Habitarnos como islas

Silvia Elisa Funes

1918
8 de marzo.— Como hay tanta gripe, han tenido que clausurar la Universidad.
Desde entonces, mi hermano y yo vivimos en casa,
en Palafrugell, con la familia. Somos dos estudiantes parados.
[…] Yo voy tirando. No añoro Barcelona y menos la Universidad.
La vida de pueblo, con los amigos que tengo aquí, me gusta.

Josep Pla, El cuaderno gris

Siempre me ha gustado estar aislada. Soy rarita, soy bicho raro, me repito los días que quiero ir a la montaña o cuando, francamente, me han dado ganas de estar bebiendo en algún bar. La verdad es que he asistido en pocas ocasiones a bares y cantinas, y recuerdo pocas de ellas en las que me haya divertido tremendamente. Tampoco estoy hecha para fiestas ni para establecer relaciones amorosas exitosas, pero no discutiré ahora la definición de “fiesta”.

Para los demás, en cambio, esta pandemia ha supuesto una traba en el ciclo típico citadino que iniciaba a las 5 o 6 de la mañana, a veces con entrenamiento, a veces con un baño rápido antes de salir rumbo al trabajo o a la escuela, seguido de comidas con algún amigo, café con una persona deseada, cine, tacos, luego, a la cama con compañía y terminaba habitualmente en el reposo nocturno después de cruzar la ciudad entera de regreso a casa (o cabeceando durante el trayecto). Y así hasta el viernes, día de conciertos, de salir a bailar o de pintarse las uñas con las amigas (bueno, ése era uno de los secretos de las que somos señoras treintonas).

Hoy, todas estas diversiones se han canjeado en la virtualidad por muchas reuniones on-line, conferencias, lecturas, proyecciones y capacitaciones. Como resultado de poner freno a la producción desbocada, regida por ciclos mercadianos, se produce la sensación de estar bajo arresto domiciliario.

¿Pero es esto cierto? ¿El arresto domiciliario nos impide ser libres? No sé, tengo dudas cuando pienso en Elba Esther Gordillo.

En los últimos tres meses leí con pocas interrupciones, lo que para mí fue un éxito auténtico. La lectura llenó mi tiempo libre, aquel con el que soñaba desde que salí de la universidad. Claro, como lo he dicho, he sentido el impulso de irme de guarapeta, aunque luego me acuerdo de los desplantes, acosos, desfiguros y vergüenzas que he padecido en bares y fiestas y, como a la rana René, se me pasa. El aislamiento es de mi agrado. Al menos, aunque sé que la policía no me va a varear con un tallo de bambú como en India si salgo, tengo el privilegio de quedarme en casa.

Me pregunto entonces, ¿qué es el confinamiento, por qué se le llama encierro también? ¿Es de verdad una prisión esto que vivimos, es un claustro? ¿Por qué no podemos madurar espiritualmente como los ermitaños estando en casa?

La lectura fue para muchos la mejor salida en un 2020 marcado por el confinamiento.

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Llegada a un punto, se me descubre por encarnación —porque se le encarna a una el encierro— el poder que designa a la libertad y sus límites; en este caso, el poder de un virus sobre nuestras carnes al grado de hacernos pensar en un castigo. Y una piensa en Foucault, en su Vigilar y castigar, la historia de la prisión y su teoría del panóptico, al que tan alegremente alimentamos con nuestras fotos y comentarios a través de las redes sociales.

Envidiamos o somos objeto de deseo al pasar santo y seña de nuestras actividades, posesiones y emociones a nuestros contactos igualmente encerrados, asomados por la ventana de estos sistemas. En una compilación de la UNAM, La filosofía y las redes sociales (2013), anota Miguel Cabrera:

«Solemos anhelar la perfección, instalarnos cómodamente en el simulacro cibernético y hacer de nuestra máscara virtual el verdadero rostro cognitivo. Ante ello, no hace falta decir que al experimentar el caos y los desarreglos violentos del poder en nuestra mente y nuestro cuerpo funciona como acicate para la creatividad y la imaginación.»

Es decir, la ruptura de estas dinámicas es posible, no obstante, convulsa. En el presente, rebelarse al control mental es la única manera de liberar al cuerpo de la jaula en que nos ha puesto la Covid-19.

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¿Qué libro te llevarías a una isla si naufragaras? Vivir en una misma, como una isla donde al fin me respondo, bien por mí, que he naufragado con todos mis libros.

Otra pregunta que me hago a menudo es menos alegre, además de inconsciente e involuntaria. Conozco la respuesta, pero pienso en ello cuando escucho que ya alguien no puede con el encierro. ¿Mi padre estuvo confinado, encerrado o preso? ¿Habitó la cárcel?

Pienso en él cada que cuento los meses que vamos cumpliendo quienes podemos seguir trabajando desde casa.

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Mi padre estuvo preso en un Centro Estatal para la Reinserción Social de Sentenciados, CERSS, en Tapachula, Chiapas de septiembre de 2013 a abril de 2015. No se le encontró culpable. Fueron diecinueve meses infernales de abogados de oficio, llamadas diarias al reclusorio, a los juzgados, a desconocidos que nos hacían el favor de llevarle dinero o medicamento, a la visitadora de DDHH local.

Cuando recibí la noticia de su encierro, vino a mi mente una imagen de mi padre pudriéndose en un calabozo y la sensación de padecer su confinamiento desde lejos por una eternidad. Desde esa llamada, supe que íbamos a degradarnos en todos los sentidos. Su encierro fue forzoso; el mío fue moral en esa época. A causa de la pandemia, el encierro es una disyuntiva ética y, aunque materialmente me confina, es en un espacio que he llenado de recuerdos, recreación, trabajo, de resignificación; es un lugar que habito y considero mío. 

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I would prefer not to.
Herman Melville, Bartleby

La gente privilegiada, entre la que me incluyo, lleva recluida ocho meses desde el 17 de marzo hasta noviembre de este año de duelo para todo el mundo.

Pasé algunos días en un hospital acompañando a mi tía en su internamiento. Hasta julio, entré y salí de casa al hospital constantemente, haciendo maromas para formar contenidos, corregir, crear carteles, hacer reportes y bases de datos infinitas mientras, con mi familia, esperaba citas médicas, buscaba instrumental médico en farmacias, tramitaba medicamentos controlados y programaba más citas. No cumplí con el encierro estricto sino hasta después de su muerte 

Quizá por eso no he podido hartarme de estar encerrada en casa sin ver el exterior. He visto esta ciudad en su forma fantasmal sin deseos de hacerlo.

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Me pregunto por las diferencias de sentido de las palabras con las que designamos nuestra condición actual. Diría que se trata de circunstancias extraordinarias que se han tornado cotidianas en muchas partes del mundo. Me refiero a la parte asalariada de la humanidad que está unida por su peculiar derecho al confinamiento y a las palabras que se le equiparan: encierro, prisión, reclusión, internamiento, aislamiento.

Curiosamente, el editor de esta publicación, observa que definir es otra forma de encerrar, impedir que los significados se confundan al ponerles límites. Paradójicamente, redefinir es mi estrategia para escapar del encierro. La restricción del libre tránsito nos obliga a resignificar estas palabras, otorgarles nuevos sentidos: mientras que su significado se refería a excepciones relacionadas con el castigo, la enfermedad o la protesta, hoy el aislamiento es promovido por la supervivencia de la comunidad.

La humanidad cuenta entre sus facultades más características el ser gregaria, incluso, el ermitaño es siempre visto desde la extrañeza o la admiración. Valerse por sí mismo, por sí misma, se considera heroico. De ahí que personajes como Robinson Crusoe o Chuck Noland, Pi y su tigre, o Bear Grylls,  del programa A prueba de todo y hasta Cosimo, el barón rampante de Italo Calvino, el único que optó voluntariamente por el aislamiento, encarnen aventuras espectaculares.

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Una jaula imperceptible, como la que suponen las redes sociales, me lleva a observar mayores trampas que nos confinan aún antes de la pandemia. La religiosidad y la ética, las necesidades y los compromisos morales de vivir en sociedad están también supeditados a los intereses políticos y económicos que asimilamos como naturales por su penetración histórica en nuestra intimidad.

Existe una pieza de interés para esta búsqueda de sentido: La Jaula (1962), performance que Alejandro Jodorowsky escribió para el enorme Marcel Marceau acerca de los diferentes encierros que experimentamos como sociedad. Metáfora de la sucesión de encierros, Marceau y Jodorowsky colocan a la libertad en el interior del individuo.

Resignificar permite dar un nuevo sentido a los acontecimientos y a las palabras. Al escribir, ensayo los múltiples significados que podemos dar a nuestro confinamiento a través de las palabras como un método para ser libre, desempotrando una a una las matrioshkas del encierro.

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El confinamiento supone límites impuestos desde lo intangible, márgenes geográficos determinados por una convención o imposición. Su causalidad puede ser voluntaria o provenir de una necesidad u orden externa, como el exilio, que tiene, por cierto, el matiz de la penalidad.

Se puede estar confinada, pero no necesariamente como un castigo. Los límites señalan la pérdida o, a veces, una renuncia. Confinar también puede ser utilizado refiriéndose a una posición fronteriza, extrema. Así, por ejemplo, los confines del universo nos son ajenos todavía; los confines de las libertades individuales se rozan.

Postales del encierro en 2020.

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Encierro es un término que prefigura en el imaginario la existencia de una puerta, de un candado, de un impedimento material o forzoso dentro de un espacio bien definido. En contraste, llama la atención como en el Moliner la entrada correspondiente al término encierro asienta, en segundo lugar: “Particularmente, el que se realiza para protestar contra algo”, lo que me lleva a recordar a las madres de las víctimas de femicidio encerradas en las oficinas de derechos humanos de Ciudad de México como forma de protesta contra el sistema de justicia.

El encierro es un concepto que excluye en mayor proporción la voluntad, aunque no la anula del todo en su matiz político. No obstante, también se asocia el encierro con el propio de los eremitas, el aislamiento de aquellos monjes o virtuosos que pretenden madurar su espíritu o devoción.

El concepto de reclusión es muy cercano al del encierro. Entre estos términos parece haber una diferencia gradual, como si transitáramos de un grado de libre elección amplio a uno condicionado. Vemos, pues, que recluirse, verbo reflexivo, es elegir el encierro. Mientras que recluir, verbo transitivo, necesariamente señala una imposición.

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La prisión nos habla de un castigo, del control de los cuerpos que bien analizó Foucault. El filósofo francés apuntó que los procedimientos medievales de la tortura legítima y legal hacia el establecimiento de prisiones y el control en ellas hacia el siglo XIX, significó, para las autoridades jurídicas, una evolución que, objetivamente, no acusa ningún progreso si se observa cómo, en buena medida, constituye el refinamiento del abuso de poder.

Su crítica es precisamente que el control de los cuerpos sigue siendo violento y escasamente justo. La prisión en el tercer mundo, tan alejado de Francia y todavía más a la saga de las prisiones finlandesas, por ejemplo, podría ser vista como algo todavía más sofisticado y cruel. La administración del poder y el control dentro de las cárceles mexicanas hoy día conlleva una discusión improbable para este ensayo, pero hemos de recordar que no es agencia exclusiva de las autoridades, sino de los poderes de facto, como el crimen organizado inserto en las cárceles del país.

La complejidad del concepto de prisión lo coloca en un universo muy distinto al de otros que he mencionado y de los posibles intercambios que sí pueden darse entre confinamiento, encierro, reclusión, incluso, y hasta de claustro.

Presos en cárceles de El Salvador durante la pandemia por Covid-19

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He visto cómo escritoras jóvenes han compartido imágenes de sus bordados y tejidos en sus redes sociales, bellos parches feministas, bufandas para el ser amado. En el encierro es posible aprender nuevas habilidades, aunque también está el caso del aprendizaje obligado.

Ahora pienso en la pintora colombiana Emma Reyes, nacida hace 101 años, por la época en que termina el diario de Josep Pla. En su Memorias por correspondencia, la artista relata a un amigo cómo fue su niñez, llena de abandono. De los 6 a los 19 años, Reyes estuvo encerrada en un claustro para huérfanas con monjas de la orden de San Juan Bosco. Aisladas por completo del mundo, las niñas vivían para bordar y hacer trabajos que generaban dinero a la iglesia.

En el convento, las niñas no aprendían a leer ni escribir, mucho menos contar, llegaban y crecían analfabetas. No hubo libro que llegara a Reyes, sólo relatos fantásticos y visiones de Dios y el Diablo, la imaginación de una niña posiblemente esquizofrénica, una mirada aventurada por la mirilla del portón, el intento de violación de un cura. Atisbos del mundo que le llegaban azarosamente.

Emma Reyes era la mejor bordadora de ese claustro.

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Por supuesto, mi padre estuvo prisionero. Mi hermana y yo llevábamos un grillete psicológico y económico con él durante ese tiempo, pero nunca padecimos las restricciones que él sí, como tener que  tolerar el calor sofocante de los 32 grados en invierno de Tapachula; la imposibilidad de salir de esa área más que por emergencias médicas; la obligatoriedad de convivir; la imposición de horas para usar las regaderas o para comer; la elección de los alimentos o ropas; los baños frecuentes de humo venenoso para fumigar; la imposibilidad de mirar otro paisaje. Claustrofobia.

No se le encontró culpable; salió libre tras un año y siete meses de terror. Su salud se deterioró pero se le condicionó a firmar una carta de excelencia en el trato carcelario y deslinde de responsabilidad de las autoridades sobre el trato recibido allí. Esa carta es condición para salir.

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Mi tía pasó enclaustrada en el hospital muchos de sus últimos seis o siete meses de vida. Estaba encerrada esperando tratamientos y estudios que no sirvieron de nada. Mi familia y yo nos alternábamos del confinamiento en nuestras casas al hospital, hasta que paulatinamente fui la única que asistía al nosocomio por tener mayor libertad para desplazarme durante las vacaciones de verano.

Siempre tuve miedo de portar la Covid-19 y añadir otro problema a la salud de mi tía. Tenía miedo constante de salir y utilizar el transporte público. Miraba comentarios en redes sociales, memes, videos, chistes de gente que odiaba estar encerrada. Más que nunca quería estar encerrada y no saber nada del mundo exterior.

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A un siglo de la pandemia por el virus H1N1 y a una década de la porcina, en 2019, la Ciudad de México tuvo un ensayo de la cuarentena infinita: algunos de sus habitantes tuvieron un par de semanas de confinamiento debido a la contaminación por partículas suspendidas PM2.5, especialmente nocivas para el aparato respiratorio y para el corazón, además de otros compuestos liberados en el aire por múltiples incendios forestales en el país.

El cuaderno gris de Josep Pla aborda los años del confinamiento por la pandemia de gripa entre 1918 y 1919. El diario abre con la cita que he colocado al inicio de este ensayo y escasamente el autor vuelve a mencionar el tema. El catalán vivió aquellos años en un pueblo de España donde parecía que la vida transcurría ajena a la influenza, cuando en realidad evade la muerte cotidiana y subraya la vida en ese diario. Así lo asienta Víctor Cabrera en un ensayo publicado en Letras Libres a propósito de la pandemia de influenza A H1N1 en abril de 2009, y refuerza su argumento en el poeta Antonio Deltoro, en calidad de especialista de la obra del catalán.

Para mí es imposible no observar las dificultades en torno al tema para buscar, por contraste con la reclusión forzosa, los beneficios del aislamiento; para explorar las diferencias entre algunos términos. La elección de una palabra finca una diferencia aparentemente sutil, pero diametral en los hechos.

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Una profesora de idiomas afirma que hay que perderle el miedo, que hay que salir sin cubrebocas como hacen ya en su tierra en Europa; que no podemos seguir encerrados porque la economía tiene que recuperarse. Entiendo, es la naturaleza humana, gregaria, curiosa, pero este pragmatismo me parece suicida cuando todavía no hay tratamiento. O acaso he desarrollado el síndrome de la cabaña.

Pensaba en estas cosas mientras lavaba los platos y escuchaba una clase magistral de la argentina Hebe Uhart sobre sus viajes y sus crónicas, a quien leí gracias a un curso online del escritor Juan Pablo Villalobos. Ella murió hace un par de años, una mujer de carácter fuerte; seguramente habría detestado el confinamiento a estas alturas por todas las restricciones para viajar. Kant nunca salió de Könisberg, pienso, ¿consolaría a Uhart un personaje como el filósofo alemán? 

Viajar es un sueño para muchos, me incluyo, pero aprecio el tiempo que he ganado para leer con mucha pasión otra vez. El aislamiento ha favorecido este placer junto con la posibilidad de un duelo más o menos llevadero. El ostracismo por recomendación médica se vislumbra para mí como un refugio necesario de tantas heridas, de todas las formas de nombrar el encierro.

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Por ahora, los libros son mi parapeto, aquí puedo estar aislada un tiempo más, toda la vida quizá. Después de todo, aislamiento es el factor común de todos los términos que he comentado. La diferencia radica en el derecho o el mandato de estar encerrada. Por ahora, es lo mejor para mí, tengo el privilegio de estar aislada en un lugar acogedor con agua potable, energía eléctrica y conexión a la red puesto que gozo de un puesto de trabajo.

Aunque también es verdad que la voluntad deviene de la necesidad. Se puede elegir salir sin cubrebocas o con él, besar a la pareja aunque no viva con una o abstenerse incluso de tocar su mano. El pequeño virus elegirá su camino de cualquier manera.

La primera vez que fui sospechosa de haber contraído el virus fue cuando internaron por segunda vez a mi tía. La aislaron en el piso Covid-19 del Instituto Nacional de Cancerología y tuvimos que despedirnos ante la expectativa de no volver a vernos. Resultó negativa.

Su muerte ocurrió en verano.

No creo que sus cenizas sean ella o que su urna la contenga. Soy atea, para mí es evidente que el fuego transforma en otra cosa la materia y la energía que somos. No la puedo creer encerrada, al contrario, la muerte es liberación, a cualquier parte, a ningún lado; en todo caso, ella no está supeditada más a nada humano ni mundano. Lo entiendo así y comprendo la muerte como otra vía para alcanzar la libertad que no está a mi alcance, por lo que debo concentrarme en la palabra.

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Ya no me pone nerviosa rociarme desinfectantes cada que salgo por alimentos. Es como si los rituales ya se hubieran incorporado en nuestras vidas, como si tuviéramos ya un TOC bien integrado en nuestra cotidianidad.

Todo esto queda en un segundo plano, lo que quiero es aislarme para explorar mi cabeza y reconstruir lo que se pueda. Reconstruirse exige intimidad. Quizá viviendo en esta isla por un rato se nos permita ser libremente en nosotros mismos, en nosotras mismas. 




La casa del lenguaje, un balcón para traducir SOZÉ

Desde un balcón se contempla otra casa, del mismo modo en que desde nuestro idioma miramos a la distancia a una lengua extranjera.

Qué difícil es mantener el significado de una obra cuando es traducida a otros idiomas. Marcela Batista relata de forma poética cómo fue el paso del portugués al español al traducir el poemario SOZÉ.[i]

Marcela Batista

Me gusta pensar en una obra de arte como un cuerpo porque me atrae la idea de ser tocada por esta otra materialidad que también mueve nuestro cuerpo, acelera los latidos de nuestro corazón, nos hace reír, llorar, indignarnos, emocionarnos. Me gusta pensar en el libro como una obra y esta obra como un cuerpo porque, una vez en el mundo, tiene vida propia e irrumpe en el espacio con su energía, con su propia forma de superar el lenguaje y ser algo más, una presencia, un cuerpo que interactúa con el nuestro cuando lo leemos y lo tocamos.

Un libro se compone de palabras, papel e identidad; así como cada casa tiene su propia organización particular, número de habitaciones, color de paredes, puertas y ventanas, el libro tiene su propio carácter, es por eso que también cambia su recepción dependiendo de quién vive allí y de quién está invitado o no a participar. En mi caso, me invitaron a entrar a la casa SOZÉ, obra de la poeta brasileña Anelise Freitas, en agosto de 2018: debido al lanzamiento del libro, la autora nos abrió las puertas a mí y otras tres poetas para leer muy de cerca, vivir, bailar y extrapolar las paredes del libro: deberíamos pensar en un performance para el lanzamiento de la obra.

Un performance, para mí, sería concebir otra vida para el libro, hacerlo habitar en un cuerpo diferente, manteniendo su esencia y, al mismo tiempo, evocando otras identidades, otras voces que habitan esta casa. La forma que encontré para hacer habitar esos versos en otro cuerpo fue entonces preparando una versión en español del poema titulado “Poema do angu” (“Poema del angú”), que me hizo transitar por nuevos pasillos de sonidos e imágenes por primera vez. Después del lanzamiento del libro, seguí traduciendo otros poemas de acuerdo con una lógica afectiva: primero, me tocaban mientras los leía en portugués, luego ensayaban otras voces dentro de mi boca, en español. Así se tejía la nueva tapicería lingüística, poco a poco se esparcía por la casa entre letras, papeles, apuntes y lecturas. Corría, anotaba en un papel.

Hay varias formas de leer una obra, especialmente cuando es un libro de poemas. Primero como lectora, y luego como traductora de la obra, la pensé como una casa que fui desarrollando y adornando a lo largo del trabajo de traducción. Desarrollé un esquema para sumergirme en la obra que me esperaba, entendiendo el libro como una construcción en la que hay dos caras, una interna y otra externa, ambas se tocan por una tercera cara, el lenguaje. La portada del libro, que lleva el título de la obra, tiene un nombre masculino unido al modo para el tratamiento formal, que en portugués se emplea al dirigirse a las personas mayores. En este caso, “Sô” es la abreviatura de “señor” y “Zé” es la forma apocopada de “José”, que compone el título SOZÉ. En Minas Gerais, las casas y la mayoría de las mujeres suelen ser conocidas por el nombre del hombre mayor, por lo que es común escuchar “Casa de João”, “Hija de José”, “Nieta de Antônio”. Por el contrario, dentro de la casa —que solo vemos si entramos— están las mujeres que la componen, que la mantienen viva, el trabajo de las mujeres, sus subjetividades y, sobre todo, el lenguaje de las mujeres, de las muchas mujeres que habitan su interior vivo.

En el exterior de la casa, los hombres están en la superficie, lo que se muestra y lo que se ve; dentro de la casa están las mujeres y su trabajo diario. El mayor desafío fue traducir las voces, los sentidos y los juegos de palabras de tantas mujeres, cada una con su propia sintaxis, vocabulario, su propio acento, su propio mensaje. A mi entender, no existe una separación rígida entre el interior y el exterior, ambos se tocan, se interrelacionan y se constituyen, la casa siempre es atravesada por la calle y la calle por la casa. Como traductora, viví en este limbo durante aproximadamente un año, aferrada al lenguaje que oscilaba aquí y allá.

Me gusta pensar en este limbo como un balcón, el regalo arquitectónico que nos permite estar dentro y fuera de la casa, lo suficientemente seguros, lo suficientemente arriesgados. En el balcón solemos jugar con los límites, y en ese juego luego constituimos un tercer lugar en el que logramos conectar estas dos esferas a través del lenguaje, que es también una extensión de la vida interior y la vida exterior. De esta exposición, desde el avarandado[ii] del lenguaje, surge la copresencia de espacios, la convivencia de cuerpos, de lenguajes que componen la experiencia poética y traslacional.     

En la obra hay muchos juegos de palabras, términos específicos del interior de la casa, neologismos, regionalismos y un trabajo con el lenguaje que desafía al lector y hace del proceso de traducción también un juego, con pasajes que sobrepasan al traductor, o en este caso traductora, como lectora de la obra. En este sentido, fueron muchos los casos en los que tuve que elegir entre una y otra posibilidad de traducción en un intento por mantener la mayor parte de la estética del poema.

En el poema “Por enquanto não há previsão de mudanças” (“Por ahora no hay pronóstico de cambios”) hay un juego de significado con el género gramatical asociado a los sustantivos menstruaçãoendometriose y cólica, femeninos en portugués, en oposición a ovárioúterofeto, todos masculinos. Al realizar la traducción al español me encontré con este aspecto: aunque la menstruación y la endometriosis mantienen su género, el cólico cambia a masculino y rompe con el sentido del poema, en el que la oposición entre hombres y mujeres era fundamental.

La carga semántica de los sustantivos masculinos, al ser asociada a la propia carne biológica y reproductiva de la mujer, como el feto, los ovarios y el útero, en oposición a la materia que obedece a otro ciclo, se oculta, y se olvida su pertenencia a la esfera más íntima de las mujeres: menstruación, dolor, angustia, se perderían si la traducción se apegara a todas las reglas gramaticales y no cuidara el sentido poético. La opción fue traducir el dolor sustantivo íntimo, femenino, manteniendo la construcción estética de la oposición, eligiendo la palabra española “punzada”, que está dentro de esta casa de sentido que solo conocemos si nos dejamos llevar a ese interior.

En portugués, las vocales abiertas y cerradas son pares mínimos, es decir, al optar por un fonema abierto o cerrado tenemos dos significados diferentes para la palabra. Un ejemplo muy común es lo que ocurre con los sustantivos avô y avó: si se lee el primero con la vocal cerrada, significa abuelo; el segundo, si se lee con la vocal abierta, significa abuela. Un caso similar se me ocurrió con el poema “Texto da aliteração velar-oclusiva III” (“Texto de la aliteración oclusiva velar III”). En el poema en portugués hay un doble sentido con la palabra gosto que me hizo, nuevamente, elegir un camino de traducción, en el que pude acercar al lector a probar este juego de lenguaje.

Si leemos el verso con la vocal cerrada, “e amar é muito mais que corpo, é presença e gôsto”, “gôsto”, que significa gusto, hace alusión al sabor de las cosas; si leemos el verso con la vocal abierta, “e amar é muito mais que corpo, é presença e gósto”, entonces tenemos el presente de indicativo del verbo gostar, que significa tener aprecio por algo o alguien. En el poema, este particular aspecto poético del portugués suena como una sinestesia del cuerpo que ama, desea y al mismo tiempo saborea al otro, una mesa puesta, una cena para dos. En la traducción, encontré una solución también particular. En la primera estrofa, conservé el sentido del gusto que hay en el paladar, y también de estar a gustocomo cuando estamos en casa: “y amar es mucho más que cuerpo, es presencia y gusto” ; el sentido de aprecio y cariño por el otro, se construyó en los siguientes versos: “me gusta vos”.

Traducir SOZÉ fue una experiencia sensorial poderosa, pasó por muchas casas, desde el interior de Minas Gerais hasta Río de Janeiro, también vivió una temporada en Argentina, y mientras tanto se construyeron muchos y diferentes balcones. El cuerpo expansivo de esta obra, transitoria y perenne, tan múltiple y particular, interactúa con nuestros cuerpos hasta tal punto que nos convertimos en el hogar de su existencia. Una babel de voces de mujeres dialoga y desborda más allá de las cuatro paredes del libro, se expande, rompe puertas y paredes: se lanza la casa por la ventana del lenguaje.

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SOZÉ

Anelise Freitas

Brasil: Edições Macondo, 2018

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Sobre las autoras

Marcela Batista es escritora, traductora y crítica; divide sus días entre portugués y español. Editoria del sello independiente Capiranhas do Parahybuna, su primera publicación Caderninho Vermelho (2018) fue realizada por este sello y su edición está actualmente agotada. Su segundo libro de poemas será bilingüe y se encuentra en fase de edición para ser publicado en 2021 por la editorial argentina Hemisferio Derecho. Actualmente se dedica a pensar en otros lenguajes poéticos, como el collage analógico o su blog, donde publica traducciones de poetas latinoamericanas. Todo esto mientras revisa y prepara materiales didácticos, en la ciudad que está aprendiendo a amar, Rio de Janeiro. 

Anelise Freitas es escritora, crítica, traductora, profesora y editora en el colectivo editorial Capiranhas do Parahybuna. Además de graduarse en Comunicación y Letras, es maestra y doctoranda en Estudios Literarios. Sus poemas han sido publicados en revistas de Brasil, Portugal, Inglaterra y Argentina; ha participado en exposiciones en Minas Gerais, Bahia, São Paulo e Rio de Janeiro. Publicó cinco libros de poemas, los más recientes son SOZÉ (Macondo, 2018) y Mamafesto – Parte I (Capiranhas do Parahybuna, 2018). Participó en dos antologías en Argentina: Tropa voluntaria (Proyecto Lux/Argentina, 2016) y Corderos en la espuma (Proyecto Lux/Argentina, 2018). 

Notas

[i] Este texto es una traducción de “A Casa da linguagem — uma varanda para traducir SOZÉ. La traducción es de Fernando Cruz Quintana.

[ii] No tenemos en español una expresión que dé cuenta de “avarandar”, que significa poner una terraza o un balcón. “Avarandado” en cambio sería un adjetivo que se traduciría como “abalconado” o “aterrazado”. Preferí dejar el término tal y como se utiliza en portugués. La idea de la autora es jugar con la frescura y apertura que provee un balcón y hacer una analogía de esto con las múltiples posibilidades expresivas que brinda el lenguaje.




A casa da linguagem – uma varanda para traduzir SOZÉ

De uma varanda outra casa é contemplada, da mesma forma que de nosso idioma uma língua estrangeira é observada à distância.

Como é difícil manter o significado de uma obra quando ela é traduzida para outras línguas. Marcela Batista conta de forma poética a passagem do português para o espanhol na tradução de SOZÉ.

Marcela Batista

Gosto de pensar uma obra de arte como um corpo, porque me atrai a ideia de ser tocada por essa outra materialidade, que mexe com o nosso corpo também, acelera os batimentos do coração, nos faz rir, chorar, se indignar, se emocionar. Gosto de pensar o livro como uma obra, e esta obra como um corpo, porque uma vez no mundo ele tem vida própria e irrompe no espaço com sua energia, com sua própria maneira de ultrapassar a linguagem e ser algo mais, uma presença, um corpo que interage com o nosso quando o lemos e tocamos nele.

Um livro é feito de palavras, papel e identidade; assim como cada casa possui sua organização particular, número de cômodos, cor das paredes, portas e janelas, o livro tem seu próprio caráter, por isso também sua receptividade muda conforme quem mora ali, de quem é ou não convidado a entrar. No meu caso, fui convidada a entrar na casa SOZÉ, obra da poeta brasileira Anelise Freitas, em agosto de 2018: em razão do lançamento do livro, a autora abriu as portas para mim e outras três poetas para ler muito de perto, viver, dançar e extrapolar as paredes do livro: deveríamos pensar em uma performance para o lançamento da obra. 

Uma performance, no meu entender, seria conceber outra vida para o livro, fazê-lo habitar um corpo diferente, mantendo sua essência e, ao mesmo tempo, evocando outras identidades, outras vozes habitando esta casa. A maneira que encontrei de fazer aqueles versos habitarem outro corpo foi então preparar uma versão para o espanhol do poema intitulado “Poema do angu” (“Poema del angú”), que me fez pela primeira vez transitar por novos corredores de sons e imagens. Depois do lançamento do livro, continuei traduzindo outros poemas, seguindo uma lógica afetiva: primeiro eles me tocavam, enquanto lia no português, logo ensaiavam outras vozes dentro da minha boca, em espanhol. Assim a nova tapeçaria linguística se tramava, aos poucos, ia se espalhando pela casa, entre letras e papéis, anotações e leituras. Eu corria e anotava no papel. 

Existem várias formas de se ler uma obra, ainda mais quando é um livro de poemas. Primeiro como leitora, e posteriormente como tradutora da obra, foi pensá-la como uma casa, que ao longo do trabalho de tradução fui desenvolvendo e aprimorando. Elaborei um esquema para submergir no trabalho que me esperava, entendendo o livro como uma construção em que há duas faces, uma interna e outra externa, ambas tangenciadas por uma terceira face, a linguagem. 

A capa do livro, que leva o título da obra, possui um nome masculino acoplado à forma de tratamento formal, que em português se aplica às pessoas mais velhas. Neste caso, “Sô” é a abreviatura de “senhor” e “Zé” é a forma apocopada de “José”, compondo o título SOZÉ. No interior de Minas Gerais, as casas e suas mulheres costumam ser conhecidas pelo nome do homem mais velho, então é comum ouvir “casa do João”, “filha do José”, “neta do Antônio”. Ao contrário, no âmago da casa, que vemos somente se entramos, estão as mulheres que a constituem, que a mantem viva, o trabalho das mulheres, suas subjetividades e, principalmente, a linguagem das mulheres, das muitas mulheres que habitam seu interior vivo. 

Na parte exterior da casa, estão os homens na superfície, o que se mostra e o que se vê; na parte interior da casa estão as mulheres e seu fazer diário. O maior desafio foi traduzir as vozes, sentidos e jogos de palavras de tantas mulheres, cada qual com sua sintaxe, vocabulário, seu próprio sotaque, sua própria mensagem. No meu entendimento, não existe a separação rígida entre o interior e o exterior, ambos se tocam, se inter-relacionam e se constituem mutuamente, a casa é sempre atravessada pela rua, e a rua pela casa. Como tradutora, habitei por cerca de um ano este limbo, me agarrando à linguagem que oscilava entre lá e cá. 

Gosto de pensar neste limbo como uma varanda, este dom arquitetônico que nos permite estar a um só tempo dentro e fora da casa, suficientemente segura, suficientemente arriscada. Na varanda costumamos jogar com os limites, e nesse jogo então constituímos um terceiro lugar, no qual alcançamos conectar estas duas esferas por meio da linguagem, que também é uma extensão da vida de dentro e da vida de fora.  Desta exposição, desde o avarandado da língua, advêm a copresença dos espaços, a coexistência dos corpos, das línguas que perfazem a experiência poética e tradutória. 

Na obra há muitos jogos de palavras, termos específicos do interior da casa, neologismos, regionalismos, e um trabalho com a linguagem que desafia o leitor e torna o processo de tradução também um jogo, com escolhas tradutórias que perpassam o tradutor, o caso a tradutora, como leitora da obra. Nesse sentido, houve muitos casos nos quais tive que optar entre um ou outro caminho de tradução, na tentativa de manter o máximo possível da estética do poema.

No poema “Por enquanto não há previsão de mudanças” (“Por ahora no hay pronóstico de cambios”) há um jogo de sentido entre o feminino e o masculino, associado aos substantivos menstruaçãoendometriose e cólica, femininos em língua portuguesa, em oposição aos substantivos ovárioúterofeto, todos masculinos. Durante a tradução me topei com este aspecto: transpondo os substantivos literalmente ao castelhano teríamos la menstruaciónla endometriosisel cólico. Entretanto, el cólico rompe com o fluxo de sentido do poema, no qual a oposição substantivo feminino e masculino era fundamental. 

A carga semântica que nos traz a matéria substantiva masculina ser associada à própria carne reprodutiva, biológica, da mulher, como o feto, ovários e útero, em oposição à matéria que obedece outro ciclo, o que se oculta e pertence ao âmbito mais íntimo da mulher: a menstruação, as dores, a angústia, se perderiam caso a tradução seguisse um fluxo literal. O caminho foi traduzir a dor íntima, substantiva feminina, mantendo a construção estética de oposição, escolhendo a palavra punzada, que está no interior desta casa que só conhecemos se nos deixamos levar para dentro. 

Em português as vogais abertas e fechadas são pares mínimos, quer dizer, ao optar por um fonema aberto ou fechado temos dois significados diferentes para a palavra. Um exemplo bem comum é o que ocorre com os substantivos avô e avó: o primeiro, se lê com a vogal fechada, significa abuelo; o segundo, se lê com a vogal aberta, significa abuela. Um caso semelhante me ocorreu com o poema “Texto da aliteração velar-oclusiva III” (“Texto de la aliteración oclusiva velar III”). No poema em português há um duplo sentido na palavra gosto que me fez, novamente, escolher um caminho de tradução, no qual conseguisse chegar ao leitor um gosto desse jogo de linguagem. 

Se lemos o verso com a vogal fechada, “e amar é muito mais que corpo, é presença e gôsto”, gosto é um substantivo que significa paladar, o sabor que tem as coisas; se lemos o verso com a vogal aberta, “e amar é muito mais que corpo, é presença e gósto”, temos então o presente do indicativo do verbo gostar, que significa ter apreço por algo ou alguém. No poema, este aspecto poético particular do português soa como uma sinestesia do corpo que ama, deseja e ao mesmo tempo saboreia o outro, uma mesa posta, um jantar ora ser compartilhado. Na tradução, encontrou uma solução também particular. Mantive, na primeira estrofe, o sentido do gosto, do sabor que está no paladar, e também de estar à vontade, como quando estamos em casa: “y amar es mucho más que cuerpo, es presencia y gusto”; o sentido de apreço e afeto pelo outro, foi construído nas estrofes seguintes: “me gusta vos”. 

Traduzir SOZÉ foi uma experiência sensorial poderosa, passou por muitas casas, do interior de Minas ao Rio de Janeiro, experimentou também uma temporada na Argentina, e muitas e diferentes varandas foram construídas nesse meio tempo. O corpo expansivo desta obra, transitório e perene, tão múltiplo e particular, interage com nossos corpos a tal ponto, que nos tornarmos casa para sua existência. Uma babel de vozes de mulheres dialoga e transborda para além das quatro paredes do livro, se expande, rompe portas e janelas: se lança todo avarandado. 

SOZÉ

Anelise Freitas

Brasil: Edições Macondo, 2018

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Sobra as autoras

Marcela Batista é escritora, tradutora e revisora, dividindo seus dias entre o português e o espanhol. Editora do selo independente Capiranhas do Parahybuna, teve sua primeira publicação Caderninho Vermelho (2018) realizada pelo selo, cuja edição está atualmente esgotada. Seu segundo livro de poemas será bilíngue e está em fase de edição, a ser publicado em 2021, na Argentina, pela editora Hemisferio Derecho. Atualmente se dedica a pensar outras linguagens poéticas, por meio da colagem analógica, mantém um blog com traduções de poetas latino-americanas, enquanto revisa e prepara materiais didáticos, na cidade que está aprendendo a amar, o Rio de Janeiro. 

Anelise Freitas é escritora, revisora, tradutora, professora e editora no coletivo editorial Capiranhas do Parahybuna. Além da graduação em comunicação e letras, é mestra e doutoranda em Estudos Literários. Seus poemas já integraram revistas do Brasil, Portugal, Inglaterra e Argentina; e exposições em Minas Gerais, Bahia, São Paulo e Rio de Janeiro. Publicou cinco livros de poemas, sendo os mais recentes SOZÉ (Macondo, 2018) e Mamafesto – Parte I (Capiranhas do Parahybuna, 2018). Participou de duas antologias na Argentina, Tropa voluntaria (Proyecto Lux/Argentina, 2016) e Corderos en la espuma (Proyecto Lux/Argentina, 2018). 




1984, el año de la Neolengua

El Gran Hermano, personaje omnipresente de 1984, que todo lo sabe y todo lo vigila.

No existe mayor muestra de control y dominio, que aquella en donde se limita tu propio pensamiento. Algo de esto tiene la Neolengua, idioma ficcional de 1984, con el que se anulan las ideas de los individuos.

Ivonne Pánico Bressant y Fernando Cruz Quintana

Muchos de los clásicos en la literatura pueden presumir de contar con una fama que se extiende incluso más allá de sus propios lectores. Creemos que es el caso de 1984, obra que ha influido a diversas generaciones en todo el mundo, incluso a aquellas que nunca la han leído. La fascinación que despierta la novela de George Orwell ha alcanzado por igual a los fanáticos de la ciencia ficción, los tecnofóbicos y los tecnofílicos, los amantes de las novelas de suspenso, los pesimistas, los apasionados de la política y cualesquiera otro grupo de personas que se interese por alguna de las múltiples temáticas y formas que se encuentran en esta novela. Uno de esos muchos aspectos es el tema lingüístico a partir de la consideración de la lengua (la Neolengua) que hablan los habitantes de Oceanía, uno de los tres superestados de este universo ficcional.

1984 fue escrito 36 años antes al que hace referencia su propio nombre (1948). Mucho se ha dicho sobre cómo la trama resultó en una crítica a los regímenes totalitarios instaurados en el mundo de mediados del siglo XX y lo hizo a través de una historia que mostraba un futuro pesimista, aunque ficticio, para Inglaterra y para cualquier país que sucumbiera ante el control absoluto de un Estado opresor. 

La novela transcurre en una supuesta Londres, provincia de Oceanía, en donde la forma de vida la controla el Partido a través de la vigilancia excesiva, modificación del relato histórico, análisis de signos corporales, persecución política, etcétera. El gobierno está liderado por el Gran Hermano, un personaje omnipresente que controla a través de las telepantallas (dispositivos multitarea que bien sirven para entretener que para controlar). La presencia de temor y respeto que significa el Gran Hermano y que recuerda en todo momento los ideales del Partido, se complementa con la función de la Policía del Pensamiento. Esta institución vigila y castiga a quienes demuestren comportamientos o pensamientos heterodoxos contra la ideología implantada. Además de estas dos instancias, la creación de una nueva lengua o Neolengua contribuye a eternizar el régimen autoritario en el que vive Oceanía, esta forma de control tiene implicación directa en el pensamiento y sobre esto queremos hablar.

La Neolengua es el lenguaje oficial de Oceanía, una forma extremadamente simplificada del inglés que contrae y reduce las palabras, de forma tal, que hace caducar algunos conceptos. La tesis es sencilla pero escalofriante: si el lenguaje es la base del pensamiento, la mejor idea para controlar a una sociedad es eliminando algunas palabras con las que estructuran sus ideas. ¿Cuáles? Aquellas que atenten contra el Partido y su gobierno. El objetivo, en última instancia, es que la Neolengua pudiera dominar el juicio de la sociedad y hacer imposibles formas de pensamiento diferentes a los principios del Socing (contracción de socialismo inglés y al mismo tiempo nombre del Partido). 

Como sucede con cualquier idioma, la Neolengua cuenta con su propio diccionario, el cual fue editado múltiples veces para reducir su capacidad expresiva . Con ello desaparecería por completo la vieja manera de hablar y, a su vez, cualquier pensamiento anterior al Socing se convertiría en un absurdo. 

En la obra se demuestra que el propósito de la nueva lengua era proporcionar un medio de expresión acorde con el Socing. La intención última era que, con la absoluta adopción de la nueva lengua y el consecuente olvido de la vieja lengua, también se olvidara cualquier idea alejada a los principios del Partido.

De esta manera, con la modificación del habitual modo de hablar, todas las ambigüedades y los matices de significado quedaban eliminadas. Los conceptos de igualdad y libertad seguían existiendo, pero ya eran impensables (literalmente hablando) en un contexto político o intelectual, sólo se admitía una acepción: «libertad únicamente podría referirse a atributos de una cosa como: este perro está libre de piojos», o «este prado está libre de malas hierbas»; y con “igualdad”, cuenta la novela, «podría formarse la frase —todos los hombres son iguales—, pero solo en el mismo sentido podría decirse en vieja lengua —todos los hombres son pelirrojos—. No contenía errores gramaticales, pero expresaba una verdad impalpable». 

Bajo este esquema de extinción lingüística, la palabra “opinión fue una de las primeras en ser eliminada; su significado suponía un juicio o valoración respecto de algo (un pensamiento libre). Igualmente, la palabra “soberanía” existía con sus acepciones mutiladas: ya no era empleada para referir al poder que tiene el pueblo de una Nación para tomar decisiones democráticas, sino sólo para ratificar el poder que es ejercido por un ser supremo lejano y separado de la sociedad. En este mundo ficcional, los significados de la palabra “derecho” han desaparecido casi en su totalidad, salvo en los casos en que se hace referencia a una dirección recta, pero jamás pueden pensarse en un derecho entendido como aquella facultad del ser humano para hacer valer legítimamente algo. Ni mucho menos puede imaginarse el vocablo “derecho” como sistema de principios y normas expresivos de una idea de justicia y de orden, que regula las relaciones humanas en toda sociedad; concepto que es bastante amplio.

Tampoco puede hablarse de “derecha” como ideología política que profesan las personas con ideas conservadoras, porque si existen ideas de esta naturaleza, habría también ideas liberales. El Socing no da cabida a ideas liberales o conservadoras pues este tipo de reflexiones constituye lo que en 1984 se conoce como “crimental”: un delito de pensamiento que consiste en concebir cualquier idea opuesta al bien del Partido.

La adopción de la Neolengua hace que aunque se traduzcan las palabras a la viejalengua su significado sea ya inconcebible. Podemos pensarlo de esta manera: la palabra “internet” tiene muchos sentidos asociados para alguien en pleno 2020, sobre todo en materia de comunicación, pero sería un vocablo vacío para un individuo del siglo XIX en donde el mejor tipo de comunicación a distancia era el telégrafo.

El control mediante la Neolengua era la apuesta máxima del Partido: aquello que no se puede decir porque no existen palabras para expresarlo tampoco se podrá pensar. Este es el tema central en las discusiones sobre el  “lenguaje incluyente”: al incorporar al idioma expresiones más amplias como “todos y todas”, o como “ciudadanía” y “profesorado” en lugar de ciudadanos y profesores, se busca visibilizar a las mujeres y sacarlas del anonimato genérico. 

En suma, la instauración de la Neolengua resulta paradójica: aunque se presuma“nueva”, pretende regresar el pensamiento a un tiempo anterior, en el que el lenguaje se muestre limitado y no permita una expresión con amplitud. Esto, sin duda,  en detrimento del desarrollo humano. 

Este clásico de la literatura, además de ser una de las obras más representativas e influyentes acerca de sociedades distópicas, contiene también una lección sobre la importancia del lenguaje y sobre cómo una vida mejor principia en nuestra manera de nombrar al mundo y la existencia. La lengua, no existe ninguna duda de ello, es el principio de nuestra libertad.

1984.

George Orwell.

Inglaterra. 1948




Los nombres propios también son historias

Con el nombre «Covid», personal de un zoológico en Veracruz, México, bautizó a un tigre de bengala recién nacido. Este acto intenta resignificar esta palabra con un sentido de esperanza.

Aunque parezca un acto carente de propósitos o intenciones, al nombrar reflejamos nuestra más extraordinaria complejidad humana. ¿Qué se esconde en el fondo de esta práctica de denominación?

Laura Elisa Vizcaíno

El acto de nombrar a una persona o a una mascota genera un hecho de apropiación, existen casos peculiares en los que se nombra a un automóvil, una planta u otro objeto. Como sea, la intención es hacer nuestro aquello que recibirá el nombre. Cuando Jesús conoció a Simón, le cambió el nombre a Pedro —Cefas en arameo— y así inició su amistad. A su vez, los padres de un recién nacido tienen la difícil tarea de nombrarlo y en esa palabra imprimen parte del legado de su creación, no sólo por el ser vivo que han traído al mundo sino también porque nuestros nombres guardan una tradición y con ésta una cultura. 

El nombrar refiere a la necesidad no sólo de apropiación, sino también de identificación, lo cual, a final de cuentas, puede ser un regalo para la persona o mascota. Muchas veces nombrar también es un acto de amor: al recibir nuestro nombre nos identificamos y nos distinguimos del resto; el nombre es aquello que nos diferencia. En el caso de las mascotas, ya es sabido que los animales que domesticamos requieren de un mote con el cual llamarlos y, muchas veces, esa palabra nominal tiene un sinfín de derivados hipocorísticos; es decir, apodos que demuestran el cariño y hacen único al animal. 

Al elegir un nombre también hay huella de quien nombra, de sus gustos, deseos e historia personal: hay quienes no toleran escuchar cierto nombre porque les recuerda a alguna persona que dejó una marca negativa en sus vidas. O el caso contrario: el de los hijos que reciben el nombre de su padre y abuelo para continuar con una tradición. Por lo tanto, los nombres van cargados de significados, así como de recuerdos.

En la actualidad, la mayoría de los antropónimos carecen de originalidad puesto que han sido reutilizados a lo largo de la historia. Si acaso, las variables dependen del traslado de una cultura a otra dando como resultado  nombres interesantes, por ejemplo, aquellos que provienen de lenguas originarias, de fonética distinta y significados que aluden a la naturaleza —Biani («amanecer» en zapoteco) o Tonatiuh («Sol del movimiento» en náhuatl)—. Pero también hay ocasiones en que las designaciones nominales generan otro tipo de críticas, como es el caso de los nombres anglosajones sumados a los apellidos castellanos, pues en combinación ponen de manifiesto una diferencia cultural. 

Podríamos apostar que, en México, la mayoría de las mujeres nacidas en la década de los cincuenta tienen el nombre de María, Teresa o Guadalupe, para la década de los ochenta hay una predilección por el nombre de Mariana. Y actualmente observo una constante por Santiago, Mateo, Emiliano y Sebastián. Sin embargo, así como existe la inclinación por nombres comunes, contemporáneos y arraigados en la tradición, también los hay por los poco usuales o antiguos para su época. Hoy en día es poco frecuente el nombre Petra, haciendo memoria, únicamente lo recuerdo en personas ancianas, pero tengo una amiga húngara que lleva ese nombre y me cuenta que en Hungría es una moda, así como en mi país lo ha sido el nombre Renata, por dar un equivalente. 

Por su parte, aquellos nombres que son poco conocidos, tanto en fonética como en escritura, provocan dificultad para identificarlos y comunicarlos; las personas que los portan deben deletrear o recibir otro tipo de apodos y diminutivos que faciliten su identificación. Si con el nombre de Cintia, que es fácil de aprender, existen distintas formas de escribirlo (con “y”, con “th”, con “i”, con “s”), con otros como Yosahandy, Jericó o Betsabé, la ortografía y pronunciación se complican.

Ahora bien, ¿será que arrastramos la historia de los personajes del pasado que comparten nuestro nombre? ¿Una persona llamada Job padece las vicisitudes de su tiempo, así como lo hizo el Job de la Biblia? ¿Quiénes llevan el nombre de Abraham saben dirigir una comunidad? Las mismas preguntas podrían utilizarse con los nombres que conllevan significados de adjetivos, por ejemplo, ¿todas las Sofías son sabias o todos los Benjamín son el hijo menor de la familia?

Sólo contamos con respuestas subjetivas respecto a cómo son las características de quienes nos rodean o de nosotros mismos. Donde sí puede ser verificable el rastreo de historias a través del nombre es en la intención; es decir, en el acto mismo de nombrar, en la ambición de que la historia se repita o bien el deseo de que el significado prevalezca; el resultado, la mayoría de las veces, es un homenaje. 

Se busca la repetición del nombre para recordar quién lo portó: ya sea un miembro de la familia cuya memoria debe prevalecer o el homenaje a personajes religiosos, históricos y ficticios. Es difícil —mas no imposible— encontrar personas con el nombre de Caín, Macbeth o demás antihéroes, pues en algunas culturas no representan valores deseables ni un buen destino; lo que reafirma la idea de que nombrar es un acto bondadoso, donde se imprime el deseo de un camino fructífero. 

Sin embargo, las mascotas sí pueden llevar el nombre de Lucifer, pues cuando domesticamos, también ficcionalizamos. En la ficcionalización es donde podemos encontrar nombres que envilezcan a los personajes, pues en el acto de nombrar también puede haber un deseo negativo con intenciones precisas para conformar un relato o agredir a una persona, como sucede cuando ponemos un sobrenombre insultante . El fenómeno es visible en los nombres que aluden a su sentido denotativo, en el Manual de Onomástica,[i] estas nominalizaciones son definidas como caracterizadoras, porque refieren a su significado léxico directo, como un apodo, para llamar la atención sobre algún defecto del nombrado. Éstos, por su carga semántica, son comunes en la literatura infantil, así por ejemplo, Maléfica caracteriza el mal; o el Capitán Garfio, que señala la pérdida de su mano. 

En cuanto al deseo de que se cumpla el significado de un nombre, están algunos sustantivos o adjetivos que desde mi perspectiva ya no son tan usuales para nombrar a un bebé, al menos en mi comunidad, como Esperanza, Amparo, Refugio, Preciado. Y también hay casos en los que el acto de nombrar es ajeno al significado, por ejemplo, Mauricio es definido como «hombre moreno», sin embargo, también se ha empleado para hombres de piel clara; asimismo, Inés significa «casta» como Sor Juana Inés de la Cruz, quien debió cumplir con un voto católico, pero no es el mismo caso de Inés Arredondo que, sin afiliación religiosa, tuvo hijos. Lo importante es que el acto de nombrar tiene su particular intención, así como sus raíces en el tiempo y en el espacio vivido, en la tradición y en las costumbres. 

No hay un nombre más actual que Covid, otorgado a un tigre bengala, nacido en el mes de marzo del 2020 en un zoológico de Veracruz. En entrevista para El País, uno de los encargados del felino menciona que Covid es “esperanza”, por todo lo que se puede aprender de él y por ello la elección del nombre. En consecuencia, no sólo los nombres tienen trayectoria, el acto de nombrar encierra intenciones, recuerdos y anhelos que se traducen en una historia; por esta razón el tema de la onomástica es amplio, no sólo se trata de un diccionario para elegir el nombre del bebé, en el acto de nombrar o elegir el propio nombre (asunto con una carga histórica también interesante), hay rasgos del ser humano que expresan sus prácticas y cosmovisiones propias.


SOBRE LA AUTORA

Laura Elisa Vizcaíno es doctora en letras,  ha publicado un libro infantil y dos de microrrelatos.  Es tallerista en www.ficticia.com e investigadora en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM.

NOTAS

[i] Sobre la función del nombre en la literatura puede consultarse: Manual de onomástica de la literatura. Coord. Alberto Vital y Alfredo Barrios. México: UNAM, 2017.