Posted by on 24 Septiembre, 2017

En medio de una lluvia torrencial, una cadena humana de decenas voluntarios ayuda en el acopio de víveres para los afectados tras el terremoto del 19 de septiembre. Esta fotografía de Alejandro Velázquez devino en un símbolo de la solidaridad mexicana y dio la vuelta al mundo entero.

 

¿Cuál es el papel de las palabras en medio de la devastación que produce un terremoto? ¿Cómo se vivió en México la tragedia del pasado 19 de septiembre?

 

Fernando Cruz Quintana

En un epígrafe de su Visión de Anáhuac (1915), Alfonso Reyes inmortalizó una frase que el explorador prusiano Alexander von Humboldt supuestamente pronunciara un siglo antes al referirse al valle de México: “Viajero, has llegado a la región más transparente del cielo”. Parte de esta expresión también sirvió de título para la primera novela del escritor Carlos Fuentes, La región más transparente. Vistas desde el punto más literal de su significado, estas palabras pueden parecer absurdas hoy: el aire que respiramos en la Ciudad de México se encuentra altamente contaminado; no existe tal transparencia, en todo caso hacemos nuestra vida bajo una opacidad permanente.

No comprendo ahora cómo nuestro espacio aéreo pudo representarnos dignamente; acaso porque en el mosaico de nuestra compleja historia lo único que ha sido constante son las estrellas de nuestro firmamento. Reflexiono a propósito de esto por una frase de Juan Villoro que leí en su reciente texto “El puño en alto”. El mismo trata sobre el terremoto del pasado 19 de septiembre, y al principio apunta a describir el sitio en el que vivimos: “Eres del lugar donde […] dos rayos caen en el mismo sitio”. Con la efectividad que brinda la utilización de la segunda persona, Villoro se dirige a alguien en particular —que al mismo tiempo podemos ser todos nosotros— y le aclara que ya no pertenece al sitio de la quietud diáfana del cielo; los que nacimos en esta región del mundo “somos del lugar donde dos rayos caen en el mismo sitio”.

Somos, dentro de la estadística, una circunstancia de la mala suerte. A tan solo a unos minutos de que el terremoto hubiera ocurrido, el escritor Fabrizio Mejía lo expresó de mejor modo y de manera simbólica en un tuit: “Puta madre. Pinches 19 de septiembre.”

¿Cuántas probabilidades hay de que un sismo se repita un mismo día del año? Una sobre trescientas sesenta y cinco. ¿Cuántas más para que ese movimiento de la Tierra sea devastador? La probabilidad es minúscula e incluye magnitud y epicentro como variables que complican que suceda exactamente en la misma fecha. Somos, dentro de la estadística, una circunstancia de la mala suerte. A tan solo a unos minutos de que el terremoto hubiera ocurrido, el escritor Fabrizio Mejía lo expresó de mejor modo y de manera simbólica en un tuit: “Puta madre. Pinches 19 de septiembre.” Pero no son las conjeturas matemáticas lo que me importa expresar en este texto sino la relación que existe entre las palabras y el terremoto de hace unos días.

En su artículo “La literatura del temblor”, Rocío Castro y la redacción de Tierra adentro se preguntan por qué el terremoto de 1985, a pesar de haber sido uno de los hechos que más marcaron la historia reciente del país, no ha dejado una gran huella en la literatura mexicana (como sí la dejó en el ámbito periodístico). Tengo mis propias hipótesis, y ahora creo que si la tragedia de hace 32 años tuvo poco efecto en las letras mexicanas, se debió a que el hecho devastador había sido tan real que parecía indigno de la ficción, sin embargo, ahora podemos preguntar ¿qué puede ser más fantasioso que la improbabilidad de recibir dos rayos en un mismo sitio? También pienso que la redacción de un evento traumático implica el riesgo de perpetuarlo; apostar por la imperfección de la memoria y por la puerta del olvido pueden ser caminos más seguros que el de la palabra escrita, que fija las cosas en el tiempo. Desde mi propia convicción, escribo esto porque, sin vivir una historia trágica de cerca, me ayuda contar(me) todo lo que he sentido en estos días.

Si algo es inevitable con esta triste y real irrealidad es el ejercicio comparativo: en el cotejo de los recuerdos de 1985 (que no son míos porque yo tenía un año en aquel entonces) y 2017, parece relucir la prontitud con la que fluyó la información sobre el terremoto en cada año. Con la ventaja que brindan las nuevas tecnologías de información y comunicación, las palabras pueden llegar a sus destinos de manera inmediata: ¿cuántas vidas habrán salvado las peticiones de ayuda que de manera ininterrumpida hemos compartido en nuestras redes sociales? Sin magnificar las virtudes de los dispositivos, es evidente que ahora existe un megáfono para indicar sobre los riesgos, las carencias y las ausencias que vamos encontrando conforme pasan los días. Desafortunadamente, existen también los casos en que las muchas voces, en vez de mucho comunicar, confunden; el ruido de la desinformación o del desorden ha sido también una característica constante en estas fechas.

A pesar de la funcionalidad informativa de las palabras para salvar vidas humanas, ninguna expresión puede traer de vuelta a quienes lamentablemente han perdido sus hogares o la vida. Si lo que decimos no puede servir para evitar estas desgracias, sólo quedan las frases de consuelo que intentan ser el soporte moral para los que han caído. Curiosas, nunca están de más, pero nunca serán suficientes. Todas las expresiones de confort nunca podrán llenar el vacío de las palabras que alguien ya no podrá enunciar: ¿cuántos “échale ganas porque la vida sigue” se necesitan para cubrir las frases de amor con las que los enamorados buscarían ser correspondidos?, ¿pueden millones de “ánimo” tapar el estruendo mudo de los que se han quedado sin voz?

¿Pueden millones de “ánimo” tapar el estruendo mudo de los que se han quedado sin voz?

Dos de las muestras más extraordinarias y conmovedoras que he observado en esta jornada tienen a las palabras como protagonistas. En la primera, un grupo de maestras de preescolar intentan distraer de la tragedia a sus alumnos por medio de canciones. Qué entereza de las docentes que, al más puro estilo de Roberto Benigni en La vida es bella, disimularon el horror con la pantomima. En la segunda muestra asombrosa, Karina Gaona Garnica utiliza un altavoz para dirigirse a su hermano sepultado dentro de un edifico colapsado en las calles San Luis Potosí y Medellín, en la colonia Roma. Su acto devino en un símbolo de la esperanza y su intención de introducir su voz por los huecos de los escombros es una motivación para continuar con el apoyo hacia los afectados.

En las jornadas de esta semana, las palabras también se han obstruido para ayudar. La expresión corporal al unísono[1] de decenas de ciudadanos que con el brazo arriba y el puño cerrado decían “silencio”, es quizá uno de los emblemas del rescate de personas. En medio de la mudez deliberada, acaso un murmullo agonizante o un latido del corazón significaban que 72 horas de búsqueda no eran suficientes para abandonar la esperanza. Los habitantes del sitio donde un rayo cae dos veces en el mismo lugar contamos (aunque sea en esta sola ocasión) con la habilidad extraordinaria del trabajo en equipo.

Si escribo para no olvidar el terremoto del 19 de septiembre de 2017, no lo hago con una intención masoquista; estoy muy emocionado con toda lo que me ha tocado vivir, y eso incluye las muestras de lo mejor de mi gente. Quisiera que el texto me permita recordar esto con mayor facilidad. Me gustaría que las palabras mágicamente pudieran arreglarlo todo y que cuando los desahuciados dijeran “hogar” su voz fuera más que un sonido que sólo se sostiene en el aire y en los recuerdos. Me duele pensar que siempre que caminemos frente a los sitios donde la geografía de la ciudad ha sido mutilada, nuestras palabras solo alcanzarán a adornar las ausencias como en un cuento de hadas: “alguna vez hubo ahí un edificio…”. Apenas comienzan los primeros días del resto de nuestras vidas.

 

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[1] Curioso como unísono podría significar literalmente un sonido, aunque aquí no haya uno solo.

Posted in: Cosmovisión

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