Posted by on 9 Julio, 2017

En el antiguo Egipto, el faraón Psamético I llevó a cabo un experimento social para determinar cuál era origen de las lenguas de la humanidad.

¿Podemos saber acaso cuál fue el origen de las lenguas que se hablan actualmente en el mundo? ¿Todas tienen una historia distinta o hay algo en común que las hermane?

 

Fernando Cruz Quintana

A lo largo de la historia, el origen de los idiomas ha sido una cuestión que ha interesado a los hombres. Conocer con exactitud cuál fue el principio de la expresión humana a través de una lengua es una tarea imposible, no obstante, las hipótesis que conocemos al respecto son tan asombrosas como absurdas.

Sabemos que la invención de las escrituras (pictográficas, alfabéticas, con ideogramas, etc.) es también el principio de la historia; el tiempo previo, del que no tenemos un registro consciente, se conoce como prehistoria. Al hablar de esta etapa anterior podemos cometer el equívoco de pensar que en ella se encontraban sociedades muy primitivas, más próximas a la animalidad que a aquello que significa ser humano. Nada más erróneo que esto. Que no hubiera sistemas para dejar huella de nuestra comunicación no quiere decir que aquellos primeros hombres (o últimos simios) no pudieran expresar su sentir ni dar nombre a las cosas del mundo. Aunque no tengamos ningún registro auditivo para corroborar esta afirmación, podemos deducir que para poder escribir, antes aprendieron a hablar entre sí y por tanto, un mínimo de civilidad tendrían.

Conocer con exactitud cuál fue el principio de una lengua es una tarea imposible, no obstante, las hipótesis que conocemos al respecto son tan asombrosas como absurdas.

¿Cómo entonces pudo surgir el habla desde la nada? ¿Qué chispazo mágico habrá producido que el hombre comenzara a utilizar sonidos para significar cosas? Una de las hipótesis más aceptadas posiciona a las onomatopeyas como el mejor vehículo para desarrollar una protolengua. Los individuos imitaban el nombre de los animales con los que convivían: las primeras expresiones debieron partir de la habilidad de calca sonora que tenían los primeros seres humanos. Esto no resulta ajeno si pensamos que aún hoy enseñamos onomatopeyas para que los bebés designen fácilmente a sus mascotas: “gua gua” y “miau” pueden ser términos universales para hablar de perros y gatos. Sin embargo, si este ejercicio es práctico para calcar la voz de otros seres animados, ¿cómo nombrar por su sonido a objetos inanimados?, ¿qué nombre pondría usted a una roca si tuviera que bautizarla por el ruido que emite?

Aún cuando se acepte la hipótesis de las onomatopeyas, existe un trecho muy amplio entre hablar de ese modo y el desarrollo de una gramática que estructure nuestras oraciones. Aunque la respuesta de si los idiomas son producto de un proceso cultural —es decir, que son inventados por el hombre— o uno natural parece obvia, anteriormente se pensaba que tal vez sí existía una lengua universal para comunicarnos. Si esto fuera cierto, ¿cuál sería? ¿El español —mí español que uso todos los días—? ¿El inglés, que se habla en casi todo el mundo? ¿El chino, el idioma con mayor número de hablantes naturales?

En el siglo VII a.C., el faraón Psamético I se hizo esta misma pregunta y realizó un ejercicio para corroborarlo. Este mandatario separó a dos recién nacidos de familias distintas y los envió a vivir con un pastor para que éste les cuidara de un modo muy peculiar: estaba restrictamente prohibido que les dirigiera cualquier palabra, con la idea de que los dos bebés hablaran por sí solos de forma natural. Tras el experimento, el pastor reportó que en ambos casos la primera palabra enunciada había sido «becos», que en lengua frigia significa «pan». Por ello, en el antiguo Egipto se consideró al frigio como la lengua primigenia.[i]

Hoy los estudios lingüísticos nos han demostrado que la adquisición de una lengua es un proceso más complejo y que por sí solo un individuo no puede crearse un idioma e intentar comunicarse con los demás. La esencia de las lenguas radica justamente en la utilización social de la misma. Probablemente haya existido una lengua originaria a partir de la cual otras más se desarrollaron. No sabemos cuál es, pero tenemos vastedad de ejemplos de cómo un sistema expresivo se transforma o deviene en otro: piense en el latín y en la enorme semejanza que todas las lenguas romance guardan entre sí.

Hoy los estudios lingüísticos nos han demostrado que la adquisición de una lengua es un proceso más complejo y que por sí solo un individuo no puede crearse un idioma e intentar comunicarse con los demás.

Algunas respuestas religiosas a la pregunta por el origen de la lengua parecen simplistas y asombrosas. En la tradición cristiana por ejemplo, se cuenta que dios dejó a Adán la libertad de nombrar a los animales. ¡Qué tarea tan divertida y compleja! Elegir los sonidos que designaran a los seres vivos que lo acompañaban en el paraíso. En la medida en la que no había ningún referente previo, los términos que Adán haya escogido no sonaban ni raros ni normales: si acaso “huyteropjimne” servía para decir lo que ahora en español conozco como “pájaro”, esa convención era la única y la válida para ese mundo. Y si en esa primera existencia surgieron las expresiones primigenias, la misma religión nos cuenta cómo más adelante, en la historia de la Torre de Babel,[ii] dios mismo se encargaría de complicarlas.

Donde la ciencia y las humanidades reconocen limitantes, el pensamiento mítico es atrevido y fantasioso. Saber con precisión cuál es el origen de los idiomas es una tarea irrealizable, pero no por ello deja de ser una inquietud muy angustiante y divertida. Reconozco que mi habla tiene un pasado vetusto, inconmensurable desde mi propia experiencia de vida, y me emociono al pensar que cuando digo las cosas que digo probablemente un eco milenario reverbere en mis palabras.

 

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Notas.

[i] Carlos Prieto (2014). Cinco mil años de palabras. Tercera edición. México: FCE. p. 23.

[ii] «Babel» proviene del hebreo «balal» que en español significa «confundir».

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