Posted by on 30 Junio, 2016

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Batallas por la hegemonía lingüística

12116293173_511d2ae606_zLa bandera estelada es un emblema de la lucha por la independencia y el respeto de símbolos identitarios como la lengua catalana.

El dominio lingüístico es casi en todos los casos el reflejo de una hegemonía política que genera disputas entre los hablantes de dos lenguas distintas.

 

Fernando Cruz Quintana

¿Son necesarias las preguntas que se hacen para saber si un idioma es mejor que otro? ¿En qué sentido se formulan? En tanto productos culturales, las lenguas son diferentes en gramática, sonido, escritura y sintaxis. Estos principios estructurales permiten hacer comparaciones, pero no para elegir superiores e inferiores sino para tipificar las particularidades de nuestras expresiones. El habla no se rige por magnitudes de valor. No obstante, a lo largo de la historia han existido innumerables ejemplos de disputas idiomáticas que en la inmensa mayoría de los casos son producto de conflictos sociales de otro orden.

Las palabras pueden ser armas, pero no es el modo en como se llevan a cabo estos conflictos: no es un concierto de improperios de una lengua a otra.

Las contiendas por la hegemonía lingüística no se llevan a cabo en campos de batalla. Las palabras pueden ser armas, pero no es el modo en como se llevan a cabo estos conflictos: no es un concierto de improperios de una lengua a otra. La lucha por la supremacía expresiva es la competencia por la anulación del otro mediante la implantación de una única voz. Una perspectiva dual y opuesta caracteriza estos duelos: o bien hablamos de maneras de entender al mundo que quieren imponerse y eliminarse, o decimos que lo que se persigue es el uso de un solo idioma y la unificación y cohesión social que de eso se desprende. En el fondo de esta discusión se encuentran presentes razones instrumentales y simbólicas: uno decide hablar una lengua diferente a la materna porque quizá es necesario para comunicarse con el grupo en donde se desenvuelve, pero también puede ocurrir que la motivación de obtener un nuevo léxico se enmarque en un profundo respeto de las diferencias.

En un contexto de disputa lingüística es difícil —si no imposible— tomar un partido y que esa decisión al mismo tiempo vea por el bienestar social y sea incluyente. Es cierto que se necesitan acuerdos normativos que pongan orden en lo que de otra manera sería caótico (las distintas academias de la lengua del mundo existen por una razón), pero también es verdad que ninguna reglamentación puede adelantarse a la realidad y forzar a que se hable tal y como se estipula en un estatuto. A veces ni siquiera es necesario un mandato para saber cómo tiene que hablarse en determinada región, ¿acaso alguien duda de que en México, país que no cuenta con una lengua oficial (con reconocimiento constitucional), el español sea el idioma principal? Institucionalizada o no, la lengua es un bien público que debe estar al servicio del entendimiento y el bienestar de una colectividad.

Los escenarios en donde confluyen hablantes e idiomas pueden estar respaldados por políticas públicas que buscan acotarlos, aunque en realidad sabemos que las voces no se silencian por decreto; son otras las razones que al final determinan su destino. Un análisis minucioso de cada reglamentación lingüística puede llevarnos a entender el espíritu que define sus intereses.

Como una declaración de principios, creo en la presunta igualdad de todos los idiomas, en el valor de la pluralidad lingüística (con el que reconozco de manera implícita que la desaparición de un idioma resultaría en el empobrecimiento de la naturaleza humana) y en el hecho de que una lengua es el sustentáculo de la identidad individual y grupal. Justo por esta última razón, acepto que un principio elemental en cualquier política lingüística debe ser el de adecuarse a la realidad sociolingüística y que aunque por un lado, y en principio, se trate de preservar las diferencias, por otro se debe aspirar al consenso. La regulación del habla, desde el punto de vista del derecho, es una verdadera labor de equilibrista.

Los escenarios en donde confluyen hablantes e idiomas pueden estar respaldados por políticas públicas que buscan acotarlos, aunque en realidad sabemos que las voces no se silencian por decreto

Cuando observamos la suerte que han tenido algunas lenguas milenarias como el irlandés, el bretón, el occitano, o el otomí, cuyo escaso número de hablantes los pone en riesgo de desaparecer, parece una mentira que algunas otras, como el catalán, resistan con fortaleza e incrementen sus alcances. Quizá la vía institucional sea una de muchas rutas para poder perpetuar la cosmovisión de los pueblos a través de sus palabras. Si vivimos en una época en que se defienden las diferencias de las minorías, no tiene cabida ningún tipo de fundamentalismo lingüístico. Al final, un riguroso análisis podría demostrar la interdependencia existente entre todos los modos de hablar que hay en el mundo. Si tiene duda de lo anterior y cree que su idioma es el mejor, averigüe cuántas palabras se han importado de otras lenguas hacia la suya.

 

Comments

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  1. ¿La discriminación por el idioma? - ¡Lengua Viva! - […] particular, nunca ha estado exenta la imposición. En entradas anteriores, este proyecto atestiguó un texto sobre las condiciones de…

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