamó la atención de este idioma es que es aglutinante; es decir, se agregan partículas a la raíz primaria para modificar su significado o para expresar una relación gramatical con otros elementos del discurso.

La otra connotación que evocan las clases es la de re-conocer mi propia cultura porque puedo re-descubrirme y re-aprender palabras, términos o expresiones que usamos sin preguntar mucho más sobre su origen o significado real. Por ejemplo, un día mientras conjugábamos el verbo «rimana», que significa «hablar», noté que de ahí proviene el nombre del río Rimac en Lima, Perú. En kichwa los verbos pueden ser sustantivados si el final, «na», es reemplazado con «k». De ahí que Rimak pueda significar «hablador» o «río que habla». Algunas palabras de uso cotidiano siguen está lógica. En kichwa el verbo «chapana» significa mirar, observar, espiar. Así, la persona que observa es un «chapak», y es frecuente que en la sierra ecuatoriana las personas se refieran al «chapa» para designar a un agente policial.

Aprender una lengua no es solamente memorizar palabras o expresiones, sino adentrarse en la visión que tiene un pueblo sobre el mundo. Aunque los indígenas que hablan kichwa en Ecuador comparten el país con mestizos, negros y blancos, aprender su lengua me ha permitido entender mejor lo que piensan y sienten. La naturaleza «pacha» es una parte fundamental del discurso para los indígenas. Por eso en su habla siempre hay referencias a lugares como el río «mayu», la laguna «cocha», la cascada «pakcha», la montaña «urku», o el llano «pampa». Son elementos cargados de significado espiritual porque sirven como escenario de ceremonias y rituales para agradecer por las cosechas o purificar el cuerpo y el espíritu «aya». Antiguamente las fiestas empezaban con baños de purificación nocturnos en la víspera de los festejos. La gente acudía a la «packcha» o al «pokyo» (fuente de agua) porque se considera que en esos lugares está el gran espíritu «hatun aya» y el agua «yaku» ayuda a limpiar malas energías. Así el «Inti Raymi» o fiesta del Sol inicia con el baño ritual en la noche anterior al 21 de junio.[iv]

“¿Por qué aprendo Kichwa?”, me pregunto todavía. Tal vez al principio fue por curiosidad, pero durante el camino recordé que mi abuelo materno hablaba kichwa y que mi apellido es indígena. Sin importar esto, siento que nuestras raíces son indígenas. Una prueba de ello es la lengua, que con el paso del tiempo también se ha mezclado con otros idiomas ancestrales y con el español para dar como fruto una riqueza lingüística y expresiva que nos identifica.

*Si quieren saber más de este tema, Pamela los invita a escuchar aquí un podcast sobre lenguas madres que hace parte del programa «Megáfono joven» de la Radio de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.

 

[i] Cobo, María del Pilar. El Telégrafo. https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/carton-piedra/1/entendamos-el-kichwa, consultado 11 de abril de 2018.

[ii] Catta Q., Javier. Gramática del Quichua ecuatoriano. Quito: Abya-Ayala. 1994.

[iii] El Universo. Lucía Lema Otavalo incentiva el kichwa a través de cuentos y poesía. https://www.eluniverso.com/vida-estilo/2016/11/12/nota/5898559/otavalena-incentiva-kichwa-traves-cuentos-poesia, consultado 18 de mayo de 2018.

[iv] El Telégrafo. Indígenas ayuentan la energía negativa durante el Inti Raymi. https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/buen/1/indigenas-ahuyentan-la-energia-negativa-durante-el-inti-raymi, consultado 18 de mayo de 2018.




Esta publicación no va a gustarle a ningún robot

Este robot rojo está hecho a semejanza de un ser humano. Sus piezas metálicas parecen sustituir los órganos de un cuerpo.

Existen algunas palabras intraducibles que parecen atravesar la mayor parte los idiomas del mundo; «robot» probablemente sea una de ellas.

 

Fernando Cruz Quintana.

Independientemente de la historia que traigan a cuestas, siento que algunas palabras expresan su sentido desde su forma misma. No me parece casual que en «rugoso», la mezcla—poco frecuente— de las letras «r» y «u», más la poca gracia de la «g», supongan superficies ásperas al tacto. Tampoco es una coincidencia que en «fofo», «bofo» y «globo» la redondez de la «o» contribuya a representar texturas blandas que puedo apretar con mis manos (casi siento que la «o» se contiene en la curva de mis manos cuando escribo esto).

Un caso semejante a los anteriores me ocurre con «robot», que aunque cuenta con la amable y estrujable «o» como única vocal, se contiene entre una «r» y una «t» y este hecho la dota de un aire de extrañeza y frialdad como pocas palabras tienen en el español. ¡Qué otra palabra en nuestro idioma concluye con una «t»? Con su sonoridad peculiar, y la confirmación en su escritura anormal, este vocablo se evidencia lejano o no perteneciente —al menos de origen— a nuestra lengua (ni a los seres humanos). La pregunta entorno a su comienzo pareciera apuntar a las culturas anglosajonas, (a las que, por cierto, siempre he sentido más inmiscuidas a los temas tecnológicos que a las hispanohablantes), y aunque sea probable que la palabra haya llegado a nosotros desde ellas, su inicio es otro.

En el eslavo antiguo, la palabra «robota» se utilizaba para hablar del trabajo pesado, la servidumbre o incluso la esclavitud. Este término se ha mantenido más o menos con el mismo sentido en el idioma checo; sin embargo, su forma «robot» fue ideada por el dramaturgo checoslovaco Karel Čapek, para su obra teatral R.U.M. Robots Universales Rossum (1920). En esta historia, una empresa elabora seres artificiales bautizados con el nombre de «robots», que sirven para aligerar las labores de las personas, no obstante la encomienda, estas creaciones deciden rebelarse en contra de la raza humana. Muchas otras historias posteriores de la ciencia ficción han tenido a la tecnología como un aspecto central; un análisis somero de ellas podría mostrar que las posturas en torno a la utilidad de las máquinas se han bifurcado: o bien los dispositivos técnicos nos facilitan la vida, o bien nos la complican.  ¿Será posible que desde el momento en que Karel Čapek utilizó el vocablo en su obra, éste haya adquirido también las connotaciones de temor hacia lo tecnológico?

En el eslavo antiguo, la palabra «robota» se utilizaba para hablar del trabajo pesado, la servidumbre o incluso la esclavitud.

En el siglo XX, la electricidad y otros avances tecnológicos permitieron imaginar utopías en donde las herramientas tenían un protagonismo notable. Aunque muchas de estas proyecciones erraron en atinar los derroteros que los dispositivos tendrían, el miedo de que en algún punto nuestra dependencia se tornara en esclavitud hacia ellos fue constante. Los relatos literarios y cinematográficos sirvieron para la imaginación en este sentido e hicieron a estas máquinas las protagonistas de muchas de ellas. Estas narraciones se afianzaron de algún modo en el imaginario de las sociedades modernas, de tal modo que los vaticinios fantásticos de épocas remotas se sustituyeron por el advenimiento del futuro tecnológico, que en no pocas ocasiones era apocalíptico.

Visto con la ventaja temporal presente hacia el pasado y con la mirada de quien adopta un término de una lengua ajena, quizás sea difícil entender el sentido servicial que Karel Čapek intentó insuflar a la palabra «robot». Aunque para él haya sido lógico emplear este vocablo para hablar de la actitud servicial de las máquinas, al importarlo del eslavo a cualquier otra lengua la ausencia de referentes nos mueve a pensar en la designación de algo novedoso y no en la actitud de mando que deberíamos tener con la tecnología.

La adopción de palabras de otros idiomas, lejos de representar un atentado contra nuestro léxico y gramática, contribuye a la exploración de nuevas posibilidades expresivas. No sólo se añaden nuevos sentidos siempre que importamos vocablos desde otras lenguas; en ocasiones, la escritura y los sonidos con los que a diario nos comunicamos son contrastados con formas y sintagmas infrecuentes. Este ejercicio bien podría ser denominado como gimnasia lingüística.

La adopción de palabras de otras lenguas, lejos de representar un atentado contra nuestro léxico y gramática, contribuye a la exploración de nuevas posibilidades expresivas.

En este contexto de préstamos léxicos, y en atención a lo que ocurre dentro de la obra de Karel Čapek, probablemente sea pertinente preguntarnos sobre la relación que tienen los robots con nuestros lenguajes. Si la inteligencia artificial de la ciencia ficción —aquella que parece un espejo del raciocinio humano— existe alguna vez, probablemente comience el día en que las máquinas puedan aprender a utilizar nuestros idiomas para comunicarse y establecer sus propias demandas. ¿Debemos dudar de las voces serviciales de Siri, Cortana y Alexa que a diario nos acompañan en nuestros dispositivos? Espero que no me incluyan en su lista negra al momento en que lean este texto…




El vocho y la nostalgia

 

¿Por qué llamamos “vocho” al escarabajo producido por Volkswagen? En este texto presentamos algunas teorías alternativas. 

 

Luis Ángel Rodríguez Bejarano

Cuando somos niños, e incluso adolescentes, muy pocas veces somos conscientes de la fuerza del lenguaje. Sin darnos cuenta, las palabras se quedan en nuestra memoria como un cochambre que no se va; la infancia, probablemente donde mejor aprendemos algunos significados de términos que no están en el diccionario, se aprecia difusa cuando intentamos recordarla. Sin embargo, la nostalgia ya no es suficiente y afortunadamente podemos acudir a la Historia.

Muchas personas crecieron viajando o viendo un automóvil de la compañía alemana Volkswagen: el Sedan KdF-Wagen, que tuvo varios sobrenombres (escarabajo, fusca o Beetle, oficialmente) aunque el más famoso fue “vocho”. Este autómovil, de diseño circular y cuatro velocidades manuales, fue ideal para familias: barato, resistente y con un alto rendimiento en relación con el consumo de gasolina. Era, como lo indica el nombre mismo de la compañía alemana, un auto para el pueblo.

Los recuerdos del vocho son, hasta cierto punto, fáciles: mucho ruido, colores sobrios, llantas con los bordes blancos, claxon estridente y una sensación de que no avanzabas muy rápido. Un vehículo en el que los alemanes confiaron, junto al diseñador legendario Ferdinand Porsche, para que reflejara la eficiencia y capacidad de este pueblo durante el auge del nazismo. Este automóvil comenzó a producirse en 1939. Adolf Hitler conoció diseños a escala y aprobó el lanzamiento de este vehículo.

Se piensa que «vocho» desciende de la palabra «Boches», que era el término con que los franceses llamaron a los soldados alemanes durante la segunda guerra mundial.

Ahora bien, la palabra tiene un origen en el fenómeno lingüístico llamado derivación, que consiste en que un término origine muchas palabras que pueden estar, o no, en relación con su sentido original. Por ejemplo, a partir de mirar obtenemos: mirada, miré, miraré, todas por derivación.

En el caso de «vocho», que se piensa que desciende de la palabra «Boches», que era el término con que los franceses llamaron a los soldados alemanes durante la segunda guerra mundial, una palabra, por supuesto, despectiva que se relaciona con significados dispares: especie de asno, tonto y que emparenta con «carnicero» («boucher») o «carnicería» («boucherie»). No hay una claro origen pero parece plausible que se asociara el auto con el país donde se produjo (todo mediado por la presencia del conflicto bélico). Por otro lado, la versión oficial de la compañía es que es una mezcla de «volk» («pueblo») «wagen» («auto») que, por contracción, formaron vocho.

Ambas historias son interesantes. Los recuerdos del auto tal vez tengan orígenes bélicos; la lengua puede dar vuelta siempre a los conflictos: el remedio para ella es la paciencia para acomodar los significados.




Palabras indígenas y comida: una relación deliciosa

El lenguaje metafórico de las palabras relacionadas con la comida remite a imágenes deliciosas y a mundos diversos.

La relación entre las palabras indígenas y la comida es deliciosa por las imágenes que crea; con ello la sinestesia aparece simultánea y jocosamente.

 

Luis Ángel Rodríguez Bejarano 

El tema de la influencia de una lengua en otra es siempre fascinante; entre más rastros buscan los interesados en estos temas, más se encuentran coincidencias con otras lenguas. Es un dominó lingüístico que nunca se detiene y que nosotros somos responsables de divulgar y fomentar. Los estudios sobre este fenómeno son, por suerte, infinitos. Muchas palabras de lenguas prehispánicas en países que fueron conquistados son imborrables. La cultura en general se enriquece de esta influencia y en particular de expresiones que nos hacen vivir el día a día de una manera, digamos, más placentera.

Son muchas las palabras de origen indígena que nutren nuestra lengua, sin embargo, me basaré sólo en algunos ejemplos. Estudiosos como Miguel León Portilla han señalado la importancia de reconocer, como parte de la cultura de cualquier país, rasgos de estas civilizaciones e incorporarlos sin miramientos a nuestro léxico.

En este artículo, la decisión de integrar una u otra palabra está regida simplemente por aspectos culinarios: todos los términos o conceptos que se enuncian se relacionan con la comida mexicana. En la relación que tienen los habitantes de México con su comida, famosa internacionalmente desde hace unos años, nunca falta el componente indígena: ingredientes, colores e instrumentos forman un catálogo de platillos selecto que no se entendería sin el complemento que las palabras le dan. La imagen que esta historia propone para el lector es simple: se trata de explicar un guiso o platillo con carne, postre y los utensilios para elaborarlos.

En un remoto pueblo de la provincia de México, un hombre ve nacer a uno de sus hijos. Meses después, de acuerdo con la ley católica, decide bautizarlo y dar una fiesta como agradecimiento (tanto a dios como a las personas). Para ello compra (de acuerdo con sus posibilidades) un cordero, un borrego o un chivo. No ha decidido bien la forma de prepararlo pero uno de sus compadres (que es el padrino de alguno de sus otros hijos; en estos pueblos, por otro lado, se tienen muchos) lo convence de hacerlo en barbacoa, con arroz, y, al final, tamales de nixtamal.[1]

En la relación que tienen los habitantes de México con su comida nunca falta el componente indígena: ingredientes, colores e instrumentos forman un catálogo de platillos selecto que no se entendería sin el complemento que las palabras le dan.

La fiesta comienza los días anteriores donde se prepara un hoyo en la tierra que servirá como horno; después, previa muerte y limpieza del animal elegido, se le colocan hojas de laurel, condimentos (ajo, pimienta, orégano y cebolla) dentro del hoyo mencionado. Toda la preparación, es decir la carne del animal con las hojas y los demás ingredientes, se monta en palos amarrados. La paciencia y el fuego hacen el resto. La barbacoa (el horno y por extensión la carne que se obtiene de él) es literalmente “carne tapada con tierra”. El plato fuerte está en proceso, la tierra, por extraño que parezca, le da un sabor diferente y celestial.

Además del platillo descrito, el hombre se preocupa por el postre que sus invitados comerán; después de consultar con sus comadres, decide que se tratará de un platillo dulce y salado. Recolecta varios kilos de harina de maíz, carne de pollo, cerdo y, por otro lado, fresas, duraznos y chocolate. Con estos ingredientes, mezclados con agua de cal, obtiene una masa amorfa que adquiere cuerpo en hojas de maíz. El nixtamal (nextli: ceniza; tamalli: masa de maíz, empanada) está listo; también, por extensión, la hoya en la que se preparan adquiere este nombre. Después de varias horas esperando, la carne y el postre están listos. Las hermosas y metafóricas expresiones “empanadas de ceniza” y “carne tapada con tierra” se mezclan con olores y colores de todas partes.

El hombre, preocupado una vez más por sus invitados y porque él o los dioses estén suficientemente ofrendados, decide agregar a esto una bebida: chocolate con agua. Sin embargo, encuentra un problema: no tiene suficientes recipientes para tantos invitados. Decide, en consecuencia, elaborar jícaras (xicalli: fruto del jícaro y calli: casa, recipiente) con árboles dispuestos para tal fin. La parte final de esta comilona es hermosa: un animal ha sido sacrificado en un hoyo en el suelo envuelto en hojas de alguna planta; se acompaña con un postre de cerdo, pollo o frutos. Para terminar, en una “casa” o recipiente se bebe chocolate.

La historia anterior no es anormal en un pueblo mexicano, sin embargo, sin las palabras y, sobre todo, sin el sentido imaginativo que le dan las palabras indígenas, la lengua, ni la comida, serían las mismas.

[1] http://www.academia.org.mx/lema:nixtamal-o-nistamal, consultado 28 de noviembre de 2017.