La era de los dedos

Vivimos en una época extraña: nos comunicamos más con los dedos que con la voz.

Existe una relación olvidada entre la palabra “dedos”, los números y la era digital. En esta entrada develamos cuáles son los hilos que entrelazan estos términos.

Fernando Cruz Quintana

La función de cualquier palabra, trátese del idioma del que se trate, es la de encerrar en su sonoridad o en su escritura un significado que dé cuenta de un fragmento de la existencia. Se pueden delinear sentimientos, hablar de cosas inexistentes, circunscribir una porción material de la realidad, referir cosas inasibles pero mentalmente presentes, etcétera. Los vocablos, no tengo ninguna duda, son piezas del rompecabezas que constituye nuestra expresión, sin embargo, algunas de ellas pueden transmitir ideas o sentidos más amplios por la asociación cultural que les hemos impuesto; así, al escuchar o leer términos como “política”, son inevitables las vinculaciones con “corrupción”, “descomposición”, “gobierno”, “elecciones” y muchas otras cosas que se encuentran unidas por un hilo invisible de relación. Algo como esto ocurre con la palabra “digital” que puede ser el principio de una marejada de evocaciones de modernidad y avance tecnológico.

Siempre he pensado que la familiaridad con la que resuena mi español a veces se siente invadida por la extrañeza de la modernidad tecnológica que se mete por la fuerza con palabras inglesas: no traduzco streaming, tweet, wi-fi, hardware o software con tanta facilidad y por tanto pienso que mi propia lengua privilegia lo anciano, o en todo caso lo clásico, como acto de resistencia ante la vanguardia técnica. Esta firmeza, no obstante, no pareciera ser producto de una elección consciente sino de un retraso en la producción de herramientas tecnológicas: son otros los países donde éstas se elaboran y desde donde las importamos. Pese a esta realidad, hay una palabra que asociamos con la tecnología y que parece surcar distintas lenguas en las que se mimetiza sin miedo de aparecer ajena o de verse como símbolo de avance o retroceso: me refiero a “digital” que al menos en inglés, alemán, portugués, catalán se escribe de la misma manera, aunque se pronuncie de distinto modo.

¿Por qué “digital” puede ser emblema de lo más nuevo y al mismo tiempo sentirse como natural en tantos idiomas? Tal vez la razón provenga de sus orígenes corporales y matemáticos. En latín, “digitus” significa dedo y “digitalis” refiere todo lo relativo a los dedos. Partamos de ese origen porque es el que medianamente conozco; no sé qué motivaciones existieron para que ese encadenamiento de sonidos y escritura deviniera en esta asociación de sentido. ¿Y luego cómo de eso pasó a algo matemático? Es sencillo, sólo piense en qué extremidades le ayudarían a poder llevar cuentas sencillas; poco práctico sería querer hacer analogías entre cantidades con nuestra cabeza o nuestro estómago, de los que solo tenemos una versión, pero con los dedos se puede contar hasta diez veces o veinte si sumamos a los de los pies.

No sé si soy el único que había olvidado la relación que lo digital tiene con los dedos; era tan obvio en las historias de detectives en donde la “huella digital” constituye uno de los indicios irrebatibles de la culpabilidad de una persona. Pero la asociación de imagen inigualable tal vez ya se olvidó también porque ahora lo digital puede representar la facilidad de reproducción y la pérdida del aura que envolvía las obras análogas. Tal vez para los botánicos el desprendimiento no ha ocurrido del todo, pues en el estudio de la planta llamada “digital” o “dedalera” se mantiene vigente la imagen de una hierba que se asemeja en forma a los dedos de sus manos.

En algún momento este vocablo dejó de tener una evidente asociación corporal que claudicó a favor de lo tecnológico. Por causa de mi trabajo he escuchado, leído y escrito mucho la asociación “era digital” para tratar de caracterizar a los tiempos en que vivimos ahora, a casi una quinta parte cumplida del siglo XXI. Aunque no se diga con la intención de hablar de nuestras manos y sí de un periodo mediado por la tecnología, creo que de igual modo podríamos decir “era de los dedos” para representar la manera moderna en que transcurre nuestra comunicación en estas fechas. 

Si comenzó por los dedos y pasó a las cuentas y luego a la tecnología, ¿qué nuevos derroteros le esperan al vocablo “digital”? Imagino una existencia perpetua, o al menos la suma de todas las vidas y todos los tiempos, seguramente en ese lapso inagotable las palabras podrían emigrar sus sentidos y recibir, al menos durante una vez, cualquier significado. Cerremos por ahora la significación en una época dominada por flujos de información y estructurados a manera numérica y binaria de ceros y unos, y contemplemos hasta cuándo será vigente esta analogía.




De refranes y verdades

Al nopal sólo se le arriman cuando tiene tunas
“Al nopal sólo se le arriman cuando tiene tunas” dice un sabio refrán mexicano que nos habla de las personas que se nos acercan sólo por interés.

¿Qué sabias voces habrán inventado los refranes que repetimos todos los días y que parecen esconder verdades irrefutables? Karla Cortés Valladolid reflexiona sobre su propia experiencia con estas curiosidades de nuestro habla cotidiano.

Karla Cortés Valladolid

En la preparatoria mis amigas decían que era refranera porque a cada situación podía responder con alguno de los refranes de mi biblioteca mental. Tan era así, que si alguna nos empezaba a relatar una situación como que su tía andaba muy preocupada por las amistades de su hijo, yo le podía responder “es que ya ves que el que con lobos anda, a aullar se enseña”; si, por el contrario, me decía que su primo desde chico había sido relajiento, lo más seguro era que le hubiera respondido con un “árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza”.

No sé si mi afinidad por los refranes venga por herencia de mis abuelos y la sabiduría de pueblo con la que veían el mundo —ya saben lo que dicen, “del tal palo, tal astilla”—, pero tal vez los refranes me gustan por la simpleza con la que pueden expresar nociones complejas de la vida y aterrizarlas en figuras que nos es fácil visualizar y vincular con lo que vivimos. Estas pequeñas expresiones encierran un saber profundo sobre lo bueno y lo malo que nos pasa, y son tan variopintas que incluso hay una autorreferencial: “para todo mal un refrán, para todo bien, también”. ¡Cuánta sabiduría depositada en ecos pasados que repetimos mecánicamente! ¿A poco no hemos llegado a sentir que apestamos cuando llevamos tres días de arrimados?, ¿desmoralizados por no ver a ese amigo ‘leal’ cuando estuvimos en la cárcel o en el hospital? ¿O reconfortados cuando lo que no fue en nuestro año no fue en nuestro daño? Y es que no hay nada más cierto que saber que “en apuros y en afanes, aconsejan los refranes”.

Ya explicaba mi abuelo cada que tenía oportunidad: “Los refranes no los compuso ningún tonto”. A su aseveración puedo sumar una fórmula de mi repertorio: “La persona curiosa siempre tiene un refrán en su boca”. El creador del refrán, además de requerir agudeza mental, picardía y habilidad para la rima, necesita de una gran sensibilidad frente a lo que pasa en el entorno y una capacidad interpretativa y de síntesis que en los casos mejor logrados raya en lo poético y filosófico pues “el que habla con refranes es un saco de verdades”.

Si los refranes son portadores de verdades que nos son simples, profundas e irrefutables no sólo se debe a su estructura sencilla generalmente conformada de dos premisas, una alusiva a una causa y la otra a una consecuencia, o por las enseñanzas que nos dejan al ser saberes colectivos que se van transmitiendo, sino a que éstos a menudo hacen referencia a situaciones, actividades, objetos y elementos que son parte de nuestra cotidianidad o que, por lo menos, alguna vez lo fueron. Por ejemplo, conozco uno que habla de arrieros: “Mal arriero o buen arriero, la cama tiende primero” y sé también por voz de José Alfredo que “un arriero [le dijo] que no hay que llegar primero sino hay que saber llegar”. 

La naturaleza con sus animales, plantas y fenómenos particulares y los objetos y utensilios que usamos en nuestra cotidianidad también son susceptibles de construir un refrán; los buenos y malos hábitos, las virtudes y los pecados; Dios, el diablo, la suegra y hasta el Sancho, todo cabe en un refrán sabiéndolo acomodar.

Si bien “de refranes y cantares tiene el pueblo mil millares”, y el entorno es su fuente inagotable de inspiración, éstos vienen de un tiempo diferente al nuestro, uno en el que observábamos, y porque observábamos era que podíamos traducir y explicar la vida a partir de lo que ésta, por medio de acciones simples pero tangibles, nos enseñaba.  

Como explican Samuel Flores-Huerta y Rubén D. Flores en la introducción del Compendio de dichos y refranes, mientras las enseñanzas de los dichos sigan vigentes y las circunstancias en donde se aplican también, los refranes perdurarán en el tiempo o cambiarán su forma para seguir siendo comprensibles, “Mas si el mensaje de los dichos ya no empata con éstas, es decir, ya no refleja la vida diaria, entonces los refranes se tornan obsoletos y la gente los olvida”[1]. Aun cuando las palabras utilizadas en un dicho pueden extinguirse, el refrán puede perdurar en tanto sea portador de valor y se siga repitiendo, pues “saber de refranes poco cuesta y mucho vale”.


[1] Samuel Flores-Huerta, Dichos o refranes, compendio temático, p.23




Había una vez un niño…

Con un dejo paradójico de nostalgia y júbilo, Martha Álvarez reseña la colección de libros Había una vez un niño… del autor australiano Oliver Jeffers

Martha Álvarez

Hasta antes de ser mamá yo no leía libros para niños porque son infantiles y qué flojera. Pero después descubrí este tipo de literatura como el lugar ideal para reencontrar mi imaginación perdida, para alentar ideas creativas y, sobre todo, para darme cuenta de que lo importante se puede decir de formas muy amables.

He encontrado en los libros para niños un
montón de bondades que les quiero compartir y que no quiero que nadie se
pierda, ni los adultos obtusos ni los niños en pleno proceso de domesticación;
entre esas bondades, en primer lugar, encuentro que aleccionan a quienes con
mirada adultocéntrica desprecian lo infantil.

Hay libros que de tan bonitos nos vuelven
humildes y nos obligan a reconocer que a veces necesitamos con urgencia
recordar nociones básicas para convivir en el mundo con los demás y esos
libros, ya no tengo duda, son los dedicados a la niñez.

Y
no me refiero a que en las historias dedicadas a los pequeños hallemos valores
morales que inculcar o motivos pedagógicos que enseñar —que los hay sin duda y
en algunos casos, malogrados porque lo hacen de manera obvia—, me refiero más
bien a que ahí, en esas historias, podemos creer que las estrellas son
alcanzables, que podemos viajar en un mismo día a la luna o que podemos
estrechar lazos de amistad con un pingüino que nos quiere.­­­

Les contaré aquí de tres libros, de los primeros que leí a mi hijo mayor y que llevo leyendo más o menos cinco años de forma intermitente. Se trata de Había una vez un niño… una trilogía escrita e ilustrada por el artista visual y narrador Oliver Jeffers, australiano de nacimiento pero radicado en Brooklyn, NY, integrada por Perdido y encontrado, Cómo atrapar una estrella y De vuelta a casa, editados por el Fondo de Cultura Económica para su bella colección de literatura infantil y juvenil A la orilla del viento.

Perdido y encontrado (2005) narra la inaudita historia de un
niño que al abrir la puerta de su casa encuentra justo ahí, un pingüino. El
pequeño no entiende de dónde viene pero se da cuenta de su tristeza y se
pregunta a qué se deberá ese estado de ánimo, él supone que su tristeza obedece a que está perdido y se
propone ayudarle a volver a casa.

Nuestro pequeño protagonista busca por todos lados la casa del pingüino, le pregunta a unos pájaros y a su pato de hule, nadie sabe nada; al fin averigua que los pingüinos viven en el Polo Sur y decide llevarlo. Emprende un viaje en bote equipado con todo lo que creyó necesario para la travesía; rema al sur durante días, surcan altas olas y mares tranquilos hasta arribar a su destino. El niño está feliz por ayudar a su amigo pero el pingüino está aún más triste.

Durante el viaje de regreso a casa, en
soledad, el niño se da cuenta del error que cometió al dejar al pingüino,
porque en realidad su amigo no estaba perdido ni triste, se sentía solo, como
él. Esta breve historia fue una sorpresa para mí por la sutileza con la que
muestra empatía y fuerza de carácter.

La metáfora del viaje marítimo funciona
con mucha inteligencia en esta narración que prepara al lector para mostrarle
que a veces para lidiar con la ausencia del otro al que queremos, con la
soledad y con la tristeza, es necesaria la valentía y la determinación,
virtudes que el pequeño mostró aún sin darse
cuenta; todo, para reencontrar a su extraño amigo. Si sumamos a esto las
ilustraciones y caligrafía del propio Jeffers tenemos un conjunto complejo en
su sencillez y encanto.

Cómo atrapar una estrella (2005) cuenta los descabellados planes de un pequeño para adueñarse de una de las estrellas que noche a noche ve por su ventana. Al imaginar que esa estrella sería su mejor amiga y pasearía con ella, brincó muy alto, lo más alto que pudo, trepó árboles altísimos, le lanzó un salvavidas, quiso usar su nave espacial pero estaba sin gasolina —pues vació el tanque en uno de sus viajes a la Luna—, incluso pidió ayuda a una gaviota pero ésta lo ignoró.

Al mirar el reflejo de una estrella en el
mar intentó con ahínco atraparla, sin embargo, fracasó también ¿Quizá salió del agua a dar un paseo a
la playa? Corrió hacia la arena y ahí estaba: una estrella de mar sólo para él. Miren, si esto no es ternura no sé
qué lo sea, y así son los niños que aún tras varios fracasos persisten en la
búsqueda de sus sueños porque éstos no son imposibles, ni absurdos, ni bobos,
son suyos, son sus sueños.

Tengo la impresión de que este cuento es más para los adultos que para los niños, tenemos que aprender a respetar y validar las ideas infantiles, quitar a lo infantil ese tufo peyorativo y desdeñoso. Me pareció fascinante en esta historia la franca capacidad de adaptación de los pequeños, es decir, pese a sus muchos esfuerzos el protagonista no consiguió una estrella del cielo, pero no se frustró, sino que reconoció sus límites y aceptó que una estrella de mar está bien, fue suficiente y satisfactorio. Encuentro que ésta es otra lección para los adultos permanentemente insatisfechos y frustrados.

Por último, les cuento de De vuelta a casa (2007), una historia igual de breve y tierna que las anteriores pero además es divertida, tiene un sentido del humor brillante, nos muestra a un autor que respeta a sus lectores y eso siempre es de agradecerse. En esta aventura, el protagonista encontró un avión en su ropero y qué más iba a hacer con él si no volar. Y voló, por supuesto, de inmediato, tan alto que se quedó sin combustible y tuvo que estacionarlo en la Luna ¿dónde más?

Se hallaba solo, temeroso; y, para mal mayor, su linterna se quedó sin pilas. Afortunadamente, alguien más estaba en su misma situación: un marcianito cuya nave se quedó sin motor y aterrizó también en la Luna; ahora los asustados eran dos, de manera que ya no estaban solos y en equipo idearon formas de resolver sus dilemas. Por supuesto, los resolvieron de la manera más insólita, para luego cada uno tomar su propio camino.

Estos tres cuentos, de los primeros en la
fructífera bibliografía del multipremiado Oliver Jeffers[1], que enlista más de una veintena de
libros, son un buen comienzo para pequeños desde tres años e ideales para
preescolares que empiezan a leer, pero sobre todo son perfectos para quienes
decidan iniciarse en la lectura para niños. Además, leer a pequeños es una
verdadera delicia por su buena escucha y sus inquietantes intervenciones.

Quizá la mayor virtud que he encontrado
en los libros para niños es que fomentan con cierta ligereza y simplicidad el
pensamiento abstracto en mentes ávidas de aprehender el mundo —aún mínimo— en
el que viven.

No me interesa aquí decir que leer a los niños es bueno y está bien porque leer es lo máximo —hay suficiente literatura al respecto—, ni me interesan las discusiones morales en torno a la lectura; lo que sí me interesa mucho es decirles que para mí, leer con mis niños ha sido una bella forma de entablar complicidades y vínculos fuertes. Hemos abierto una ventana que les muestra su infinita capacidad para imaginar mundos imposibles pero verosímiles, y ahí puede cimentarse un buen futuro.     

Había una vez un niño…

Oliver Jeffers

México: Fondo de Cultura Económica 2009




A la palabra no le hace falta música

Somos lengua es la segunda película del escritor y cineasta Kyzza Terrazas

Una película documental retrata distintas caras del rap mexicano, y en todas ellas se muestra sin ambages el poder de las palabras.

Thania Aguilar

Una pluma, un papel y unos pulmones que resistan el madrazo de ideas. Porque a diferencia de otros géneros, el rap se debe por completo a la palabra. Sí, los beats y las mezclas son básicos para marcar el ritmo. Pero si para otros son indispensables las horas de práctica, el equipo o la inversión económica —nadie nace sabiendo cómo demonios se toca el chelo—, para rapear “sólo hace falta tener una laringe”.

Lo decían Foster Wallace y Mark Costello en un famoso ensayo acerca de la escena del hip hop de los noventa en Boston, pero es algo que también Kyzza Terrazas  hace evidente a través de los más de cincuenta testimonios de raperos de distintas partes de la República mexicana en Somos lengua, documental de 2016 que fue nominado al Ariel en la categoría de “Mejor largometraje documental” ese mismo año. En una empresa que arrancó en 2012, el director rescata, de Ecatepec a Torreón, de Gómez Palacio a la Ciudad de México, distintas voces que forman parte de un mapa incompleto, pero genuino y representativo, de lo que sucede con la escena del hip hop en el país.

Así, somos testigos de las batallas de gallos más concurridas e importantes del norte, de los conciertos masivos de raperos que se desbordaron de fama gracias a MySpace, de reuniones cuyo único objetivo es tirar rimas con los hommies. Escuchamos lo que para cada uno de los MC a cuadro significa las competencias, la vida en chinga, la violencia, la rima y el flow, lo que significa una hoja en blanco y una cabeza atestada de hostilidades cotidianas. 

Más que proponer una narrativa, Somos lengua construye una propuesta coral de quienes han sido golpeados por la violencia de una guerra contra el narcotráfico de secuelas lentas y encuentran en el hip hop una forma de entenderse, entender y recuperar el mundo para sí mismos. Y aún con ello, Terrazas ha comentado en distintas entrevistas que no es sólo un pretexto para hablar de la realidad del país o un momento histórico, sino que la intención era hablar del poder que tiene la palabra en la vida y su importancia.

El de Kyzza —asesorado por Feli Dávalos, una de las voces expertas del género en México— más que un ojo que busca registrar un momento, es un ojo que ensaya. Una mirada que pone en el foco a la oralidad. A la palabra cruda, que dispara y escupe y, en ese proceso, se adueña de un discurso que resuena y reflexiona en torno a sí: “Vivo en un lugar no muy distinto al tuyo, que me llena de vergüenza tanto como de orgullo. Donde tu vida peligra a cada segundo, otro rincón olvidado del mundo”, leerá el rapero Aczino en una de las primeras versiones del que sería el sexto track, “Bienvenido a mi barrio”, de su disco Inspiración divina.

Y es una condición curiosa la del rap en el hip hop. Porque la del hip hop es la palabra austera, llana. La que se arranca de las calles, las pandillas y la violencia para posicionarse en el mundo. La que admite y sabe que, más que cualquier otra cosa, estamos hechos de habla y lenguaje. 

Somos lengua

Dir. Kyzza Terrazas

México: Viento del Norte Cine, Bambú Audiovisual, Cacerola Films, MrWoo y TV UNAM, 2016




Secreta e involuntaria adoración a los dioses (O sobre el bautizo de los días de la semana)

  

Entre 1482 y 1486, Sandro Boticelli pintó su obra El nacimiento de Venus.

Aunque algunas culturas se encuentren distantes en el tiempo, a veces su legado permanece subrepticiamente entre las cosas más cotidianas. El nombre de los días de la semana que utilizamos actualmente es muestra de los anterior.

Ivonne Pánico Bressant

En la actualidad la forma del español ha sufrido un gran sincretismo cultural: a lo largo de su construcción se adoptaron vocablos de múltiples culturas y sus formas fueron evolucionando a través de los siglos en las diferentes regiones de la Península Ibérica en donde se hablaba. Aunque existe un débito importante con el árabe, el latín vulgar de Roma fue el que sentó las bases de cómo se hablaría el español, pues las variedades latinas en la zona central de Hispania fueron las que dieron origen a esta lengua.

Al utilizar
palabras tan cotidianas como las que nombran a los días de la semana, revivimos
las creencias de antiguas civilizaciones. Sin darnos cuenta, nos expresamos con
indicios manifiestos de creencias religiosas politeístas antiguas y del
cristianismo implantado durante el imperio romano alrededor del año 380 d.C.

La denominación de los días de la semana, tal y como es empleada en la actualidad, se formó como culto a los siete astros que los antiguos romanos podían observar en el cielo y que representaban a sus dioses. Con excepción del fin de semana, en donde el judeocristianismo logró desplazar a los dioses de la cultura romana.

En latín,
el “dies Lunae era el
día consagrado a Luna, la segunda divinidad más grande después del Sol, este
vocablo evolucionó como “dilluns”, y después en
español “lunes”. El martes, se decía “dies Martis” de Marte, el planeta rojo, el color de la sangre, y del
dios de la guerra que llevaba el mismo nombre. El miércoles era nombrado como “dies Mercuri” en honor a Mercurio que, principalmente era adorado como
dios del comercio y al cual se le denominó de esa manera por
el vocablo latino merx que significa
mercancía. Por su parte, el jueves, entonces nombrado como “dies Iovis”, estaba
dedicado a Júpiter: el dios supremo de la mitología romana, dios de la luz, de
las nubes, de la lluvia y de los cielos, caracterizado por utilizar el rayo
como arma. El viernes, “dies veneris, era el día del amor
en alusión a la diosa Venus.

El sábado y
el domingo, hasta antes de que llegaran las influencias judeocristianas a Roma, fueron nombrados como “dies Saturni” en honor
a Saturno, dios de la agricultura y de la cosecha, y “dies Solis” por ser el día del Sol, respectivamente; estas raíces se
quedaron en inglés, por ello se nombran como “saturday
y “sunday” al sexto y séptimo día de la semana. Sin embargo, cuando
se instauró el judeocristianismo en Roma concluyó esta concepción del culto a
los dioses romanos y los últimos días de la semana se consideraron sagrados.

Para el
sábado, primero se tomó el vocablo hebreo “shabat, derivado del verbo “shâbath
que significa “cesar”, y después en su forma latina “sabbătum”, como “día de
reposo”. Esto es así ya que para los judíos, de acuerdo con el Génesis bíblico,
el séptimo día de la semana corresponde a aquel en el que Dios descansó después
de crear el mundo. El domingo se formó de la
concepción cristiana de la palabra “dominica”,que significa
“día del señor, cuando Jesús
resucitó.

Durante
la desaparición de la religión politeísta y la implantación del cristianismo,
en el imperio romano coexistieron diferentes creencias religiosas, de modo que
para los cristianos y los judíos el sábado era el séptimo día de la semana, de
reposo y día del Señor, mientras que los adoradores de antiguos dioses romanos
guardaban el domingo como jornada dedicada al culto al sol.

Esto dio lugar a que el emperador Constantino I, al tratar de unir ambas creencias y con el fin de evitar más luchas internas, decretara la tolerancia religiosa en el año 321 d. C. En el decreto señaló que el día de reposo sería el “venerable día del sol” y que ese día las siembras recibirían “el beneficio concedido por la celestial providencia”, disposición con la que se dejaba entrever la permanencia de convicción antigua del emperador. Es posible que, debido a dicha libertad de creencia, los hablantes anglosajones conservaran las palabras con su sentido religioso antiguo: “saturday y “sunday”.

En
diferentes lenguas, los días de la semana se nombran de manera distinta, sin
embargo, sus orígenes son muy similares: recordando que la palabra semana viene
del latín “septimana, que significa “siete días”, resultó que de manera lógica se
nombrara a cada día de acuerdo al lugar que ocupa dentro de la misma, como en
el  caso del portugués, en donde los días
se denominan “segunda-feira”, “terca-feira”, “quarta-feira”, “quinta-feira”, y “sexta-feira”,
conservando el significado religioso para “sábado” y “domingo”. 

Es probable
que al ponernos a pensar en el origen del nombre de los días de la semana con
la influencia romana y judeocristiana como pilares fundamentales de la cultura
occidental nos preguntemos por qué en inglés parecen no coincidir algunos
nombres con los de las deidades romanas. En dicho idioma “monday” coincide con
“luna” o “moon”. Sin embargo, los
demás días se sustituyen por nombres de dioses germánicos, que, a su vez,
tienen raíces nórdicas: así, el martes, denominado “tuesday, alude
al dios Tiw, que al igual que Marte era el dios de la guerra; “wednesdayen honor a Woden, el dios jefe;  “thursday por Thor, el dios de los relámpagos;  y para el      viernes, “friday
de Freya, la diosa del amor y de la fertilidad.

Con todo esto, no podemos negar el profundo sentido
religioso que contienen los nombres de los días de la semana y con ello, la
evocación que hasta nuestros días hacemos de elementos religiosos antiguos
tales como la luna, la guerra, el sol o el amor sin importar el idioma que
pronunciamos.