Posted by on 18 Agosto, 2016

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Así se habla ‘colombiano’

11873484016_0565758bee_oOtro de los colombianismos que no puede faltar en el diccionario es «tinto», como se lee en el cartel, es decir, el café con el que la mayoría de sus habitantes empieza el día. / Ariel Leuenberger

 

Está en marcha un ambicioso diccionario de colombianismos que ratifica la unidad, la diversidad y la singularidad del español.

 

María Paula Laguna

El español es una lengua, pero a veces parece que fueran dos, tres o más. Uno lo nota cuando se cruza con un hispanohablante de distinta nacionalidad y lo confirma al ojear los diccionarios que recogen las voces y acepciones de otros países. A veces, sin embargo, no hay que ir muy lejos para darse cuenta de que el idioma cambia y se mueve de maneras asombrosas en un mismo territorio.

Todavía me sorprende, por ejemplo, que en Colombia un adjetivo se contradiga dependiendo del lugar donde se pronuncie. Si uno dice «charro» en Antioquia, un departamento al noroeste del país, es porque se está refiriendo a algo o a alguien gracioso: “Vos sos muy charro, siempre contando chistes”. Pero si se encuentra en el interior, en Bogotá, «charro» se vuelve su antónimo, o sea, una situación o una persona aburrida: “Era una película charra y por eso nos quedamos dormidos”. Tan revelador es el lenguaje que una palabra, una sola palabra, podría dar pistas sobre las rivalidades históricas entre dos regiones.

«Charro» es precisamente una de las 10.000 voces del español colombiano que recopilará un nuevo diccionario elaborado por la Academia Colombiana de la Lengua, el Ministerio de Cultura y el Instituto Caro y Cuervo. Aunque la obra se publicará a partir del próximo año, ya han aparecido adelantos de ese léxico frecuente y actual que identifica a sus habitantes. Repasar algunas palabras es, para alguien de este país, leerse a sí mismo y a los suyos, pero, sobre todo, corroborar una singularidad.

Los colombianos parecen ser los únicos hispanohablantes a los que se les ocurrió bautizar «pecueca» al mal olor de los pies.

Si la mayoría de latinoamericanos entiende «guayabo» como el árbol de flores blancas y frutos dulces, los colombianos lo usan de forma coloquial para referirse a la resaca y, además, a la nostalgia que despierta la ausencia de alguien o de algo, como si ambas sensaciones se parecieran. Si bien, en México se le llama «cruda» al malestar después de haber tomado alcohol en exceso, un término que se acercaría a la otra definición es «chípil», del náhuatl tzipitl, para describir al niño que extraña el cariño de su mamá embarazada o, en general, una persona que necesita ser mimada. En ‘colombiano’ el remedio para esa tristeza podría ser «arruncharse», algo así como encogerse amorosamente para dormir con el otro, cuyo origen probablemente venga del «runcho», una zarigüeya que se acurruca cuando la van a cazar.

Además de la flora y fauna, el cuerpo humano es uno de los tópicos más fértiles en vocabulario. Los colombianos parecen ser los únicos hispanohablantes a los que se les ocurrió bautizar «pecueca» al mal olor de los pies. Esa misma palabra sirve para indicar que algo no vale la pena o es despreciable, y tan popular es que hasta un narcotraficante se hacía llamar así, alias ‘Pecueca’. Basta subir un poco más, al sobaco, para descubrir la «chucha» o sudor de las axilas, un hedor con más competidores en el continente, pues en en Ecuador lo llaman «aletazo», en Uruguay, «catanga», y en México puedes decir que “te chilla la ardilla”. «Chucha» tampoco escapa a la polisemia y, dependiendo del contexto, puede referirse a la vulva o a aquel que no tiene aptitudes para realizar una actividad: “Soy una chucha para bailar”, por ejemplo. Como puede apreciarse, de la confusión al malentendido puede existir una línea muy delgada.

Si los idiomas son organismos vivos, como lo sostenía el filólogo y lingüista Rufino José Cuervo, el español es de los más inquietos. Hace un siglo, al autor bogotano le preocupaba que el castellano se fragmentara en lenguas distintas por sus ya evidentes diferencias dialectales entre regiones y países. Ese temor luego lo transformó en una oportunidad para estudiar sus cambios lingüísticos, como quedó demostrado en su monumental Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana. Hoy, por suerte, ese idioma al que Cuervo le dedicó tanto esfuerzo (o como se diría en ‘colombiano’, “le botó tanta corriente”), es capaz de celebrar, al mismo tiempo, la unidad, la diversidad y la singularidad.

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