1984, el año de la Neolengua

El Gran Hermano, personaje omnipresente de 1984, que todo lo sabe y todo lo vigila.

No existe mayor muestra de control y dominio, que aquella en donde se limita tu propio pensamiento. Algo de esto tiene la Neolengua, idioma ficcional de 1984, con el que se anulan las ideas de los individuos.

Ivonne Pánico Bressant y Fernando Cruz Quintana

Muchos de los clásicos en la literatura pueden presumir de contar con una fama que se extiende incluso más allá de sus propios lectores. Creemos que es el caso de 1984, obra que ha influido a diversas generaciones en todo el mundo, incluso a aquellas que nunca la han leído. La fascinación que despierta la novela de George Orwell ha alcanzado por igual a los fanáticos de la ciencia ficción, los tecnofóbicos y los tecnofílicos, los amantes de las novelas de suspenso, los pesimistas, los apasionados de la política y cualesquiera otro grupo de personas que se interese por alguna de las múltiples temáticas y formas que se encuentran en esta novela. Uno de esos muchos aspectos es el tema lingüístico a partir de la consideración de la lengua (la Neolengua) que hablan los habitantes de Oceanía, uno de los tres superestados de este universo ficcional.

1984 fue escrito 36 años antes al que hace referencia su propio nombre (1948). Mucho se ha dicho sobre cómo la trama resultó en una crítica a los regímenes totalitarios instaurados en el mundo de mediados del siglo XX y lo hizo a través de una historia que mostraba un futuro pesimista, aunque ficticio, para Inglaterra y para cualquier país que sucumbiera ante el control absoluto de un Estado opresor. 

La novela transcurre en una supuesta Londres, provincia de Oceanía, en donde la forma de vida la controla el Partido a través de la vigilancia excesiva, modificación del relato histórico, análisis de signos corporales, persecución política, etcétera. El gobierno está liderado por el Gran Hermano, un personaje omnipresente que controla a través de las telepantallas (dispositivos multitarea que bien sirven para entretener que para controlar). La presencia de temor y respeto que significa el Gran Hermano y que recuerda en todo momento los ideales del Partido, se complementa con la función de la Policía del Pensamiento. Esta institución vigila y castiga a quienes demuestren comportamientos o pensamientos heterodoxos contra la ideología implantada. Además de estas dos instancias, la creación de una nueva lengua o Neolengua contribuye a eternizar el régimen autoritario en el que vive Oceanía, esta forma de control tiene implicación directa en el pensamiento y sobre esto queremos hablar.

La Neolengua es el lenguaje oficial de Oceanía, una forma extremadamente simplificada del inglés que contrae y reduce las palabras, de forma tal, que hace caducar algunos conceptos. La tesis es sencilla pero escalofriante: si el lenguaje es la base del pensamiento, la mejor idea para controlar a una sociedad es eliminando algunas palabras con las que estructuran sus ideas. ¿Cuáles? Aquellas que atenten contra el Partido y su gobierno. El objetivo, en última instancia, es que la Neolengua pudiera dominar el juicio de la sociedad y hacer imposibles formas de pensamiento diferentes a los principios del Socing (contracción de socialismo inglés y al mismo tiempo nombre del Partido). 

Como sucede con cualquier idioma, la Neolengua cuenta con su propio diccionario, el cual fue editado múltiples veces para reducir su capacidad expresiva . Con ello desaparecería por completo la vieja manera de hablar y, a su vez, cualquier pensamiento anterior al Socing se convertiría en un absurdo. 

En la obra se demuestra que el propósito de la nueva lengua era proporcionar un medio de expresión acorde con el Socing. La intención última era que, con la absoluta adopción de la nueva lengua y el consecuente olvido de la vieja lengua, también se olvidara cualquier idea alejada a los principios del Partido.

De esta manera, con la modificación del habitual modo de hablar, todas las ambigüedades y los matices de significado quedaban eliminadas. Los conceptos de igualdad y libertad seguían existiendo, pero ya eran impensables (literalmente hablando) en un contexto político o intelectual, sólo se admitía una acepción: «libertad únicamente podría referirse a atributos de una cosa como: este perro está libre de piojos», o «este prado está libre de malas hierbas»; y con “igualdad”, cuenta la novela, «podría formarse la frase —todos los hombres son iguales—, pero solo en el mismo sentido podría decirse en vieja lengua —todos los hombres son pelirrojos—. No contenía errores gramaticales, pero expresaba una verdad impalpable». 

Bajo este esquema de extinción lingüística, la palabra “opinión fue una de las primeras en ser eliminada; su significado suponía un juicio o valoración respecto de algo (un pensamiento libre). Igualmente, la palabra “soberanía” existía con sus acepciones mutiladas: ya no era empleada para referir al poder que tiene el pueblo de una Nación para tomar decisiones democráticas, sino sólo para ratificar el poder que es ejercido por un ser supremo lejano y separado de la sociedad. En este mundo ficcional, los significados de la palabra “derecho” han desaparecido casi en su totalidad, salvo en los casos en que se hace referencia a una dirección recta, pero jamás pueden pensarse en un derecho entendido como aquella facultad del ser humano para hacer valer legítimamente algo. Ni mucho menos puede imaginarse el vocablo “derecho” como sistema de principios y normas expresivos de una idea de justicia y de orden, que regula las relaciones humanas en toda sociedad; concepto que es bastante amplio.

Tampoco puede hablarse de “derecha” como ideología política que profesan las personas con ideas conservadoras, porque si existen ideas de esta naturaleza, habría también ideas liberales. El Socing no da cabida a ideas liberales o conservadoras pues este tipo de reflexiones constituye lo que en 1984 se conoce como “crimental”: un delito de pensamiento que consiste en concebir cualquier idea opuesta al bien del Partido.

La adopción de la Neolengua hace que aunque se traduzcan las palabras a la viejalengua su significado sea ya inconcebible. Podemos pensarlo de esta manera: la palabra “internet” tiene muchos sentidos asociados para alguien en pleno 2020, sobre todo en materia de comunicación, pero sería un vocablo vacío para un individuo del siglo XIX en donde el mejor tipo de comunicación a distancia era el telégrafo.

El control mediante la Neolengua era la apuesta máxima del Partido: aquello que no se puede decir porque no existen palabras para expresarlo tampoco se podrá pensar. Este es el tema central en las discusiones sobre el  “lenguaje incluyente”: al incorporar al idioma expresiones más amplias como “todos y todas”, o como “ciudadanía” y “profesorado” en lugar de ciudadanos y profesores, se busca visibilizar a las mujeres y sacarlas del anonimato genérico. 

En suma, la instauración de la Neolengua resulta paradójica: aunque se presuma“nueva”, pretende regresar el pensamiento a un tiempo anterior, en el que el lenguaje se muestre limitado y no permita una expresión con amplitud. Esto, sin duda,  en detrimento del desarrollo humano. 

Este clásico de la literatura, además de ser una de las obras más representativas e influyentes acerca de sociedades distópicas, contiene también una lección sobre la importancia del lenguaje y sobre cómo una vida mejor principia en nuestra manera de nombrar al mundo y la existencia. La lengua, no existe ninguna duda de ello, es el principio de nuestra libertad.

1984.

George Orwell.

Inglaterra. 1948




Los nombres propios también son historias

Con el nombre «Covid», personal de un zoológico en Veracruz, México, bautizó a un tigre de bengala recién nacido. Este acto intenta resignificar esta palabra con un sentido de esperanza.

Aunque parezca un acto carente de propósitos o intenciones, al nombrar reflejamos nuestra más extraordinaria complejidad humana. ¿Qué se esconde en el fondo de esta práctica de denominación?

Laura Elisa Vizcaíno

El acto de nombrar a una persona o a una mascota genera un hecho de apropiación, existen casos peculiares en los que se nombra a un automóvil, una planta u otro objeto. Como sea, la intención es hacer nuestro aquello que recibirá el nombre. Cuando Jesús conoció a Simón, le cambió el nombre a Pedro —Cefas en arameo— y así inició su amistad. A su vez, los padres de un recién nacido tienen la difícil tarea de nombrarlo y en esa palabra imprimen parte del legado de su creación, no sólo por el ser vivo que han traído al mundo sino también porque nuestros nombres guardan una tradición y con ésta una cultura. 

El nombrar refiere a la necesidad no sólo de apropiación, sino también de identificación, lo cual, a final de cuentas, puede ser un regalo para la persona o mascota. Muchas veces nombrar también es un acto de amor: al recibir nuestro nombre nos identificamos y nos distinguimos del resto; el nombre es aquello que nos diferencia. En el caso de las mascotas, ya es sabido que los animales que domesticamos requieren de un mote con el cual llamarlos y, muchas veces, esa palabra nominal tiene un sinfín de derivados hipocorísticos; es decir, apodos que demuestran el cariño y hacen único al animal. 

Al elegir un nombre también hay huella de quien nombra, de sus gustos, deseos e historia personal: hay quienes no toleran escuchar cierto nombre porque les recuerda a alguna persona que dejó una marca negativa en sus vidas. O el caso contrario: el de los hijos que reciben el nombre de su padre y abuelo para continuar con una tradición. Por lo tanto, los nombres van cargados de significados, así como de recuerdos.

En la actualidad, la mayoría de los antropónimos carecen de originalidad puesto que han sido reutilizados a lo largo de la historia. Si acaso, las variables dependen del traslado de una cultura a otra dando como resultado  nombres interesantes, por ejemplo, aquellos que provienen de lenguas originarias, de fonética distinta y significados que aluden a la naturaleza —Biani («amanecer» en zapoteco) o Tonatiuh («Sol del movimiento» en náhuatl)—. Pero también hay ocasiones en que las designaciones nominales generan otro tipo de críticas, como es el caso de los nombres anglosajones sumados a los apellidos castellanos, pues en combinación ponen de manifiesto una diferencia cultural. 

Podríamos apostar que, en México, la mayoría de las mujeres nacidas en la década de los cincuenta tienen el nombre de María, Teresa o Guadalupe, para la década de los ochenta hay una predilección por el nombre de Mariana. Y actualmente observo una constante por Santiago, Mateo, Emiliano y Sebastián. Sin embargo, así como existe la inclinación por nombres comunes, contemporáneos y arraigados en la tradición, también los hay por los poco usuales o antiguos para su época. Hoy en día es poco frecuente el nombre Petra, haciendo memoria, únicamente lo recuerdo en personas ancianas, pero tengo una amiga húngara que lleva ese nombre y me cuenta que en Hungría es una moda, así como en mi país lo ha sido el nombre Renata, por dar un equivalente. 

Por su parte, aquellos nombres que son poco conocidos, tanto en fonética como en escritura, provocan dificultad para identificarlos y comunicarlos; las personas que los portan deben deletrear o recibir otro tipo de apodos y diminutivos que faciliten su identificación. Si con el nombre de Cintia, que es fácil de aprender, existen distintas formas de escribirlo (con “y”, con “th”, con “i”, con “s”), con otros como Yosahandy, Jericó o Betsabé, la ortografía y pronunciación se complican.

Ahora bien, ¿será que arrastramos la historia de los personajes del pasado que comparten nuestro nombre? ¿Una persona llamada Job padece las vicisitudes de su tiempo, así como lo hizo el Job de la Biblia? ¿Quiénes llevan el nombre de Abraham saben dirigir una comunidad? Las mismas preguntas podrían utilizarse con los nombres que conllevan significados de adjetivos, por ejemplo, ¿todas las Sofías son sabias o todos los Benjamín son el hijo menor de la familia?

Sólo contamos con respuestas subjetivas respecto a cómo son las características de quienes nos rodean o de nosotros mismos. Donde sí puede ser verificable el rastreo de historias a través del nombre es en la intención; es decir, en el acto mismo de nombrar, en la ambición de que la historia se repita o bien el deseo de que el significado prevalezca; el resultado, la mayoría de las veces, es un homenaje. 

Se busca la repetición del nombre para recordar quién lo portó: ya sea un miembro de la familia cuya memoria debe prevalecer o el homenaje a personajes religiosos, históricos y ficticios. Es difícil —mas no imposible— encontrar personas con el nombre de Caín, Macbeth o demás antihéroes, pues en algunas culturas no representan valores deseables ni un buen destino; lo que reafirma la idea de que nombrar es un acto bondadoso, donde se imprime el deseo de un camino fructífero. 

Sin embargo, las mascotas sí pueden llevar el nombre de Lucifer, pues cuando domesticamos, también ficcionalizamos. En la ficcionalización es donde podemos encontrar nombres que envilezcan a los personajes, pues en el acto de nombrar también puede haber un deseo negativo con intenciones precisas para conformar un relato o agredir a una persona, como sucede cuando ponemos un sobrenombre insultante . El fenómeno es visible en los nombres que aluden a su sentido denotativo, en el Manual de Onomástica,[i] estas nominalizaciones son definidas como caracterizadoras, porque refieren a su significado léxico directo, como un apodo, para llamar la atención sobre algún defecto del nombrado. Éstos, por su carga semántica, son comunes en la literatura infantil, así por ejemplo, Maléfica caracteriza el mal; o el Capitán Garfio, que señala la pérdida de su mano. 

En cuanto al deseo de que se cumpla el significado de un nombre, están algunos sustantivos o adjetivos que desde mi perspectiva ya no son tan usuales para nombrar a un bebé, al menos en mi comunidad, como Esperanza, Amparo, Refugio, Preciado. Y también hay casos en los que el acto de nombrar es ajeno al significado, por ejemplo, Mauricio es definido como «hombre moreno», sin embargo, también se ha empleado para hombres de piel clara; asimismo, Inés significa «casta» como Sor Juana Inés de la Cruz, quien debió cumplir con un voto católico, pero no es el mismo caso de Inés Arredondo que, sin afiliación religiosa, tuvo hijos. Lo importante es que el acto de nombrar tiene su particular intención, así como sus raíces en el tiempo y en el espacio vivido, en la tradición y en las costumbres. 

No hay un nombre más actual que Covid, otorgado a un tigre bengala, nacido en el mes de marzo del 2020 en un zoológico de Veracruz. En entrevista para El País, uno de los encargados del felino menciona que Covid es “esperanza”, por todo lo que se puede aprender de él y por ello la elección del nombre. En consecuencia, no sólo los nombres tienen trayectoria, el acto de nombrar encierra intenciones, recuerdos y anhelos que se traducen en una historia; por esta razón el tema de la onomástica es amplio, no sólo se trata de un diccionario para elegir el nombre del bebé, en el acto de nombrar o elegir el propio nombre (asunto con una carga histórica también interesante), hay rasgos del ser humano que expresan sus prácticas y cosmovisiones propias.


SOBRE LA AUTORA

Laura Elisa Vizcaíno es doctora en letras,  ha publicado un libro infantil y dos de microrrelatos.  Es tallerista en www.ficticia.com e investigadora en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM.

NOTAS

[i] Sobre la función del nombre en la literatura puede consultarse: Manual de onomástica de la literatura. Coord. Alberto Vital y Alfredo Barrios. México: UNAM, 2017.




La circunstancia: modificador verbal y vital

Una de las partes más tediosas en nuestra etapa formativa son las clases de gramática en la escuela.

Verbos e individuos estamos determinados por nuestras circunstancias gramaticales y de vida, aunque no siempre podamos ser conscientes de ello.

Valeria Soriano Emmert

Todo comenzó en la primaria: conocer las reglas del español fue para muchos algo aburrido, complicado e incomprensible, sobre todo para aquellos a quienes, como a mí, nos costó aprender a hablar con corrección porque utilizábamos idiomas inventados, sin reglas que los acotaran y sólo con una fluidez irrestricta. Sin embargo, en la escuela uno debe adaptarse a las circunstancias pues ahí es donde se enfrenta al mundo en el que otros miden nuestro temperamento y aptitudes. Maestros y compañeros ponen a prueba nuestra capacidad de adaptación, nos sujetan a reglas, esquemas, estructuras, ideas, enfoques y nos formamos como seres sociales que ya no están más en un círculo íntimo, como lo es la familia; entramos a un juego social mucho más laberíntico y perturbador.

La comunicación verbal y escrita es la facultad que nos distingue como humanos, y aunque es impresionantemente compleja, desde niños somos capaces de expresar y transmitir nuestros pensamientos y aprehender los de los demás, esto último como acción enteramente social que se aprende y ejecuta como un mecanismo de supervivencia y sin tener noción de que existe un reglamento gramatical que todo lo sustenta.

En la escuela, los profesores de español se esmeraron —o creyeron haberlo hecho— en explicarnos la estructura de una oración y las categorías gramaticales que podrían conformarla, muchas veces nos impusieron una norma sin hacernos reflexionar a propósito de la misma; sin embargo, seguimos aplicándolas sin ser conscientes de ello.

Cabe señalar que la intención de este texto es reflexionar fuera de un contexto escolar sobre la función que juegan algunas de las palabras que empleamos a diario y que no solemos cuestionar desde su aspecto estructural. Aun cuando no seamos conscientes de la utilidad específica de los vocablos que empleamos, cada vez que abrimos la boca para expresar nuestros pensamientos utilizamos adverbios, sustantivos, complementos y una cantidad de partículas que conforman la lengua y que fluyen permanentemente en nuestra cabeza.

Pensemos desde el nivel estructural para evidenciar la rigidez de las reglas: la oración es una unidad comunicativa que expresa un pensamiento completo, y en la mayoría de los casos su estructura fundamental está compuesta de manera muy simple por un sujeto y un predicado. El sujeto, a su vez, puede ser alterado de múltiples maneras por modificadores directos e indirectos, artículos que dotan de número y género o adjetivos que lo llenan de particularidades. El sujeto puede ser tácito o explícito y es quien realiza la acción; el verbo le marca el tiempo y es parte del predicado, que a su vez puede acompañarse de complementos que no lo modifican, sólo lo acompañan, pues el verbo es el rey de la oración, se basta a sí mismo y rige el tiempo, persona, movimiento y acción que se lleva a cabo.

Siempre he pensado que, a pesar de la autosuficiencia del verbo, el complemento capaz de marcar el destino de una oración y crear un factor de sorpresa y emoción es el circunstancial. Éste, además de ser el protagonista de este ensayo, marca el modo, el lugar, la compañía, el tiempo, la cantidad, la causa, la posibilidad y hasta una finalidad. Los complementos de circunstancia son aquellos a los que considero las Moiras de la oración.

La circunstancia salva al verbo, así como la circunstancia salva al hombre, José Ortega y Gasset lo dijo en sus Meditaciones del Quijote: “yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Mi intención es resaltar la importancia del elemento circunstancial en una oración, así como el modo de llegar a ella y descubrirla, y eso sólo se logra por medio de preguntas, cuestionamientos básicos como dónde, cuándo, con quién, cómo, para qué, con qué, etcétera.

Es justamente el cuestionamiento el método infalible en la búsqueda de la circunstancia. Las preguntas son motivadas por la curiosidad; las respuestas crean sorpresa y emociones, nosotros mismos nos conocemos y desafiamos por medio de cuestionamientos, a veces las respuestas nos agradan y favorecen, en otras nos disgustan y desacreditan. 

Como dije antes, los conceptos de adjetivo, verbo, sustantivo, adverbio, entre otros, llegaron a mí a través de los profesores, pero mi escritura y expresión se la atribuyo al ejercicio constante y obsesivo de hablar, leer, mal hablar, mal leer, escuchar, mal escuchar, entender y mal entender; igualmente, se lo debo a los escritores que leí o mal leí, que bien interpreté o malinterpreté; a los profesores que me explicaron cuando cuestioné, y sobre todo, a personajes inventados por los genios o atrevidos de la literatura y del cine, a quienes robé y reinventé. Todo lo anterior en resumen, se lo debo a mis circunstancias, mismas que me han llevado a escribir este texto.

La circunstancia está en todas partes y en todo momento, como en el amor. Menciono al amor porque basta una circunstancia para que éste se convierta en odio, en desesperación; que el enamorado se convierta en asesino y el amante en violador. Viene a mi mente la escena de la discusión entre Larry y Anna de Closer, en la que por medio de preguntas llegan a experimentar rabia, vergüenza, asco, desilusión, humillación, desconsuelo, pérdida, desasosiego, liberación, respiro, sufrimiento. Esta escena es ilustrativa del complemento circunstancial que llegó a mí por mis profesores, pero que ahora pretendo ejemplificar a mi manera. 

A partir de la confesión de Larry sobre su infidelidad y mediante preguntas incisivas, él obtiene a cambio la confesión de la infidelidad de Anna, es ahí donde encontramos varias circunstancias, las cuales pueden ser analizadas estrictamente desde una perspectiva gramatical, ya que sus confesiones contienen complementos circunstanciales que son la causa de su separación y podemos identificarlas mediante los siguientes preguntas de lugar y tiempo:  ¿en dónde cogió Larry?, ¿en dónde  y cuándo cogió Anna?

Las respuestas a esas preguntas, respectivamente, son: en Nueva York, en el sofá y por la tarde, de manera aislada estas respuestas parecen no tener importancia; sin embargo, dichos complementos de circunstancia en el plano gramatical no son irrelevantes, ya que detallan a la acción dentro de una oración. Por otro lado, en el plano de la vida las circunstancias cobran un sentido mucho más profundo y hasta aterrador, ya que nos sitúan en un tiempo, en un espacio y frente a otros, nos envuelven y encierran perversamente con la intención de poner en práctica nuestra capacidad o incapacidad para resolver nuestras circunstancias sin importar cuáles sean éstas.




Sueño de un hombre ridículo

Retrato de Fiódor Dostoyevski (1872) por Vasili Perov (Galería Tretiakov, Moscú).

A veces las palabras no son suficientes para entender el mundo. Algo de esto transmite el relato corto Sueño de un hombre ridículo de Fiódor Dostoievski.

Ivonne Pánico Bressant

Sueño de un Hombre Ridículo es un relato corto escrito por el literato ruso Fiódor Mijáilovich Dostoyevski y publicado en 1877, pese a su corta extensión esta obra tiene interesantes elementos para ser analizados desde el punto de vista del lenguaje. 

En “El Lente con el que Miramos”, reflexionamos sobre el lenguaje como herramienta de conocimiento, más allá de su utilidad como medio de comunicación, superando con ello la idea de que lo que no es nombrado no existe: la lengua es el lente a través de donde miramos porque el mundo ya está ahí, pero el lenguaje nos permite abrazar a la mente la realidad, concretarla de alguna manera, y hacerla nuestra. 

El Hombre Ridículo del que habla Dostoyevski es alguien que nos permite comprender la manera en cómo el lenguaje funciona como herramienta cognitiva, dejando de lado por un momento su funcionalidad como forma de comunicación. Este relato nos presenta al sujeto que manifiesta su absoluta apatía hacia la vida, semejante al estilo de Camus, este hombre demuestra lo absurdo del destino humano al grado de ser totalmente indiferente ante las burlas de la gente por ser precisamente un hombre ridículo. 

En el pasado, los acontecimientos de la vida le importaban a este hombre: se enfadaba si se reían de él, pero de pronto todo dejó de interesarle. Una noche al ver una estrella en el cielo mientras caminaba por las frías calles de San Petersburgo, tomó súbitamente la decisión de suicidarse, ¿para que seguir viviendo si todo carecía de sentido? De regreso a su casa en donde lo esperaba el revólver con el que cometería el suicidio, se encontró con una niña pequeñita que pedía desesperadamente ayuda porque su madre estaba muriendo, sin embargo, él no mostró ninguna preocupación, no tenía por qué hacerlo si de todas formas disponía a terminar con su vida. 

«Podría decirse incluso que el mundo entonces era como si estuviera hecho para mí solo, si me pegaba un tiro, el mundo dejaría de existir, al menos para mí». 

Sentado en el sofá de su hogar, con el revólver de frente a él, mientras tomaba el tiempo suficiente para jalar el gatillo directamente a su sien, sintió repentinamente un tremendo enfado por el incidente con la niña, y reflexionando sobre las razones por las cuales era capaz de sentir enfado a pesar de que nada en este mundo valía, entró en un sueño profundo que lo llevó a su tumba, fría y oscura. Fue ahí donde un ser desconocido, lo llevó fuera de su tumba y luego, fuera de la Tierra hacia una estrella que brillaba aquella noche en San Petersburgo: hacia un nuevo mundo. 

Cautivador resultó lo que el hombre ridículo observó al llegar a esa Nueva Tierra: «Los árboles altos y bellos alardeaban en todo el esplendor de su floración y sus innumerables hojas (estoy seguro de ello), me saludaban con su susurro apacible y cariñoso como si pronunciaran palabras de amor».

Como si pronunciaran palabras de amor, la sublime sensación se quedó en el Hombre Ridículo para siempre. Esa sensación que el singular personaje identifica como amor sobrepasa cualquier definición de la palabra. Refleja cómo el saber de los habitantes de aquel nuevo mundo se completaba y se nutría con entendimientos diferentes a los de la Tierra de la que él venía. 

«No pretendían conocer la vida como nosotros aspiramos a conocerla, no necesitaban de la ciencia pues tenían una plena conciencia del mundo.»

Ese hombre se maravillaba de la manera en cómo los habitantes mostraban sus árboles sin que él alcanzara a comprender aquel grado de amor con el que los miraban, juraba que esa raza aprendió su idioma —el de los árboles—, y no tenía ni un ápice de duda de que éstos les entendían. «Me mostraban las estrellas y me explicaban algo acerca de ellas que no conseguía comprender». 

En esa Nueva Tierra tenían canciones que, al escucharlas, el Hombre Ridículo entendía las palabras, pero no lograba penetrar en su significado.

En la obra, el genio ruso sugiere que antes de caer en el sueño, el Hombre Ridículo niega la existencia de un mundo real al afirmar que con su muerte todo dejaría de existir, sin embargo, admite que el mundo sólo cesaría con relación a él y a su conciencia, con lo que se logra entrever que hay una realidad por sí sola, antes de poder ser inteligible.

En el sueño, Dostoyevski plasma la idea de que existe una forma de comunicación que sobrepasa las palabras, que depende de la conciencia de quien piensa y percibe el mundo, como si las palabras inflaran su significado y las ideas que con éstas se expresan tuvieran un alcance que llega hasta los sentimientos. Algo semejante a lo que sucede con la poesía. 

Contrario a esa posibilidad de que el significado de las palabras sea menor a lo que realmente comunican, podríamos pensar como aquel postulado sostenido por el filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein «los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo», es decir, que lo que no podemos pensar bajo categorías lingüísticas no forma parte de nuestro entendimiento. Sin embargo, sobre este punto el escritor ruso nos muestra una de las maneras en que se puede repensar ese postulado: los límites de mi lenguaje no siempre serán los límites de mi mundo, porque tanto el mundo inteligible como nuestra percepción de él están constantemente influenciados por elementos sensoriales que sobrepasan el lenguaje. Es innegable, podemos percibir más cosas que las que el lenguaje nos permite comprender y comunicar.

Esto se confirma al cuestionarnos, ¿qué pasaría si, como el Hombre Ridículo, conociéramos una Nueva Tierra en donde se hablaran los idiomas que conocemos, pero tuvieran un significado tan profundo que no logremos comprenderlo?, un mundo en donde nuestra conciencia no nos alcance para penetrar en el verdadero significado de las ideas. El autor ruso nos deja en claro que el nivel de profundidad con el que percibimos el mundo no depende sólo del entendimiento de las palabras de una lengua, sino también de una especie de conciencia “meta lingüística” o sensorial que poseemos del mundo.

El sueño de un hombre ridículo.

Fiódor Dostoievski.

España: Alianza Editorial, 2011.




La era de los dedos

Vivimos en una época extraña: nos comunicamos más con los dedos que con la voz.

Existe una relación olvidada entre la palabra «dedos», los números y la era digital. En esta entrada develamos cuáles son los hilos que entrelazan estos términos.

Fernando Cruz Quintana

La función de cualquier palabra, trátese del idioma del que se trate, es la de encerrar en su sonoridad o en su escritura un significado que dé cuenta de un fragmento de la existencia. Se pueden delinear sentimientos, hablar de cosas inexistentes, circunscribir una porción material de la realidad, referir cosas inasibles pero mentalmente presentes, etcétera. Los vocablos, no tengo ninguna duda, son piezas del rompecabezas que constituye nuestra expresión, sin embargo, algunas de ellas pueden transmitir ideas o sentidos más amplios por la asociación cultural que les hemos impuesto; así, al escuchar o leer términos como “política”, son inevitables las vinculaciones con “corrupción”, “descomposición”, “gobierno”, “elecciones” y muchas otras cosas que se encuentran unidas por un hilo invisible de relación. Algo como esto ocurre con la palabra “digital” que puede ser el principio de una marejada de evocaciones de modernidad y avance tecnológico.

Siempre he pensado que la familiaridad con la que resuena mi español a veces se siente invadida por la extrañeza de la modernidad tecnológica que se mete por la fuerza con palabras inglesas: no traduzco streaming, tweet, wi-fi, hardware o software con tanta facilidad y por tanto pienso que mi propia lengua privilegia lo anciano, o en todo caso lo clásico, como acto de resistencia ante la vanguardia técnica. Esta firmeza, no obstante, no pareciera ser producto de una elección consciente sino de un retraso en la producción de herramientas tecnológicas: son otros los países donde éstas se elaboran y desde donde las importamos. Pese a esta realidad, hay una palabra que asociamos con la tecnología y que parece surcar distintas lenguas en las que se mimetiza sin miedo de aparecer ajena o de verse como símbolo de avance o retroceso: me refiero a “digital” que al menos en inglés, alemán, portugués, catalán se escribe de la misma manera, aunque se pronuncie de distinto modo.

¿Por qué “digital” puede ser emblema de lo más nuevo y al mismo tiempo sentirse como natural en tantos idiomas? Tal vez la razón provenga de sus orígenes corporales y matemáticos. En latín, “digitus” significa dedo y “digitalis” refiere todo lo relativo a los dedos. Partamos de ese origen porque es el que medianamente conozco; no sé qué motivaciones existieron para que ese encadenamiento de sonidos y escritura deviniera en esta asociación de sentido. ¿Y luego cómo de eso pasó a algo matemático? Es sencillo, sólo piense en qué extremidades le ayudarían a poder llevar cuentas sencillas; poco práctico sería querer hacer analogías entre cantidades con nuestra cabeza o nuestro estómago, de los que solo tenemos una versión, pero con los dedos se puede contar hasta diez veces o veinte si sumamos a los de los pies.

No sé si soy el único que había olvidado la relación que lo digital tiene con los dedos; era tan obvio en las historias de detectives en donde la “huella digital” constituye uno de los indicios irrebatibles de la culpabilidad de una persona. Pero la asociación de imagen inigualable tal vez ya se olvidó también porque ahora lo digital puede representar la facilidad de reproducción y la pérdida del aura que envolvía las obras análogas. Tal vez para los botánicos el desprendimiento no ha ocurrido del todo, pues en el estudio de la planta llamada “digital” o “dedalera” se mantiene vigente la imagen de una hierba que se asemeja en forma a los dedos de sus manos.

En algún momento este vocablo dejó de tener una evidente asociación corporal que claudicó a favor de lo tecnológico. Por causa de mi trabajo he escuchado, leído y escrito mucho la asociación “era digital” para tratar de caracterizar a los tiempos en que vivimos ahora, a casi una quinta parte cumplida del siglo XXI. Aunque no se diga con la intención de hablar de nuestras manos y sí de un periodo mediado por la tecnología, creo que de igual modo podríamos decir “era de los dedos” para representar la manera moderna en que transcurre nuestra comunicación en estas fechas. 

Si comenzó por los dedos y pasó a las cuentas y luego a la tecnología, ¿qué nuevos derroteros le esperan al vocablo “digital”? Imagino una existencia perpetua, o al menos la suma de todas las vidas y todos los tiempos, seguramente en ese lapso inagotable las palabras podrían emigrar sus sentidos y recibir, al menos durante una vez, cualquier significado. Cerremos por ahora la significación en una época dominada por flujos de información y estructurados a manera numérica y binaria de ceros y unos, y contemplemos hasta cuándo será vigente esta analogía.